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Panorama general de la vida de los adolescentes
Introducción
La mayor generación de adolescentes registrada en la historia más de 1.200 millones de personas se está preparando a ingresar a la adultez en un mundo en rápido cambio. Su nivel educacional, su estado de salud, su disposición a asumir papeles y responsabilidades de adultos y el apoyo que reciben de sus familias, sus comunidades y sus gobiernos, determinarán su propio futuro y el futuro de sus países. Casi la mitad de los habitantes del mundo tienen menos de 25 años de edad: se trata de la mayor generación de jóvenes jamás registrada en la historia. El informe El Estado de la Población Mundial 2003 examina los retos y los riesgos que enfrenta esta generación y que influyen directamente sobre su bienestar físico, emocional y mental. Actualmente, millones de adolescentes y jóvenes enfrentan perspectivas de matrimonios precoces, procreación temprana y educación incompleta, además de la amenaza del VIH/SIDA. De todas las nuevas infecciones con el VIH, la mitad ocurre en personas de 15 a 24 años de edad. En el informe se destaca que al aumentar los conocimientos, las oportunidades, las opciones y la participación de los jóvenes, se posibilitará que tengan vidas saludables y productivas, de modo de poder contribuir plenamente a sus comunidades y a un mundo más estable y próspero. Los adolescentes y jóvenes de hoy tienen diversas experiencias, habida cuenta de las diferentes realidades políticas, económicas, sociales y culturales existentes en sus comunidades. No obstante, hay en las vidas de todos ellos un factor común: la esperanza de un futuro mejor. Esta esperanza es reforzada por los Objetivos de Desarrollo del Milenio, acordados por los líderes mundiales en el año 2000 a fin de reducir la extrema pobreza y el hambre, frenar la propagación del VIH/SIDA, reducir la mortalidad de madres y niños, asegurar la educación primaria universal y mejorar el desarrollo sostenible, antes de 2015. Dentro del marco de derechos humanos establecido y aceptado por la comunidad mundial, ciertos derechos son particularmente pertinentes a los adolescentes y los jóvenes, así como a las oportunidades y los riesgos que ellos enfrentan, inclusive el derecho a la igualdad de género y los derechos a la educación y la salud, incluidos servicios de salud reproductiva y sexual e información al respecto, de manera apropiada a su edad, a su capacidad y a sus circunstancias. Las acciones encaminadas a asegurar la vigencia de esos derechos pueden tener beneficios prácticos de enorme magnitud: aumentar los medios de acción de las personas y asegurar su bienestar, contrarrestar la pandemia de VIH/SIDA, reducir la pobreza y mejorar las perspectivas de progreso social y económico. Abordar esos retos es una urgente prioridad de desarrollo. Las inversiones en los jóvenes arrojarán grandes utilidades durante varias generaciones en el futuro. Por otra parte, la inacción redundará en enormes costos para las personas, las sociedades y el mundo en general. En todas las regiones, hay necesidad de entablar diálogos positivos a fin de que padres, madres, familias, comunidades y gobiernos, comprendan mejor las complejas y delicadas situaciones que enfrentan los adolescentes y los jóvenes. El informe examina diversos factores, entre ellos, las cambiantes estructuras de la familia, la evolución de las condiciones de vida, la rápida transformación de las normas y comportamientos sexuales, el aumento del número de huérfanos y niños de la calle, los efectos de la urbanización y la migración, los conflictos armados, la falta de educación y empleo y el continuo costo de la discriminación y la violencia por motivos de género. Los jóvenes, mujeres y varones, necesitan orientación, y al mismo tiempo, también necesitan relaciones e instituciones de apoyo que respondan a sus esperanzas y preocupaciones. Al emprender acciones concertadas e integrales para abordar los retos que enfrentan los adolescentes y los jóvenes, los gobiernos pueden dar cumplimiento a sus compromisos y alcanzar las metas internacionales de desarrollo, además de otorgar más esperanzas a la mayor generación de jóvenes que jamás haya existido en el mundo. El UNFPA, Fondo de Población de las Naciones Unidas, está colaborando con una amplia gama de aliados y con los propios jóvenes para abordar las necesidades de los adolescentes y los jóvenes de maneras culturalmente sensibles, impulsadas localmente y acordes con las normas internacionales de derechos humanos.
