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America Latina, 500 anos Problemas pendientes
Resumen: A lo largo de las páginas que siguen intento condensar los elementos esenciales que ayuden a entender la situación actual –y por tanto tratar de anticipar la evolución futura– del continente latinoamericano. Espero que, a pesar de ofrecer una Latinoamérica a vista de pájaro, la diversidad y el detalle no queden demasiado ensombrecidos por la necesaria generalización.
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Autor: Ignacio de Senillosa - Jon Sobrino
Sumario
Ignacio de Senillosa
1. Centroamérica a vista de
quetzal, Sudamérica a vista de cóndor
2. Marco histórico: 500 años
3. Marco sociopolítico y económico
4. Democratizando la Cooperación
5. Comentarios finales
Jon Sobrino
6. Los pueblos crucificados,
actual siervo sufriente de Yahvé
Notas
Ignacio de Senillosa
es médico; actualmente dirige el departamento de Estudios de la Fundación
INTERMÓN.
Jon Sobrino, jesuita,
es conocido como uno de los más relevantes exponentes de la Teología de la
Liberación. Enseña en la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador.
1. CENTROAMÉRICA A VISTA DE
QUETZAL, SUDAMÉRICA A VISTA DE CONDOR
(Ignacio de Senillosa)
"Es una idea grandiosa pretender formar
de todo el mundo nuevo una sola nación con un sólo vínculo que ligue sus
partes entre sí y con el todo [...] Mas esta unión no nos vendrá con
prodigios divinos, sino por efectos sensibles y esfuerzos bien
dirigidos" (Simón Bolivar, Carta de Jamaica, 1815)
"Hicimos la revolución contra las
dictaduras. Ahora tenemos que hacer la revolución contra la 'democracia',
contra la democracia de ellos, su democracia, la falsa democracia, la
democracia burgueso-electoral... Lo siento como una profecía: posiblemente
estamos comenzando lo que será la década final del imperio" (Pedro
Casaldáliga, "Reflexiones de a pie por Centroamérica" Diakonia,
Nº 56, diciembre 1990)
Es el quetzal pájaro emblemático de Guatemala
y, por extensión, de México, Centroamérica y el Caribe. El cóndor lo es de
la América Andina y, por extensión, de América del Sur.
A lo largo de las páginas que siguen intento
condensar los elementos esenciales que ayuden a entender la situación actual
–y por tanto tratar de anticipar la evolución futura– del continente
latinoamericano. Espero que, a pesar de ofrecer una Latinoamérica a vista de
pájaro, la diversidad y el detalle no queden demasiado ensombrecidos por la
necesaria generalización.
Teniendo en cuenta que la evolución de dichos
países vendrá parcialmente condicionada por la actitud política y las
estrategias de desarrollo económico y cooperación, tanto privada como pública,
de los países que llamamos del Norte y fundamentalmente de los EE.UU., Europa
y Japón, este documento pretende destacar las relaciones de interdependencia
entre ambos conjuntos geopolíticos.
Al escribir este trabajo he intentado tener
presente la siguiente advertencia:
Una alternativa popular [de desarrollo] y la
agenda para formularla sólo pueden brotar de la experiencia popular. Nunca
saldrá una alternativa popular de los ministerios gubernamentales ni de los
centros de investigación, por progresistas que sean. Es un problema de
praxis histórica y no de esquemas intelectuales meramente teóricos. (Desafíos
y Agenda para los 90, Envío, No.112, marzo 1991).
2. MARCO HISTÓRICO: 500 AÑOS
Han pasado 500 años: encontronazo y marginación
Cuando, ahora hace 500 años, las naos españolas
echaron anclas en la isla de Guanahani, no sólo el Caribe, sino también el
continente, estaban poblados por un rico mosaico de comunidades y culturas indígenas.
Dichas culturas tenían muy diversos grados de evolución y complejidad social
que iban desde grupos cazadores y recolectores, hasta imperios con un alto
nivel de conocimientos y una elaborada organización social(1).
Es evidente que el encontronazo entre los pueblos autóctonos y los
españoles truncó de la noche a la mañana la posibilidad de evolución de
dichas culturas precoloniales, al tiempo que se les imponía un modelo social,
político y económico basado en valores y tradiciones que les eran
completamente extrañas. Un modelo medieval que, dicho sea de paso, estaba a
punto de periclitar en una España a las puertas del Renacimiento y la Era
Moderna.
Decir –quizás con justicia– que el régimen
colonial español fue menos depredador que el inglés, el francés o el holandés,
sólo constituye un magro consuelo para los descendientes de aquellos que
originariamente lo padecieron. De igual manera, tampoco se hace justicia a la
historia si se idealiza a unos imperios que como el maya, el azteca o el inca,
basaron su poder en la dominación de otros pueblos del área (si bien es
cierto que el sistema organizativo de estos últimos estaba más basado en la
corresponsabilidad y el intercambio, que en la explotación del hombre y la
expoliación de sus recursos).
Por último, no podemos tampoco pasar por alto
que una buena parte de la plata que se expolió en Guanahato, Zacatecas o
Potosí, fue a parar a manos de banqueros, no sólo españoles, sino
principalmente alemanes, genoveses y flamencos. Tal como afirma e ilustra
ampliamente Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina:
"América era un negocio europeo".
Intercambio e imposición
Dicho lo que antecede, vale la pena enumerar
algunos de los resultados de ese, a menudo, violento descubrimiento mutuo. A
nuestro entender, las principales consecuencias fueron sin duda la
desarticulación parcial del tejido social autóctono y la expoliación sistemática
de las riquezas latinoamericanas a un coste humano elevadísimo, no sólo
por el exterminio generalizado de las poblaciones indígenas en las minas y
encomiendas, sino también por el importante flujo de esclavos traído del
continente africano para suplir la mermante mano de obra indígena.
Otra consecuencia de la conquista española
que, tal como veremos más adelante, iba a tener dramáticas repercusiones en
el desarrollo posterior de las economías del continente, fue la imposición
de modelos tales como el sistema latifundista de tenencia de tierra, o el
sistema comercial exportador de materias primas e importador de manufacturas y
servicios.
Por último, otros resultados de signo diverso
pero importantísimos del encontronazo de las culturas autóctonas y la
europea fueron:
* la introducción de nuevos cultivos
americanos en Europa como la patata, el maíz o el tomate, entre otros.
* los aportes agropecuarios y tecnológicos
europeos a América como el trigo, el caballo, la rueda o la metalurgia del
hierro.
* la introducción de la lengua y la cultura
castellanas.
* el acceso de la cultura europea al
conocimiento de las filosofías, lenguas y cosmovisiones americanas.
* la evangelización, aunque también tuvo
repercusiones muy positivas, a menudo fue impuesta violentamente y como
consecuencia fue sólo superficial, dando lugar a un gran número de prácticas
sincréticas.
* un mestizaje que, hoy por hoy, constituye
una de las claves para entender la cultura y las relaciones sociales en
Latinoamérica(2).
Indígenas en América: paso obligado entre el
ayer y el presente
Se calcula que cuando Colón arribó al
continente, la población autóctona era de unos 70 millones de habitantes
(las cifras sin embargo oscilan entre 7,5 y 100 millones). La mayoría de esta
población se concentraba en las zonas montañosas de centro y sudamérica.
Alrededor de 1650, esta numerosa población se había reducido drásticamente
pues, como consecuencia de la guerra, las enfermedades contagiosas y los
trabajos forzados, se estima que sólo sobrevivía un 20% de la población
inicial.
