El hombre siente hoy en día en forma
aguda la oposición entre el inmenso progreso de la técnica y la evidente
deficiencia moral de la humanidad. Cuanto más se acelera el primero, más se
agranda la brecha entre el querer y el poder. La crueldad de las guerras y las
revoluciones en el curso del siglo XX evidencia claramente que el hombre no ha
progresado moralmente. El hecho de que, por ejemplo, medio siglo después de la
segunda guerra mundial, la humanidad no llega a establecer una situación de paz
duradera, constituye por si sola una demostración elocuente de la impotencia de
los responsables.
En la actualidad estamos asistiendo a un espectáculo perturbador: atentados
terroristas, rumores de guerra nuclear, bacteriológica, etc. Estas locuras bélicas
pretenden llevar a la humanidad hacia el holocausto final, aunque hasta los niños
de las escuelas primarias tienen conciencia cabal de que una tercera guerra
mundial, jamás permitiría vencedores, vencidos ni neutrales. Toda la vida del
planeta desaparecería y la que llegara a sobrevivir, clamaría por la muerte.
Frente a ese espectáculo, nace en nosotros el sentimiento del absurdo. La
tecnología, en vez de dar seguridad, inspira un terror y una incertidumbre que
socava la fuerza.
El progreso de la técnica, que ha sacado al hombre de su aislamiento de otros
tiempos, conduciéndolo mecánicamente hacia la uniformidad, le reclama, bajo la
amenaza de un cataclismo, una urgente y radical rejerarquización de los
valores.
El hombre contemporáneo concentra sus esfuerzos sobre el desarrollo y la
educación del intelecto. Es por la continuidad de ese desarrollo que el hombre
deviene lo que se llama un "intelectual". Sin embargo, los recursos
del intelecto, que le permiten hacer milagros en el dominio de la ciencia
racional están limitados a eso. Los trabajos de Kant y de Virshow han
demostrado que el campo de acción del intelecto humano está, por así decir,
rodeado de un muro impenetrable.
Mientras la instrucción es el centro de las preocupaciones de las familias y de
los poderes públicos, el desarrollo de la emotividad, está casi totalmente
librado al azar. En la civilización contemporánea esto lleva a un
extraordinario empobrecimiento de la vida afectiva. La vida emotiva, privada de
una formación metódica, es para el hombre una fuente de imprevistos raramente
agradables y menos todavía felices y cuyas consecuencias son, en general, difíciles
de llevar. No es exagerado decir que la vida emotiva ocupa en la personalidad
del hombre la posición de pariente pobre. Y, sin embargo, es solo por el
desarrollo apropiado de esta esfera que el hombre puede abrir una nueva fuente
de energía moral, cuya necesidad para él es tan apremiante. Por ello, debe
descubrir rápidamente un método práctico para educar positivamente la vida
emotiva de los seres humanos y de esta forma alcanzar un equilibrio entre el
plano moral y el progreso técnico. Una forma posible de lograr este objetivo es
orientar los esfuerzos de los artistas hacia un ideal moral común.
El arte es por excelencia un fenómeno de sociabilidad, puesto que está
fundado en las leyes de la simpatía y de la transmisión de ideas, emociones,
sentimientos y sensaciones.
La historia nos enseña el efecto civilizador de las artes sobre las sociedades,
o a veces, por el contrario, sus efectos de disolución social. Si un Napoleón
arrastró voluntades, un Beethoven no lo hizo menos.
Los móviles que empujan a las masas a la acción, permanecen a menudo en estado
latente en el "inconsciente colectivo de los pueblos", durante siglos,
incluso milenios. Los elementos de estos móviles pueden acumularse allí en
formas de recuerdos crepusculares de brillantes victorias, aspiraciones o
desquites después de los fracasos o rebeliones. Aunque borrada de la memoria
directa de los pueblos, la conciencia-reminiscencia de estas aspiraciones
personales permanece en los recónditos lugares de la mente del ser humano. Y en
parte constituye lo que llamamos, en el más amplio sentido, el "espíritu
de los pueblos". Cuando aparece un artista o un líder que encarna esa
parte del inconsciente colectivo, comunica a las fuerzas latentes que encierra,
si apela a ellas, un carácter dinámico; y si las masas lo siguen, es porque
cada uno responde de hecho al llamado desde las profundidades de su propio
inconsciente.
