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Ciencia, Raza y Racismo en el Siglo XVIII

Resumen: Los afanes clasificatorios de los naturalistas del siglo XVIII condujeron a los conceptos de especie y de raza, cuya aplicación al género humano tiene considerables consecuencias.
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Autor: Eduardo Bitlloch

Los afanes clasificatorios de los naturalistas del siglo XVIII condujeron
a los conceptos de especie y de raza, cuya aplicación al género humano
tiene considerables consecuencias.

Si bien no existen fundamentos científicos que permitan sostener la superioridad o inferioridad física o intelectual de una raza humana con respecto a otra, diversos acontecimientos registrados en la actualidad demuestran que tal doctrina o actitud política -porque a esto se limita el racismo- estaba adormecida, pero no olvidada ni, mucho menos, superada. Sus defensores recurrieron en el pasado y recurren en el presente a la ciencia, con el fin de confirmar "cientificamente" la existencia de razas superiores e inferiores.

La paternidad histórica de las ideas racistas se atribuye al conde Joseph Arthur de Gobineau, que vivió entre 1816 y 1882, pero las fuentes "científicas" del racismo datan del siglo XVIII, cuando las grandes transformaciones culturales desembocaron en una nueva ciencia, la antropologia, producto del interés por estudiar al hombre en el marco de la historia natural.

En ese siglo tuvieron lugar los primeros intentos de clasificar al ser humano según sus diferencias físicas, siguiendo el principio linneano de especie. La utilización de un nuevo concepto, el de raza, considerada como una subdivisión de la especie humana basada en criterios biológicos, condujo a la paulatina diferenciación histórica de dos tendencias antropológicas: los partidarios de la irreductibilidad esencial de las razas humanas postularon el poligenismo, es decir, el origen múltiple y radicalmente distinto de los diversos grupos étnicos, como piedra angular de su sistema; los partidarios de la unidad de la especie humana, defensores, pues, del monogenismo, explicaban las diferencias anatómicas y fisiológicas de los hombres por la acción del medio, y las creían accidentales y modificables con el tiempo.

Tales posturas opuestas, cuyo origen e implicaciones prácticas eran entonces poco nítidas, fueron el centro de la discusión antropológica en el siglo XVIII. Pero los grandes debates entre monogenistas y poligenistas iban a tener lugar en el XIX, con figuras como el poligenista George Robins Gliddon (1809-1857), Josiah Clark Nott (1804-1873) y Théophile Simar (1883-1930), cuyo magnífico libro (1922) es imprescindible para estudiar en profundidad estos temas.

Sin embargo, el siglo de las luces no inventó la antropologia: en parte ya fue enunciada en el Renacimiento, con las innovaciones cientificas de Copérnico y Galileo, y con los descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI, que resultaron, al mismo tiempo, en un redescubrimiento de la humanidad. ¿Qué actitud adoptar ante los nuevos pueblos?, ¿cómo relacionarse con ellos?, ¿cómo interpretar sus costumbres y sus creencias? fueron preguntas corrientes en esos siglos, que dieron lugar a las bases del pensamiento antropológico.

En 1684, en un articulo anónimo, aparecido en el Journal des savants, una de las más prestigiosas revistas europeas de esa época, y atribuido posteriormente al médico y viajero francés Francois Bernier (1620-1688), el autor argumentó que era posible dividir la Tierra teniendo en cuenta las características físicas de los hombres que la habitaban, además de por regiones, como lo hacían los geógrafos. Bernier fue asi el primero en utilizar el concepto de raza en el sentido antropológico. Distinguió cuatro razas o especies de hombres, que diferenció por sus caracteristicas físicas y su medio geográfico: la primera comprendía los europeos, los africanos del norte, los persas, los árabes y los habitantes de la India y la Insulindia; la segunda, los demás africanos; la tercera, los asiáticos amarillos, y la cuarta, los lapones. En cuanto a los americanos, pese a notar Bernier en ellos un color oliváceo y un rostro diferente del de los europeos, no los clasificó como una raza aparte, sino que los incluyó en la primera. Como es evidente, tal división racial era por completo superficial; pero su importancia radica en la actitud positivista que subyace en ella: para Bernier la humanidad proporcionaba un conjunto de hechos a ser analizados.