Numerosas comunidades indígenas conservan en
la actualidad su lengua, cosmogonía y valores tradicionales. No en balde el
lema de la contracelebración indígena del Quinto Centenario es 500
Años de resistencia indígena y popular. El papel que dichas comunidades
indígenas jueguen en la construcción política y social de países como
Bolivia, Perú, Ecuador o Guatemala es un decisivo elemento a tener en cuenta
en la evolución futura de dichos países en particular mas también del
continente en su conjunto (el intelectual peruano Mariátegui la denominó
"la cuestión pendiente"). Algunos datos bastarán para evidenciar
su importancia numérica y por ende su diversidad cultural en el momento
presente(3):
* hay en el continente unas 410 etnias aborígenes
con un total aproximado de 50 millones de indígenas.
* en los EE.UU. hay aproximadamente 1,5 mill.
de indios pertenecientes a diferentes tribus y clanes.
* en Centroamérica hay entre 3 y 5,6
millones de indígenas pertenencientes a numerosas etnias de origen maya
(principalmente en Guatemala, pero también en México y Belize).
* en México hay unos 5,7 millones de indígenas
(8,5% de la población).
* en Sudamérica hay más de 100 etnias con
un total de 20,5 millones de amerindios y constituyen más del 50% de la
población de Bolivia y Perú.
Trata de esclavos: la "negritud" de
Latinoamérica
Se calcula que la trata de esclavos arrancó de
Africa unos 20 millones de personas, de los cuales más de la mitad murieron
en la singladura transoceánica. De los 10 millones de africanos que se estima
llegaron a América entre 1492 y 1870, el 63% lo hizo entre 1701 y 1810. De
este flujo, y por orden de importancia, un 31% fué al Brasil, 23% al Caribe
británico, 22% al Caribe francés, un 9% a la América española, y un 6% a
la Norteamérica inglesa. Al final de la época colonial habían unos 2,3
millones de negros en toda América(4).
En la América colonial los negros ocupaban el
último peldaño de la escala social, un peldaño que hoy en día comparten
con la población indígena. En la actualidad la comunidad afroamericana y su
cultura tienen un gran peso en Brasil, EE.UU., Cuba y, muy especialmente, en
Haití, Jamaica y Trinidad y Tobago.
Hablaba Léopold Sedar Senghor de la negritud
como un concepto que engloba la gran diversidad étnica y, sin embargo, la
armonía y riqueza de los valores culturales de la raza negra. En ese mismo
sentido se emplea aquí para resaltar la importante aportación cultural de
este colectivo de latinoamericanos que tan ligado está a los dramáticos orígenes
de la Latinoamérica mestiza de nuestros días.
3. MARCO SOCIOPOLÍTICO Y
ECONÓMICO
Democratizar: desarrollo es democracia
Ya sea por ineptitud, o presionados desde
dentro y fuera de sus respectivos países, las dictaduras militares que
gobernaron despóticamente el continente latinoamericano en las tres últimas
décadas, han tenido que ir pasando el testigo a gobiernos civiles y volver a
los cuarteles (desde donde algunos aún tutelan el buen hacer de los políticos
con veladas amenazas y esporádico ruido de sables). Sin embargo, estos
gobiernos civiles con frecuencia no son representativos de los valores e
inquietudes de las mayorías populares. A menudo son democracias cosméticamente
parlamentarias en las que los grupos de poder hegemónico continuan asegurándose
el control político y económico nacional.
José Ignacio da Silva "Lula",
candidato a la Presidencia del Brasil y líder del Partido de los
Trabajadores, afirmaba recientemente(5): "En América
Latina gobernantes elegidos con un discurso progresista, a la hora de
administrar el país, lo hacen con una práctica conservadora" para añadir
a renglón seguido: "Normalmente, quien gobierna no es quien vence las
elecciones".
Efectivamente, a la sombra –o la luz, según
se entienda– de los intereses de las oligarquías nacionales –e
internacionales– encontramos en Latinoamérica distintos tipos de democracias:
continuistas con la dictadura que los antecedió (Rodríguez en Paraguay),
democracias descaradamente represivas (Serrano de Guatemala, Cristiani de El
Salvador), populistas (Fujimori en Perú, Collor de Mello en Brasil, Menem en
Argentina), o modernizadoras de libre mercado (Salinas de Gortari en México,
Aldwin en Chile, Chamorro en Nicaragua).
Sin embargo, en algunos países
latinoamericanos, los partidos progresistas, esto es, aquellos
que priorizan la consecución plena de los derechos humanos y, por tanto, la
redistribución democrática de la riqueza y el poder a nivel nacional,
han llegado a gobernar sus países o son susceptibles de recibir mayoritario
soporte electoral en futuros comicios(6).
Por otra parte, tal como arguye con respecto a
la cooperación un documento de trabajo de la Coordinadora Regional de
Investigaciones Económicas y Sociales (CRIES) de Managua(7),
el Norte tampoco puede vanagloriarse de gozar de un sistema democrático
ejemplar (¿acaso no podríamos aplicarnos las palabras de da Silva que
anteceden?). Con respecto a la cooperación al desarrollo de Europa con
Centroamérica, dicho documento afirma: "La cooperación debe ser para el
Norte un arma democratizadora de sus propios sistemas políticos". Lo
cual implica que, tanto las sociedades del Norte como las de Sur
compartimos el aprendizaje de un proceso democratizador inacabado. Ese
esfuerzo democratizador que nos corresponde hacer en nuestras propias
sociedades viene expresado con crudeza por el periodista argentino Gabetta(6)
cuando afirma que "la socialdemocracia europea ha reemplazado, por
pragmatismo o defección ideológica [...] su proyecto de desarrollo e
igualdad planetaria por un discurso democrático universal cada día más vacío
de contenido".
Militarismo, violencia y derechos humanos:
democracia es desarme
En un momento en que no pocos grupos
guerrilleros latinoamericanos se sientan en la mesa de negociaciones (El
Salvador y Guatemala) o incluso deponen las armas (Colombia), las violencias
paramilitar y mafiosa aún continuan causando cuantiosas pérdidas en vidas
humanas y daños materiales.
Los gastos eufemísticamente llamados de
defensa absorben un elevado porcentaje de los presupuestos nacionales
latinoamericanos en detrimento de los gastos en materia educativa, de salud,
bienestar social, etc. Veamos algunos ejemplos en el cuadro siguiente(8)
(datos de 1989 para todos los países):
| |
%Defensa |
%Educación |
%Salud |
| Argentina |
8,6 |
9,3 |
2,0 |
| Bolivia |
14,4 |
11,9 |
2,5 |
| El Salvador |
27,9 |
17,6 |
7,4 |
| Perú |
20,2 |
15,6 |
5,5 |
| ....... |
|
|
|
| España |
6,5 |
5,1 |
12,5 |
| EE.UU |
24,6 |
1,8 |
12,9 |
Si bien el respeto por los derechos humanos en
el área latinoamericana ha mejorado sensiblemente desde el tiempo de las
dictaduras militares, el balance, especialmente en Centroamérica, es aún
preocupante y urge un proceso de desmilitarización y desarme
generalizado. Por último, nos parece inexcusable que los países del Norte
exportadores de dicho armamento (EE.UU., URSS, Francia, Gran Bretaña, España,
etc.) sigan considerando la concesión de créditos para la importación de
armamento (o la donación del mismo) como cooperación internacional.
El Narcotráfico: haciendo balas con la
arcilla ancestral
La hoja de coca, que durante siglos formó –y
aún forma– parte de la cultura andina de supervivencia y acomodación al
medio, se ha convertido en un eficaz medio –la cocaína– de alineación
y destrucción personal para quien la consume, y de corrupción y destrucción
social para el país que la cultiva y transforma.
