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Ciencia, Raza y Racismo en el Siglo XVIII
Los afanes clasificatorios
de los naturalistas del siglo XVIII condujeron Si bien no existen
fundamentos científicos que permitan sostener la superioridad o inferioridad física
o intelectual de una raza humana con respecto a otra, diversos acontecimientos
registrados en la actualidad demuestran que tal doctrina o actitud política
-porque a esto se limita el racismo- estaba adormecida, pero no olvidada ni,
mucho menos, superada. Sus defensores recurrieron en el pasado y recurren en el
presente a la ciencia, con el fin de confirmar "cientificamente" la
existencia de razas superiores e inferiores. La paternidad histórica de
las ideas racistas se atribuye al conde Joseph Arthur de Gobineau, que vivió
entre 1816 y 1882, pero las fuentes "científicas" del racismo datan
del siglo XVIII, cuando las grandes transformaciones culturales desembocaron en
una nueva ciencia, la antropologia, producto del interés por estudiar al hombre
en el marco de la historia natural. En ese siglo tuvieron lugar
los primeros intentos de clasificar al ser humano según sus diferencias físicas,
siguiendo el principio linneano de especie. La utilización de un nuevo
concepto, el de raza, considerada como una subdivisión de la especie humana
basada en criterios biológicos, condujo a la paulatina diferenciación histórica
de dos tendencias antropológicas: los partidarios de la irreductibilidad
esencial de las razas humanas postularon el poligenismo, es decir, el
origen múltiple y radicalmente distinto de los diversos grupos étnicos, como
piedra angular de su sistema; los partidarios de la unidad de la especie humana,
defensores, pues, del monogenismo, explicaban las diferencias anatómicas
y fisiológicas de los hombres por la acción del medio, y las creían
accidentales y modificables con el tiempo.
Tales
posturas opuestas, cuyo origen e implicaciones prácticas eran entonces poco nítidas,
fueron el centro de la discusión antropológica en el siglo XVIII. Pero los
grandes debates entre monogenistas y poligenistas iban a tener lugar en el XIX,
con figuras como el poligenista George Robins Gliddon (1809-1857), Josiah Clark
Nott (1804-1873) y Théophile Simar (1883-1930), cuyo magnífico libro (1922) es
imprescindible para estudiar en profundidad estos temas. Sin embargo, el siglo de las
luces no inventó la antropologia: en parte ya fue enunciada en el Renacimiento,
con las innovaciones cientificas de Copérnico y Galileo, y con los
descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI, que resultaron, al mismo
tiempo, en un redescubrimiento de la humanidad. ¿Qué actitud adoptar ante los
nuevos pueblos?, ¿cómo relacionarse con ellos?, ¿cómo interpretar sus
costumbres y sus creencias? fueron preguntas corrientes en esos siglos, que
dieron lugar a las bases del pensamiento antropológico. En 1684, en un articulo anónimo,
aparecido en el Journal des savants, una de las más prestigiosas
revistas europeas de esa época, y atribuido posteriormente al médico y viajero
francés Francois Bernier (1620-1688), el autor argumentó que era posible
dividir la Tierra teniendo en cuenta las características físicas de los
hombres que la habitaban, además de por regiones, como lo hacían los geógrafos.
Bernier fue asi el primero en utilizar el concepto de raza en el sentido
antropológico. Distinguió cuatro razas o especies de hombres, que diferenció
por sus caracteristicas físicas y su medio geográfico: la primera comprendía
los europeos, los africanos del norte, los persas, los árabes y los habitantes
de la India y la Insulindia; la segunda, los demás africanos; la tercera, los
asiáticos amarillos, y la cuarta, los lapones. En cuanto a los americanos, pese
a notar Bernier en ellos un color oliváceo y un rostro diferente del de los
europeos, no los clasificó como una raza aparte, sino que los incluyó en la
primera. Como es evidente, tal división racial era por completo superficial;
pero su importancia radica en la actitud positivista que subyace en ella: para
Bernier la humanidad proporcionaba un conjunto de hechos a ser analizados.
