Si nos atenemos estrictamente a la etimología, la arqueología (gr. archaios
–"viejo" o "antiguo"- y logos –"tratado" de un
arte u oficio, por extensión; "ciencia"-) tiene que ver con el
estudio de lo "viejo" o "antiguo". Ahora bien, la
"vejez" o "antigüedad" que preocupa a la arqueología se
relaciona con el acontecer cultural humano. En tal sentido, esta disciplina se
dedica al estudio de viejas o antiguas culturas humanas, más específicamente
en función de su producción material; un estudio de la cultura material. La
tradición disciplinaria clásica (que podría retrotraerse a los estudios de
los anticuarios) ubica su sentido en el estudio sistemático de los restos
materiales de la vida humana ya desaparecida. Esta preocupación (especialmente
a partir de la tradición norteamericana) se tradujo, posteriormente, en la
intención de reconstruir la vida de los pueblos antiguos. Así, considerada
como una sub-disciplina de la antropología, la arqueología se especializó en
el estudio de las manifestaciones materiales de las culturas. En suma: la
arqueología puede a ser considerada como el estudio de los restos materiales de
las civilizaciones pretéritas con el fin de reconstruir su historia, la vida de
los pueblos que las integraron, sus costumbres, sus útiles, y sus correlaciones
subjetivas. De este modo, en tanto que las antiguas generaciones de arqueólogos
estudiaban un antiguo útil de cerámica como un elemento cronológico que
ayudaría a datar la cultura que era objeto de estudio, o simplemente como un
objeto con un cierto valor estético, los antropólogos verían el mismo objeto
como un instrumento que les serviría para comprender el pensamiento, los
valores y la cultura de quien lo fabricó.
El punto de partida de la arqueología científica ha sido localizado en el
siglo XVIII, con la obra del alemán Johann Joachim Winckelmann (Historia del
Arte en la Antigüedad –1764-), que supuso la cristalización de una serie de
inquietudes despertadas por las excavaciones de Herculano y Pompeya. En el siglo
XIX, la expedición napoleónica a Egipto (en la que participó una comisión de
científicos franceses) y el traslado de los relieves del Partenón a Londres,
fueron dos puntos de arranque para sucesivas investigaciones y un
perfeccionamiento de la disciplina Al igual que el descubrimiento de las
pinturas rupestres de Altamira (1879), a cargo de Marcelino de Sautuola, que
contribuyó a la comprensión científica de la prehistoria europea.
Actualmente el interés arqueológico parece dirigirse hacia las características
económicas, tipos de poblamiento, relaciones sociales, vivienda, armas,
utensilios de uso diario, vestidos, ornamentos, cultos funerarios e ideas
religiosas. Es decir, su acontecer disciplinario no se limita al estudio de los
monumentos artísticos y de los edificios, sino que abarca todos los aspectos
todos los aspectos de la vida y todos los restos materiales. En este orden, la
recurrencia a otras disciplinas se ha vuelto cardinal (geología, biología, botánica,
química...) para examinar las relaciones entre clima y vegetación, la duración
e intensidad de las etapas de poblamiento, los restos humanos y animales,
tejidos y alimentos...
La arqueología, entonces, se configura como una herramienta fundamental a la
hora de producir conocimiento sobre las formaciones subjetivas desde los
productos de su cultura material.
2. Identidad
La identidad refiere, esencialmente, a la cualidad de lo idéntico (lat.
Identîtas, -âtis, de idem, lo mismo). Implica el hecho de ser la misma cosa
supuesta o buscada.
Para la mirada ontológica, el principio fundamental es el principio de
identidad, relación de una cosa consigo misma: A es A ("toda cosa es idéntica
a sí misma"). Extendiendo la fórmula más allá de la ontología, la
identidad refiere a una igualdad esencial entre varios entes. En términos de
identidad cualitativa, la categoría refiere a dos unidades distintas en el
espacio y el tiempo pero que presentan las mismas cualidades. Desde un enfoque
psicológico, finalmente, la identidad resulta de la imposibilidad de pensar en
la no identidad de un ser consigo mismo.
