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Artistas: ¡salven al planeta!

Resumen: El hombre siente hoy en día en forma aguda la oposición entre el inmenso progreso de la técnica y la evidente deficiencia moral de la humanidad. Cuanto más se acelera el primero, más se agranda la brecha entre el querer y el poder. La crueldad de las guerras y las revoluciones en el curso del siglo XX evidencia claramente que el hombre no ha progresado moralmente. El hecho de que, por ejemplo, medio siglo después de la segunda guerra mundial, la humanidad no llega a establecer una situación de paz duradera, constituye por si sola una demostración elocuente de la impotencia de los responsables. En la actualidad estamos asistiendo a un espectáculo perturbador: atentados terroristas, rumores de guerra nuclear, bacteriológica, etc.(V)
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Autor: Daniel

Indice
1. Introducción
2. Bibliografía

1. Introducción

El hombre siente hoy en día en forma aguda la oposición entre el inmenso progreso de la técnica y la evidente deficiencia moral de la humanidad. Cuanto más se acelera el primero, más se agranda la brecha entre el querer y el poder. La crueldad de las guerras y las revoluciones en el curso del siglo XX evidencia claramente que el hombre no ha progresado moralmente. El hecho de que, por ejemplo, medio siglo después de la segunda guerra mundial, la humanidad no llega a establecer una situación de paz duradera, constituye por si sola una demostración elocuente de la impotencia de los responsables.
En la actualidad estamos asistiendo a un espectáculo perturbador: atentados terroristas, rumores de guerra nuclear, bacteriológica, etc. Estas locuras bélicas pretenden llevar a la humanidad hacia el holocausto final, aunque hasta los niños de las escuelas primarias tienen conciencia cabal de que una tercera guerra mundial, jamás permitiría vencedores, vencidos ni neutrales. Toda la vida del planeta desaparecería y la que llegara a sobrevivir, clamaría por la muerte. Frente a ese espectáculo, nace en nosotros el sentimiento del absurdo. La tecnología, en vez de dar seguridad, inspira un terror y una incertidumbre que socava la fuerza.
El progreso de la técnica, que ha sacado al hombre de su aislamiento de otros tiempos, conduciéndolo mecánicamente hacia la uniformidad, le reclama, bajo la amenaza de un cataclismo, una urgente y radical rejerarquización de los valores.
El hombre contemporáneo concentra sus esfuerzos sobre el desarrollo y la educación del intelecto. Es por la continuidad de ese desarrollo que el hombre deviene lo que se llama un "intelectual". Sin embargo, los recursos del intelecto, que le permiten hacer milagros en el dominio de la ciencia racional están limitados a eso. Los trabajos de Kant y de Virshow han demostrado que el campo de acción del intelecto humano está, por así decir, rodeado de un muro impenetrable.
Mientras la instrucción es el centro de las preocupaciones de las familias y de los poderes públicos, el desarrollo de la emotividad, está casi totalmente librado al azar. En la civilización contemporánea esto lleva a un extraordinario empobrecimiento de la vida afectiva. La vida emotiva, privada de una formación metódica, es para el hombre una fuente de imprevistos raramente agradables y menos todavía felices y cuyas consecuencias son, en general, difíciles de llevar. No es exagerado decir que la vida emotiva ocupa en la personalidad del hombre la posición de pariente pobre. Y, sin embargo, es solo por el desarrollo apropiado de esta esfera que el hombre puede abrir una nueva fuente de energía moral, cuya necesidad para él es tan apremiante. Por ello, debe descubrir rápidamente un método práctico para educar positivamente la vida emotiva de los seres humanos y de esta forma alcanzar un equilibrio entre el plano moral y el progreso técnico. Una forma posible de lograr este objetivo es orientar los esfuerzos de los artistas hacia un ideal moral común.

