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Filosofía reflexiva y teoría de la lectura en Paul Ricoeur

Resumen: En Temps et récit y Métaphore vive, obras gemelas “concebidas al mismo tiempo”, Paul Ricoeur despliega una teoría de la lectura indisociable de una filosofía reflexiva. Sus aportes minan simultáneamente el campo literario y el fenomenológico: la operación clave sobre el cual se asienta su originalidad teórica radica en la resignificación del concepto de “referencia”.
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Autor: Marisa Martínez Pérsico
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 “Descubrí el mundo a través del lenguaje pero durante mucho tiempo tomé al

lenguaje por el mundo. Existir era poseer una denominación controlada en

alguna parte de las tablas infinitas del verbo (...) tomar las cosas vivas en la

trampa de las frases: si combinaba ingeniosamente el objeto se enredaba en

 los signos y yo lo tenía. En el Luxemburgo empecé fascinándome con un

brillante simulacro de plátano; yo no lo observaba, sino que confiaba en el

 vacío,  esperaba; al cabo de un rato surgía su verdadero follaje con el aspecto

de un simple adjetivo. Había enriquecido el universo con un tembloroso verdor”

Jean-Paul Sartre, Las palabras.

 

¿Leer la vida?

En Temps et récit y Métaphore vive, obras gemelas “concebidas al mismo tiempo”, Paul Ricoeur despliega una teoría de la lectura indisociable de una filosofía reflexiva. Sus aportes minan simultáneamente el campo literario y el fenomenológico: la operación clave sobre el cual se asienta su originalidad teórica radica en la resignificación del concepto de “referencia”. Adoptar esta resignificación implica, debido al poder heurístico[1] que otorga a la ficción, desechar enfoques inmanentistas del texto literario así como revisar las reglas del modo o género denominado “realista”. En este trabajo revisaré los argumentos que subyacen a la afirmación de Ricoeur de que “entre la actividad de narrar una historia y el carácter temporal de la existencia humana existe una correlación que no es puramente accidental”[2], es decir, que la poética de la narratividad se corresponde con la aporética de la temporalidad humana.

 

El término “referencia” deriva del latín referente. Una visita al diccionario nos indica las múltiples acepciones de la palabra: relación, dependencia o semejanza de una cosa respecto de otra; remisión o indicación; acción de referirse a algo; información sobre los antecedentes profesionales o comerciales de una persona o empresa. Por su parte, “referente” también puede aludir al contexto no lingüístico de un acto de comunicación oral o escrita. En la lingüística textual de Michael Halliday, la “referencia” es un procedimiento que otorga coherencia y cohesión a un texto, formado por un “antecedente” y un “consecuente”. Por ejemplo, en las oraciones “Una obra literaria es huérfana porque perdió a su padre. Él era su defensor último” el pronombre personal “él” es el consecuente del antecedente “obra”; entre los dos se entabla un procedimiento de “referencia”, esto es, una sustitución de términos que se sostiene sobre la equivalencia de significados. Ricoeur retoma la distinción de Gottlob Frege entre Sinn (sentido) y Bedeutung (referencia o denotación) sosteniendo que el sentido es “lo que se dice” y referencia es “aquello sobre lo que se dice el sentido”. Por otra parte, Roman Jakobson, representante de la Escuela de Praga, identifica seis funciones del lenguaje: referencial, fáctica, emotiva, metalingüística, conativa y poética, cada una de los cuales coincide con alguno de los elementos del esquema de la comunicación. La referencia remite al contexto del enunciado, por ejemplo al decir “esta mesa es marrón”.

Todas las definiciones transcriptas en el párrafo anterior aluden a lo que Ricoeur llamaría una “referencia descriptiva”, de primer grado. Sin embargo, su interés no es filológico sino filosófico: propone otro tipo de referencia, la “referencia productiva”, de “segundo grado”, “metafórica”[3] o “referencia desdoblada” (haciendo uso del sintagma acuñado por Jakobson) que operaría en el enunciado metafórico y en especial en el texto ficcional para otorgar una subjetividad ampliada al lector. Esta nueva referencia no intentará mostrar (función “ostensiva”) un mundo, sino crearlo; a través de la ficción y de la poesía, será capaz de abrir nuevos modos de “ser-en-el-mundo”. La apropiación del texto culminará en una autointerpretación del sujeto que en adelante se comprenderá mejor, llegando así a una reflexión completa[4]. La hermenéutica no deberá ser, para Ricoeur, “desmitificadora” sino “remitificadora”; en vez de “buscar la intención oculta de la obra” propondrá una hermenéutica “orientada al mundo desplegado ante la obra”[5].