del ser humano y, por ende,
su especificidad, ya que el hombre comenzaba a redescubrirse y redefinirse científicamente
con relación a las especies animales que le estaban más próximas. Tyson quería
determinar por qué el mono es mono y el hombre, hombre. Llegó a la conclusión
de que un chimpancé era un animal, pero tan próximo al hombre que debía
considerárselo un animal mítico, ubicado entre los simios y el ser humano. Si
bien no obtuvo respuesta a su interrogante sobre el hombre, su trabajo abrió un
nuevo capítulo de la historia natural, de la cual la antropología era entonces
considerada una parte. A Bernier y Tyson los
siguieron, en materia de pensamiento antropológico, dos ilustres científicos
del siglo XVIII, el sueco Carl von Linné o Linneo (1707-1778) y el francés
Georges-Louis Leclerc de Buffon (1707-1788). Linneo, clasificador por excelencia
y amante de la armonía y el método, retomó y al mismo tiempo renovó, en lo
que al hombre respecta, la tradición de Aristóteles (en la Historia de los
animales) y de Galeno, que ubicaba al hombre en el inventario general de
todos los seres vivientes. En la primera edición de su Systema naturae,
Linneo clasificó al hombre y a los monos en el grupo de los antropomorfos, un
subconjunto de los cuadrúpedos, porque por entonces no reconocia signos orgánicos
que le permitieran ubicar al ser humano en lugar privilegiado de la escala de
los vivientes. Años más tarde, en el prefacio de Fauna Suecica,
manifestó que había clasificado al hombre como cuadrúpedo porque no era
planta ni piedra, sino un animal, tanto por su género de vida como por su
locomoción, y porque, además, no había podido encontrar un solo carácter
distintivo por el cual el hombre se pudiera diferenciar del mono. Señaló,
también, que no era gusano porque tenía cabeza, no era insecto porque carecía
de antena, no era pez porque no tenía aletas, y tampoco era pájaro porque no
tenía alas. Linneo nunca reconoció en
el lenguaje un factor diferenciador del ser humano, pero entendió que con la
razón, la nobilissima ratio, el hombre superaba a todos
los animales; a partir de la décima edición de Systema naturae reemplazó
a los cuadrúpedos por los mamíferos y, como primer orden de estos, puso a los
primates, entre los cuales colocó al hombre. Esta concepción, con la razón
como factor diferenciador, permite entender el concepto de Homo sapiens,
en contraposición al de Homo sylvestris, que englobaba a los
antropoides. Linneo reservaba una categoría especial al hombre salvaje, ferus,
al que definía como mudo, erizado de pelos, caminando en cuatro manos: mutus,
hirsutus, tetrapus. En tal grupo incluía a los chicos
salvajes: el hombre oso de Lituania, el hombre lobo de Hesse y el hombre buey de
Bamberg, todos los cuales pertenecían a la categoría Homo europaeus, de
la cual sólo el azar los había separado. Otra clase especial era el Homo
monstruosus, que podía cambiar por influencia del clima (como lo habían
hecho los habitantes de los altos Alpes, ágiles y tímidos, y los patagones,
grandes y perezosos) o por el arte (como los hombres sin barba, algunos de los
cuales vivían en América, o los hotentotes, que solamente poseían un
testiculo). Entre los monstruos artificiales incluía Linneo tanto a los que tenían
el cráneo deformado -los chinos- como a los que tenían el rostro achatado -los
canadienses-. El hombre salvaje y el monstruoso son categorías creadas por la
pura imaginación, y no forman parte, obviamente, de los intentos de realizar
una clasificación científica. El Homo sapiens
linneano, que era diurno y cambiaba por la educación y el clima, comprendía
las variedades: americanus, colorado, colérico, de porte derecho, de
piel morena y cabellos negros, lacios y espesos, con labios gruesos, fosas
nasales largas, mentón casi sin barba, porfiado, contento con su suerte, amante
de la libertad, pintado su cuerpo con líneas coloradas, combinadas de distintas
maneras; europaeus, blanco, sanguíneo, musculoso, cabellos rubios,
largos y espesos, inconstante, ingenioso, inventivo, cubierto totalmente con
ropas, gobernado por leyes; asiaticus, amarillo, melancólico, de fibras
rígidas, cabello negro, ojos marrones, severo, fastuoso, avaro, vestido con
largas túnicas, gobernado por la opinión; afer: negro, flemático, de
complexión débil, con cabellos crespos, astuto, perezoso, negligente, con el
cuerpo frotado con aceite o grasa, gobernado por la voluntad arbitraria de sus
dueños. Linneo incluía también en
el género Homo a los troglodytes, o el Homo sylvestris Orang Outang
(Fig.1), que era un
animal nocturno. La absoluta confusión reinante en las ciencias de la época
acerca del hombre, o, más concretamente, acerca de los grandes monos y los
llamados hombres salvajes, queda demostrada en la tesis Anthropomorpha,
de Christianus Emmanuel Hoppius, defendida ante Linneo en Uppsala el 6 de
septiembre de 1760. Hoppius dividía los antropomorfos (Fig.