A fines de ese mismo siglo XVII, el médico inglés Edward Tyson (1650-1708), en una monografía que es modelo de investigación positiva, es decir, fundada en la observación, sentó las bases de la anatomía comparada, vía de acceso a la antropología física. Con el estudio sistemático y comparativo de un mono superior, Tyson puso en cuestión los caracteres distintivos

del ser humano y, por ende, su especificidad, ya que el hombre comenzaba a redescubrirse y redefinirse científicamente con relación a las especies animales que le estaban más próximas. Tyson quería determinar por qué el mono es mono y el hombre, hombre. Llegó a la conclusión de que un chimpancé era un animal, pero tan próximo al hombre que debía considerárselo un animal mítico, ubicado entre los simios y el ser humano. Si bien no obtuvo respuesta a su interrogante sobre el hombre, su trabajo abrió un nuevo capítulo de la historia natural, de la cual la antropología era entonces considerada una parte.

A Bernier y Tyson los siguieron, en materia de pensamiento antropológico, dos ilustres científicos del siglo XVIII, el sueco Carl von Linné o Linneo (1707-1778) y el francés Georges-Louis Leclerc de Buffon (1707-1788). Linneo, clasificador por excelencia y amante de la armonía y el método, retomó y al mismo tiempo renovó, en lo que al hombre respecta, la tradición de Aristóteles (en la Historia de los animales) y de Galeno, que ubicaba al hombre en el inventario general de todos los seres vivientes. En la primera edición de su Systema naturae, Linneo clasificó al hombre y a los monos en el grupo de los antropomorfos, un subconjunto de los cuadrúpedos, porque por entonces no reconocia signos orgánicos que le permitieran ubicar al ser humano en lugar privilegiado de la escala de los vivientes. Años más tarde, en el prefacio de Fauna Suecica, manifestó que había clasificado al hombre como cuadrúpedo porque no era planta ni piedra, sino un animal, tanto por su género de vida como por su locomoción, y porque, además, no había podido encontrar un solo carácter distintivo por el cual el hombre se pudiera diferenciar del mono. Señaló, también, que no era gusano porque tenía cabeza, no era insecto porque carecía de antena, no era pez porque no tenía aletas, y tampoco era pájaro porque no tenía alas.

Linneo nunca reconoció en el lenguaje un factor diferenciador del ser humano, pero entendió que con la razón, la nobilissima ratio, el hombre superaba a todos los animales; a partir de la décima edición de Systema naturae reemplazó a los cuadrúpedos por los mamíferos y, como primer orden de estos, puso a los primates, entre los cuales colocó al hombre.

Esta concepción, con la razón como factor diferenciador, permite entender el concepto de Homo sapiens, en contraposición al de Homo sylvestris, que englobaba a los antropoides. Linneo reservaba una categoría especial al hombre salvaje, ferus, al que definía como mudo, erizado de pelos, caminando en cuatro manos: mutus, hirsutus, tetrapus. En tal grupo incluía a los chicos salvajes: el hombre oso de Lituania, el hombre lobo de Hesse y el hombre buey de Bamberg, todos los cuales pertenecían a la categoría Homo europaeus, de la cual sólo el azar los había separado. Otra clase especial era el Homo monstruosus, que podía cambiar por influencia del clima (como lo habían hecho los habitantes de los altos Alpes, ágiles y tímidos, y los patagones, grandes y perezosos) o por el arte (como los hombres sin barba, algunos de los cuales vivían en América, o los hotentotes, que solamente poseían un testiculo). Entre los monstruos artificiales incluía Linneo tanto a los que tenían el cráneo deformado -los chinos- como a los que tenían el rostro achatado -los canadienses-. El hombre salvaje y el monstruoso son categorías creadas por la pura imaginación, y no forman parte, obviamente, de los intentos de realizar una clasificación científica.