 

Esta mutación operada por Ricoeur en la definición del concepto de “referencia” se contrapone a la teoría de la lectura enunciada contemporáneamente por Paul de Man, para quien: “La literatura es ficción no porque de algún modo se niegue a aceptar la realidad, sino porque no es cierto a priori que el lenguaje funcione según los principios que son del mundo fenomenal (...) Por tanto, no es cierto a priori que la literatura sea una fuente de información fiable acerca de otra cosa que no sea su propio lenguaje”[6]. La relación entre el mundo fenoménico y el texto literario ha sido tema habitual de polémica en la historia de la literatura, especialmente durante el siglo XX. Para Paul De Man, el carácter conflictivo de la escritura radicaría en la indeterminación del significado en virtud de la naturaleza del lenguaje. “La relación entre la palabra y la cosa no es fenomenal sino convencional. Esto libera considerablemente al lenguaje de limitaciones referenciales, pero lo hace epistemológicamente muy sospechoso y volátil, porque no puede decirse ya que su uso esté determinado por consideraciones de verdad y falsedad, bien y mal, belleza y fealdad o dolor y placer” por lo tanto la literatura puede ser entendida “como el lugar donde se puede encontrar este conocimiento negativo sobre la fiabilidad de la enunciación lingüística”[7]. El análisis del discurso es desplazado, así, del aspecto semántico o gramatical a la constitución tropológica de un texto, poniendo énfasis en sus aspectos materiales ¾figuras retóricas, tropos e imágenes¾, acentuando la fuerte ilusión de referencialidad que ellos ejercen. Conciente del artificio intrínseco al lenguaje, para él “la literatura se libera de oposiciones ingenuas entre la ficción y la realidad”; la misma ya no puede ser pensada como producto mimético de un referente, sino que es autorreferencial. A esta concepción no referencial del discurso poético Ricoeur opone la idea de que la suspensión de la referencia lateral es la condición para que sea liberado un poder de referencia de segundo grado, la referencia poética: “Según la tesis que he defendido en La metáfora viva (...) las obras literarias aportan al lenguaje una experiencia (...) Esta presuposición se choca de frente con la teoría dominante en la poética contemporánea que rechaza cualquier consideración de la referencia a lo que ella considera como extralingüístico, en nombre de la estricta inmanencia del lenguaje literario a sí mismo. Cuando los textos literarios contienen alegaciones que conciernen a lo verdadero y a lo falso (...) esta poética se esfuerza por considerar como un simple efecto de sentido lo que ella decide, por decreto metodológico, llamar ilusión referencial”[8]. Ricoeur respondería a De Man: es cierto, la literatura no es el producto mimético de un referente, no imita lo real. En este sentido, habría coincidencia entre ambos en tanto el horizonte de sentido del lector es otro porque sus prejuicios y expectativas son otros[9] (Ricoeur se aleja diametralmente de la hermenéutica romántica, interesada por desentrañar la “intención” de un texto, especialmente del autor). Pero no es cierto que la literatura no dice nada fuera de sí misma, sino que lo real es “dicho” a partir de la actualización o diálogo producido por la fusión de horizontes de texto y lector.

 

Adoptar la perspectiva “referencial” de Ricoeur nos obligaría a reconsiderar el alcance del modo o género literario “realista”, tipo de ficción producida especialmente en el siglo XIX que desembocó en el cientificismo naturalista. El modo realista supone que es posible plasmar la vida en la obra; tómese como ejemplo la famosa afirmación de Stendhal: “La novela es un espejo que se pasea por los caminos”. Ricoeur, al respecto, sostiene que lo problemático radica en la definición de “mímesis”, ya que se ha traducido convencionalmente este término empleado por Aristóteles en su Poética como “imitación”, aunque la traducción más acertada sería la de “representación”. Para Ricoeur la representación literaria de la realidad sería una especie de “paradoja” porque la misma es siempre re-construida, inventada.

 