Para las ciencias sociales la identidad refiere a la posibilidad de reconocerse
en el colectivo; soy en la medida que somos, una primera persona del plural, un
nosotros. Implica, necesariamente, un ser que se constituye en, y desde, una
relación con los demás; el reconocimiento de unidades plurales
interrelacionadas. El nosotros se constituye literalmente como un no-otros, lo
cual involucra un doble procedimiento constitutivo: la diagramación de la
similitud conjuntamente con la de la diferencia. Doble procedimiento
constitutivo que solamente puede hacerse inteligible (y que solamente puede
materializarse como tal) en función de la dimensión histórica. Vale el
recurso a la obviedad; la identidad configura un estamento socio-históricamente
constituido.
Tema estratégico para la antropología (en tanto que la mismidad es inseparable
de la alteridad), la construcción de la identidad constituye un campo de
operaciones que otorga sentido a la disciplina. Señala Marc Augé: la
"simbolización del espacio constituye para quienes nacen en una sociedad
dada un a priori partiendo del cual se construye la experiencia de todos y se
forma la personalidad de cada uno: en este sentido, esa simbolización es a la
vez una matriz intelectual, una constitución social, una herencia y la condición
primera de toda historia, individual o colectiva. En términos más generales,
forma parte de la necesidad de lo simbólico que ha señalado Lévi-Strauss y
que se traduce mediante un ordenamiento del mundo del cual el orden social (las
relaciones instituidas entre las gentes) es sólo un aspecto". Agrega
posteriormente: "el antropólogo se interroga ya sobre la significación de
ésta u aquella modalidad particular de memoria (aprende, por ejemplo, a
interrogar los silencios, los olvidos o las deformaciones de las genealogías,
aprende a apreciar el papel real y el funcionamiento ideológico de un suceso
magnificado por la tradición), ya, en terminos más generales, sobre el sentido
y el lugar de una memoria histórica que se remonta rápidamente a sus confines
míticos". Plantearse la historia (como actualmente se lo hace) como el
espacio concreto en el que se conjugan todas las formas posibles de relación,
implica plantearse la importancia fundamental de la dimensión histórica en el
ejercicio disciplinar de las ciencias sociales en general. Para el antropólogo
el sentido es siempre sentido social; el juego de relaciones instituidas y
simbolizadas en la relación de uno con los demás, para el cual la dimensión
histórico-identitaria se vuelve ineludible. El objeto de la antropología es,
"en primer lugar y esencialmente, la idea que los demás se hacen de la
relación de los unos con los otros" .
Ahora bien, la identidad no debería considerarse como una estructura en el
sentido más duro de dicha categoría, sino más bien –y es clara la paradoja-
como una estructura disipativa, tal cual lo propone Prigogine. No se trata de
propiedades esenciales, inmutables, de sentidos biunívocos, sino de
configuraciones laxas, móviles, esencialmente procesuales. No configura una
cualidad permanente, extraída desde un pasado ontológicamente establecido,
sino de una construcción presente, inmanente, que resignifica el pasado en
función de un futuro proyectado. Se configura como una serie de trazos
clasificatorios (alter y auto-atribuidos) conjugados en función de intereses y
conflictos ("el azar de la lucha", diría Nietszche) que marcan tanto
las fronteras entre los grupos como la naturaleza de lo real. "Los nuevos
enfoques acerca de la identidad enfatizan su carácter plural, cambiante,
constituido en los procesos de lucha por el reconocimiento social. Las
identidades son construcciones simbólicas que involucran representaciones y
clasificaciones referidas a las relaciones sociales y las prácticas, donde se
juega la pertenencia y la posición relativa de personas y de grupos en su
mundo. En este sentido, la noción de identidad, recuperando los procesos
materiales y simbólicos y la actividad estructurante de los sujetos, permite
analizar la conformación de grupos y el establecimiento de lo real en sus
aspectos objetivos y subjetivos". El ejercicio identitario selecciona, en
el pasado, aquellos elementos y acontecimientos que permiten dar sentido a un
presente relacionado –íntimamente- con la diagramación del futuro que el
grupo define como deseable.