El Homo sapiens linneano, que era diurno y cambiaba por la educación y el clima, comprendía las variedades: americanus, colorado, colérico, de porte derecho, de piel morena y cabellos negros, lacios y espesos, con labios gruesos, fosas nasales largas, mentón casi sin barba, porfiado, contento con su suerte, amante de la libertad, pintado su cuerpo con líneas coloradas, combinadas de distintas maneras; europaeus, blanco, sanguíneo, musculoso, cabellos rubios, largos y espesos, inconstante, ingenioso, inventivo, cubierto totalmente con ropas, gobernado por leyes; asiaticus, amarillo, melancólico, de fibras rígidas, cabello negro, ojos marrones, severo, fastuoso, avaro, vestido con largas túnicas, gobernado por la opinión; afer: negro, flemático, de complexión débil, con cabellos crespos, astuto, perezoso, negligente, con el cuerpo frotado con aceite o grasa, gobernado por la voluntad arbitraria de sus dueños.

Linneo incluía también en el género Homo a los troglodytes, o el Homo sylvestris Orang Outang (Fig.1), que era un animal nocturno. La absoluta confusión reinante en las ciencias de la época acerca del hombre, o, más concretamente, acerca de los grandes monos y los llamados hombres salvajes, queda demostrada en la tesis Anthropomorpha, de Christianus Emmanuel Hoppius, defendida ante Linneo en Uppsala el 6 de septiembre de 1760. Hoppius dividía los antropomorfos (Fig. 2) en: (a) pygmaeus: asimilados al Homo sylvestris de Linneo, vivían en Africa y podría tratarse de chimpancés; (b) satyrus: vivían originariamente en Angola; incluidos por Linneo entre los monos, en el género Simia, son claramente chimpancés; (c) lucifer: asimilados al Homo caudatus hirsutus, vivían en la isla de Nicobar, entre Sumatra y Bengala, y en Java, pero es difícil de precisar a qué corresponden, y (d) troglodyta: el Homo nocturnus de Linneo, vivía en Etiopía, Java, Amboina, el monte Ophir, la península de Malaca y las islas Ternate, usualmente en cavernas subterráneas; es el más próximo al ser humano, con un aspecto que corresponde a la representación tradicional europea del hombre salvaje.

Fig. 1
Orang Outang de Angola.
Ilustracion de Description de l´Afrique, 1686, Amsterdam (Universiteits Bibliotheek, Amsterdam)

Fig. 2
Especies de antropomorfos segun Christianus Emmanuel Hoppius: Troglodita, Lucifer, Satiro y Pigmeo.  Ilustracion de su Tesis Anthropomorpha, Uppsala, 1760.
(Artis Bibliotheek, Amsterdam)

 Retornando a Linneo, es oportuno recordar que no utilizó el concepto de raza; se limitó a dividir al género humano en variedades, sin intercalar entre ambas categorías la de especie. Consideró que los géneros y las variedades no podían transformarse ni desaparecer. ya que de cada género había sido creada una sola pareja, destinada a perpetuarse de manera indefinida e inmutable, pues el hombre era el fin último de la creación. En su concepción, la naturaleza era un todo único, estructurado y jerarquizado, y el universo respondía a la sabiduría divina. Naturaleza y cultura no se diferenciaban, y esta, por lo demás, era una mezcla de caracteres sociales y psicológicos rudimentarios. Aun cuando hayan considerado que su clasificación era defectuosa, los investigadores que vinieron después entendieron que su principio era excelente. Pero sus apreciaciones sobre los africanos sentaron para con ellos, quizás, las bases del racismo "científico" posterior.

Linneo tuvo el mérito de dar origen a un nuevo e inmenso campo epistemológíco, el de la antropología, si bien se limitó a enunciarlo y no lo cultivó. A él tendrán que remitirse todos los científicos posteriores, tanto para retomar sus definiciones como para criticarlas. El honor de cultivar el nuevo campo científico estuvo reservado a Buffon, quien consideró la clasificación de Linneo incompleta y arbitraria, ya que los géneros, los órdenes y las clases no existen más que en nuestra imaginación: no son más que ideas convencionales, pues en realidad solamente existen individuos. La aparición de la Histoire naturelle, générale et particuliére, y muy especialmente de sus tres primeros tomos, en 1749, puede ser considerada como uno de los grandes acontecimientos intelectuales del siglo XVIII. Buffon no sólo buscó dar respuesta a todos los problemas de la historia natural, por demás discutibles en esa época, sino, también, elaboró una nueva concepción de la ciencia y de los métodos científicos, encuadrada en las relaciones del hombre con la naturaleza.