El arte es por excelencia un fenómeno de sociabilidad, puesto que está fundado en las leyes de la simpatía y de la transmisión de ideas, emociones, sentimientos y sensaciones.
La historia nos enseña el efecto civilizador de las artes sobre las sociedades, o a veces, por el contrario, sus efectos de disolución social. Si un Napoleón arrastró voluntades, un Beethoven no lo hizo menos.
Los móviles que empujan a las masas a la acción, permanecen a menudo en estado latente en el "inconsciente colectivo de los pueblos", durante siglos, incluso milenios. Los elementos de estos móviles pueden acumularse allí en formas de recuerdos crepusculares de brillantes victorias, aspiraciones o desquites después de los fracasos o rebeliones. Aunque borrada de la memoria directa de los pueblos, la conciencia-reminiscencia de estas aspiraciones personales permanece en los recónditos lugares de la mente del ser humano. Y en parte constituye lo que llamamos, en el más amplio sentido, el "espíritu de los pueblos". Cuando aparece un artista o un líder que encarna esa parte del inconsciente colectivo, comunica a las fuerzas latentes que encierra, si apela a ellas, un carácter dinámico; y si las masas lo siguen, es porque cada uno responde de hecho al llamado desde las profundidades de su propio inconsciente.

El arte nace con la reflexión, la cual se encarga de decodificar los recuerdos individuales o colectivos. El recuerdo de lo que ha experimentado o visto antes de ser artista de profesión, es el piso más sólido sobre el que trabaja el artista. Las emociones y los sentimientos pueden ser alterados por la profesión, pero no los recuerdos, en especial, los que corresponden a la niñez o la juventud. Estos guardan toda su lozanía y es con estos materiales, con los que el artista construye sus mejores obras.
Goethe decía: "Precisamente por la realidad es como el poeta se manifiesta, si sabe discernir en un sujeto vulgar un lado interesante". El realismo bien entendido consiste en tomar de las representaciones de la vida habitual lo interesante, despojándolo de las asociaciones vulgares, disociando lo real de lo trivial. Se trata de devolver la frescura a sensaciones marchitas, de encontrar algo nuevo en la vida de todos los días, de hacer brotar lo imprevisto de lo habitual, y para ello el único medio verdadero es profundizar lo real, ir más allá de las superficies en que se detienen habitualmente nuestras miradas, rasgar el velo formado por la confusa trama de todas nuestras asociaciones cotidianas que nos impide ver los objetos tal como son.
Vivimos en un período de hiperintelectualismo. Se sobreestima la instrucción, la organización racional, la inteligencia concreta que ofrece resultados inmediatos, tangibles, y se descuida la vida interior, el estudio de uno mismo. Los artistas, demasiado centrados en las producciones de los grandes maestros, pierden de vista las fuentes a las que han recurrido y que hacen pasar sus obras por un continuo soplo vital. A menudo creen haber creado, mientras que no han hecho más que imitar. Ignorando las leyes de la vida, las representaciones de los maestros son adaptadas a su propio nivel. Es necesario vincular el arte a estas "fuentes vivas" y reaccionar contra todo lo que tiende a apartarlo de estas leyes naturales, materiales y espirituales.
Sucede también con demasiada frecuencia, que formas creadas por los maestros han sido empleadas y explotadas teniendo en cuenta la creación formal, privada de la vida que las engendró; y algunos teóricos, colmados de espíritu científico, se han considerado autorizados para deducir leyes sólo de las fórmulas, sin tener en cuenta la vida que éstas ocultan.
No siempre es fácil obtener de las "fuentes vivas" un beneficio inmediato para el arte y por ende para la sociedad, pero los grandes maestros lo han logrado. No es, sin embargo, un privilegio reservado únicamente a los grandes creadores, aunque les ha sido otorgado gracias a su amor a la vida, su perseverancia y sinceridad.
De acuerdo a Platón, los griegos adoptaron la música como parte esencial de la educación debido a que inspira amor a lo noble y odio a lo mezquino, aunque reconocían que para alcanzar tal fin, debía haber detrás de ello un propósito moral. Sólo llamaban música a los sonidos que provocaban los sentimientos morales más elevados, llegando, como dice Platón, al alma para educarla en la virtud. Los demás sonidos no se llamaban música, sino amusia.
Actualmente se sabe que determinadas obras musicales nos sugestionan para sentir y pensar según sus características. Una marcha fúnebre nos entristece, una marcha guerrera excita el ánimo. El ritmo influye, principalmente sobre nuestra fisiología. En la antigüedad los agricultores y sobre todo los marineros, cantaban canciones cuyo ritmo preciso debía regular sus movimientos y así facilitar el trabajo.
Se sabe, por otro lado, que a través de haces de colores, o por el colorido de un ambiente se puede, por ejemplo, provocar disposiciones anímicas de alegría o tristeza, acelerar o decrecer el rendimiento en el trabajo.

