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Magia y Religión: Sacrificios humanos

Resumen: Escrito en dos partes, resumiendo en la primera cuatro cantos de segadores, típicos de Egipto, Frigia, Fenicia o Bitinia; y dedicando la segunda a resumir sacrificios humanos en distintos países.
Pero como los cantos de segadores son recuerdos de antiguos sacrificios humanos, en realidad este escrito es condena de la crueldad religiosa, crueldad de la que no se libra ninguna religión, al menos en sus primeros siglos.

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Autor: Rafael Gonzalo Jiménez

Escrito en dos partes, resumiendo en la primera cuatro cantos de segadores, típicos de Egipto, Frigia, Fenicia o Bitinia; y dedicando la segunda a resumir sacrificios humanos en distintos países. 

Pero como los cantos de segadores son recuerdos de antiguos sacrificios humanos, en realidad este escrito es condena de la crueldad religiosa, crueldad de la que no se libra ninguna religión, al menos en sus primeros siglos. 

Magia y religión

LI. - Sacrificios humanos

En literatura folclórica nos queda el recuerdo de cuatro cantos de segadores, que parecen muy poéticos, pero que eran reminiscencias de antiguos sacrificios humanos, en aras de la fertilidad de las tierras. 

Por eso este escrito va a tener dos partes:primera, el resumen de esos cuatro cantos; segunda, el resumen de sacrificios humanos. 

Cuenta Diodoro que en el antiguo Egipto los segadores acostumbraban a lamentarse cuando cortaban la primera gavilla, invocando a Isis como a diosa a la que debían el descubrimiento del cereal. A estas lamentaciones los griegos llamaron Maneros, hijo único del primer rey de Egipto, a quien también se atribuía la invención de la agricultura. Pero lo que los griegos mal interpretaron fue maa-ne-hra, "ven a tu casa", cantado por los segadores como oración fúnebre a la muerte del espíritu del grano (Isis u Osiris), implorando su vuelta. Y estos cantos ya he dicho que eran reminiscencias, recuerdos, de víctimas humanas sacrificadas en conexión con el culto a Osiris en pe-Asar, "la mansión de Osiris", por contener una de las supuestas tumbas de Osiris. Se dio después a esta ciudad el nombre de Busiris, y se la confundió con un rey egipcio que sacrificaba extranjeros en el altar de Zeus, debido a una sequía que afligió durante nueve años a Egipto, y que un vidente chipriota resolvió diciendo a Busiris que terminaría si sacrificaba cada año un hombre a Zeus. 

Pero es más histórico creer que en la antigua y citada pe-Asar, Busiris después, se sacrificaba cada año a Osiris un hombre de pelo rojo, cuyas cenizas se aventaban mediante grandes abanicos. Y puede ser que Osiris fuese representado después por extranjeros de pelo rubio, a los que mataran en los campos de cosecha, entre lamentaciones de los segadores, rogando que el espíritu del grano volviera (maa-ne-rha) con renovado vigor al año siguiente. La víctima, o parte de ella, sería quemada, y sus cenizas aventadas para fertilizar los campos. 

En Frigia los cantos de segadores se llamaban lityerses, por haber sido Lityerses hijo bastardo del 
rey Midas, en Celene. Se dice que acostumbraba a segar sus mieses, y cuando veía a algún extranjero le daba de comer y beber en abundancia, y después le obligaba a competir con él en la siega. Luego envolvía al extranjero en una gavilla, le cortaba la cabeza con la hoz, y arrojaba su cadáver al río Meandro. Hasta que un año el extranjero fue Hércules, que le cortó la cabeza a él. 

En Fenicia y Asia Menor la plañidera canción se entonaba en tiempos de la vendimia, y probablemente también en el de la siega. Los griegos llamaron a esta canción ailinos, pero por mal interpretación también de ai lanu, "pobres de nosotros", que los fenicios pronunciaban en las exequias de Adonis, aunque Linos fue un legendario pastor despedazado por sus perros, y por tanto también podía hacerse alusión a él en estos cantos. 

Por último, en Bitinia, las endechas melancólicas de esta clase se llamaban birimos, en honor de Bormos, joven hermoso, hijo del rey Upias según unos, y de un hombre poderoso y rico según otros, que cuando estaba vigilando el trabajo de los segadores fue a buscar agua para beber, y no se supo más de él. 

Lo anterior puede ser todo leyenda. Pero no la crueldad religiosa con la que se fertilizó a los campos, cuando la humanidad de estos tiempos pasó de su etapa mágica a la religiosa. Por eso la segunda parte de este escrito es la siguiente:

Los indios de Guayaquil, Ecuador, ofrendaban sangre y corazones humanos cuando sembraban sus campos, y se dice que sólo en el Cañar, hoy Cuenca, sacrificaban un centenar de niños al año. 