Efectivamente, los narcotraficantes han ido
tejiendo una tupida red de alianzas a nivel político, militar, financiero y
judicial que van provocando la desestructuración social y atentando de manera
gravísima contra el delicado proceso de construcción democrática.
Como resultado los países productores de coca
–fundamentalmente Bolivia, Perú y Colombia– "gozan" de una
boyante economía narco-exportadora que beneficia –y a menudo corrompe– a
amplios sectores de la población (un dirigente sindicial boliviano hablaba de
un total de 500 mil puestos de trabajo relacionados con el cultivo y
procesamiento de la coca).
Y sin embargo: ¿Es la demanda (del Norte) o la
oferta (del Sur) la responsable de esta grave situación? ¿Quién se embolsa
una mayor parte del beneficio económico en el proceso de intermediazgo y
comercialización de la cocaína? ¿Quién acarrea con el mayor coste social y
político? Por una parte, mientras que el productor de coca recibe lo que para
él es, sin serlo, un buen pago(9), los intermediarios
compradores y los exportadores se llevan un alto porcentaje del precio final
de exportación. Un precio que se verá quintuplicado o decuplicado en las
calles de San Francisco, Frankfurt o Barcelona.
Responder a las preguntas que acabamos de
plantear con honestidad y actuar en consecuencia, permitirá evitar gran parte
de la cínica represión promovida desde los gobiernos del Norte –con el
beneplácito de los del Sur– en tierras andinas y, por supuesto, reducir el
número de adictos tanto en el Norte como en el Sur. De nuevo nos hallamos
ante un caso en el que la debatida interdependencia entre Norte y Sur se hace
evidente.
Distribución interna de la riqueza en América
Latina
La distribución interna de la riqueza (y de
los ingresos que ésta genera), pero sobre todo su evolución a lo largo de
los últimos decenios, es uno de los índices económicos más útiles para
valorar el grado de equidad social de un país o región. Precisamente
Latinoamérica es el continente que registra los contrastes más extremos de
riqueza y poder.
Una buena muestra de la polarización social
latinoamericana es el desigual reparto en la propiedad de la tierra
cultivable, ya que en numerosos países nos encontramos con extensos
latifundios, al tiempo que un elevado tanto por ciento del campesinado carece
de tierra, teniendo que trabajar para terceros en penosas condiciones, o viéndose
obligado a cultivar terrenos marginales de escasa productividad. Sólo cinco
países latinoamericanos han llevado a cabo reformas agrarias en la que se ha
producido una significativa expropiación y redistribución de la propiedad
rural(10): Bolivia (1953-70), Guatemala (1952-54), Cuba
(1959-63), Chile (1967-73) y Nicaragua (1979).
Si tomamos ahora como muestra la distribución
del ingreso nacional por persona nos hallamos de nuevo con una polarización
extrema (una polarización que, aunque menos marcada, también se da de manera
creciente en los países del Norte). Veamos algunos ejemplos en el cuadro
siguiente(8):
% INGRESO FAMILIAR TOTAL
ANUAL
| |
20%Más rico |
20%Más Pobre |
| Brasil (1983) |
62,6 |
2,4 |
| Colombia (1988) |
53,0 |
4,0 |
| Costa Rica (1986) |
54,5 |
3,3 |
| Guatemala (1979-81) |
55,0 |
5,5 |
| Perú (1985-86) |
51,9 |
4,4 |
| Venezuela (1987) |
50,6 |
4,7 |
| ............ |
|
|
| España (1980-81) |
40,0 |
6,9 |
| EE.UU (1985) |
41,9 |
4,7 |
Estos datos ponen en evidencia la concentración
de la riqueza y el ingreso nacional en un número reducido de manos. Esta
acumulación se hace aún más manifiesta en las siguientes cifras: en 1988 el
1% de los peruanos percibió casi la mitad del total del ingreso nacional y
esto significa que aproximadamente 200 mil individuos (50 mil familias) se
apropian de cerca de 7 mil millones de dólares anuales; en México, 37
empresarios, cabezas de los grandes grupos financieros y económicos, reunen más
del 20% del producto interno del país(11).
Sin embargo, lo que es realmente preocupante es
que esta brecha se ha ido ensanchando con el paso de los años. Así,
en Brasil entre 1960 y 1976, el 40% más pobre de la población vió cómo su
participación en el ingreso nacional disminuía de un 10% a un 8%, mientras
que el 5% más rico lo veía aumentar de un 35 a un 39% (el Banco Mundial
estima que existe una diferencia de 16 años entre la esperanza de vida en los
estados del noroeste del Brasil y el resto del país). Cuba ha sido el único
país latinoamericano que ha realizado un auténtico esfuerzo para corregir
esta extrema desigualdad (de 1953 a 1973 el 20% más pobre pasó del 2,1 al
7,9%, mientras el 20% de mayores ingresos pasaba de un 60 a un 34,9%)(10).
Migración rural: del olvido (del campo) al
desarraigo (en la ciudad)
El importante flujo migratorio que en las últimas
décadas se ha producido desde zonas rurales hacia las ciudades
latinoamericanas, se ha debido en gran parte al deterioro de las condiciones
de vida de la población rural (sobre todo relativo a las de las zonas
urbanas). Este deterioro es fruto, no sólo de una política claramente
favorecedora de la industrialización y de las inversiones en las áreas
urbanas, sino también de la prioridad que han recibido los agrocultivos para
la exportación (cultivos intensivos que tienden a producir concentración de
tierras y el descuido de los cultivos tradicionales de alimentos).
Como resultado, las inversiones no
rentables destinadas a favorecer el cultivo de productos básicos, a la
mejora de infraestructuras, a gastos sociales, etc., en zonas rurales han sido
de escasa cuantía. De igual manera, también han sido reiteradamente
postergadas: políticas que facilitan el acceso al crédito rural a los pequeños
productores, el asesoramiento técnico apropiado, la reforma agraria, la
comercialización ventajosa de sus productos, etc.
Uno de los aspectos más dramáticos de la
migración rural es que suelen migrar a la ciudad los jóvenes y los que están
mejor formados, aquellos que más probabilidades tienen de hacerse un hueco en
la economía formal o, con mayor frecuencia, en la economía informal urbana.
En contra de lo que se cree, y a diferencia de lo que sucede en el resto del
Tercer Mundo, tanto en Latinoamérica como en algunas zonas del sudeste asiático
el número de mujeres que emigra a la ciudad es superior al de hombres (109
mujeres por cada 100 hombres entre 1965 y 1975). Este predominio femenino no
se da sin embargo en las emigraciones internacionales).
Por último vale la pena apuntar que la decisión
de emigrar es una decisión racional, meditada durante largo tiempo y basada
en informaciones de parientes o paisanos que han emigrado previamente. A
menudo el inmigrante ya ha visitado la ciudad de destino con anterioridad y no
siempre la migración es permanente sino por períodos cortos o estacional.
Crecimiento urbano: estrategias de solidaridad
y economía informal
Según el Banco Interamericano de Desarrollo,
en 1989 residían en ciudades más del 70% de la población de Uruguay (88%),
Chile (84%), Argentina (81%), Venezuela (79%), Brasil (74%), Colombia (72%) y
México (71%). Según la misma fuente, entre 1981 y 1989, la tasa de
crecimiento de la población urbana fue del 3,1% (para el mismo período, la
tasa de crecimiento de la población rural fue del 0,5%). En la actualidad,
unos 316 millones de personas, aproximadamente 3 de cada 4 latinoamericanos,
viven en zonas urbanas, mientras que en 1960 sólo era uno de cada dos.
