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Mas allá de la plaza
Intentaré pues, pronunciar otras exégesis alternativas y menos manidas que las de manual al uso. Como siempre la historia es una ayuda apreciable en toda temática, y según ésta, las primeras relaciones simbólicas del hombre con los bóvidos se remontan a la Edad de Bronce en la que la muerte del animal por parte del humano estaba engarzada con la demostración de valentía que exigía el paso de la niñez a la adultez. En Roma, en consonacia con sus espectáculos, los bóvidos bravíos eran soltados al ruedo junto a esclavos y cristianos para goce de los emperadores y el pueblo. En la Edad Media la técnica era el lanceo de toros por los reyes y nobles. Y no es hasta el siglo XVIII cuando surge el toreo moderno y el torero de a pie donde la valentía y la técnica de torear se elevan a su máxima expresión para tornarse en arte. Como vemos pues, la ligazón mágico-simbólica entre el hombre y los toros es consecuencia de la anterior relación biológica (caza y después domesticación). De la resistencia feroz del toro a su domesticación es donde se origina su valía para la lidia. Por tanto, que nadie crea que la singular relación hombre-toro es un hábito aislado surgido en un tiempo concreto del desarrollo de la civilización humana, sino todo lo contrario, es una muestra representativa de la continuidad, transformación y expansión de las actividades culturales primigenias del sapiens sapiens y, que no por ello, dejan de ser censurables. En cuanto al plano ético-moral que muchos aluden para clausurar el toreo es una hidra de muchas cabezas, puesto que todavía está por definir si los animales tienen o no derechos en consonacia con los del hombre. De momento no se les ha otorgado esa distinción por razones de peso. Si aspiramos a igualar el nivel de consciencia cognitivo-emocional de los animales con el de los humanos, bien podría la antropología empezar por definir la nueva humanología. No hay que olvidar que somos humanos debido a la superioridad que ejercemos sobre el resto de los animales y porque nos hemos servido de ellos desde los albures de las primeras comunidades humanas. No obstante, el escollo ético-moral radica exactamente en el dolor que se le inflige al toro cuando es toreado en la plaza. Pues muy bien, es cierto, pero también es tangible que la cría intensiva de animales para carne, necesita de un programa sistemático y mecanizado tremendamente sórdido para alimentar a la humanidad. Cuando uno visita una granja o un matadero ya sea de pollos, de cerdos o de cualquier otro animal, es cuando se advierte profundamente hasta que punto hemos desnaturalizado nuestra forma de abastecernos de alimentos cárnicos. Animales cuyo destino forzoso se encuentra en nuestro sistema digestivo. ¿No es quizá esto más cruel si cabe que la realidad de una corrida de toros si como los abolicionistas apelamos al respeto biológico y emocional de los animales? La contra piensa que una corrida de toros es una fiesta programada para humillar y torturar públicamente a un bravo y bello animal, y efectivamente así es, ya que la lidia representa un duelo entre valientes que intentan humillarse mutuamente (toro y torero), a pesar de la superioridad mental y técnico-instrumental que el torero manifiesta en la plaza sobre su rival. Quizás, el sentido final y más puro de la lidia sea el de simbolizar la superioridad del humano frente al toro-animal. Por último, la clave de la desaparición de las corridas de toros no se halla en las prohibiciones de unos populistas con poderes parlamentarios, sino que la metástasis que sellará los cosos, se halla en aquellos que sustentan la Fiesta, o sea, ganaderos, empresarios regidores de plazas y toreros; éstos todos, son en última instancia los que desde hace un puñado de años vienen ejerciendo la degeneración del toreo con sus maniobras y manipulaciones sobre la raza brava y la fiestas taurinas, convirtiéndolas en “sentadas aburridas y decepcionantes” dónde toro y torero libran demasiadas veces una comedia insultantemente amañada como para que la afición siga llenando la plaza.
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