Los mensajes subliminales también pueden afectar nuestros pensamientos o emociones por medio de estímulos visuales y / o auditivos. Al haberse comprobado esto, se redactaron leyes para su prohibición. La palabra subliminal (del latín: sub: bajo y limen: umbral), se refiere a la transmisión de un mensaje destinado a llegar al oyente justo por debajo del umbral de su conciencia. Muchos conocedores del tema han calificado a este fenómeno, como una invasión o violación de la conciencia; término adecuado, si tomamos en cuenta que una parte de nuestra mente recibe mensajes que escapan a los sentidos externos y penetran en el inconsciente invadiendo su intimidad.
Los colores y los sonidos poseen de por sí y aisladamente un significado simbólico que obra aparte de la intención artística. Cada uno tiene un carácter propio, y representa una fuerza que la misma naturaleza coloca en una relación simpática con ciertas disposiciones de ánimo.
Pitágoras enseñó a sus discípulos a curar enfermedades por medio de sonidos, y les mostró la relación que existía entre la belleza de las formas geométricas, los astros, los colores y las notas musicales.

Las teorías de Platón y Pitágoras, que relacionaban el equilibrio de las proporciones musicales con el ánimo, se extendieron durante el medioevo en la arquitectura, y la proporción áurea se reflejó en muchos edificios. Los artistas de esa época tenían muy presente la correspondencia entre las diferentes artes, y era muy frecuente que planteamientos musicales, arquitectónicos y pictóricos se relacionaran entre sí.

Los artistas actuales deberían investigar estas teorías, las cuales tenían como motor principal la educación moral y espiritual de los pueblos. A este respecto, un trabajo muy importante fue realizado a principios del siglo XX por Saint-Yves D` Alveydre. Su obra lleva el título "El arqueómetro". Esta reintegra todas las artes a una síntesis común y, al mismo tiempo, da la clave de las adaptaciones religiosas y científicas de la antigüedad. "El Arqueómetro" aporta una guía para construir conforme a nuevas reglas; es una invitación al trabajo con medios nuevos. Deja a cada artista toda su originalidad, dándole una base científica.
El fondo vivo del arte está constituido por ideas, y después por emociones, sentimientos y sensaciones. Transmitir verdades o ideas consideradas como verdades con un propósito moral o espiritual estéticamente, es el objeto del arte en estos tiempos. Lo que lo anima en esas circunstancias son las emociones, los sentimientos y las sensaciones que despiertan las verdades o ideas que ocupan nuestra atención en el transcurso del proceso. Las ideas simples son las más difíciles de captar por causa de la extrema complejidad de la mente que nos incita a complicarlo todo. Sin embargo, las ideas y las fórmulas simples son las que más importan en la vida. Las emociones como movimientos en si, sin contenido, no son objeto de la creación artística.
El mundo en que vivimos tiene necesidad de belleza para no caer en la desesperanza. La belleza llama a lo trascendente y es en cierto sentido la expresión visible del bien. A este respecto escribe Platón: "la potencia del bien se ha refugiado en la naturaleza de lo bello". La belleza moral es dictada y apreciada por la conciencia y se refleja en la intención de las acciones personales.
Las artes plásticas contemporáneas tienen sin duda un lugar asegurado en la historia, ya que se desentienden de todo lo superfluo y falso para aprisionar la belleza de las formas nuevas por un camino simple y claro. Pero junto con todas estas expresiones de la belleza, han proliferado una multitud de obras que en no pocos casos, lejos de expresar belleza, sólo muestran desorden y el absurdo de la vida de sus autores. Estos "artistas", instalan en el arte los símbolos de lo negativo, es decir el terror, la vulgaridad y la fealdad física y espiritual, que quiere rostros y cuerpos deformados hasta la monstruosidad. Y no sólo pactan con la fealdad, sino que la admiran si es estilizada. La búsqueda de estos "artistas", no es más la de la belleza o la verdad, sino la de lo nuevo a cualquier precio, ¡tan grande es el miedo a ser sobrepasado!.