Pierre-Jean-Marie Flourens (1794-1867) y Paul Topinard (1830-1911) sostuvieron que, con el tomo tres de la obra de Buffon, L'Homme, se diferenció la antropología como ciencia independiente. La obra efectuó un estudio sistemático del hombre, tomado social e individualmente, desde el doble punto de vista de la naturaleza y la cultura; en otras palabras, en ella encontramos una antropología física y una cultural (o una etnología).

Si Tyson había intentado en vano encontrar una respuesta al interrogante de por qué el hombre es hombre, Buffon respondería a esa pregunta, cincuenta años más tarde, afirmando que el más estúpido de los hombres puede manejar al más espiritual de los animales, no por la fuerza, sino por su superioridad natural. Argumentó que el hombre comunica su pensamiento por medio de la palabra, atributo común a toda la especie humana, pues el hombre salvaje habla como lo hace el civilizado: naturalmente y para hacerse entender, mientras que ninguno de los animales emplea ese signo del pensamiento. Toda lengua, sostuvo, presupone una asociación de pensamientos, razón por la que los animales no hablan, porque no pueden producir esa asociación de ideas, que son resultado de la reflexión, y por ese mismo motivo no pueden inventar ni perfeccionar nada. Estas tres características: reflexión, lenguaje, capacidad de inventar y perfeccionar, determinan la distancia insalvable entre el hombre y el más perfecto de los animales.


Grabados  tomados de la obra de Virey (Artis Bibliotheek, Amsterdam)

La facultad de comparar ideas y de generar nuevos razonamientos distingue al hombre superior del ordinario, y la capacidad de producir gran número de ideas distingue al verdadero hombre de aquellos, más o menos estúpidos, cuyo pequeño número de ideas es lo único que los separa de los animales, los cuales carecen del conocimiento del pasado, de nociones acerca del futuro y no tienen otra memoria que una suerte de reminiscencia. El hombre que genera pocas ideas pierde su dignidad humana y se aproxima a la animalidad. Para Buffon, tanto el hombre estúpido como el salvaje -sin historia y por demás grosero, supersticioso y estúpido-, pueden considerarse degenerados de su especie, y a mitad de camino entre la humanidad y la animalidad.

Con Buffon el concepto de raza adquirió un significado distinto al de nación. Al analizar las diferencias entre los hombres, llegó a la conclusión de que se deben a tres causas principales:

(a) el clima, que explica las del color de la piel, (b) la alimentación y (c) las costumbres, responsables de características físicas como la nariz achatada, los labios gruesos, etc. Partiendo de la unidad original de la especie humana, y de las migraciones primitivas por las que esta se expandió y multiplicó en todo el planeta, consideró que los tres factores señalados provocaron los cambios conducentes a las variedades humanas actuales, que no deben ser confundidas con especies humanas diferentes. Otros factores que contribuyeron a la diferenciación humana fueron las epidemias y la mezcla de individuos distintos.

Para Buffon, el medio humano por excelencia está en la zona templada, entre los paralelos de 400 y 500, que ofrece las mejores condiciones de vida y donde se hallan, por lo tanto, los seres humanos más bellos y mejor dotados de la Tierra, producto de un perfecto equilibrio entre el medio y la especie. Las demás variedades humanas se alejan de ese modelo ideal en proporción a la distancia a que viven del clima templado.

Las apreciaciones de Buffon sobre las sociedades salvajes, a las que consideraba un conjunto tumultuoso de hombres bárbaros que no obedecían más que a sus pasiones particulares, para los que el robo, el hurto, el asesinato y la promiscuidad sexual eran pan cotidiano, concuerdan con su visión del salvaje como un hombre más cercano al animal, del que otros se distanciaron como resultado de la civilización. Pero, al mismo tiempo, Buffon recalcaba la necesidad de una investigación científica sobre los orígenes humanos, con el fin de determinar el verdadero carácter de las sociedades primitivas.