2) en: (a) pygmaeus: asimilados al Homo sylvestris de
Linneo, vivían en Africa y podría tratarse de chimpancés; (b) satyrus:
vivían originariamente en Angola; incluidos por Linneo entre los monos, en el género
Simia, son claramente chimpancés; (c) lucifer: asimilados al Homo
caudatus hirsutus, vivían en la isla de Nicobar, entre Sumatra y Bengala, y
en Java, pero es difícil de precisar a qué corresponden, y (d) troglodyta:
el Homo nocturnus de Linneo, vivía en Etiopía, Java, Amboina, el monte
Ophir, la península de Malaca y las islas Ternate, usualmente en cavernas
subterráneas; es el más próximo al ser humano, con un aspecto que corresponde
a la representación tradicional europea del hombre salvaje.
Fig. 1
Fig. 2 Retornando a Linneo, es oportuno recordar que no utilizó el concepto de
raza; se limitó a dividir al género humano en variedades, sin intercalar entre
ambas categorías la de especie. Consideró que los géneros y las variedades no
podían transformarse ni desaparecer. ya que de cada género había sido creada
una sola pareja, destinada a perpetuarse de manera indefinida e inmutable, pues
el hombre era el fin último de la creación. En su concepción, la naturaleza
era un todo único, estructurado y jerarquizado, y el universo respondía a la
sabiduría divina. Naturaleza y cultura no se diferenciaban, y esta, por lo demás,
era una mezcla de caracteres sociales y psicológicos rudimentarios. Aun cuando
hayan considerado que su clasificación era defectuosa, los investigadores que
vinieron después entendieron que su principio era excelente. Pero sus
apreciaciones sobre los africanos sentaron para con ellos, quizás, las bases
del racismo "científico" posterior. Linneo tuvo el mérito de
dar origen a un nuevo e inmenso campo epistemológíco, el de la antropología,
si bien se limitó a enunciarlo y no lo cultivó. A él tendrán que remitirse
todos los científicos posteriores, tanto para retomar sus definiciones como
para criticarlas. El honor de cultivar el nuevo campo científico estuvo
reservado a Buffon, quien consideró la clasificación de Linneo incompleta y
arbitraria, ya que los géneros, los órdenes y las clases no existen más que
en nuestra imaginación: no son más que ideas convencionales, pues en realidad
solamente existen individuos. La aparición de la Histoire naturelle, générale
et particuliére, y muy especialmente de sus tres primeros tomos, en 1749,
puede ser considerada como uno de los grandes acontecimientos intelectuales del
siglo XVIII. Buffon no sólo buscó dar respuesta a todos los problemas de la
historia natural, por demás discutibles en esa época, sino, también, elaboró
una nueva concepción de la ciencia y de los métodos científicos, encuadrada
en las relaciones del hombre con la naturaleza. Pierre-Jean-Marie Flourens
(1794-1867) y Paul Topinard (1830-1911) sostuvieron que, con el tomo tres de la
obra de Buffon, L'Homme, se diferenció la antropología como ciencia
independiente. La obra efectuó un estudio sistemático del hombre, tomado
social e individualmente, desde el doble punto de vista de la naturaleza y la
cultura; en otras palabras, en ella encontramos una antropología física y una
cultural (o una etnología). Si Tyson había intentado en
vano encontrar una respuesta al interrogante de por qué el hombre es hombre,
Buffon respondería a esa pregunta, cincuenta años más tarde, afirmando que el
más estúpido de los hombres puede manejar al más espiritual de los animales,
no por la fuerza, sino por su superioridad natural. Argumentó que el hombre
comunica su pensamiento por medio de la palabra, atributo común a toda la
especie humana, pues el hombre salvaje habla como lo hace el civilizado:
naturalmente y para hacerse entender, mientras que ninguno de los animales
emplea ese signo del pensamiento. Toda lengua, sostuvo, presupone una asociación
de pensamientos, razón por la que los animales no hablan, porque no pueden
producir esa asociación de ideas, que son resultado de la reflexión, y por ese
mismo motivo no pueden inventar ni perfeccionar nada. Estas tres características:
reflexión, lenguaje, capacidad de inventar y perfeccionar, determinan la
distancia insalvable entre el hombre y el más perfecto de los animales.