En todos los países el mayor crecimiento
poblacional se produce principalmente en una ciudad, que casi siempre es la
capital. Es interesante anotar que, si bien el flujo migratorio rural hacia
las ciudades no se ha detenido, en la actualidad el crecimiento urbano se
produce más por el incremento natural de la población, que por dicho flujo.
En las ciudades se manifiestan con extremo
dramatismo las diferencias sociales a las que ya hemos hecho referencia
anteriormente. Así, no lejos de armoniosas urbanizaciones de gran lujo, se
agolpan miserables zonas marginales de crecimiento desordenado(12).
Las inversiones urbanas en zonas populares han
sido de muy reducida cuantía en comparación con las efectuadas en zonas
comerciales, industriales o residenciales de alto nivel. De esta desatención
pública han nacido mecanismos de auto-ayuda y supervivencia que van desde la
conexión ilegal al tendido eléctrico y las conducciones de agua corriente, a
las agrupaciones que con carácter cooperativo colaboran en la construcción
de vivendas, o la puesta en marcha de servicios de transporte, salud o educación
(a menudo con la colaboración de organizaciones no gubernamentales de
desarrollo locales). A pesar de estos esfuerzos de los pobladores, las
condiciones de vida en estas zonas marginales, aunque mejores en muchos casos
que las existentes en zonas rurales, son con frecuencia extremadamente
penosas: ubicación junto a vertederos o en zonas insalubres, carencia de agua
corriente potable y de servicios higiénicos básicos, lejanía de los centros
de trabajo, periódica expulsión violenta de terrenos ocupados, presencia de
redes delictivas, etc.
Por último, la economía informal juega un
papel sin duda importante que posibilita la supervivencia, ya que se estima
que ofrece trabajo remunerado a un 35% de la población activa
latinoamericana. Sin embargo, esta economía al margen de la legalidad
implica a menudo un sinfín de arbitrariedades y abusos que no pueden ser
sancionados legalmente (jornadas laborales largísimas, condiciones de trabajo
insalubres, precariedad laboral, jornales reducidos). Tales abusos parecen
condicionar la viabilidad futura de dicho sistema económico del que se
beneficia tanto la economía formal como las propias arcas del estado.
Religión y Desarrollo: teología de la
liberación
La teología de la liberación, enraizada en
una multitud de experiencias de grupos cristianos de base y que alcanzó su
mayoría de edad hace algo más de veinte años en la Conferencia Episcopal de
Medellín (1968), ha aportado elementos importantísimos a la conciencia crítica
de los latinoamericanos y, por tanto, al actual proceso de democratización. La
teología de la liberación pone al desposeído, al oprimido, en el centro de
cualquier esfuerzo humano encaminado a construir un mundo más solidario.
Ya Bartolomé de Las Casas en pleno siglo XVI, refiriéndose a la penosa
situación en la que se encontraba la población autóctona, afirmaba:
"Ha de saberse claramente con la fe que donde está el pobre está el
mismo Jesucristo, donde está Dios está la justicia".
La teología de la liberación toma partido y,
asumiendo la realidad, inspira acciones personales y comunitarias que se
perciben necesarias para cambiarla (acciones que suponen con frecuencia la
insumisión y el enfrentamiento con aquellos que se benefician del status
quo). Es imposible no recordar aquí cómo Ignacio Ellacuría expresaba
este compromiso: "Para llegar a hacerse cargo de lo que es la
realidad, hay que encargarse de la realidad, aunque a menudo esto
comporte tener que cargar la realidad"(13).
Una de las consecuencias de ese compromiso de
fe con el pobre –y a partir del sentir y querer del pobre– ha sido la
represión que han sufrido y sufren un número muy importante de cristianos anónimos
(y no pocos ilustres también). Muchos de ellos han sido "asesinado[s]
por ayudar al pueblo" (según reza la inscripción de la lápida de Luis
Espinal en La Paz). Entre los mártires ilustres, Monseñor Oscar Arnulfo
Romero –asesinado en su patria El Salvador como el mismo Ellacuría–
despunta por su denuncia profética. Un año antes de su muerte en 1980
clamaba: "Lo que tienes lo has robado al pueblo que perece en la
miseria". Monseñor Romero dejó patente cómo el compromiso de la
jerarquía católica con los oprimidos –denunciando al mismo tiempo a los
opresores y anunciando un mensaje de esperanza– y con la iglesia de base,
puede tener un potencial renovador de extraordinaria fuerza.
Religión y Subdesarrollo: las sectas
Existen numerosos sistemas de acallar las críticas
o controlar a "los disconformes", distintas de la represión dura y
pura que ha caracterizado a no pocos gobiernos latinoamericanos. Uno de estos
sistemas es la manipulación ideológica de la profunda religiosidad del
pueblo.
Sin entrar en el tema de quién financia a las
sectas, ni a quién le interesa que éstas proliferen, es importante alertar
sobre el tremendo poder desmovilizador que éstas tienen en la población. Un
reciente estudio encargado por la secretaría del episcopado latinoamericano
subrayaba, entre otros, los siguientes hallazgos: las sectas ya están
consolidadas en Centroamérica, tienen una infraestructura estable y un nivel
elevado de participación de sus miembros en los servicios religiosos; las
sectas que registran un crecimiento más rápido son aquellas que basan sus
servicios en cánticos y la práctica de carismas (don de lenguas, trances,
expulsión de demonios)(14).
Casaldáliga(15) asevera con
profunda preocupación: "Hay muchos tipos de contra: militar, política,
ideológica... y hasta religiosa: las sectas forman parte de esta última
contra. Otras contras hacen mártires. La contra de las sectas crea estúpidos,
alienados. Las sectas matan el alma del pueblo"
Comercio internacional: intercambio desigual y
dependencia
Hasta 1929 (año en que se produjo el gran
"crash" de la bolsa de Nueva York), el crecimiento económico de
Latinoamérica estaba ligado casi por completo a la cotización internacional
de sus materias primas de exportación. A partir de esa fecha, y sobre todo
una vez finalizada la segunda guerra mundial (1945), muchos países iniciaron
estrategias de desarrollo industrial de sustitución de importaciones
(principalmente Argentina, Chile y Uruguay). Como resultado de estas
estrategias, los países latinoamericanos más importantes consiguieron ser
autosuficientes en bienes de consumo. Sin embargo, este crecimiento industrial
estuvo ligado a fuertes inversiones extranjeras, al tiempo que era dependiente
de la importación de tecnología y componentes intermedios norteamericanos,
franceses o alemanes. Esta dependencia iba a limitar la efectividad de la
estrategia en los años siguientes.
A principios de los 60, bajo la influencia del
rápido crecimiento económico de los "cuatro dragones" del sudeste
asiático (Corea, Hong Kong, Singapur y Taiwan), la industrialización se
orientó hacia la exportación (principalmente México y Brasil). Esta
nueva estrategia ha conllevado a menudo el que los países latinoamericanos se
hayan limitado a aportar la mano de obra –barata en comparación con la de
los países del Norte– en el ensamblaje o manipulación de componentes de
los productos a exportar a los mercados de EE.UU., Europa o Japón por las
empresas transnacionales. Esta situación ha creado islotes de prosperidad
pero, al igual de lo sucedió en las estrategias de sustitución de
importaciones, no ha beneficiado a la mayoría de la población, que ha visto
cómo un porcentaje muy elevado de las políticas e inversiones estatales iban
dirigidas a la expansión industrial en detrimento del desarrollo rural. Como
ya hemos apuntado, el importantísimo crecimiento de las áreas urbanas en
Latinoamérica es en gran parte consecuencia de esta predilección oficial.