Para volver al racismo "científico", se puede citar al médico alemán Johann Friedrich Meckel (1724-1774), quien, luego de examinar los cadáveres de dos africanos muertos en la capital prusiana, llegó a la conclusión de que su cerebro y su sangre eran tan negros como su piel, y sostuvo que los africanos pertenecían a una especie distinta de la del hombre blanco. No interesa tanto destacar la poca validez de sus observaciones cuanto la presencia, parcialmente esbozada, de los temas básicos de discusión antropológica de los siglos XVIII y XIX: (a) las diferencias anatómicas entre blancos y negros, que autores posteriores considerarían el fundamento de la inferioridad física e intelectual de los pueblos llamados salvajes y, en particular, de los africanos, así como, bien entrado el siglo XIX, de los indígenas de las Américas, y (b) la diversidad de las especies humanas.

Algunos años más tarde, en 1764, otro médico y científico de conocida fama, el holandés Petrus Camper (1722-1789), al inaugurar su curso anual de anatomía en la universidad de Groningen, se refirió al origen y color de los negros. Su lección, que se basó en una disección efectuada en 1758, en la Illustere Schol de Amsterdam, del cuerpo de un joven angoleño recién fallecido, no hizo sino demostrar lo absurdo de las aseveraciones de Meckel. Su fin era refutar a quienes sostenían que los africanos no descendían de Adán y Eva, de lo cual -afirmaba- no tenía dudas, pues se inclinaba a considerarlos como sus semejantes, a la luz de la unidad de la especie humana. Camper llegó a una posición monogenista por el camino de la religión: para él, la Biblia no sólo contenía la verdad revelada sino, también, afirmaciones que las ciencias naturales demostraban de manera irrefutable. En su búsqueda de un acuerdo entre ciencia y religión se apoyó parcialmente en Buffon y en Pierre-Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759), presidente de la Academia de Ciencias de Berlín durante el reinado de Federico el Grande, a pesar de que ambos negaban toda finalidad en la naturaleza y separaban radicalmente lo natural de lo divino.

Otro aporte a la comparación del hombre con los animales se debe al médico y naturalista Louis-Jean-Marie Daubenton (1716-1800), uno de los más cercanos colaboradores de Buffon, que notaría la marcada diferencia de ubicación del hueso occipital en el cráneo de hombres y animales: mientras en el ser humano se encuentra en la mitad de la base del cráneo, a la misma distancia de la parte posterior del occipucio y de la parte anterior de la mandíbula inferior, en la mayoría de los animales esta ubicado en la parte posterior del occipucio. El rostro humano, contrariamente al de los animales, es practicamente vertical, con una mandíbula que no avanza con respecto a la frente. Si bien Daubenton se limitó a comparar distintos animales con el hombre, y a constatar la influencia de la ubicación del hueso occipital en la postura y en los movimientos de unos y otros, sin sacar más conclusiones, este primer intento de comparación craneológica tuvo enorme influencia en el pensamiento antropológico posterior, muy particularmente en el siglo XIX (Fig.3).

Fig. 3
Ilustracion de la obra de Daubenton, 1764

Grabado tomado de la obra de Virey   (Artis Bibliotheek, Amsterdam)


En 1775 se publicó en Göttingen la tesis de un joven de veintidós años llamado Johann Friedrich Blumenbach (1753-1840), que, modificada y ampliada, alcanzó tres ediciones prácticamente inmediatas y fue traducida a varios idiomas. Se trataba de una tesis de medicina, que reunía y sintetizaba los conocimientos del momento en materia de antropología física (y demostraba la fuerte conexión existente en la época entre la medicina y la historia natural, que incluía a la antropología). Blumenbach adhería a la posición monogenista de Buffon, pero retomó y amplió el análisis de este de las diferencias entre el hombre y los animales, tanto las anatómicas y fisiológicas como las intelectuales y las relacionadas con las costumbres. Recordó la observación, hecha por primera vez por Aristóteles, de que sólo el hombre dispone de manos, pues el pulgar de los monos superiores es demasiado corto. Señaló, además, que el hombre carece de hueso intermaxilar, que es el único animal que usa el fuego y el lenguaje, el único capaz de reir y llorar, así como el único que padece enfermedades específicas. Sostuvo que las diferencias raciales están determinadas por el ambiente y definió cuatro razas: la europea, la asiática, la africana y la americana, a las que, en la segunda edición de su obra, en 1781, agregó una quinta: los habitantes de Malasia, Filipinas y las islas del Pacifico. De esta clasificación, que permaneció vigente hasta prácticamente fines del siglo XIX, desaparecieron dos categorias de Linneo, el Homo ferus y el Homo monstruosus.