La adolescencia es un proceso de crecimiento. Orientar a los niños a medida que van avanzando hacia la adultez no es y nunca ha sido una tarea exclusivamente a cargo de padres y madres. En las comunidades rurales tradicionales, la transición está regida por la familia ampliada y los sistemas jerárquicos y de respeto establecidos. Pero en todos los países en desarrollo, las certidumbres de la tradición rural están cediendo el paso a la vida urbana, con sus oportunidades y riesgos, sus libertades individuales y sus demandas sociales más complejas y marcos de apoyo más elaborados. En los ámbitos urbanos en rápido cambio, los jóvenes obtienen de los demás jóvenes, y cada vez más, de los medios de difusión de masas, la mayor parte de su información acerca del mundo que los rodea, de lo que han de esperar y de la manera de comportarse,. La tensión entre padres y madres, que tienden a percibir a los adolescentes como niños necesitados de protección, y el mundo exterior, que impone a los adolescentes demandas como si fueran adultos, refleja el dilema central de la adolescencia moderna. El período entre 10 y 19 años de edad está colmado de transiciones vitales. La manera y el momento en que los jóvenes experimentan esas transiciones varían en gran medida, en función de sus circunstancias. A los 10 años de edad, en la mayoría de las sociedades la expectativa es que los niños vivan en su hogar, asistan a la escuela, aun no hayan llegado a la pubertad, sean solteros y nunca hayan trabajado. Antes de cumplir 20 años, muchos adolescentes ya se han marchado de la escuela y de su hogar. Han comenzado a tener actividad sexual, se han casado y han ingresado en la fuerza laboral (1). Si bien escasean las investigaciones comparativas, en lo concerniente a los adolescentes, las diferencias entre distintas sociedades y dentro de una misma sociedad son más pronunciadas y las generalizaciones tal vez menos útiles, que en lo tocante a otros grupos de edades; algunas sociedades apenas reconocen la prolongada transición hacia la adultez; en otras, la adolescencia parecería abarcar desde los últimos años de la infancia hasta etapas posteriores a los 20 años. Además, los conocimientos sistemáticos acerca de los adolescentes son aún más escasos que para otros grupos de edades y esa escasez es incluso mayor con respecto a la primera adolescencia, entre los 10 y los 14 años, que para la etapa posterior, de los 15 a los 19 años de edad. Si bien la información sobre los jóvenes está comenzando a ser un poco más abundante(2), escasean los datos fidedignos sobre las influencias más fuertes en sus vidas: los demás jóvenes, sus familias y sus comunidades. Es necesario que los encargados de formular políticas, las comunidades y las familias establezcan políticas, programas y sistemas de orientación, de modo que tantos jóvenes como sea posible dispongan de los recursos que necesitan para contribuir a sus sociedades.
¿Por qué es importante la salud reproductiva? La comunidad internacional ha definido la salud sexual y reproductiva como un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no meramente la ausencia de enfermedades o dolencias, en todas las cuestiones relativas al aparato reproductor y sus funciones y procesos(3). La salud sexual y reproductiva es un componente esencial de la capacidad de los jóvenes para transformarse en miembros bien equilibrados, responsables y productivos de la sociedad(4). En posteriores capítulos del presente informe se detallan las principales cuestiones atinentes a la vigencia de los derechos de los adolescentes y la satisfacción de sus necesidades relativas a la salud sexual y reproductiva. En el capítulo 2 se examina la desigualdad de género en relación con el matrimonio precoz, la actividad sexual prematrimonial y la violencia contra las mujeres y las niñas. En el capítulo 3 se considera el VIH/SIDA y sus efectos sobre los jóvenes. El capítulo 4 destaca las acciones encaminadas a influir sobre el comportamiento de los adolescentes, proporcionándoles información acerca de la salud sexual y reproductiva. En el capítulo 5 se analiza la provisión de servicios de salud reproductiva “acogedores para los jóvenes”. En el capítulo 6 se ofrecen ejemplos de programas integrales que abordan las necesidades de los adolescentes en materia de información, servicios y adquisición de aptitudes. Finalmente, en el capítulo 7 se indican los necesarios cambios a introducir en las políticas y los beneficios de efectuar inversiones en los adolescentes, inclusive en su salud sexual y reproductiva. La salud reproductiva es una necesidad durante toda la vida. El estado de salud reproductiva de una madre tiene efectos sobre sus hijos y la salud de éstos. A medida que los niños varones y las niñas van creciendo, los adultos los tratan de manera diferente y tienen diferentes expectativas en cuanto a su comportamiento. Esas diferencias suelen determinar las futuras condiciones de su vida y muchas atañen a la sexualidad o repercuten sobre ésta. En numerosos ámbitos sociales, muy distintos entre sí, se condiciona de manera desembozada o sutil, a las niñas para que desempeñen el papel de esposa y madre, y a los niños varones, el papel de sostén y jefe del hogar. Dentro y fuera del hogar, se plantean demandas sobre los niños: si pueden esperar educación y en qué forma; la introducción del adolescente a las prácticas atinentes a la sexualidad, el cortejo y el matrimonio; y la información y los servicios relativos a la salud reproductiva, antes del matrimonio y durante éste. Esas demandas reflejan las diferentes expectativas en función del género. Las dificultades en cuanto a la salud reproductiva con que se tropieza más avanzada la adolescencia, entre ellas el embarazo no deseado, el aborto realizado en