Ricoeur recupera la idea de “lingüisticidad de la experiencia” de la tradición heideggeriana; sin embargo introduce una variante que considero forzada, o por lo menos no plenamente demostrada: el paralelo entre la estructura de los signos desplegados en la ficción y la estructura de la acción humana, la “conexión primitiva” entre el acto de existir y los enunciados metafóricos desplegados en la póiesis. Las autoridades a las que apela para justificar esta afirmación son Aristóteles, Ferdinand de Saussure y Mircea Eliade. En primer lugar, Ricoeur habla de una estructura “sintagmática” de las acciones. Esto significa que las acciones humanas se desarrollan en el tiempo, son sucesivas y no simultáneas (recordemos que Saussure en su Curso de lingüística general define “signo lingüístico” como resultado de las operaciones sintagmáticas y paradigmáticas –terminología posteriormente retomada por Jakobson para caracterizar la sintomatología de las afasias–; las primeras se apoyan en la cadena temporal de fonemas que se asocian y se despliegan en el tiempo para producir un signo audible o legible; las paradigmáticas, por el contrario, remiten a la elección de la cadena de formantes entre una serie de opciones mentales, lo cual se da simultáneamente a la producción). Sostiene Ricoeur “Se puede explicar la relación entre la red conceptual de la acción y las reglas de composición narrativa recurriendo a la distinción, familiar en semiótica, entre orden paradigmático y sintagmático. En cuanto provienen del orden paradigmático, todos los términos relativos a la acción son sincrónicos (...) existen fines, medios, agentes, circunstancias (...) En cambio, el orden sintagmático del discurso entraña el carácter irreductiblemente diacrónico de cualquier historia narrada”[10].

 

Por otra parte, acude a Mircea Eliade para justificar la noción de símbolo ligado: “Mircea Eliade demuestra en su Tratado de historia general de las religiones que la fuerza del simbolismo cósmico reside en el vínculo no arbitrario entre el Cielo visible y el orden que manifiesta”[11]. De la noción de símbolo ligado deduce la de lenguaje ligado: “He estudiado los mitos del caos original, los mitos del dios malvado, los mitos del alma desterrada (...) Estos mitos nacen de generalizar la experiencia humana al nivel del universal concreto, en un paradigma, en el cual leemos nuestra condición y nuestro destino; además, gracias a la estructura del relato que cuenta acontecimientos ocurridos en aquellos tiempos nuestra experiencia recibe una orientación temporal (...) nuestro presente se carga de una memoria y de una esperanza”[12].

 

Además de sostener que las acciones se desarrollan en el tiempo como la estructura sintagmática de los signos y que entre la ficción y la existencia existe una conexión no arbitraria como la de los símbolos ligados, Ricoeur recupera los conceptos de “trama” y de “intriga” enunciados por Aristóteles en su Poética:  la póiesis (es decir: la producción de una obra) es para Aristóteles una “mímesis” de la acción humana, la intriga de un relato es una operación metafórica porque “extrae de un polvo de acontecimientos un relato unificado” donde se combinan “intenciones, causas y azares” y de esta manera compone una trama que no es una réplica del mundo sino una refiguración de la experiencia. En cuanto a la estructura de ambos “relatos” (relato de la vida/relato de la obra) hay otra correspondencia: Ricoeur busca un nexo que aúne el presente, el pasado y las posibilidades del futuro y este punto en común lo encuentra en el relato de ficción, ya que en él se encuentran el pasado y el futuro en el vínculo presente común de la mímesis de la narración.

                                                            ******************

 “Para mí, el mundo es el conjunto de referencias abiertas por todo tipo de textos descriptivos o poéticos que he leído, interpretado y que me han gustado (...) A las obras de ficción debemos en gran parte la ampliación de nuestro horizonte de existencia”[13]. De esta afirmación se deduce –además de que Paul Ricoeur es un lector entusiasta– que la oportunidad de pensar mundos posibles, esto es, de “crear mundos” sustentados en operaciones mentales, “construyen” al Ser en tanto resignifican el mundo de su experiencia. Al invocar mundos posibles, la referencia productiva es transformadora del sujeto porque favorece la reflexión sobre sí mismo. Sin embargo, no es nueva la idea de que ejercitar la imaginación afecta, influye y beneficia significativamente la acción humana. El psicólogo Lev Vigotsky, en su obra El desarrollo de los procesos psicológicos superiores, a principios del siglo XX desarrolló una teoría evolutiva donde sostiene, por ejemplo, que el juego de los niños y el entrenamiento del “como si” de las acciones imaginadas los prepara para realizar predicciones de los comportamientos sociales y asumir roles en el futuro, para situarse en la realidad y obrar en tal sentido, constituyendo un preludio de la acción y de su intervención en el mundo. Además, afirma que “La creación de signos es un proceso análogo a la creación y utilización de instrumentos (...) El signo actúa como un instrumento de actividad psicológica, al igual que una herramienta lo hace en el trabajo. Es un medio auxiliar de la conducta”[14].