El arte nace con la reflexión, la cual se encarga de decodificar los
recuerdos individuales o colectivos. El recuerdo de lo que ha experimentado o
visto antes de ser artista de profesión, es el piso más sólido sobre el que
trabaja el artista. Las emociones y los sentimientos pueden ser alterados por la
profesión, pero no los recuerdos, en especial, los que corresponden a la niñez
o la juventud. Estos guardan toda su lozanía y es con estos materiales, con los
que el artista construye sus mejores obras.
Goethe decía: "Precisamente por la realidad es como el poeta se
manifiesta, si sabe discernir en un sujeto vulgar un lado interesante". El
realismo bien entendido consiste en tomar de las representaciones de la vida
habitual lo interesante, despojándolo de las asociaciones vulgares, disociando
lo real de lo trivial. Se trata de devolver la frescura a sensaciones marchitas,
de encontrar algo nuevo en la vida de todos los días, de hacer brotar lo
imprevisto de lo habitual, y para ello el único medio verdadero es profundizar
lo real, ir más allá de las superficies en que se detienen habitualmente
nuestras miradas, rasgar el velo formado por la confusa trama de todas nuestras
asociaciones cotidianas que nos impide ver los objetos tal como son.
Vivimos en un período de hiperintelectualismo. Se sobreestima la instrucción,
la organización racional, la inteligencia concreta que ofrece resultados
inmediatos, tangibles, y se descuida la vida interior, el estudio de uno mismo.
Los artistas, demasiado centrados en las producciones de los grandes maestros,
pierden de vista las fuentes a las que han recurrido y que hacen pasar sus obras
por un continuo soplo vital. A menudo creen haber creado, mientras que no han
hecho más que imitar. Ignorando las leyes de la vida, las representaciones de
los maestros son adaptadas a su propio nivel. Es necesario vincular el arte a
estas "fuentes vivas" y reaccionar contra todo lo que tiende a
apartarlo de estas leyes naturales, materiales y espirituales.
Sucede también con demasiada frecuencia, que formas creadas por los maestros
han sido empleadas y explotadas teniendo en cuenta la creación formal, privada
de la vida que las engendró; y algunos teóricos, colmados de espíritu científico,
se han considerado autorizados para deducir leyes sólo de las fórmulas, sin
tener en cuenta la vida que éstas ocultan.
No siempre es fácil obtener de las "fuentes vivas" un beneficio
inmediato para el arte y por ende para la sociedad, pero los grandes maestros lo
han logrado. No es, sin embargo, un privilegio reservado únicamente a los
grandes creadores, aunque les ha sido otorgado gracias a su amor a la vida, su
perseverancia y sinceridad.
De acuerdo a Platón, los griegos adoptaron la música como parte esencial de la
educación debido a que inspira amor a lo noble y odio a lo mezquino, aunque
reconocían que para alcanzar tal fin, debía haber detrás de ello un propósito
moral. Sólo llamaban música a los sonidos que provocaban los sentimientos
morales más elevados, llegando, como dice Platón, al alma para educarla en la
virtud. Los demás sonidos no se llamaban música, sino amusia.
Actualmente se sabe que determinadas obras musicales nos sugestionan para sentir
y pensar según sus características. Una marcha fúnebre nos entristece, una
marcha guerrera excita el ánimo. El ritmo influye, principalmente sobre nuestra
fisiología. En la antigüedad los agricultores y sobre todo los marineros,
cantaban canciones cuyo ritmo preciso debía regular sus movimientos y así
facilitar el trabajo.
Se sabe, por otro lado, que a través de haces de colores, o por el colorido de
un ambiente se puede, por ejemplo, provocar disposiciones anímicas de alegría
o tristeza, acelerar o decrecer el rendimiento en el trabajo.