Grabados tomados de la obra de Virey (Artis
Bibliotheek, Amsterdam) La facultad de comparar
ideas y de generar nuevos razonamientos distingue al hombre superior del
ordinario, y la capacidad de producir gran número de ideas distingue al
verdadero hombre de aquellos, más o menos estúpidos, cuyo pequeño número de
ideas es lo único que los separa de los animales, los cuales carecen del
conocimiento del pasado, de nociones acerca del futuro y no tienen otra memoria
que una suerte de reminiscencia. El hombre que genera pocas ideas pierde su
dignidad humana y se aproxima a la animalidad. Para Buffon, tanto el hombre estúpido
como el salvaje -sin historia y por demás grosero, supersticioso y estúpido-,
pueden considerarse degenerados de su especie, y a mitad de camino entre la
humanidad y la animalidad. Con Buffon el concepto de
raza adquirió un significado distinto al de nación. Al analizar las
diferencias entre los hombres, llegó a la conclusión de que se deben a tres
causas principales: (a) el clima, que explica
las del color de la piel, (b) la alimentación y (c) las costumbres,
responsables de características físicas como la nariz achatada, los labios
gruesos, etc. Partiendo de la unidad original de la especie humana, y de las
migraciones primitivas por las que esta se expandió y multiplicó en todo el
planeta, consideró que los tres factores señalados provocaron los cambios
conducentes a las variedades humanas actuales, que no deben ser confundidas con
especies humanas diferentes. Otros factores que contribuyeron a la diferenciación
humana fueron las epidemias y la mezcla de individuos distintos. Para Buffon, el medio humano
por excelencia está en la zona templada, entre los paralelos de 400 y
500, que ofrece las mejores condiciones de vida y donde se hallan, por lo
tanto, los seres humanos más bellos y mejor dotados de la Tierra, producto de
un perfecto equilibrio entre el medio y la especie. Las demás variedades
humanas se alejan de ese modelo ideal en proporción a la distancia a que viven
del clima templado. Las apreciaciones de Buffon
sobre las sociedades salvajes, a las que consideraba un conjunto tumultuoso de
hombres bárbaros que no obedecían más que a sus pasiones particulares, para
los que el robo, el hurto, el asesinato y la promiscuidad sexual eran pan
cotidiano, concuerdan con su visión del salvaje como un hombre más cercano al
animal, del que otros se distanciaron como resultado de la civilización. Pero,
al mismo tiempo, Buffon recalcaba la necesidad de una investigación científica
sobre los orígenes humanos, con el fin de determinar el verdadero carácter de
las sociedades primitivas. Para volver al racismo
"científico", se puede citar al médico alemán Johann Friedrich
Meckel (1724-1774), quien, luego de examinar los cadáveres de dos africanos
muertos en la capital prusiana, llegó a la conclusión de que su cerebro y su
sangre eran tan negros como su piel, y sostuvo que los africanos pertenecían a
una especie distinta de la del hombre blanco. No interesa tanto destacar la poca
validez de sus observaciones cuanto la presencia, parcialmente esbozada, de los
temas básicos de discusión antropológica de los siglos XVIII y XIX: (a) las
diferencias anatómicas entre blancos y negros, que autores posteriores
considerarían el fundamento de la inferioridad física e intelectual de los
pueblos llamados salvajes y, en particular, de los africanos, así como, bien
entrado el siglo XIX, de los indígenas de las Américas, y (b) la diversidad de
las especies humanas. Algunos años más tarde, en
1764, otro médico y científico de conocida fama, el holandés Petrus Camper
(1722-1789), al inaugurar su curso anual de anatomía en la universidad de
Groningen, se refirió al origen y color de los negros. Su lección, que se basó
en una disección efectuada en 1758, en la Illustere Schol de Amsterdam,
del cuerpo de un joven angoleño recién fallecido, no hizo sino demostrar lo
absurdo de las aseveraciones de Meckel. Su fin era refutar a quienes sostenían
que los africanos no descendían de Adán y Eva, de lo cual -afirmaba- no tenía
dudas, pues se inclinaba a considerarlos como sus semejantes, a la
luz de la unidad de la especie humana. Camper llegó a una posición monogenista
por el camino de la religión: para él, la Biblia no sólo contenía la
verdad revelada sino, también, afirmaciones que las ciencias naturales
demostraban de manera irrefutable. En su búsqueda de un acuerdo entre ciencia y
religión se apoyó parcialmente en Buffon y en Pierre-Louis Moreau de
Maupertuis (1698-1759), presidente de la Academia de Ciencias de Berlín durante
el reinado de Federico el Grande, a pesar de que ambos negaban toda finalidad en
la naturaleza y separaban radicalmente lo natural de lo divino. Otro aporte a la comparación
del hombre con los animales se debe al médico y naturalista Louis-Jean-Marie
Daubenton (1716-1800), uno de los más cercanos colaboradores de Buffon, que
notaría la marcada diferencia de ubicación del hueso occipital en el cráneo
de hombres y animales: mientras en el ser humano se encuentra en la mitad de la
base del cráneo, a la misma distancia de la parte posterior del occipucio y de
la parte anterior de la mandíbula inferior, en la mayoría de los animales esta
ubicado en la parte posterior del occipucio. El rostro humano, contrariamente al
de los animales, es practicamente vertical, con una mandíbula que no avanza con
respecto a la frente. Si bien Daubenton se limitó a comparar distintos animales
con el hombre, y a constatar la influencia de la ubicación del hueso occipital
en la postura y en los movimientos de unos y otros, sin sacar más conclusiones,
este primer intento de comparación craneológica tuvo enorme influencia en el
pensamiento antropológico posterior, muy particularmente en el siglo XIX (Fig.3).