Tampoco faltan anécdotas ni experiencias individuales que coincidan con la convicción de Ricoeur acerca del papel enriquecedor que el “mundo del texto” promueve al fusionarse con el “mundo del lector”, la redescripción producida en el estadio de la tercera mímesis. Sin embargo, explicar este “maridaje” por la vía de la analogía ficción literaria-existencia argumentando que su estructura se corresponde con el de las acciones porque la misma reproduce una secuencia temporal propia de la experiencia humana y que esto significa “una asimilación existencial del ser según el movimiento de la analogía” es tal vez una explicación discutible en tanto la articulación en un orden temporal es intrínseca a la existencia y a la percepción humanas, así como también existen fenómenos tales como la música o el movimiento de los astros que se despliegan en una secuencia temporal. Con este criterio, a Dios, seguramente, no le serviría de nada leer una novela.¨

 

Lic. Marisa E. Martínez Pérsico (UBA)

marisamar@fullzero.com.ar

Todos los derechos reservados. Se permite la reproducción parcial

con mención del autor

[1] Heurística: del griego Heuristiko: hallar. Arte de inventar.

[2] Paul Ricoeur, Temps et Récit , Paris, E. du Seuil, Tome I, 1983, Tome II, 1984, Tome III, 1985, trad. Tiempo y relato, trad. A. Neira, México, Siglo XXI, T I, 1995, T II, 1995, T III, 1996. Pg. 113

[3] En Poética 1457 b 6-9, para Aristóteles la metáfora consiste en trasladar a una cosa un nombre que designa otra, en una traslación de género o especie, o según una analogía. En Los caminos de la interpretación, Ricoeur sostiene que la metáfora es el acercamiento inédito entre dos campos semánticos incompatibles según las reglas usuales de la clasificación que crea la chispa de sentido constitutiva de la metáfora viva. En el famoso verso: La naturaleza es un tempo donde pilares vivientes” ninguna palabra tomada en sí misma es metafórica, sino la combinación “pilares vivientes” que fuerza a ver la vida como arquitectura y la arquitectura como vida.

[4] Gianni Vattimo, en Ética de la interpretación,  ejerce una crítica hacia esta hermenéutica “metafísica” de Ricoeur, como heredera de la gadameriana, ambas dominadas por “prejuicios trascendentales” que fomentan una ética “amoral” en tanto son tributarias de una teoría de la percepción del sujeto y del placer estético, universalizantes. El pecado en que caen estas hermenéuticas “metafísicas” es el de leer la literatura desde una teoría sobre la condición humana y no verla como un evento del destino.  Vattimo, por el contrario, promueve una radical historización del horizonte del texto y, frente a la “palabra como lugar del develamiento” presente en Ricoeur y en Gadamer opone una hermenéutica centrada en “la palabra como lugar del ocultamiento” revelando así su filiación con la hermenéutica de los maestros de la sospecha, Marx. Nietzsche y Freud.

[5] Paul Ricoeur, La Métaphore vive, Paris, E. du Seuil, 1975, trad. española La metáfora viva, trad. G. Baravalle, Buenos Aires, E. Megápolis, 1977. Pg. 298

[6] Paul de Man, La Resistencia a la teoría. Visor. Madrid, 1990. Pg.21

[7] Paul de Man, Ibídem. Visor. Madrid, 1990. Pg. 22.

[8] Paul Ricoeur, Temps et Récit., Op.cit. Pg. 150

[9]Hans Robert Jauss, en La literatura como provocación y Experiencia estética y hermenéutica retoma el concepto de “apropiación” para referirse a los dos horizontes diferentes donde se entrelazan la expectativa y la experiencia del lector: el literario interno y el entornal, aportado por el lector en una sociedad determinada, que produce un momento de nueva significación. De esta fusión de horizontes, de esta “conexión” entre literatura e historia, entre la “sucesión literaria”y la “sucesión no literaria” resulta la hermenéutica ideal de Jauss, es decir, aquella que se concentra en  la interpretación de la experiencia pasada y presente del arte, en el rastreo del diálogo como continuidad comunicativa entre la obra y el público, en síntesis, en comprobar el valor estético de la obra en términos de recepción histórica. El concepto de “apropiación” es algo cercano a lo que Hans-Georg Gadamer llama “fusión de horizontes”

[10] Paul Ricoeur, Temps et Récit. Op.cit. Pg. 118.

[11] Paul Ricoeur, De l’interpretation. Essai sur  Freud, Paris, Seuil, 1965, trad: Freud, una interpretación de la cultura, trad. A. súarez con la col. de M. Olivera y E. Inciarte, México, Siglo XXI, 1970. Pg. 32.

[12] Paul Ricoeur, De l’interpretation. Essai sur  Freud. Op.cit. Pg. 37

[13] Paul Ricoeur, Temps et Récit. Op.cit. Pg. 152

[14] Lev Vigotsky, El desarrollo de los procesos psicológicos superiores, Ed. Crítica-Grijalbo, México, 1980. Pg. 93.

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