malas condiciones y las infecciones de transmisión sexual, pueden atribuirse a circunstancias como la falta de educación y oportunidades, pero están presentes en todos los grupos sociales. A menudo, las diferentes expectativas de género y el diferente trato en la infancia y durante los primeros años de la adolescencia son importantes factores contribuyentes. Por ejemplo, las expectativas de que las jóvenes se responsabilicen por la anticoncepción, las presiones sobre los jóvenes varones para que prueben su masculinidad, el comportamiento a la vez agresivo y sumiso de muchas jóvenes, son resultado de pautas de comportamiento establecidas desde las edades más tempranas. Con frecuencia, es difícil hablar de esos temas, y su planteo es espinoso para los propios jóvenes. Parte de la razón, o al menos de la explicación, para la reticencia pública es que los propios jóvenes no colocan la salud sexual y reproductiva en un lugar muy prominente de su lista de preocupaciones activas. Pero la salud reproductiva está vinculada a muchos aspectos que ellos consideran primordiales, como finalizar su educación, encontrar empleo, lograr una posición económica, entablar relaciones seguras y, llegado el momento, establecer su propia familia. Los maestros, líderes espirituales, empleadores, gobiernos y comunidades deben ayudar a los jóvenes y a sus padres y madres, en la etapa en que los jóvenes se preparan para ejercer los derechos y responsabilidades de la adultez. Los sistemas políticos deben encontrar maneras de involucrar a los jóvenes en la formulación y la aplicación de las políticas que conforman sus vidas. En el resto de este capítulo se proporciona un panorama general de la gama de situaciones que es preciso abordar.
Salud reproductiva de los adolescentes y pobreza
Para reducir la pobreza es preciso avanzar hacia la satisfacción de las necesidades de los adolescentes en materia de salud reproductiva. La educación es la clave para discontinuar la transmisión de la pobreza de una generación a la siguiente. Pero, los estudios indican que los pobres tienen más probabilidades de no finalizar sus cursos escolares(5). En consecuencia, se ven privados de educación sobre salud reproductiva y sexualidad, que se imparte en los grados superiores, y no saben dónde encontrar información sobre salud. Las jóvenes más pobres probablemente se casarán antes(6). En el 20% más acaudalado de la población, el matrimonio antes de los 18 años es relativamente raro (menos del 30%, en países donde el promedio nacional supera el 50%). En Nigeria, casi un 80% de las jóvenes más pobres ya están casadas al cumplir 18 años, mientras que el porcentaje para los grupos más ricos es de sólo 22%. Las diferencias en las tasas de fecundidad de las adolescentes son consecuencia de muchos factores, entre ellos las oportunidades disponibles en la vida, el acceso a los servicios, las actitudes de los encargados de prestar servicios, las expectativas socioculturales, las desigualdades de género, las aspiraciones educacionales y los niveles económicos. En muchos países, las diferencias de fecundidad entre los estratos más pobres y los más ricos figuran entre las mayores en comparación con los restantes indicadores de salud(7). La procreación precoz en las familias pobres perpetúa el ciclo de pobreza, de una generación a la siguiente. Por lo general, en la actualidad el uso de anticonceptivos entre los adolescentes es bajo, pero va en aumento en los estratos económicos más altos. Entre los jóvenes más pobres, menos del 5% utilizan anticonceptivos modernos. La falta de equidad en el acceso a la planificación de la familia fomenta la probabilidad de los alumbramientos no deseados o inoportunos. (Véase el Capítulo 2). Cuando las jóvenes más pobres dan a luz, tienen menores probabilidades de ser atendidas por personal capacitado. Las jóvenes más ricas tienen probabilidades entre dos y ocho veces superiores de que sus alumbramientos sean atendidos por un profesional médico. La atención de personal capacitado es importante para la salud de la madre y del niño, particularmente cuando hay complicaciones del parto. Cuanto más joven es la madre, tanto mayores son las posibilidades de que padezca complicaciones del embarazo y el parto. Además, las pobres tienen menor acceso a los servicios de atención de la salud, pese a que corren mayores riesgos en el embarazo y el parto. El VIH/SIDA es una enfermedad correlacionada con la pobreza. Las mujeres pobres son las que están en peores condiciones de negociar condiciones menos riesgosas para las relaciones sexuales y quienes más probablemente se verán impulsadas a aceptar un compañero en la esperanza de obtener beneficios materiales. Esta vulnerabilidad social se agrava por la falta de información. Lo probable es que las mujeres pobres no sepan que el VIH/SIDA se transmite por vía sexual. POBREZA Y CRECIMIENTO ECONÓMICO En el año 2000 se estimaba que en todo el mundo, el número de jóvenes que sobrevivían con menos de un dólar diario era de 238 millones, casi la cuarta parte (22,5%) del total de la población de jóvenes(8). Hay unos 462 millones de jóvenes que viven con menos de 2 dólares diarios. El Asia meridional es la región donde hay mayor concentración de jóvenes que viven en extrema pobreza (106 millones), seguida por África al Sur del Sahara (60 millones), la región de Asia oriental y el Pacífico (51 millones) y América Latina y el Caribe (15 millones). Un 77% de los 238 millones de jóvenes que viven en extrema pobreza residen en 11 países de gran magnitud: la India, China, Nigeria, el Pakistán, Bangladesh, la República Democrática del Congo, Viet Nam, el Brasil, Etiopía, Indonesia y México. La pobreza en la juventud también tiene una estrecha correlación con el nivel de la deuda nacional.