En la actualidad, las materias primas siguen
siendo la primera exportación de Latinoamérica. En 1988, para el conjunto de
los países de Latinoamérica y el Caribe, las materias primas representaron
el 64% de las exportaciones y sólo el 36% las manufacturas. Los ingresos por
exportación de muchos países dependen en gran parte de una o dos materias
primas (1985)(10): el petróleo representa el 84,3% de las
exportaciones de Venezuela, y el 62,8% del Ecuador; el café representa el
66,9% para El Salvador, y el 50,2 para Colombia; el cobre representa el 46,1%
para Chile; el gas natural representa el 59,8% para Bolivia.
Teniendo en cuenta, por una parte, la
importancia de las materias primas en el conjunto de las exportaciones de los
países latinoamericanos y, por otra, el deterioro de los términos de
intercambio comercial, esto es, la depreciación de las materias primas (que
los países latinoamericanos exportan) relativa al precio de las manufacturas
(que deben importar), se entenderá la situación de dependencia del área
respecto a los países industrializados y las catastróficas consecuencias de
esta competencia forzada entre países que exportan las mismas materias primas
–competencia que abarata aún más los precios de dichas materias– para
poder costear sus importaciones.
Si bien es indudable que el crecimiento económico
que se produjo en Latinoamérica hasta 1980, provocó un cierto efecto rebalse
gracias al cual mejoraron, entre otros, los índices educativos y sanitarios
(aumento de la esperanza de vida, disminución de la mortalidad
materno-infantil, niveles de alfabetización y escolarización, etc.) existen
indicios de que en no pocas partes del continente (y del Tercer Mundo en
general), estos índices pueden sufrir un dramático retroceso en los próximos
años.
Deuda externa, programas de ajuste estructural
y fuga de capitales
La recesión mundial que siguió a la subida
del precio del petróleo en 1973, más la posibilidad de pedir crédito, ya
que habían abundantes "petrodólares" en el mercado financiero
procedentes de los países exportadores de petróleo del Oriente Medio, a
tipos de interés realmente bajos (a menudo inferiores a la inflación del país
acreedor), hizo que numerosos países latinoamericanos se endeudaran
considerablemente para corregir déficits en sus balanzas de pago o financiar
su expansión económica e industrial. Tras la segunda gran subida de 1979 y
una nueva recesión de la economía mundial, los tipos de interés se hicieron
variables para reflejar la inflación de los países acreedores.
Inmediatamente los países con deudas más abultadas (principalmente Brasil y
México) comenzaron a pasar serias dificultades para hacer frente a los pagos
de deuda. En 1990 la deuda externa de los países latinoamericanos ascendía a
423 mil millones de dólares (aproximadamente el 50% del PNB de la región y
300% de las exportaciones anuales), con una deuda per capita de más de mil dólares.
Brasil, México y Argentina responden por aproximadamente el 70% del total
adeudado.
¿Cómo se utilizó la deuda contraída?
Cualquier simplicación de un cariz u otro sería falsa. Sin embargo, podemos
afirmar con Luís de Sebastián(16) que "los préstamos
no se utilizaron en financiar reformas estructurales profundas que
beneficiaran a las mayorías pobres de los países latinoamericanos, que son
las que ahora llevan el peso mayor en el pago [...] Se beneficiaron
principalmente los que siempre se han beneficiado de la creación de la
riqueza en sociedades oligárgicas, porque poseen los instrumentos de
apropiación de la riqueza que se produce en sus países".
Ante la crítica situación actual, las
instituciones financieras multilaterales (Banco Mundial y Fondo Monetario
Internacional, entre otras) han impuesto los programas de ajuste
estructural a aquellos países deudores que deseen recibir nuevos créditos.
Si bien dichos programas pueden tener –al menos a corto plazo– efectos
macroeconómicos beneficiosos (mayor control del gasto público ineficiente,
control de la tasa de inflación, etc.) la congelación de los salarios
reales y los recortes en gastos sociales públicos (educación, sanidad,
subsidios a productos de primera necesidad, etc.) que ellos suponen, están
teniendo un dramático impacto en la población de menores recursos.
Estos programas no han demostrado en ningún caso que el control del gasto público,
la privatización masiva de las empresas públicas, el incremento de las
exportaciones (materias primas), el control cambiario y demás medidas hayan
hecho posible el crecimiento económico ni, mucho menos, una más justa
redistribución de la riqueza.
Desde hace nueve años Latinoamérica es un
exportador neto de recursos financieros al exterior. La transferencia
neta de capitales desde Latinoamérica a los países del Norte en 1990 fue de
unos 20.000 millones de dólares. En su mayor parte estos recursos fueron
reembolsados o invertidos legal o ilegalmente (fuga de divisas) en bancos de
EE.UU., Suiza, etc. Esta descapitalización, más la disminución de los
flujos crediticios hacia los países latinoamericanos, hacen muy difícil
cualquier estrategia sostenible de desarrollo (estrategias que en cualquier
caso deberían ser diferentes a las actuales, según se indica en diversos
apartados de este documento).
4. DEMOCRATIZANDO LA
COOPERACIÓN
Los EE.UU.: un vecino incómodo y prepotente
Uno de los mayores impedimentos para el
desarrollo democrático de las sociedades latinoamericanas es la injerencia
del "vecino del norte" en sus asuntos internos, una injerencia que
con frecuencia cuenta con el beneplácito de los gobiernos implicados. Este
hecho ha sido repetidamente denunciado por líderes latinoamericanos de muy
distinto signo y existen numerosas evidencias que lo corroboran, muy
especialmente en Centroamérica(17). Ejemplos extremos de
esta injerencia los hemos tenido en la historia reciente de países como Chile
(1973), Granada (1983) y Panamá (1989).
Y sin embargo, los EE.UU. podrían asumir un
importantísimo papel en la pacificación y el desarrollo de Latinoamérica si
los grupos transnacionales con intereses económicos y comerciales en Latinoamérica
no tuvieran la enorme influencia que tienen en la administración
norteamericana. El tratado de libre comercio con México (al que probablemente
se sumará Canadá), enmarcado en el plan más amplio de la Iniciativa para
las Américas, que su proponente el presidente Bush califica de importante
cooperación con los países del continente, parece tender a consolidar aún más
el injusto status quo actual.
No pocos grupos civiles norteamericanos están
trabajando por la democratización de las relaciones entre EE.UU. y América
Latina desde hace años(18). Se estima que en EE.UU. existen
unas 700 organizaciones no gubernamentales de cooperación y mediación por el
Tercer Mundo, muchas de las cuales tienen vínculos con Latinoamérica.
Algunas de ellas no sólo financian programas de desarrollo, sino que se
muestran muy activas en la sensibilización de la opinión pública
norteamericana respecto a los problemas de los países pobres y realizan campañas
de presión política para impulsar (o frenar) políticas que favorezcan (o
perjudiquen) a dichos países.
Europa (¡y España!): ¿fortaleza o puente?
Una expresión que pasa de boca en boca en esta
fase final de constitución del Mercado Unico es la de que los europeos
debemos esforzarnos en la construcción de una "Europa de los
Ciudadanos". A esta expresión –que a menudo no es más que vana retórica
europeísta– con justicia se le ha contrapuesto otra –más próxima a los
contenidos del Acta Unica– como es la de "Europa de los
Mercaderes".