Es una pena ver como un desenfrenado afán de originalidad y libertad de expresión frustra a noveles artistas, encerrándolos en una factura absurda y sin sentido, que más que belleza denota "anormalidad psíquica". Tal originalidad, en la mayoría de los casos, no es sino un recurso para suplir la ausencia de poder de creación. De hecho vemos cuan rápidamente envejecen ciertas realizaciones de la arquitectura, la pintura, la literatura y la música contemporáneas, ya que no condicen con nuestra época ni llegan al alma del hombre actual. Más aún, pareciera que muchas obras de hoy se presentan como mucho más viejas y anticuadas que las obras clásicas y, en forma general, las antiguas ubicadas en su época, conservan una perenne y fresca hermosura. El objeto del arte, que exterioriza las fealdades, las miserias y las limitaciones, es el de provocar principalmente "sensaciones intensas" para obtener rápidamente el éxito por la curiosidad, la piedad, la risa o el escándalo. Además de promover lo más bajo de la naturaleza humana, es evidente que la vista constante de cuerpos, rostros deformados y miseria moral, no podría tener otro efecto que aumentar la fealdad psíquica y física del hombre actual y de las generaciones futuras. El "arte" de los símbolos de lo negativo, aumenta el número de inadaptados sociales, incita a la delincuencia, al alcoholismo y a los estupefacientes que culminan con el suicidio moral en un cuerpo viviente.
Lo mismo sucede en la música contemporánea, donde en algunos casos se prescinde no sólo de la melodía, sino también del ritmo y de la armonía; todos los elementos carecen de unidad y se presentan como una desenfrenada irrupción de ruidos. Al no representar ninguna norma vital, estos "sistemas" musicales se prestan a la expresión de sentimientos y de estados de alma morbosos. Para justificar tales obras, sus autores y críticos dicen que ellas son la expresión del alma contemporánea, insegura y atormentada, sin fe ni esperanza.

La música moderna popular, producto de consumo masivo, en general, ha abusado excesivamente de los valores plásticos (relaciones sutiles entre los elementos agógicos y dinámicos ayudados por el timbre), entregándose a veces a evocaciones fisiológicas de una vulgaridad desvergonzada. Sus ritmos producen frecuentemente una excitación corporal, que de la alegría o la simple satisfacción puede llegar hasta la embriaguez, lo que provoca un desdoblamiento de la personalidad. Estos ritmos, muchas veces van acompañados por cantos que expresan ideas, sentimientos o estados anímicos negativos, causando desequilibrio nervioso en el estado físico y mental del hombre. Como decía Stéphen-Chauvet : "Resulta de ello una verdadera ebriedad, con exaltación sensorial, exaltación de la imaginación y disgregación de la personalidad. Esta, en efecto, se transforma y se fusiona con la de los compañeros y la de los espectadores, y en consecuencia, se convierte en un simple elemento de una entidad colectiva episódica: una multitud en estado de embriaguez saltarina". En definitiva, convierte a los oyentes que se prestan a ello, a los jóvenes principalmente, en autómatas, porque en ese momento se paraliza el proceso mental de su conciencia. Llegado a ese punto, se los puede inducir fácilmente hacia el sexo, el alcohol, la droga, etc.

El origen de este tipo de "música" se encuentra en las tribus africanas, lo mismo que los ritmos sincopados, que se utilizan en el vudú, tal como se practica en Haití, dentro de un repertorio completo de ritos de copulación, encantamientos y conjuros. De ahí fueron obtenidos, con el fin de reproducir lo más fielmente posible, los ritmos sucesivos que conducirán a los oyentes a un placer sexual completo.
La intensidad del sonido elevada a 20 decibeles sobre el límite de tolerancia del oído humano, es un asalto deliberado y directo sobre la persona. El fin perseguido es exaltarla y paralizar su conciencia, sumergiéndola en un océano sonoro.
El arte en general, persigue dos fines distintos: por un lado trata de producir sensaciones y por otra parte, fenómenos de inducción psicológica conducentes a ideas, sentimientos y emociones. Estos fenómenos de inducción, son los que hacen al arte expresivo. Si el arte se refiriese sólo a provocar sensaciones, su dominio podría limitarse a un sistema de reglas técnicas.
Es menester en el arte preservar ante todo la vida, y no la perfección del detalle. Buen número de profesores han insistido en el valor de la conciencia de los detalles de la técnica. Muchos han ido demasiado lejos, alentando una actitud cerebral desfavorable para la práctica artística. Aquellos que tienden únicamente a la técnica pura, pierden de vista el sentido profundo del arte. A menudo el virtuosismo tan solo compensa la falta de vida interior, y crea asociaciones superficiales y automatismos nefastos para la comprensión de la obra. Ahora, la técnica tomada como medio y no como fin, es de un gran valor ya que apela a cualidades estimables y hasta necesarias: precisión, voluntad, resistencia, búsqueda de la perfección aunque sólo sea formal; exige flexibilidad, fuerza y memoria.