UNA OPORTUNIDAD Si bien el crecimiento de la población y la persistente pobreza en los países en desarrollo están engarzadas en un círculo vicioso, la gran cantidad de jóvenes que están vivos hoy ofrece una singular oportunidad económica. A medida que van disminuyendo las tasas de fecundidad, va aumentando la cantidad de población en edad activa (15 a 60 años de edad) en comparación con los grupos “dependientes” (0 a 15 y 60 y más años de edad). Así se abre una “oportunidad demográfica”(9). Si se realizaran inversiones apropiadas en salud y educación y se adoptaran políticas económicas y criterios de gobernabilidad propicios, los países podrían movilizar el potencial de sus jóvenes e impulsar una transformación económica y social. La oportunidad demográfica llegará a su fin a medida que las poblaciones vayan avanzando en edad y que aumente nuevamente la tasa de dependencia. Algunos países, como Tailandia y la República de Corea, ya han aprovechado su “oportunidad demográfica”, efectuando inversiones en programas sociales para lograr un espectacular crecimiento económico. Actualmente, esa oportunidad se está abriendo para un gran grupo de países, donde las tasas de fecundidad han disminuido pronunciadamente en los dos últimos decenios. Para los países menos adelantados, donde son más altas las tasas de fecundidad y más lentas las disminuciones, la oportunidad no se abrirá hasta después de 2050 (Gráfico 1)(10).
Dentro de un mismo país, las oportunidades varían considerablemente; los niveles de dependencia son más elevados en las familias pobres y las tasas de fecundidad son mayores(11). La persistencia de las altas tasas de fecundidad en los hogares pobres socava las perspectivas de desarrollo. Para aprovechar la oportunidad demográfica es preciso efectuar inversiones en salud (inclusive la salud reproductiva) y en educación para las familias más pobres. En muchas regiones y países serán los adolescentes de hoy quienes formarán parte de la población activa cuando el dividendo demográfico llegue a su máximo. Las inversiones en su salud, su educación y sus aptitudes y el establecimiento de un marco normativo propicio para el crecimiento económico y social deberían ser cuestiones prioritarias y de importancia crítica. En los países menos adelantados se necesitarán inversiones aún mayores para mejorar la calidad de la vida y la gobernabilidad y acelerar la transición demográfica, de modo de abrir cuanto antes y lo más ampliamente posible esa oportunidad. Un mundo cambiante
Los adolescentes están heredando un mundo en rápida evolución, plasmado cada vez más por influencias mundiales, entre ellas:
Los cambios políticos, sociales y económicos y los problemas sociales resultantes están afectando las relaciones entre los progenitores y los hijos, la forma en que se considera la autoridad paterna y las instituciones que sirven a los adolescentes. Hay una enorme diversidad en las circunstancias en que se encuentran los jóvenes, entre distintos países y dentro de un mismo país. A continuación se consideran algunos de esos aspectos. CAMBIOS EN LAS FAMILIAS Y LAS CONDICIONES DE VIDA En muchos ámbitos, tradicionalmente las relaciones entre los niños y sus progenitores han sido sólo un componente de una red de relaciones en la familia ampliada. Pero la migración, los nuevos valores y conceptos, la pobreza, la dispersión familiar y los efectos del VIH/SIDA han reducido la dependencia respecto de la familia ampliada, particularmente en las ciudades. Esto ha acrecentado las demandas a que están sujetos los progenitores, pero privándolos al mismo tiempo de los sistemas de apoyo. Muchos jóvenes están viviendo sin uno o ambos progenitores y muchos también no puedan depender de sus familias para que los apoyen. Un análisis de los datos de encuestas para países seleccionados realizadas a fines del decenio de 1990(12) indica las proporciones de jóvenes adolescentes de entre 10 y 14 años de edad que no viven con su padre o su madre, la cual