Los latinoamericanos buscan diversificar y
ahondar sus relaciones internacionales. Creemos que Europa (la comunitaria y
la extracomunitaria) debería tener un papel más activo en América Latina
evitando abstenerse de intervenir democráticamente en el área. El riesgo de
división del mundo en áreas de influencia política y comercial bajo la
hegemonía de EE.UU., Japón y la Comunidad Europea, hace que esta involucración
europea en América Latina sea vital. En la medida de sus posibilidades, España
y Portugal deben hacer que la Comunidad Europea incremente (democratizando
primero) la actual cooperación con Latinoamérica. Ya no se trata sólo de
responsabilidad histórica sino de contribuir a la construcción de unas
relaciones internacionales no expoliativas que beneficien a la mayoría de la
población.
Independiente de lo que hagan sus dos
inmediatos competidores, Japón y los EE.UU., la Europa que se vaya definiendo
a partir de 1993 debe ser una comunidad de naciones abierta al Sur. Y
el Sur no sólo es el Maghreb (con su "amenazante" flujo migratorio)
sino todos los países del llamado Tercer Mundo. Así mismo, la cooperación
con los países del Este no ha de hacerse en detrimento de aquellas regiones
del planeta incomparablemente más pobres.
Por último es necesario dejar claro nuestra
persuasión de que la auténtica cooperación –la solidaria– pasa
necesariamente por compartir lo que uno tiene (y el beneficio que esta posesión
produce) sin más contrapartida que el bienestar del otro. Dicho de una manera
simplista, el intercambio debe favorecer mucho menos al rico que al pobre. En
caso contario, tal como ha venido sucediendo en los últimos cinco siglos la
brecha entre el primero y el segundo seguirá ensanchándose inexorablemente.
Descentralización hacia abajo. Integración
hacia arriba
Hemos indicado la importancia de dar
protagonismo político efectivo a los grupos sociales que constituyen la
sociedad civil latinoamericana. Ahora argumentaríamos lo mismo en favor de
las entidades administrativas locales como son los municipios. Este último
proceso, denominado descentralización, no está exento de riesgos(19)
como el acaparamiento por parte de las élites locales de este poder
traspasado por el gobierno central, o el proceso por el cual la
descentralización se reduce al traspaso de la carga administrativa sin cesión
alguna de poder o capacidad de decisión política o económica (se delegan
funciones, no responsabilidades), o incluso pretender el gobierno el
asegurarse un control político-militar territorial más extenso.
Idealmente, sin embargo, esta descentralización
situa el poder más cerca de los ciudadanos afectados por las decisiones políticas
y, potencialmente, los mueve a participar en las distintas fases del proceso
político pero, sobre todo, hace posible la inclusión de sus prioridades en
la agenda política.
Por otra parte es conveniente que se produzca
una integración a nivel supranacional, tanto entre organizaciones y
grupos afines de la sociedad civil que promuevan alternativas socioeconómicas
equitativas (redes, coordinadoras, etc.), como de los propios gobiernos en
busca de una mayor autonomía productiva (principalmente productos de primera
necesidad para el consumo interior). Esta integración tendría la virtud de
fortalecer los mercados regionales entre naciones y, como consecuencia,
debilitaría los vínculos de dependencia con respecto a los países del
Norte.
Sin embargo las experiencias que hasta ahora
iniciaron su andadura con grandes ilusiones (Organización de Estados
Americanos, Mercado Centroamericano, Pacto Andino, etc.) han fracasado o
languidecen pues nacieron como estructuras regionales al servicio de los
intereses de los países del Norte, y los representantes nacionales en dichos
foros a menudo sólo son portavoces de los intereses de la minoría en el
poder. Sin embargo esta vía de cooperación-integración Sur-Sur podría
representar una vía abierta a una cooperación más solidaria si las
circunstancias futuras en la región lo hicieran factible.
El concepto de Desarrollo. (¿Mercado vs.
Estado?)
Si analizamos la experiencia de progresiva
exclusión social y de deterioro del medio ambiente vivida por nuestras
sociedades capitalistas, el concepto "desarrollo" ya no debería
entenderse nunca más como crecimiento económico a cualquier coste social y
ecológico. El nuevo modelo de desarrollo –actualmente sólo esbozado
en determinadas políticas oficiales y en determinadas experiencias
populares– deberá ser evaluado por indicadores económicos, sociales,
medioambientales y políticos que determinen hasta qué punto las estrategias
locales, regionales y nacionales establecidas, están haciendo posible una
sociedad más participativa y con niveles de vida más dignos para el conjunto
de la población (especialmente para aquellos sectores y grupos sociales
tradicionalmente relegados por las estrategias de crecimiento económico a
ultranza).
Con el trasfondo de un debate entre aquellos
que defienden el neoliberalismo y aquellos que abogan por un papel importante
de control del mercado para el estado (que nada tendría que ver con la
planificación férreamente planificada que distinguía a algunos países de
la Europa del Este). Los primeros entienden que el mercado debe ser la libre
expresión de la iniciativa privada en abierta competencia y no mediatizada (o
al mínimo) por los poderes públicos. Sin embargo, aquellos que están
sufriendo las consecuencias del libre mercado (¡que en no pocas ocasiones
conduce al monopolio!) abogan por un sistema en el cual el mercado sea tan
libre como sea posible, siempre que beneficie a la mayoría de la población y
controle los procesos de acumulación de riqueza (y por lo tanto de poder e
influencia política). Nos referimos a un mercado incentivado por el
estado democrático –a construir– si redistribuye la riqueza, mas
controlado por éste si la concentra en un número decreciente de manos.
Distintos modelos alternativos de desarrollo
equitativo ya se están gestando en estos momentos a nivel local en muchos
puntos del planeta. Los protagonistas de estas experiencias son grupos de muy
diversa índole tanto en el Norte como en el Sur. Estos grupos y
comunidades están construyendo "de abajo a arriba" una democracia
auténtica y sostenible tanto desde el punto de vista social como ecológico.
Es por esto que en este modelo de desarrollo alternativo –llámese de
socialismo democrático si se desea– los movimientos sociales (grupos de
mujeres, grupos barriales, colectivos de solidaridad, cooperativas, grupos
culturales y étnicos, organizaciones sindicales, así como las organizaciones
no gubernamentales de desarrollo) deben jugar un papel decisivo.
Es innegable que, en comparación con Africa o
incluso Asia, el tejido social en Latinoamérica es extraordinariamente
tupido. El futuro del continente –y también nuestro futuro– descansa en
gran parte en estos movimientos sociales y en la medida en que el estado los
favorezca y estimule o, por el contrario, los desincentive o incluso reprima.
5. COMENTARIOS FINALES
El PIB (Producto Interno Bruto) de Latinoamérica
se ha ido contrayendo hasta alcanzar los niveles de 1977. Según el PNUD
(Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas), en 1990, 210 millones de
latinoamericanos (aproximadamente el 48% de la población total) viven en
condiciones de extrema pobreza no pudiendo cubrir sus necesidades básicas.
Este desalentador panorama implica, entre otras cosas, una enorme y creciente
presión sobre los recursos naturales y el consiguiente deterioro del medio
ambiente urbano, rural y tropical.
A estos datos econométricos, que justificarían
la popular frase de "década perdida para el desarrollo
latinoamericano" (refiriéndose a los años 80), se podrían contraponer
los procesos de democratización y de pacificación actualmente en marcha, así
como el creciente y convergente proceso organizativo de la sociedad civil.