El arte, tiene como último fin producir la convicción, tal como la elocuencia, y el medio más sencillo para conseguirlo es siendo veraz. El artista es libre de mentir, pero en nuestros días, donde prevalece el espíritu crítico, la falsedad se hace visible y quita fuerza a las representaciones evocadas. La ficción se tolera sólo cuando expresa una idea verdadera. El tema manifiesta el espíritu que creó la obra entera. El poder del idealismo existe bajo la condición de que no se apoye en la ficción, sino sobre una aspiración intensa y perdurable. El lenguaje del arte que resiste el paso de los siglos, es una forma de oración que testimonia y da fe de las creencias del hombre en cada momento histórico.

Sólo un ideal moral o espiritual puede expresar en el Arte la esencia de la vida. Pero es necesario para ello "creer en la vida". La rectitud moral, la humildad, la concentración espiritual, el alejamiento de los goces de los sentidos y del atractivo de las cosas materiales que distraen y perturban la simplicidad del corazón, constituyen el mejor medio para la maduración del artista. La creación y el grado de sensibilidad artística, no son el resultado de un momento esporádico de exaltación emotiva o espiritual, sino de la experiencia y de la organización de la vida del artista.
Todo arte verdadero tiene sobre la sensibilidad un efecto tónico y reactivo, enciende en el alma la alegría, es decir, el sentimiento de la fuerza acrecentada. Nos da también el sentimiento inmediato de la vida más intensa y expansiva a la vez. La contemplación del arte verdadero, acompañada por una simultánea introspección y proseguida con un espíritu que podría calificarse de religioso, sería un poderoso factor para el mejoramiento de la raza humana en todos los niveles. Y cuanto más elevado sea el nivel de contemplación, más grande será la influencia de este factor. No podría dudarse que a la larga, las impresiones producidas en las mujeres embarazadas por la belleza artística tendrían efecto sobre sus hijos.
Es preciso entonces que los artistas de todo el mundo se unan en un esfuerzo solidario para proyectar estéticamente ideas o verdades conducentes a una vida moral y espiritual más elevada, que despierten en la sociedad emociones y sentimientos superiores. Y deben hacerlo con alegría al servicio de la causa, subordinando a esta sus propios intereses. Esta última condición es imperativa.

La meta sólo puede ser alcanzada por un trabajo metódico y continuo. La particularidad de esos esfuerzos está colocada bajo el signo del despertar de la afectividad del artista, por un trabajo consciente sobre si mismo. Este despertar, esta llama, es la condición expresa y el punto de partida hacia el éxito. Sin embargo, este trabajo sobre si, teniendo por meta la evolución moral y espiritual de él mismo y de la sociedad, no puede ser cumplido en el vacío, es decir, no puede ser realizado por medios egoístas. Si permanece sin aplicación práctica, esta fuerza de tensión encendida se disipará. Porque toda fuerza exige un punto de aplicación definido, sin lo cual ella se descompone y dispersa. Para que esa fuerza pueda ser aplicada, el artista debe ser útil. Es así que comenzará su tarea, es decir que pasará de las palabras y las aspiraciones a los actos.

Las repercusiones imaginables de su aplicación oportuna serían: en primer lugar, la violencia en todas sus formas se hallaría evidentemente rechazada hacia la inmoralidad. Sanaría poco a poco a los individuos y a los pueblos, tanto si su mal es el complejo de inferioridad o de superioridad, y condenaría en forma definitiva al prejuicio racial.
Juiciosamente aplicado ese principio impediría a los "Poderes del mundo" –ciertos medios industriales y financieros- comprometer a los pueblos en la guerra. Además al estigmatizar el prejuicio racial, rebajando la soberbia de algunos, no resentirá más el orgullo de otros, y un equilibrio natural tenderá así a reestablecerse.
Actualmente es necesario que los gobiernos instauren un "Ministerio", o una "Facultad", que estudie las influencias fisiológicas y psicológicas del arte, en donde también se formen y desarrollen científicamente las aptitudes emotivas, es decir la vida del corazón y de los sentimientos.
Toda nuestra educación está orientada hacia el desarrollo del intelecto, y deja la formación de la emotividad librada al azar. No es para sorprenderse, entonces, que con la edad, abandonado a su suerte, la esfera afectiva del hombre degenere de más en más. Porque lo que no crece y se desarrolla cae, por este hecho en la degeneración. No es exagerado decir que las emociones negativas constituyen el principal factor del envejecimiento y después de la muerte, generalmente prematura de los seres humanos. Los efectos directos de las emociones negativas son siempre destructores, atentan contra la salud, provocan discordia en las familias y dan a las masas humanas impulsos que las empujan a excesos, guerras o revoluciones.