3. La construcción del pasado
La referencia es Félix de Azúa del El País de Madrid. En una de sus
magistrales contratapas de opinión. La excusa convocante era el Proyecto Genoma
Humano (sin mencionar pero sugerido). Lo tematizado era tanto la memoria como su
relación con los administradores.
"La historia", decía, "se relaciona -con todo respeto- con
nuestros difuntos". En efecto, hurgar en la historia es, ni más ni menos,
que hurgar en la vida de nuestros muertos. Los más queridos y los más odiados,
los anhelados y los temidos. El historiador se inmiscuye en las tumbas para
hacer hablar a los occisos, para que le cuenten sus placeres y sus glorias, sus
miserias y mezquindades, sus intenciones, sus victorias y sus fracasos. El
historiador es un autopsista de los pensares fenecidos. Cuenta con signos,
huellas, documentos, cadáveres de todo tipo. Interpreta a las polvaredas de las
batallas del pasado, y hace de ellas monumentos que aspiran a la inapelabilidad
de la identidad. Monumentaliza (con-memora, trae a la memoria, con la
materialidad fáctica de un monumento) su indagatoria en el pasado para
devenirla en historia, en acontecimiento. Para ello cuenta con la eficacia del
capital simbólico de su disciplina y -esto es substancial- con un formidable
valor agregado: los muertos no están aquí para corroborar lo que de ellos se
dice. Ni pueden estarlo, sólo sus signos. Cada uno recupera a sus muertos como
mejor le parece. Y los abuelos no pueden salir de sus sepulturas para plantear
sus fétidas objeciones. Así, don José Gervasio Artigas es tanto Don Pepe como
El General. Es tan revolucionario como conservador, tan abstemio como borracho.
Moralista y libertino, patricio y campechano, civilista y militarista,
pan-americanista y nacionalista (en tanto Nación-Estado-Oriental), intelectual
progresista y reaccionario, socialista y capitalista, patricio e indigenista,
legalista y contrabandista; civilización y barbarie. Mientras el
Artigas-monumento chorrea sus verdes objeciones (y algún que otro desperdicio
de paloma) cada uno se queda con la reliquia que más le interesa. Así lo
testimonia el mausoleo construido, en la Plaza Independencia, durante la
dictadura militar de 1973-1984 (o el proceso cívico militar, hay nominaciones
para todos).
Así, nuestras ciudades se erigen como cementerios. Caminamos sobre tumbas
monumentalizadas en honor a la administración del Estado. Nuestras calles,
plazas, parques, escuelas, estadios y teatros, con-memoran, nos traen a la
memoria aquello que aprendimos a atribuirle a nuestros queridos difuntos.
Echamos, de este modo, la última palada de tierra sobre su sepultura al tiempo
que condenamos a nuestros hijos a seguir bailando sobre sus lápidas (y -de
paso- sobre las nuestras), callando para siempre al pasado con la mordaza
definitiva de la muerte. Pero, sin embargo, la historia carece de propietarios.
El colectivo recupera, y resignifica, de entre las grietas del mármol aquellos
significados y sentidos que no pudieron ser asesinados. Este hurgar entre las
cosas, esta búsqueda de lo olvidado, es lo que puede otorgar sentido ético al
ejercicio de historiadores y arqueólogos.