Efectivamente, diversos sectores de la sociedad
civil en los países del Norte y del Sur se han puesto "en pie de paz, en
pie de justicia" (recuérdese la respuesta popular en muchos países
contra la Guerra del Golfo). Aún aceptando que dichos sectores –diversos y
poco coordinados entre sí– son aún minoritarios, hay que dejar claro que
su progresión numérica y su maduración ha sido notoria desde los años 60.
Grupos ecologistas, feministas, de defensa de los derechos humanos y
organizaciones no gubernamentales de cooperación al desarrollo, entre otros,
están tejiendo redes de cooperación mutua y de solidaridad cada vez más
tupidas.
Estos grupos no configuran un movimiento social
quimérico: no pocos entre estos grupos están estudiando con enorme rigor los
problemas contemporáneos para ofrecer soluciones viables y justas. Algunos de
ellos intervienen activamente en los procesos de decisión política sabedores
de que sus propuestas no son bien recibidas y de que tendrán que ejercer
presión a distintos niveles para que éstas sean aceptadas. Es bien
cierto que ya ha quedado atrás la fase de protesta sin propuesta.
Por otra parte, a la hora de decidir tanto
objetivos de desarrollo participativo como estrategias para alcanzarlos, deben
tenerse presentes las limitaciones del estado-nación en un contexto de
creciente globalización (especialmente financiera y en el terreno tecnológico
y de las telecomunicaciones). Esta globalización –que aparece como
irreversible– no debe estar reñida con el derecho a la diferencia, con toda
la riqueza que esa diferencia representa; con toda la pobreza que la
"homogeneización" cultural puede llegar a representar.
Ignacio Ellacuría(13), en
una conferencia pronunciada en Barcelona meses antes de ser asesinado en San
Salvador, afirmaba: "Las naciones poderosas de hoy nos dicen que vienen
al Tercer Mundo para hacernos 'ricos' y para hacernos 'demócratas'. Pero
estas 'generosas proposiciones' ocultan un proyecto político y económico muy
diferente". Como ciudadanos de un mundo que se encoge y al
encogerse oprime a la mayoría, debemos procurar ensanchar las fronteras de
nuestro entendimiento para, en primer lugar, denunciar con valentía las
situaciones de injusticia(20) y, en segundo, proponer
alternativas viables de desarrollo en solidaridad y paz.
La América "Patria Grande" soñada
por Bolívar y Martí (una América de fronteras permeables y abierta al
mundo) sigue siendo un objetivo vigente para algunos pensadores
latinoamericanos y desde luego lo es para mucho grupos civiles y
organizaciones de solidaridad y cooperación al desarrollo(21).
6. LOS PUEBLOS CRUCIFICADOS,
ACTUAL SIERVO SUFRIENTE DE YAHVÉ
Jon Sobrino (Publicado en la revista mejicana Christus,
abril 1991.)
A LA MEMORIA DE IGNACIO DE ELLACURÍA
Ignacio Ellacuría admiraba el conocido libro
de J. Moltmann El Dios crucificado, pero solía insistir en otra
teologización tanto o más urgente: el pueblo crucificado. Y ello no
sólo por razones históricas: así está nuestra realidad; sino por razones
teológicas: así está la creación de Dios. Hablar de ellos en relación a
1992 es necesario, además, para recordar las causas históricas de estos
pueblos crucificados. Y la finalidad de todo este hablar sólo puede consistir
en bajarlos de la cruz.
1. Los pueblos crucificados: una aterradora
evidencia
Lo evidente es todo menos evidente, solía
decir Ellacuría. Y con esa convicción hay que empezar a hablar de los
pueblos crucificados. Y es que, cuando lo que es evidente «en otros» –los
pueblos crucificados– nos hace evidente lo que en verdad somos «nosotros»,
tendemos a ignorarlo, encubrirlo o tergiversarlo, porque simplemente nos
aterra. Es, pues, comprensible que ignoremos la evidencia de los pueblos
crucificados, pero es necesario sospechar al menos –sobre todo en el mundo
occidental, que hace alarde de haber sido enseñado por los grandes maestros
de la sospecha– que esa Ignorancia no es mera ignorancia, sino voluntad de
ignorar o de encubrir. Empecemos, pues, des-cubriendo la en-cubierta realidad
de nuestro mundo.
Que la creación le ha salido mal a Dios –en
frase provocadora, de nuevo de Ignacio de Ellacuría– es algo que afirman
los economistas. La terrible pobreza va en aumento en América Latina. Para
finales de siglo se calcula que unos 170 millones de latinoamericanos vivirán
en dura pobreza y otros 170 millones en pobreza crítica biológica. Y a esta
inhumana pobreza se añaden las víctimas de la represión y de las guerras
originadas por aquélla. Sólo en Centroamérica se calculan en 250.000 las víctimas.
Lo han dicho los obispos latinoamericanos. Lo
que caracteriza a América Latina es «la miseria que margina a grandes grupos
humanos», que «como hecho colectivo es una injusticia que clama al cielo»
(Medellín, Justicia, n.1, 1968), «la situación de inhumana pobreza en que
viven millones de latinoamericanos» (Puebla n.29, 1979). Y Juan Pablo II lo
ha vuelto a repetir en la Sollicitudo Rei Socialis, 198.
Con mirada secular o con mirada cristiana
–desde el cielo y desde la tierra– todos están de acuerdo en la tragedia.
Y esa mirada al presente, que de alguna forma podemos ver y tocar, ayuda a
captar lo que ocurrió hace siglos. En el origen de lo que hoy llamamos América
Latina existe un pecado original y originante. Por decirlo con un solo dato,
unos setenta años después de 1492, la población indígena había quedado
reducida a un quince por ciento; muchas de sus culturas fueron destruidas y se
les sometió a la muerte antropológica. Fue ésta una debacle descomunal,
debida a causas variadas y complejas, sin duda, pero nada de esto quita que se
trata en verdad de una descomunal debacle. «Hace tiempo... que siento la
desaparición de pueblos enteros como un absurdo misterio de iniquidad histórica
que convierte mi fe en abatimiento», dice Casaldáliga.
Existe, pues, una debacle histórica, y algún
nombre hay que ponerle. Así lo hace el lenguaje actual y llama a estos
pueblos «tercer mundo», «el sur», «países en vías de desarrollo»... De
estas formas se quiere decir que algo anda mal, pero este lenguaje no comunica
todo lo mal que anda este mundo. Por ello se hace necesario hablar de pueblos
crucificados, lenguaje metafórico, ciertamente, pero que comunica mucho mejor
que otros la magnitud histórica de la debacle y su significado para la fe. En
cualquier caso, evita mucho mejor el encubrimiento que operan otros lenguajes.
«Pueblos crucificados» es lenguaje útil y
necesario al nivel fáctico-real porque «cruz» significa muerte, y muerte es
aquello a lo que están sometidos de mil maneras los pueblos latinoamericanos.
Es muerte lenta, pero real, causada por la pobreza que generan injustas
estructuras –«violencia institucionalizada»–; y, así, «pobres son los
que mueren antes de tiempo». Es muerte, rápida y violenta, por causa de
represión y guerras, cuando los pobres ponen a aquéllas en peligro. Y es
muerte indirecta, pero eficaz cuando a los pueblos se les priva incluso de sus
culturas para debilitarles su identidad y hacerlos más indefensos.
Es lenguaje útil y necesario al nivel histórico-ético
porque «cruz» expresa un tipo de muerte activamente infligida. Morir
crucificado no significa simplemente morir, sino ser dado muerto; significa
que hay víctimas y que hay verdugos. Significa que existe un gravísimo
pecado. Los pueblos crucificados no caen del cielo –si se siguiera la
inercia de la metáfora, más bien habría que decir que surgen del
infierno–. Por mucho que se quiera dulcificar el hecho, es verdad que la
cruz de los pueblos latinoamericanos les ha sido infligida por los diversos
imperios que se han adueñado del continente, españoles y portugueses ayer,
Estados Unidos y aliados hoy, bien sea a través de ejércitos o de sistemas
económicos, a través de imposición de culturas y de visiones religiosas, en
convivencia con los poderosos locales.
