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El ITER como contrapartida de la guerra
El proyecto ITER tiene como objetivo estudiar la viabilidad tecnológica de la fusión nuclear como fuente energética. Se trata de reproducir en la tierra la fusión nuclear que de forma natural se produce en el sol o en cualquier estrella, lo que proporcionaría una fuente de energía aparentemente ilimitada y menos radiactiva que la fisión. Por ahora esta energía ha sido experimentada en máquinas de menor tamaño, pero es necesaria la construcción de un reactor de grandes dimensiones para avanzar en el camino que lleve a su utilización comercial. La construcción del ITER supondrá una inversión de 4.500 millones de euros en los próximos veinte años y la participación de al menos 3.000 científicos internacionales en su puesta en marcha. Además se calcula que la construcción de este proyecto generaría 10.000 empleos directos y un número superior de trabajos que indirectamente se verían beneficiados con la presencia de este reactor. Las partes implicadas en el proyecto (UE, Estados Unidos, Canadá, Japón, Rusia y Corea del Sur) se repartirán el 80 por ciento de los costes de construcción, mientras que el veinte por ciento restante será aportado por la parte a la que se adjudique la ubicación del ITER. Para acoger las instalaciones parten cuatro candidatos. Las propuestas europeas de Vandellós (España) y Cadarache (Francia) y la canadiense de Clarington y la japonesa de Rokkasho. Que la UE tuviese dos propuestas no gustaba a los implicados en el ITER, por lo que la institución comunitaria pensó en seleccionar solamente una de las dos para competir finalmente con las demás sedes. Para ello, un equipo de técnicos europeos encabezados por el principal asesor científico del Gobierno británico, David King, se encargó de estudiar las dos elecciones europeas que optan al ‘megaproyecto’ científico. Del informe final publicado recientemente se desprende que Vandellós era la opción más económica a largo plazo, aunque Cadarache parte como la mejor dotada técnicamente. Sin embargo, a modo de conclusión el estudio señalaba que la decisión definitiva sería meramente “política”. Lo que no se citaba es que ambas propuestas europeas (como así lo reconoce buena parte de la comunidad científica implicada) tienen mejores proyectos que las candidaturas japonesa y canadiense. El hecho de que la UE haya optado porque la decisión final sea política y no técnica da lugar a muchas interpretaciones. ¿Presionará Estados Unidos a los miembros implicados en el proyecto para que sea elegida la candidatura española? ¿Este apoyo será la contrapartida a la colaboración de Aznar con Bush en plena crisis de la guerra de Irak? Lo cierto es que los guiños que se han hecho ambos países en los últimos meses refuerzan la sensación de que Estados Unidos hace tiempo que optó por defender la propuesta española. Así, el 9 de diciembre del pasado año (antes de que la UE emitiese el informe) el entonces ministro español de Ciencia y Tecnología, Josep Piqué, manifestó que le parecía que había consenso entre los técnicos en que Vandellós era la mejor opción, pero afirmó que al final “todo dependerá de una decisión política”. Inmediatamente Pique pidió a Aznar que incluyese en la agenda del viaje a Estados Unidos, que el presidente español realizó a finales del pasado año, la posibilidad de que España acogiese el ITER. El ministro, para hacerse una idea del proyecto, señaló que éste sólo era superado en magnitud por la Estación Espacial Internacional y añadió que su repercusión económica sólo era comparable con los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992. Desde entonces el ITER pasaba a ser objetivo prioritario en la agenda de Aznar antes de abandonar su cargo como presidente del gobierno el próximo mes de marzo. El pasado marzo, con la guerra de Irak en ciernes, la presencia del presidente español en las Azores portuguesas junto a Bush y Blair supuso un benefició indirecto a la propuesta española al ITER. Aparte de las “convicciones antiterroristas” que le llevaron a apoyar la guerra, Aznar sabía que de esta manera se garantizaba el apoyo de Gran Bretaña dentro de la UE y el de Estados Unidos en el caso de que finalmente las dos candidatas europeas compitieran en la adjudicación final del proyecto científico. El guiño de Estados Unidos a España no tardó en llegar. La contrapartida de Bush a Aznar sobre Irak se evidenció recientemente en la visita que el secretario de Estado de energía estadounidense, Spencer Abraham, realizó a Vandellós. “El proyecto español es impresionante”, dijo Abraham, en una valoración que irritó sobremanera al Gobierno de Chirac. Con estos antecedentes a España le interesa reclamar una doble candidatura europea al proceso final de elección, momento en el que la influencia de Estados Unidos sería determinante en este sentido. Pero su aislamiento en el seno de la UE le puede pasar factura. El riesgo de una sola candidatura europea -a ojos del Gobierno español- está en el peso de Francia dentro de los Quince. Aun así España sabe que su apoyo incondicional a la Casa Blanca en el conflicto iraquí no caerá en saco roto y se ve con cierta ventaja. Pero para llegar a contar con este ayuda los Quince deberán decidir en las reuniones comunitarias que tendrán lugar el 10 y 17 de noviembre si se presentan las dos candidaturas o una sola. Si no se llega a un acuerdo será en la cita de los Jefes de Estado europeos del 13 de diciembre cuando se tome la decisión. A partir de ahí los implicados en el ITER deberán decidir antes del 30 de diciembre cuál será la sede del reactor de fusión termonuclear. Mateo
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