Decía Félix de Azúa; la historia puede llegar a ser "el más formidable
auxiliar para los administradores de turno". Ellos se encargan de
seleccionar aquello que otorga legitimidad a su lógica (e institución)
administrativa. Lo instituido se posiciona sobre lo que se pretende que ya ha
sido, en función de los que se es y de lo que se quiere ser. Ahora ¿son ellos
algo que no somos nosotros?. ¿Cuál es la frontera entre nosotros y la
ajenidad?. "No hay exterioridad al Poder" gritaba desesperadamente
Foucault..., la resistencia se configura como la misma responsabilidad que la
dominación, a la hora de constituirlo como diagrama. Ya que los dispositivos de
poder se instrumentan como máquinas diagramadoras de la subjetividad, desde allí
se constituyen los territorios del adentro y el afuera; de lo local y la
extranjería; el nosotros y el ellos. En otras palabras: el mismo diagrama de
poder que hace a los administrados es aquel que da lugar a los administradores,
ambos son efecto de, antes que causa de. El propio Nietzsche hablaba por boca de
Foucault; "las mismas condiciones que hacen al animal dirigente son las que
hacen al animal de manada". Obviamente, quienes se benefician de un
diagrama no están en las mismas condiciones de quienes se perjudican, pero ello
no los constituye en timoneles sinárquicos. De todos modos, a ambos sujetos del
binomio les sirve atender a dicho espejismo; unos lo utilizarán para
considerarse protagonistas del Juego (y merecedores de los privilegios), otros
se considerarán víctimas (y por tanto no-merecedores de su sufrimiento) y
dispondrán de un enemigo contra el que atentar. Ambos seguirán el mismo juego
(los adversarios se enfrentan pero siguen las mismas reglas que el juego
determina, es precisamente eso lo que los tipifica como adversarios); limitarán
el asunto a una cuestión de méritos y merecimientos. En psicología, se
denomina beneficio secundario a la razón por la cual un síntoma (ligado,
necesariamente, a un monto de sufrimiento) puede ser defendido por quien lo
sufre; de alguna manera opera como cortina de humo sobre las razones que lo
constituyen y –de paso- proporciona un tipo de referencia identitaria (al
menos soy un neurótico). Pero el beneficio secundario constituye, también, uno
de los obstáculos más grandes para identificar el diagrama causal que
configura al síntoma y –por tanto- acceder a la posibilidad de su erradicación
No se trata de negar la labor documental de la historiografía, el Doctor
Hobsbawm se ha encargado, brillantemente, de reformularla en tanto modalidad
instrumental (y es en esta modalidad que reside su importancia). La propuesta
tiene más que ver con la atención de otra dimensión, de otro campo de
problemas; los procesos de subjetivación, a partir de los cuales la propia
historiografía cobra otra perspectiva. No se trata de negar el juicio
valorativo sino de inscribirlo en un plano de inmanencia, contextuar el
acontecimiento en las condiciones de producción que le han dado sentido.
4. Interfase
El valor de la arqueología se vuelve, en este punto, estratégico. La
inapelabilidad de la cultura material torna su estudio ineludible. La
doxa de nuestra identidad (varelianamente constituida) nos hizo ver como
europeo-meridionales (fundamentalmente ibéricos e italianos), mesocráticos,
sobre-alfabetizados, y filo-galos con una tradición democrático-liberal
ejemplar. Aprendimos a creer(nos) que a nuestra llegada (porque nosotros habríamos
llegado, quienes estaban aquí constituían una alteridad) desplazamos a
ininteligibles aborígenes que sufrían una existencia penosa e insignificante,
extinguidos por su propia ingenuidad.
Pero en el nosotros también se ausentan los guaraníes de las misiones, los
portugueses, los africanos y –mas tardíamente- palestinos, judíos y
centroeuropeos.
Del mismo modo, ignoramos la existencia de un período formativo que dejó, en
el Uruguay, rastros de una presencia –durante 5000 años- que testimonia
"dilatadas experiencias de adaptación económica y ambiental, pero también
expresan la voluntad clara de construcción de un paisaje ceremonial, que
responde a necesidades políticas y sociales". Ignorancia que sido puesta
en manifiesto gracias, precisamente, al ejercicio de la arqueología.