Los mensajes subliminales también pueden afectar nuestros pensamientos o
emociones por medio de estímulos visuales y / o auditivos. Al haberse
comprobado esto, se redactaron leyes para su prohibición. La palabra subliminal
(del latín: sub: bajo y limen: umbral), se refiere a la transmisión de un
mensaje destinado a llegar al oyente justo por debajo del umbral de su
conciencia. Muchos conocedores del tema han calificado a este fenómeno, como
una invasión o violación de la conciencia; término adecuado, si tomamos en
cuenta que una parte de nuestra mente recibe mensajes que escapan a los sentidos
externos y penetran en el inconsciente invadiendo su intimidad.
Los colores y los sonidos poseen de por sí y aisladamente un significado simbólico
que obra aparte de la intención artística. Cada uno tiene un carácter propio,
y representa una fuerza que la misma naturaleza coloca en una relación simpática
con ciertas disposiciones de ánimo.
Pitágoras enseñó a sus discípulos a curar enfermedades por medio de sonidos,
y les mostró la relación que existía entre la belleza de las formas geométricas,
los astros, los colores y las notas musicales.
Las teorías de Platón y Pitágoras, que relacionaban el equilibrio de las
proporciones musicales con el ánimo, se extendieron durante el medioevo en la
arquitectura, y la proporción áurea se reflejó en muchos edificios. Los
artistas de esa época tenían muy presente la correspondencia entre las
diferentes artes, y era muy frecuente que planteamientos musicales, arquitectónicos
y pictóricos se relacionaran entre sí.
Los artistas actuales deberían investigar estas teorías, las cuales tenían
como motor principal la educación moral y espiritual de los pueblos. A este
respecto, un trabajo muy importante fue realizado a principios del siglo XX por
Saint-Yves D` Alveydre. Su obra lleva el título "El arqueómetro".
Esta reintegra todas las artes a una síntesis común y, al mismo tiempo, da la
clave de las adaptaciones religiosas y científicas de la antigüedad. "El
Arqueómetro" aporta una guía para construir conforme a nuevas reglas; es
una invitación al trabajo con medios nuevos. Deja a cada artista toda su
originalidad, dándole una base científica.
El fondo vivo del arte está constituido por ideas, y después por emociones,
sentimientos y sensaciones. Transmitir verdades o ideas consideradas como
verdades con un propósito moral o espiritual estéticamente, es el objeto del
arte en estos tiempos. Lo que lo anima en esas circunstancias son las emociones,
los sentimientos y las sensaciones que despiertan las verdades o ideas que
ocupan nuestra atención en el transcurso del proceso. Las ideas simples son las
más difíciles de captar por causa de la extrema complejidad de la mente que
nos incita a complicarlo todo. Sin embargo, las ideas y las fórmulas simples
son las que más importan en la vida. Las emociones como movimientos en si, sin
contenido, no son objeto de la creación artística.
El mundo en que vivimos tiene necesidad de belleza para no caer en la
desesperanza. La belleza llama a lo trascendente y es en cierto sentido la
expresión visible del bien. A este respecto escribe Platón: "la potencia
del bien se ha refugiado en la naturaleza de lo bello". La belleza moral es
dictada y apreciada por la conciencia y se refleja en la intención de las
acciones personales.
Las artes plásticas contemporáneas tienen sin duda un lugar asegurado en la
historia, ya que se desentienden de todo lo superfluo y falso para aprisionar la
belleza de las formas nuevas por un camino simple y claro. Pero junto con todas
estas expresiones de la belleza, han proliferado una multitud de obras que en no
pocos casos, lejos de expresar belleza, sólo muestran desorden y el absurdo de
la vida de sus autores. Estos "artistas", instalan en el arte los símbolos
de lo negativo, es decir el terror, la vulgaridad y la fealdad física y
espiritual, que quiere rostros y cuerpos deformados hasta la monstruosidad. Y no
sólo pactan con la fealdad, sino que la admiran si es estilizada. La búsqueda
de estos "artistas", no es más la de la belleza o la verdad, sino la
de lo nuevo a cualquier precio, ¡tan grande es el miedo a ser sobrepasado!.