En el festival mexicano de la recolección uno de sus sacrificios era "el encuentro de las piedras", colocándose a un criminal entre dos enormes piedras que balanceaban en sentido contrario, y que al chocar aplastaban al cautivo. Además se sacrificaban seres humanos en los diversos períodos del crecimiento del maíz:niños recién nacidos al sembrar, crecidos cuando el grano había brotado, y así sucesivamente, hasta que se terminaba sacrificando a un anciano. 

Los indios pawnees sacrificaban anualmente una víctima humana en primavera, al sembrar sus campos. Y creían que este sacrificio había sido ordenado por la estrella matutina, en mensaje que les envío mediante un ave, que conservaban disecada. La víctima era un cautivo de cualquier sexo, a la que ataban a una cruz, hendiéndole la cabeza con un hacha de guerra, y asaeteándola después. Las mujeres cortaban después pedazos de carne de esta víctima, y los enterraban en sus campos, para fertilizarlos. Se conserva el relato de la víctima del año 1837, en que la víctima fue una joven sioux de 14 años, a la que asaron a fuego lento en una especie de horca, y remataron después a flechazos. El jefe le arrancó el corazón, y se lo comió. El resto de su cuerpo fue cortado en trozos, y enterrado cada trozo en un campo. Pero antes el jefe había rociado con su sangre las semillas de maíz, patatas y fríjoles. 

Cierta reina del oeste africano acostumbraba sacrificar a un hombre o mujer en marzo. Los mataban con azadas y layas, y enterraban sus cadáveres en medio del campo recién labrado. En Lagos y Benin, Guinea, era costumbre anual empalar a una muchacha viva en el equinoccio de primavera, para asegurar buenas cosechas. Los marimas, tribu bechuana, sacrificaban también un ser humano en sus cosechas:y cuando su sangre se había coagulado al sol, la quemaban, esparciendo las cenizas para fertilizar el suelo. 

Los bagobos de Mindanao, Filipinas, ofrendaban un ser humano antes de sembrar el arroz; y la víctima solía ser un esclavo, matado a hachazos. Los bontoc y apoyaos de Luzón, Filipinas también, eran cazadores de cabezas, y para tener buena cosecha de arroz enterraban una cabeza humana durante la replantación, y otra en la siembra. 

En el valle del Brahmaputra la tribu Lhota Naga arrancaba la cabeza, manos y pies de los que encontraban, para enterrarlas en sus campos, a fin de asegurarse también buena cosecha. Una vez desollaron vivo a un muchacho, le trincharon en pedazos, y distribuyeron su carne, para que los aldeanos pusiera un trozo en el arcón del grano, conjurando así la mala suerte y asegurando buena cosecha al año siguiente. 

Los gondos de la India robaban muchachos brahmanes, que sacrificaban en tiempos de siembra y siega, matándolos con lanzas envenenadas:su sangre era asperjada sobre la mies o los campos arados, y su carne devorada. Pero los cazadores obtenían morada divina y doble cosecha si ofrendaban a la diosa alguna víctima, a la que cortaban la garganta, llevándose como trofeo la falange del dedo anular y la nariz. 

Los oraons de Chota Nagpur rendían culto a la gran diosa Anna Kauri, de la que esperaban buenas cosechas, si la ofrecían sacrificios humanos. Y las víctimas eran niños perdidos o abandonados. 

Los khondos de Bengala ofrecían a la diosa de la tierra, Bera pennu, que aseguraba buenas cosechas y la inmunidad de enfermedades y accidentes, meriah (víctima) comprada, o hija de meriah, pues la cúrcuma no podía ser roja sin absorber sangre:lo malo es que esta sangre era de niños vendidos por sus padres o tutores "en beneficio del género humano"; y el sacrificio de estas criaturas, a las que rompían los huesos de las piernas, o intoxicaban con opio, estrangulándolas después, incluso iba precedido de varios días de orgía y lascivia. Estrangulada ya la víctima por el sacerdote, si es que no había sido disecado vivo, se hería simbólicamente a la víctima con un hacha, y después la multitud separaba su carne de los huesos, dejando intactos sólo cabeza y tripas. En Chinna Kimedy arrastraban a las víctimas por el campo, y la multitud tajaba su cuerpo con sus cuchillos hasta materlas. En otros sitios se las troceaba atadas a la trompa de un elefante de madera, que giraba sobre un pivote. O eran quemadas a fuego lento. En todos los casos la carne cortada a las víctimas era transportada a las aldeas, donde se la esperaba en ayuno, y era depositada en asamblea pública, en la que el sacerdote ofrendaba la mitad a la diosa, enterrándola en un hoyo, y la otra mitad se repartía entre los cabezas de familia, para que fuera enterrada en sus campos, o se dejara atada a una estaca junto al agua que regaba esos campos. La cabeza, intestinos y huesos de las víctimas eran quemadas al día siguiente, en una pira funeraria, junto con una oveja; y las cenizas esparcidas por los campos, tendidas en forma de pasta sobre casas o graneros, o se las mezclaba con el grano nuevo para preservarlo de insectos. Tras ser abolidos los sacrificios humanos en estos lugares por los ingleses, fueron substituidos por cabras o búfalos.

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