osciló entre 3% en Jordania y 13% en Nicaragua y hasta más del 20% en algunos países africanos, y además indicó que la cantidad de niñas que se encontraban en esta situación era mayor que la de varones. Los niños que vivían con un progenitor (en la mayoría de los países, con mayor frecuencia la madre y no el padre) iban desde menos del 10% en Jordania hasta el 32% en Nicaragua. Si bien escasean los datos sobre las diferencias entre zonas urbanas y rurales, en Etiopía el 60% de los adolescentes campesinos vivían con ambos progenitores, en comparación con el 41% de las niñas y el 47% de los varones en las zonas urbanas. HUÉRFANOS Y NIÑOS DE LA CALLE La pérdida de uno o de ambos progenitores cambia profundamente la vida de los adolescentes, obligándolos a transformarse en jefe de familia o a vivir en las calles. La pobreza y los conflictos políticos y étnicos exacerban la situación. Hasta el momento, a causa del SIDA han quedado huérfanos al menos 13 millones de niños menores de 15 años. Según los pronósticos, antes de 2010 se duplicará con creces la cantidad total de niños que han quedado huérfanos a causa de la epidemia a partir de sus comienzos(13). Antes del comienzo del SIDA, un 2% de los niños de países en desarrollo era huérfanos. Actualmente, en diez países de África al Sur del Sahara—Botswana, Burundi, Lesotho, Malawi, Mozambique, la República Centroafricana, Rwanda, Swazilandia, Zambia y Zimbabwe—más del 15% de los niños menores de 15 años han quedado huérfanos(14). Hay muchas otras razones para que los adolescentes busquen refugio en las calles. Los hogares y las familias se desintegran debido a la guerra o a situaciones de emergencia civil(15). Los niños pueden ser empujados a abandonar su hogar debido a la extrema pobreza, la violencia o las toxicomanías en la familia, o a conflictos con sus parientes. Los niños tal vez escapen de malos tratos físicos o mentales, del fracaso escolar, de los problemas de salud mental o de comportamiento, del aburrimiento, de la falta de oportunidades o de las relaciones insatisfactorias con otros jóvenes(16). Las estimaciones mundiales del número de niños de la calle varían desde 100 millones, con la mitad de ellos en América Latina(17), hasta 250 millones(18). Esas cantidades están aumentando rápidamente y las cantidades de niños de corta edad que viven en las calles son superiores a las registradas nunca antes(19). En Filipinas, por ejemplo, se informó en 1991 de que había 220.859 niños de la calle; en 1999, había 1,5 millón(20). En los países en desarrollo, los niños de la calle pueden tener sólo 8 años, mientras que en los países desarrollados suelen ser mayores de 12 años(21). En Asia, los niños de la calle muy probablemente serán varones y no niñas. Las niñas son menos visibles en la calle, posiblemente debido a que es menor el número de las que se marchan de sus hogares o son abandonadas por sus familias; o debido a que las niñas son recogidas más rápidamente por las autoridades o que se las confina y explota.
Debido a sus precarias circunstancias residenciales y económicas y a su falta de acceso a las instituciones de servicios sociales, los jóvenes sin hogar suelen estar malnutridos, tener salud deficiente y ser toxicómanos y susceptibles al abuso sexual y al VIH/SIDA(22). Los adolescentes sin hogar, considerados por lo general “demasiados mayores” para ser candidatos a la adopción, figuran entre los grupos más postergados en lo concerniente a acciones de rehabilitación o estrategias de prevención del VIH(23). Los jóvenes de la calle, a menudo percibidos como una amenaza a la sociedad, son objeto de violencia, tanto por parte de los agentes encargados de la aplicación de la ley como del “vigilantismo”. URBANIZACIÓN Y MIGRACIÓN Las zonas urbanas están cambiando, los pequeños poblados se están transformando en ciudades y las grandes ciudades siguen ampliándose. La urbanización es una influencia especialmente importante en los países menos adelantados. Las personas