Es una pena ver como un desenfrenado afán de originalidad y libertad de
expresión frustra a noveles artistas, encerrándolos en una factura absurda y
sin sentido, que más que belleza denota "anormalidad psíquica". Tal
originalidad, en la mayoría de los casos, no es sino un recurso para suplir la
ausencia de poder de creación. De hecho vemos cuan rápidamente envejecen
ciertas realizaciones de la arquitectura, la pintura, la literatura y la música
contemporáneas, ya que no condicen con nuestra época ni llegan al alma del
hombre actual. Más aún, pareciera que muchas obras de hoy se presentan como
mucho más viejas y anticuadas que las obras clásicas y, en forma general, las
antiguas ubicadas en su época, conservan una perenne y fresca hermosura. El
objeto del arte, que exterioriza las fealdades, las miserias y las limitaciones,
es el de provocar principalmente "sensaciones intensas" para obtener rápidamente
el éxito por la curiosidad, la piedad, la risa o el escándalo. Además de
promover lo más bajo de la naturaleza humana, es evidente que la vista
constante de cuerpos, rostros deformados y miseria moral, no podría tener otro
efecto que aumentar la fealdad psíquica y física del hombre actual y de las
generaciones futuras. El "arte" de los símbolos de lo negativo,
aumenta el número de inadaptados sociales, incita a la delincuencia, al
alcoholismo y a los estupefacientes que culminan con el suicidio moral en un
cuerpo viviente.
Lo mismo sucede en la música contemporánea, donde en algunos casos se
prescinde no sólo de la melodía, sino también del ritmo y de la armonía;
todos los elementos carecen de unidad y se presentan como una desenfrenada
irrupción de ruidos. Al no representar ninguna norma vital, estos
"sistemas" musicales se prestan a la expresión de sentimientos y de
estados de alma morbosos. Para justificar tales obras, sus autores y críticos
dicen que ellas son la expresión del alma contemporánea, insegura y
atormentada, sin fe ni esperanza.
La música moderna popular, producto de consumo masivo, en general, ha
abusado excesivamente de los valores plásticos (relaciones sutiles entre los
elementos agógicos y dinámicos ayudados por el timbre), entregándose a veces
a evocaciones fisiológicas de una vulgaridad desvergonzada. Sus ritmos producen
frecuentemente una excitación corporal, que de la alegría o la simple
satisfacción puede llegar hasta la embriaguez, lo que provoca un desdoblamiento
de la personalidad. Estos ritmos, muchas veces van acompañados por cantos que
expresan ideas, sentimientos o estados anímicos negativos, causando
desequilibrio nervioso en el estado físico y mental del hombre. Como decía Stéphen-Chauvet
: "Resulta de ello una verdadera ebriedad, con exaltación sensorial,
exaltación de la imaginación y disgregación de la personalidad. Esta, en
efecto, se transforma y se fusiona con la de los compañeros y la de los
espectadores, y en consecuencia, se convierte en un simple elemento de una
entidad colectiva episódica: una multitud en estado de embriaguez
saltarina". En definitiva, convierte a los oyentes que se prestan a ello, a
los jóvenes principalmente, en autómatas, porque en ese momento se paraliza el
proceso mental de su conciencia. Llegado a ese punto, se los puede inducir fácilmente
hacia el sexo, el alcohol, la droga, etc.
El origen de este tipo de "música" se encuentra en las tribus
africanas, lo mismo que los ritmos sincopados, que se utilizan en el vudú, tal
como se practica en Haití, dentro de un repertorio completo de ritos de
copulación, encantamientos y conjuros. De ahí fueron obtenidos, con el fin de
reproducir lo más fielmente posible, los ritmos sucesivos que conducirán a los
oyentes a un placer sexual completo.
La intensidad del sonido elevada a 20 decibeles sobre el límite de tolerancia
del oído humano, es un asalto deliberado y directo sobre la persona. El fin
perseguido es exaltarla y paralizar su conciencia, sumergiéndola en un océano
sonoro.