En su gran producción intelectual posterior, Blumenbach sostuvo que cada sociedad define, a lo largo del tiempo, conceptos propios de belleza, y que el cuerpo humano se va amoldando a esos criterios estéticos a medida que pasan las generaciones. Era común en Europa occidental, por ejemplo, admirar orejas pegadas a la cabeza, para lograr las cuales se utilizaban gorros que ocasionaron que el cuerpo se adaptara a sus efectos. Sobre los pueblos salvajes argumentó, en momentos en que eran considerados casi animales, que no eran fisicamente inferiores a los europeos, aunque no hubiesen tenido la posibilidad ni el tiempo de cultivar sus facultades y desarrollar sus sociedades. Si bien por lo común se tenia a los africanos por estúpidos e ignorantes, en su opinión la mayoría de los viajeros corroboraba que no sólo los pueblos negros poseían una gran fantasía y una fuerte memoria sino, también, que eran sumamente rápidos, hábiles y eficaces en sus trabajos. Pensaba que clasificar a un pueblo en función de los rasgos físicos y capacidades intelectuales de una persona era una generalización absurda, que nada tenía que ver con la ciencia.

Blumenbach merece ser considerado uno de los padres de la ciencia antropológica, sobre todo de la antropología biológica; su obra posee una solidez científica notable por su carácter exhaustivo, sistemático y erudito, y por el uso racional que hizo de los conocimientos alcanzados en su época. Por otro lado, rechazó la concepción racista en un momento en que, para la mayoría de los científicos, era un prejuicio aceptado, que predominaba sobre el juicio independiente.

Uno o dos meses antes que Blumenbach, el médico militar escocés John Hunter, fallecido en 1809, publicó en Edimburgo otra tesis doctoral -menos brillante que la de aquel- en la que defendió la existencia de una única especie humana, con sus consabidas variedades, ocasionadas por el clima, el estilo de vida y las costumbres. En 1784, en Mainz, el cirujano Samuel Thomas von Sömmerring (1755-1830) difundió un trabajo en el que afirmaba que el hueso occipital de los africanos está más atrás que el de los europeos; su mensaje sobreentendido era que los africanos se hallan más cerca de los animales que de los humanos, con lo que sentó las bases del racismo "científico", cuyos grandes cultores fueron dos médicos dieciochescos, el citado Petrus Camper y el inglés Charles White (1728-1813).

En 1791, Adriaan Gilles Camper (1759-1820) publicó en Utrecht una obra póstuma de su padre Petrus, resultado de estudios de este en los que registró las diferencias entre el ángulo facial de cráneos humanos y de monos. Comparando los cráneos de un europeo, un calmuco (o mongol), un africano y un mono, concluyó que existían semejanzas entre los dos últimos y definió algunas régles de I'art por las que un cráneo caía en la categoría de los humanos o en la ressemblance du singe (Fig. 4). Si bien nunca se apartó de la idea buffoniana de la unidad de la especie humana, su monogenismo resultaba sui generis, porque las variedades de hombres -determinadas, igual que para Buffon, por el clima, el ambiente, la alimentación y las enfermedades- se extendían desde los africanos, cercanos a los animales, hasta los europeos, los más bellos y nobles. El método utilizado por Camper no constituía una gran innovación, salvo por la difusión que alcanzó: otro médico holandés, Bernhard Siegfried Albinus (1697-1770), había empleado uno bastante similar para medir esqueletos. Pero Albinus, que creía en la existencia de un ser humano estética y vitalmente perfecto, es un ilustre desconocido en la historia de la antropología.

Fig. 4
Ilustracion de la obra de Camper, 1791

EDUARDO BITLLOCH
Derde Wereld Centrum, Katholieke Universiteit Nijmegen, Holanda

 

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