migran en respuesta a las oportunidades, las privaciones económicas o las emergencias medioambientales, lo cual refleja a la vez la insuficiencia de las inversiones en desarrollo rural y la deficiente gestión de los recursos(24). La experiencia urbana de los jóvenes simultáneamente les ofrece oportunidades y los expone a riesgos. En cada uno de los aspectos de sus vidas, los adolescentes migrantes siguen siendo un grupo sumamente vulnerable y a menudo inaccesible. Los jóvenes tal vez se desplacen con sus familias o por cuenta propia, en busca de trabajo o de educación. La información sobre las razones por las cuales migran los adolescentes es muy escasa y es mucho lo que debe inferirse a partir de otros datos. Por ejemplo, los datos obtenidos en el Togo correspondientes a 1998 indican que un 34% de las niñas de 10 a 14 años de edad vivían en ciudades, en comparación con el 28% de los niños varones y que las diferencias aumentaban para el grupo de 15 a 19 años de edad: 44% las niñas y 34% los varones(25). Esto sugiere que en las ciudades en el Togo ofrecen—o parecen ofrecer—mejores oportunidades educacionales y económicas para las niñas (Cuadro 1). Se registraron patrones similares en Bolivia y Filipinas. La experiencia de los migrantes desde zonas rurales hacia las ciudades varía considerablemente. En muchos países en desarrollo, las tareas domésticas son una de las principales fuentes de ingresos para las niñas y las jóvenes en zonas urbanas. En Bangladesh, las labores textiles en las ciudades han ofrecido a las jóvenes migrantes oportunidades insólitas de obtener ingresos, ahorrar para su dote y aplazar el matrimonio; en su mayoría, sus experiencias han sido muy positivas(26). En cambio, en Nigeria las jóvenes aprendizas de sastre son muy vulnerables al abuso sexual debido a su posición subordinada en el trabajo y su separación de sus familias(27). Con frecuencia, las jóvenes migran a las ciudades o al extranjero para vivir con las familias de sus esposos. Tal vez no se trate de una opción libre, especialmente cuando la mujer es pobre o huérfana(28). En Tailandia, las personas de 15 a 19 años de edad constituyen la mayor proporción de los migrantes; manifiestan que tropiezan con dificultades en las ciudades, pues cuentan con pocos adultos que puedan ayudarlas con sus problemas(29). Un estudio sobre migrantes internacionales que regresan a México de los Estados Unidos (donde, según se estima, trabajan 8 millones de mexicanos) comprobó que un 24% de ellos eran menores de 25 años(30). Un 80% de esos jóvenes encontraron trabajo en los Estados Unidos; en el grupo de 12 a 17 años de edad, casi todos en la industria o los servicios. LOS NIÑOS Y LA GUERRA En el decenio de 1990, debido a los conflictos perdieron la vida casi dos millones de niños y seis millones resultaron gravemente lesionados o permanentemente discapacitados (31). En 2000, según se estima, 300.000 niños soldados participaron en 30 conflictos en todo el mundo(32). Cada día hay 5.000 niños que pasan a ser refugiados y de cada 230 habitantes del mundo, uno es un niño o un adolescente obligado a huir de su hogar(33). Después de más de dos decenios de guerra en el Afganistán, centenares de miles de adolescentes están refugiados en el Pakistán; la pobreza de la familia y la falta de acceso a la educación han impulsado a esos jóvenes a trabajar como tejedores de alfombras, recolectores de basuras, obreros en fábricas de ladrillos, sirvientes domésticos, e incluso vendedores de drogas(34). En 1998, en la República Democrática del Congo y en el Afganistán, niños de 13 y más años de edad fueron reclutados por la fuerza para el servicio militar(35). En 1999, las fuerzas armadas de Angola rodearon y capturaron a grupos de jóvenes en los mercados callejeros. En Myanmar, se informa de que el ejército ha impuesto la conscripción forzada de niños menores en las escuelas. En El Salvador, Etiopía y Uganda, una tercera parte de todos los niños soldados eran niñas.