En la hora actual no faltan los medios materiales para organizar racionalmente la vida política y social de la humanidad y alcanzar una paz duradera, porque esos medios están allí; lo que falta en este campo es la inteligencia profunda de las cosas y una conciencia planetaria. La clave para cambiar favorablemente esta situación se halla en "promover lo bello del arte", con el fin de elevar la moral y el espíritu de los seres humanos, para hacer frente a las contingencias actuales y superarlas. Precisamente en ese sentido Dostoievski ha dicho que "la belleza salvará al mundo".

Los medios masivos de comunicación, que han acercado el arte y principalmente la música a millones de seres, pueden prestar una ayuda substancial a la causa, si cumplen con su misión más noble y elevada que es la "fecundación del alma". Estos medios influyen poderosamente en las masas, y, en general, los gustos de éstas dependen, entre otros factores, de lo que se fija en su conciencia por la repetición. Los medios masivos de comunicación deberán entonces reconocer sus obligaciones frente a la comunidad, y asumir nuevas responsabilidades a favor de la educación de las masas.
Es urgente la necesidad de un equilibrio internacional en el plano moral y espiritual, en esta era caracterizada por la superabundancia de las fuentes de energía, que haga racional y eficaz la organización de la sociedad humana a escala planetaria. La no realización de este equilibrio culminaría con un desgarramiento del alma colectiva de la humanidad entera, a instancia de divisiones parciales que ya se producen en diferentes partes del mundo y de lo que somos testigos, víctimas o artesanos desde la primera guerra mundial. La llave de la paz real y de la prosperidad depende de este equilibrio que debe ser buscado y encontrado en el plano moral y espiritual. Inmenso es el esfuerzo a realizar para conjurar ese destino y corto el tiempo para llevarlo a buen término. Si no se logra rápidamente un equilibrio, nos espera el cataclismo final.
MAIL
salvenalplaneta@yahoo.com.ar

2. Bibliografía

BARRENECHEA, Mariano: Historia estética de la música.
BASURCO Francisco: El canto cristiano en la tradición primitiva.
BERNARD, R. G.: La religión y el arte.
DERISI, Octavio: Lo eterno y lo temporal en el Arte.
GARCÍA MARTÍNEZ: Crisis y revolución en el arte de hoy.
GUYAU, José: El arte desde el punto de vista sociológico.
HANSLICK Eduard: De lo bello en la música.
HURTADO, Leopoldo: Introducción a la estética de la música.
JUAN PABLO II: Carta del Santo Padre a los artistas.
KANDINSKY, Vassily: De lo espiritual en el arte.
LALO, Charles: Estética musical científica.
MOURAVIEFF, Boris: Gnosis Tomo I.
MOURAVIEFF, Boris: Gnosis Tomo II.
MOURAVIEFF, Boris: Gnosis Tomo III.
QUERALTÓ, Jenny: Mensajes que no llegan a la conciencia.
REDFIELD, John: Música: ciencia y arte.
RIEMANN, Hugo: Estética musical.
ROMANIUK, Pedro: Babilonia.
SAINT – YVES D´ALVEYDRE: El arqueómetro.
SCHONFIELD, Hugh: El nuevo testamento original.
SCIACCA, Giusseppe María: El niño y el folklore.
STOKOWSKI, Leopold: Música para todos nosotros.
STRAWINSKY, Igor: Poética musical.
TOBAR , Dolores: El rock es en verdad portador de mensajes subliminales.
VEGA, Carlos: La ciencia del folklore.
WIBBERLEY, Brian: Música y religión.
WILLEMS, Edgar: El ritmo musical.
WILLEMS, Edgar: El valor humano en la educación musical.
WILLEMS, Edgar: Las bases psicológicas de la educación musical.
WOODWORTH, Wallace: El mundo de la música.

 

Trabajo enviado por:
Daniel.
jdc@dd.com.ar

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