Fig. 3
Grabado tomado de la obra de
Virey (Artis Bibliotheek, Amsterdam)
En su gran producción
intelectual posterior, Blumenbach sostuvo que cada sociedad define, a lo largo
del tiempo, conceptos propios de belleza, y que el cuerpo humano se va amoldando
a esos criterios estéticos a medida que pasan las generaciones. Era común en
Europa occidental, por ejemplo, admirar orejas pegadas a la cabeza, para lograr
las cuales se utilizaban gorros que ocasionaron que el cuerpo se adaptara a sus
efectos. Sobre los pueblos salvajes argumentó, en momentos en que eran
considerados casi animales, que no eran fisicamente inferiores a los europeos,
aunque no hubiesen tenido la posibilidad ni el tiempo de cultivar sus facultades
y desarrollar sus sociedades. Si bien por lo común se tenia a los africanos por
estúpidos e ignorantes, en su opinión la mayoría de los viajeros corroboraba
que no sólo los pueblos negros poseían una gran fantasía y una fuerte memoria
sino, también, que eran sumamente rápidos, hábiles y eficaces en sus
trabajos. Pensaba que clasificar a un pueblo en función de los rasgos físicos
y capacidades intelectuales de una persona era una generalización absurda, que
nada tenía que ver con la ciencia. Blumenbach merece ser
considerado uno de los padres de la ciencia antropológica, sobre todo de la
antropología biológica; su obra posee una solidez científica notable por su
carácter exhaustivo, sistemático y erudito, y por el uso racional que hizo de
los conocimientos alcanzados en su época. Por otro lado, rechazó la concepción
racista en un momento en que, para la mayoría de los científicos, era un
prejuicio aceptado, que predominaba sobre el juicio independiente. Uno o dos meses antes que
Blumenbach, el médico militar escocés John Hunter, fallecido en 1809, publicó
en Edimburgo otra tesis doctoral -menos brillante que la de aquel- en la que
defendió la existencia de una única especie humana, con sus consabidas
variedades, ocasionadas por el clima, el estilo de vida y las costumbres. En
1784, en Mainz, el cirujano Samuel Thomas von Sömmerring (1755-1830) difundió
un trabajo en el que afirmaba que el hueso occipital de los africanos está más
atrás que el de los europeos; su mensaje sobreentendido era que los africanos
se hallan más cerca de los animales que de los humanos, con lo que sentó las
bases del racismo "científico", cuyos grandes cultores fueron dos médicos
dieciochescos, el citado Petrus Camper y el inglés Charles White (1728-1813). En 1791, Adriaan Gilles
Camper (1759-1820) publicó en Utrecht una obra póstuma de su padre Petrus,
resultado de estudios de este en los que registró las diferencias entre el ángulo
facial de cráneos humanos y de monos. Comparando los cráneos de un europeo, un
calmuco (o mongol), un africano y un mono, concluyó que existían semejanzas
entre los dos últimos y definió algunas régles de I'art por las que un
cráneo caía en la categoría de los humanos o en la ressemblance du singe
(Fig. 4). Si bien
nunca se apartó de la idea buffoniana de la unidad de la especie humana, su
monogenismo resultaba sui generis, porque las variedades de hombres
-determinadas, igual que para Buffon, por el clima, el ambiente, la alimentación
y las enfermedades- se extendían desde los africanos, cercanos a los animales,
hasta los europeos, los más bellos y nobles. El método utilizado por Camper no
constituía una gran innovación, salvo por la difusión que alcanzó: otro médico
holandés, Bernhard Siegfried Albinus (1697-1770), había empleado uno bastante
similar para medir esqueletos. Pero Albinus, que creía en la existencia de un
ser humano estética y vitalmente perfecto, es un ilustre desconocido en la
historia de la antropología.
Fig. 4 EDUARDO BITLLOCH
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