Educación y empleo
Las oportunidades de educación y empleo tienen efectos directos, además de importantes efectos indirectos, sobre la calidad de la vida, inclusive la salud y las perspectivas de desarrollo. Son particularmente importantes para los derechos y la salud sexual y reproductiva de las adolescentes. Tanto la educación como las oportunidades de empleo posibilitan que las niñas y las jóvenes obtengan conocimientos, se comprendan a sí mismas, adquieran autoestima y aptitudes y obtengan un ingreso; también ofrecen la oportunidad de entablar relaciones con otros jóvenes y con adultos fuera de sus familias, fuentes de información potencialmente importantes(36) que pueden abrir nuevas oportunidades, distintas del matrimonio temprano y la procreación precoz. ESCOLARIDAD Y DISPARIDADES DE GÉNERO Los jóvenes, en su mayoría, tienen algún grado de acceso a las oportunidades de recibir educación, pero la situación es muy desigual: actualmente, hay 115 millones de niños que no asisten a la escuela primaria y de ellos, un 57% son niñas(37). En los países en desarrollo, hay 57 millones de jóvenes varones y 96 millones de jóvenes mujeres de entre 15 y 24 años de edad que no saben leer ni escribir(38). El analfabetismo excluye a los jóvenes de una amplia gama de oportunidades. No obstante, hay algunos aspectos favorables. Según la UNESCO, en todas las regiones las niñas y las mujeres están obteniendo cada vez mayor acceso a la educación y acortando las distancias que las separan de los niños varones y los hombres(39). La Iniciativa de las Naciones Unidas para la Educación de las Niñas, emprendida en abril de 2000, trata de acelerar el adelanto educacional coordinando y focalizando los recursos financieros y no financieros de múltiples organizaciones, inclusive gobiernos, ONG y organismos de las Naciones Unidas, a fin de crear una vasta campaña de promoción para la educación de las niñas y proporcionar apoyo a los países que lo solicitan. Unos 90 países se están encaminando a satisfacer las metas mundiales en cuanto a eliminar la desigualdad de género en la educación primaria antes de 2015(40). No obstante, en tiempos de conflicto, crisis social y desastres naturales, aumentan las cantidades de niños que no asisten a la escuela(41). Han disminuido las discrepancias en la educación posterior a la primaria, pero en muchos países pobres siguen siendo apreciables. En algunos países, las tasas de abandono de los niños varones superan las de las niñas y ha disminuido la matriculación de niños varones. Los reveses económicos y el estancamiento de las economías pueden obstaculizar el progreso. En muchos países en desarrollo, menos de la mitad de todos los niños siguen estudiando y llegan a la escuela secundaria. Las estadísticas educacionales muestran una pronunciada disminución en la escolarización de las niñas después de la escuela primaria(42). Al llegar a los 18 años, en promedio, las niñas han recibido 4,4 años menos de educación que los varones(43). Los maestros tal vez contribuyan, consciente o inconscientemente, al problema. Por ejemplo, las investigaciones realizadas en Kenya han mostrado que los maestros socavan la confianza de las niñas en el aula, contribuyendo a que ellas piensen que no deben asistir a la escuela(44). Los maestros toleran que los varones amedrenten a las niñas y tienen menores expectativas acerca del desempeño académico de éstas. Algunos maestros reconocieron que preferían a los varones y a menudo asignaron a las niñas trabajos serviles, como el barrido del aula, mientras asignaban a los varones tareas académicas. Con frecuencia se retira a las niñas de la escuela, se las mantiene en el hogar y, en general, ellas tienen sus interacciones mucho más estrechamente reguladas a partir de la menarca, o comienzo de la menstruación(45). Los datos que vinculan directamente la menarca con el abandono de la escuela son de difícil obtención, pero las pruebas antropológicas son abundantes. De la India meridional, pasando por México, hasta Egipto, se vigila estrechamente a las niñas y se restringe sustancialmente su movilidad, pues se considera que son vulnerables al embarazo prematrimonial, el cual infringe las normas sociales(46). Una edad temprana al contraer matrimonio por primera vez y al dar a luz es más común entre las jóvenes que tienen menos educación(47).
Las tasas de fecundidad disminuyen a medida que aumenta el nivel educacional. Las mayores diferencias dentro de una misma región ocurren en África, el Asia occidental y América Latina y el Caribe, donde las mujeres que tienen educación secundaria o superior tienen en promedio tres hijos menos que las que carecen de educación. A medida que va disminuyendo el tamaño total de la familia, esas diferencias se hacen menos evidentes. LOS JÓVENES Y EL EMPLEO En todo el mundo, se estima que en 2000 había 352 millones de niños de entre 5 y 17 años de edad económicamente activos y que de ellos, más de 246 millones trabajaban ilegalmente y casi 171 millones, en condiciones peligrosas(48). Pese a las leyes que prohíben el trabajo infantil, aproximadamente 186 millones de niños menores de 15 años de edad estaban trabajando en 2000(49). Esto incluía 138 millones de niños de entre 10 y 14 años de edad—aproximadamente, uno de cada cuatro—, que mayormente realizaban tareas no agrícolas(50). En Asia se registra el número más alto de trabajadores menores de 15 años, 127,3 millones, y le siguen el África al Sur del Sahara con 48 millones, y América Latina y el Caribe, con 17,4 millones(51). Según se estima, de los adolescentes de 15 a 17 años de edad, 141 millones, o el 42%, trabajaban en el año 2000(52). Las tasas de desempleo entre los jóvenes son altas—56% en Sudáfrica, 34% en Jamaica—y casi en todos los países, al menos el doble del promedio para adultos(53). En muchos países en desarrollo, la discriminación por motivos de género en la educación y las oportunidades de empleo redunda en más altas tasas de desempleo entre las mujeres jóvenes(54). La falta de educación limita las perspectivas de empleo de muchos jóvenes, especialmente de las mujeres, y los confina en tareas mal remuneradas y a menudo sujetas a riesgos, en el servicio doméstico, en tareas agrícolas o en fábricas.