"El pasado también" pasa por ser "una realidad sola visualizada
por iconos: tan cargadas de iconos como los de las paredes de bibliotecas,
museos y nuestras casas particulares. La pregunta es ¿de quién son esos iconos
de pasado en este contexto? ¿Qué pertinentes relaciones se pueden establecer
entre esas personas (nada más y nada menos que nuestra sociedad) y ese pasado
que sirve en contados casos de excusa?. Los iconos no son apenas
identificatorios de un pasado, porque como son polisemánticos, tienen varias
interpretaciones. Y también están los iconos multinacionales, que finalizan en
el individuo como captor. Nosotros, en cuanto individuos, aparecemos
identificados simplemente con un número que nos sigue desde que sacamos la
primera cédula de identidad hasta que nos jubilemos. No es degradante, ni
nuevo: esto lo planteó Orwel en su libro ‘1984’, y nosotros seguimos
exactamente lo que él plantea. La despersonalización entonces no es apenas un
problema cultural, es un problema psicológico. Es angustiante para muchos de
Uds.; para muchos de nosotros. Al perder o resignar la identidad, perdemos las
raíces, la continuidad del yo y la continuidad del ser. Nos crean, entonces,
nos inventan, y también nos incitan a que exaltemos iconos que son exógenos,
inventados y ajenos a nuestra cultura."
De acuerdo, pero ¿hay un sólo nosotros? ¿Cómo se configura nuestra cultura
desde todos los nosotros posibles? ¿Cuál es la genealogía del presente? La
arqueología (en tanto su preocupación por la cultura material) puede
contribuir precisamente a la comprensión de nuestras formaciones subjetivas,
pero también -y es ahí donde se configura su lugar estratégico- a su
reformulación táctica.
El estudio del pasado documental-escrito se limita al siglo XVI, limitando los
10 000 años de presencia humana en nuestro territorio a los últimos cuatro
siglos. De allí que la disciplina arqueológica se muestre ya no solamente como
estratégica sino
como ineludible. Por otra parte, los registros de la cultura material histórica
pueden (y deben) interpelar a los registros documentales, corroborándolos, negándolos,
y/o resignificando sus lógicas interpretativas.
"Poner en valor el patrimonio heredado de nuestros antepasados es un
compromiso que cada generación adquiere para las futuras. De esta forma el
patrimonio prehistórico nos vincula con un continente americano sin fronteras
políticas" (en el sentido moderno de las mismas), "nos otorga raíces
sobre las cuales se apoyaron, nutrieron y desarrollaron todas las culturas que
contribuyen a forjar la nación que hoy somos".
"El patrimonio Cultural expresa la experiencia histórica de cada pueblo y
su personalidad colectiva". Tanto del nosotros inmediato, como el de los
otros nosotros que lo contienen. "Constituye el fundamento mismo de la
identidad cultural en la conciencia del individuo y la colectividad".
Ahora bien -y para finalizar- la contribución de la arqueología tal vez no
deba, necesariamente, limitarse a ello. ¿Acaso resulta muy disparatado proponer
una arqueología del presente?. La pregunta queda formulada.
5. Bibliografía
Augé, Marc: Hacia una antropología de los mundos contemporáneos, Gedisa,
Barcelona, 1998
Bayardo, Rubens; Antropología, identidad y políticas culturales, Ciudad
Virtual de Antropología y Arqueología, Buenos Aires, 2001. www.antropología.com.ar/.
14/06/01
Cosens, Mario; Patrimonio Nacional como autarquía: el ejemplo del Uruguay,
Ciudad Virtual de Arqueología y Antropología, Buenos Aires, 20001,
www.antropología.com.ar/, 14/03/01
De Azúa, Félix; Periódico El País (Madrid, julio 5 de 2000), contratapa
Foucault, Michel; Vigilar y Castigar; México, Méx., Siglo XXI, 1988
Fusco Zambetogliris, Nelsys; Pasado prehistórico y patrimonio cultural, xerox,
2001
Hobsbawm, Eric; Sobre la Historia, Barcelona, Esp., Crítica, 1998
Lopez Mazz, José Ma.; "Los cerritos de indios del Este de Uruguay",
Servicio de actualización de la Guía del Mundo, Montevideo, 1997
Prigogine, Ilya; El fin de las certidumbres, Taurus, Madrid, 1997
Trabajo enviado por:
Gabriel Eira