El arte en general, persigue dos fines distintos: por un lado trata de producir
sensaciones y por otra parte, fenómenos de inducción psicológica conducentes
a ideas, sentimientos y emociones. Estos fenómenos de inducción, son los que
hacen al arte expresivo. Si el arte se refiriese sólo a provocar sensaciones,
su dominio podría limitarse a un sistema de reglas técnicas.
Es menester en el arte preservar ante todo la vida, y no la perfección del
detalle. Buen número de profesores han insistido en el valor de la conciencia
de los detalles de la técnica. Muchos han ido demasiado lejos, alentando una
actitud cerebral desfavorable para la práctica artística. Aquellos que tienden
únicamente a la técnica pura, pierden de vista el sentido profundo del arte. A
menudo el virtuosismo tan solo compensa la falta de vida interior, y crea
asociaciones superficiales y automatismos nefastos para la comprensión de la
obra. Ahora, la técnica tomada como medio y no como fin, es de un gran valor ya
que apela a cualidades estimables y hasta necesarias: precisión, voluntad,
resistencia, búsqueda de la perfección aunque sólo sea formal; exige
flexibilidad, fuerza y memoria.
El arte, tiene como último fin producir la convicción, tal como la
elocuencia, y el medio más sencillo para conseguirlo es siendo veraz. El
artista es libre de mentir, pero en nuestros días, donde prevalece el espíritu
crítico, la falsedad se hace visible y quita fuerza a las representaciones
evocadas. La ficción se tolera sólo cuando expresa una idea verdadera. El tema
manifiesta el espíritu que creó la obra entera. El poder del idealismo existe
bajo la condición de que no se apoye en la ficción, sino sobre una aspiración
intensa y perdurable. El lenguaje del arte que resiste el paso de los siglos, es
una forma de oración que testimonia y da fe de las creencias del hombre en cada
momento histórico.
Sólo un ideal moral o espiritual puede expresar en el Arte la esencia de la
vida. Pero es necesario para ello "creer en la vida". La rectitud
moral, la humildad, la concentración espiritual, el alejamiento de los goces de
los sentidos y del atractivo de las cosas materiales que distraen y perturban la
simplicidad del corazón, constituyen el mejor medio para la maduración del
artista. La creación y el grado de sensibilidad artística, no son el resultado
de un momento esporádico de exaltación emotiva o espiritual, sino de la
experiencia y de la organización de la vida del artista.
Todo arte verdadero tiene sobre la sensibilidad un efecto tónico y reactivo,
enciende en el alma la alegría, es decir, el sentimiento de la fuerza
acrecentada. Nos da también el sentimiento inmediato de la vida más intensa y
expansiva a la vez. La contemplación del arte verdadero, acompañada por una
simultánea introspección y proseguida con un espíritu que podría calificarse
de religioso, sería un poderoso factor para el mejoramiento de la raza humana
en todos los niveles. Y cuanto más elevado sea el nivel de contemplación, más
grande será la influencia de este factor. No podría dudarse que a la larga,
las impresiones producidas en las mujeres embarazadas por la belleza artística
tendrían efecto sobre sus hijos.
Es preciso entonces que los artistas de todo el mundo se unan en un esfuerzo
solidario para proyectar estéticamente ideas o verdades conducentes a una vida
moral y espiritual más elevada, que despierten en la sociedad emociones y
sentimientos superiores. Y deben hacerlo con alegría al servicio de la causa,
subordinando a esta sus propios intereses. Esta última condición es
imperativa.
La meta sólo puede ser alcanzada por un trabajo metódico y continuo. La
particularidad de esos esfuerzos está colocada bajo el signo del despertar de
la afectividad del artista, por un trabajo consciente sobre si mismo. Este
despertar, esta llama, es la condición expresa y el punto de partida hacia el
éxito. Sin embargo, este trabajo sobre si, teniendo por meta la evolución
moral y espiritual de él mismo y de la sociedad, no puede ser cumplido en el
vacío, es decir, no puede ser realizado por medios egoístas. Si permanece sin
aplicación práctica, esta fuerza de tensión encendida se disipará. Porque
toda fuerza exige un punto de aplicación definido, sin lo cual ella se
descompone y dispersa. Para que esa fuerza pueda ser aplicada, el artista debe
ser útil. Es así que comenzará su tarea, es decir que pasará de las palabras
y las aspiraciones a los actos.