COMBINACIÓN DEL TRABAJO Y LA EDUCACIÓN De los niños adolescentes económicamente activos, la mitad trabaja a jornada completa y la mitad combina el trabajo con la escuela(56). Muchos jóvenes consideran que el trabajo es menos un obstáculo a su educación o un riesgo para su salud y seguridad, que una estrategia positiva de supervivencia para sí mismos y sus familias, un medio de obtener recursos para el futuro y una entrada hacia la adultez responsable. El trabajo puede dotar a las mujeres de sus propios recursos y ampliar sus opciones en cuanto a la oportunidad del matrimonio y la elección de su futuro esposo. Escasean mucho las investigaciones sobre los efectos de combinar el trabajo y la educación sobre los ingresos y las oportunidades de vida en el futuro. Un estudio realizado en el Brasil comprobó efectos desiguales. Un comienzo temprano en algunas ocupaciones, como las construcciones civiles, las artesanías o las actividades comerciales, realzaba las perspectivas a largo plazo de los jóvenes varones, pero por lo general el comienzo temprano reducía el ingreso futuro, debido primordialmente a que el trabajo obstaculizaba la educación. Había algunos beneficios en el caso de las niñas empleadas domésticas, pero sus oportunidades quedaban muy limitadas(57). A medida que pasaban a ser más estrictos los conocimientos prácticos necesarios para ocupar empleos mejor remunerados, las compensaciones recíprocas pueden ser más difíciles. Además, las jóvenes que comienzan a trabajar en la adolescencia tienen mayor cantidad de hijos, más tarde(58). Otra preocupación en cuestiones normativas surge de la gran cantidad de adolescentes que no trabajan, ni asisten a la escuela, ni están casados. Las circunstancias de esos jóvenes varones y mujeres son de difícil determinación y es difícil llegar a ellos. Por ejemplo, en el Pakistán, un 12% de los varones de 10 a 14 años de edad no trabajan, ni asisten a la escuela, ni están casados, y esta proporción aumenta hasta el 15% entre los que tienen de 15 a 19 años de edad. Entre las niñas, un 30% de las que tienen de 10 a 14 años de edad y más del 45% de las que tienen entre 15 y 19 años están “haciendo nada”(59). Asegurar un futuro mejor: Inversiones en la juventud
La participación de los adolescentes en el desarrollo social es una tarea que aún no han encarado la mayoría de los países. Los grandes cambios sociales están alargando el lapso entre la madurez física y la aceptación de papeles sociales de adultos. Las instituciones sociales deben adaptarse para ofrecer a los adolescentes una plena participación, pues en muchos ámbitos ellos han dado pruebas de que son dinámicos agentes de cambio. No es posible hacer caso omiso de la adolescencia, ni considerarla como “un momento intermedio”. Las opciones que efectúan los jóvenes, los objetivos que se plantean y las oportunidades que se les ofrecen no son meramente preparatorios: constituyen una parte significativa e importante de sus vidas. Las opciones que efectúen los jóvenes pueden ubicarlos en derroteros que pueden beneficiarlos o perjudicarlos, tanto a ellos, como a sus familias y a sus comunidades. No obstante, se ofrecen a los adolescentes insuficiente información, pocas oportunidades y recursos y escaso apoyo para que se orienten en sus opciones.
En muchos casos, se dispone de marcos jurídicos y disposiciones e iniciativas para proporcionar a los jóvenes servicios esenciales, como orientación para el empleo, educación y atención de la salud, inclusive servicios de salud reproductiva e información al respecto. Con más frecuencia, el problema reside en que no se aplican las políticas y no en que no se las formula. Las inversiones en los adolescentes deben ser estratégicas. Las utilidades serán copiosas (véase el Capítulo 7). Las inversiones insuficientes restringen las oportunidades y exponen a los jóvenes a riesgos innecesarios. Las privaciones de diferentes tipos se refuerzan mutuamente. Por otra parte, las inversiones en la salud, la educación y el empleo de los jóvenes, la promoción de su inclusión social y política y la reducción de los riesgos a que están expuestos, también tiene efectos de refuerzo y promoción de una amplia gama de derechos humanos y objetivos de desarrollo. Éste es, por cierto, el caso de las inversiones para prevenir el matrimonio demasiado temprano y ayudar a los adolescentes a evitar el embarazo precoz y no deseado, las relaciones sexuales bajo coacción, el alumbramiento en malas condiciones y las infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH/SIDA. En este informe se ofrecen ejemplos de estrategias que dan buenos resultados como un punto inicial para la reflexión, la adaptación y la mejora.
Nota: Los temas indicados en letras negritas corresponden a los temas de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
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