Las repercusiones imaginables de su aplicación oportuna serían: en primer
lugar, la violencia en todas sus formas se hallaría evidentemente rechazada
hacia la inmoralidad. Sanaría poco a poco a los individuos y a los pueblos,
tanto si su mal es el complejo de inferioridad o de superioridad, y condenaría
en forma definitiva al prejuicio racial.
Juiciosamente aplicado ese principio impediría a los "Poderes del
mundo" –ciertos medios industriales y financieros- comprometer a los
pueblos en la guerra. Además al estigmatizar el prejuicio racial, rebajando la
soberbia de algunos, no resentirá más el orgullo de otros, y un equilibrio
natural tenderá así a reestablecerse.
Actualmente es necesario que los gobiernos instauren un "Ministerio",
o una "Facultad", que estudie las influencias fisiológicas y psicológicas
del arte, en donde también se formen y desarrollen científicamente las
aptitudes emotivas, es decir la vida del corazón y de los sentimientos.
Toda nuestra educación está orientada hacia el desarrollo del intelecto, y
deja la formación de la emotividad librada al azar. No es para sorprenderse,
entonces, que con la edad, abandonado a su suerte, la esfera afectiva del hombre
degenere de más en más. Porque lo que no crece y se desarrolla cae, por este
hecho en la degeneración. No es exagerado decir que las emociones negativas
constituyen el principal factor del envejecimiento y después de la muerte,
generalmente prematura de los seres humanos. Los efectos directos de las
emociones negativas son siempre destructores, atentan contra la salud, provocan
discordia en las familias y dan a las masas humanas impulsos que las empujan a
excesos, guerras o revoluciones.
En la hora actual no faltan los medios materiales para organizar
racionalmente la vida política y social de la humanidad y alcanzar una paz
duradera, porque esos medios están allí; lo que falta en este campo es la
inteligencia profunda de las cosas y una conciencia planetaria. La clave para
cambiar favorablemente esta situación se halla en "promover lo bello del
arte", con el fin de elevar la moral y el espíritu de los seres humanos,
para hacer frente a las contingencias actuales y superarlas. Precisamente en ese
sentido Dostoievski ha dicho que "la belleza salvará al mundo".
Los medios masivos de comunicación, que han acercado el arte y
principalmente la música a millones de seres, pueden prestar una ayuda
substancial a la causa, si cumplen con su misión más noble y elevada que es la
"fecundación del alma". Estos medios influyen poderosamente en las
masas, y, en general, los gustos de éstas dependen, entre otros factores, de lo
que se fija en su conciencia por la repetición. Los medios masivos de
comunicación deberán entonces reconocer sus obligaciones frente a la
comunidad, y asumir nuevas responsabilidades a favor de la educación de las
masas.
Es urgente la necesidad de un equilibrio internacional en el plano moral y
espiritual, en esta era caracterizada por la superabundancia de las fuentes de
energía, que haga racional y eficaz la organización de la sociedad humana a
escala planetaria. La no realización de este equilibrio culminaría con un
desgarramiento del alma colectiva de la humanidad entera, a instancia de
divisiones parciales que ya se producen en diferentes partes del mundo y de lo
que somos testigos, víctimas o artesanos desde la primera guerra mundial. La
llave de la paz real y de la prosperidad depende de este equilibrio que debe ser
buscado y encontrado en el plano moral y espiritual. Inmenso es el esfuerzo a
realizar para conjurar ese destino y corto el tiempo para llevarlo a buen término.
Si no se logra rápidamente un equilibrio, nos espera el cataclismo final.
MAIL
salvenalplaneta@yahoo.com.ar
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Trabajo enviado por:
Daniel.