Es lenguaje útil y necesario al nivel
religioso porque «cruz» –muerte de cruz padeció Jesús y no cualquier
muerte– evoca pecado y gracia, condenación y salvación, acción de los
hombres y acción de Dios. Desde un punto de vista cristiano, el mismo Dios se
hace presente en esas cruces y los pueblos crucificados se convierten en el
principal signo de los tiempos. «Este signo (de la presencia de Dios en
nuestro mundo) es siempre el pueblo históricamente crucificado».
Existen, pues, pueblos crucificados. Es
necesario y urgente ver así a nuestro mundo. Y es bueno llamarlos así porque
con este lenguaje se recalca su tragedia histórica y su significado para la
fe.
2. El pueblo crucificado como siervo doliente
de Yahvé
En América Latina la teologización
fundamental consiste en considerar al pueblo crucificado como la actualización
de Cristo crucificado, verdadero siervo de Yahvé; de modo que pueblo
crucificado y Cristo, siervo de Yahvé, se remitan y se expliquen uno al otro.
Así lo han hecho dos mártires salvadoreños, que bien sabían de lo que
hablaban. Monseñor Romero dijo a unos campesinos aterrorizados,
sobrevivientes de una matanza: «Ustedes son la imagen del divino traspasado».
Y en otra homilía dijo que Jesucristo, el liberador, tanto «se identifica
con el pueblo, hasta llegar los intérpretes de la Escritura a no saber si el
siervo de Yahvé que proclama Isaías es el pueblo sufriente o es Cristo que
viene a redimirnos». Lo mismo decía Ellacuría: «Ese pueblo crucificado es
la continuación histórica del siervo de Yahvé, al que el pecado del mundo
sigue quitándole toda figura humana, al que los poderes de este mundo siguen
despojando de todo, le siguen arrebatando hasta la vida, sobre todo la vida».
Esta teologización del pueblo crucificado se
ha impuesto en América Latina, mientras que en otros lugares puede parecer
todavía audaz, injustificada o lenguaje piadoso poco científico. Y es que la
hermenéutica no sólo consiste en buscar horizontes comunes de comprensión
cultural entre presente y pasado, sino, ante todo, horizontes comunes de
realidad. Esa común realidad aparece con claridad en América Latina. Y de
esa forma, además, la teologización que se hace del pueblo crucificado a
partir del siervo de Yahvé no sólo incluye un aspecto de víctima
–comprensible hasta cierto punto desde otros lugares–, sino también su
aspecto históricamente salvífico –soteriología histórica, como insistía
Ignacio Ellacuría–, lo cual es todavía más ajeno a las teologías de
otras latitudes y difícil de imaginar siquiera si no se ve su realidad.
Para captar lo adecuado de esta teologización,
sin embargo, no hace falta más que leer los cantos del siervo de Yahvé, con
el texto en una mano y los ojos puestos en los pueblos crucificados. Hagámoslo
en forma más bien de meditación.
¿Qué es lo que dicen los cantos sobre el
siervo? Ante todo que es «hombre de dolores, acostumbrado al sufrimiento»; y
ésa es la condición normal del pueblo crucificado: hambre, enfermedad,
tugurios, frustración por falta de educación, de salud, de empleo... Y si
sus penalidades no tienen cuento en tiempos de normalidad, «de paz» como
dicen, se acrecientan cuando, como el siervo, se deciden a «instaurar la
justicia y el derecho». Entonces contra ellos recae la represión y el
veredicto «reo es de muerte». Y entonces ocurren las matanzas del Sumpul o
El Mozote, en El Salvador, o de Huehuetenango en Guatemala y tantas otras, y
se parecen todavía más al siervo, «sin figura, sin belleza, sin rostro
atrayente». Y a la fealdad de la pobreza cotidiana se añade la de la sangre
desfigurante, el espanto de las torturas, de las mutilaciones... Y entonces,
como el siervo, producen asco: «muchos se espantaron de él, porque,
desfigurado, no parecía hombre ni tenía aspecto humano». Y ante ellos «se
ocultan los rostros» porque da asco verlos, pero también para que no
enturbien la falsa felicidad de quienes han producido al siervo, para que no
desenmascaren la verdad de lo que se esconde en los eufemismos que inventamos
a diario para descubrirlos.
Como el siervo, también el pueblo crucificado
es «desestimado de los hombres»; todo le han quitado, hasta la dignidad. Y,
realmente, ¿qué puede aprender y recibir el mundo de ellos?, ¿qué le
ofrecen para su progreso, a no ser sus materias primas, sus playas y volcanes,
el folklore de sus pueblos para el turismo? No se les estima, sinó que se les
desprecia. Y el desprecio se consuma cuando la ideología toma tintes
religiosos para condenarlos en nombre de Dios. Del siervo se dice que «lo
estimamos herido de Dios, contado entre los pecadores». Y de estos pueblos ¿qué
se dice? Mientras sufren en paciencia, se les reconoce cierta bondad,
sencillez, religiosidad sobre todo, poco ilustrada, supersticiosa, pero
religiosidad al fin que sorprende a los ilustrados y secularizados de otros
mundos. Pero cuando se deciden a vivir y a invocar al Dios que los defiende y
los libera, entonces ni siquiera se les reconoce como gentes de Dios, y se
entona la conocida letanía: son subversivos, terroristas, criminales, ateos,
marxistas y comunistas. Y despreciados y asesinados en vida, son también
despreciados en muerte. Del siervo se dice que «le dieron sepultura con los
malvados, una tumba con los malhechores». Este es también el epitafio del
pueblo crucificado. Y a veces ni eso tiene, pues si la antigua piedad a nadie
negaba una tumba, ahora el pueblo crucificado a veces ni eso tiene. Es la práctica
de los desaparecidos, de cadáveres botados en basureros, de cementerios
clandestinos.
Del siervo se dice que «se humillaba y no abría
la boca», que murió en total mansedumbre. Hoy no todos los crucificados
mueren así. Monseñor Romero pudo hablar en vida, y su muerte sacudió muchas
conciencias. También lo son la muerte de sacerdotes y religiosas,
recientemente la de Ignacio Ellacuría y la de los otros cinco jesuitas de la
UCA. Pero ¿quién conoce a los 70.000 asesinados en El Salvador y a los
80.000 en Guatemala? ¿Qué palabra pronuncian los niños de Etiopía, los 300
millones en la India bajo la línea de la pobreza crítica? Miles y millones
son y no pronuncian palabra. No se conoce ni cómo viven ni cómo mueren. No
se saben sus nombres –Julia Elba y Celina son conocidas porque fueron
asesinadas con los jesuitas–. Y ni siquiera se sabe su número.
Por último, del siervo se dice que «se lo
llevaron sin defensa, sin justicia», en total impotencia ante la
arbitrariedad y la injusticia. De nuevo, hoy no se aplica esto con exactitud
al pueblo crucificado. Muchos luchan por su vida y no falta algún profeta que
los defienda. Pero la represión contra su lucha es brutal, y a los profetas
se les intenta desacreditar primero y cooptarlos después para una sociedad,
civil y eclesiástica, que los presenta como muestra de libertad y democracia
–con riesgos bien calculados–, hasta que son verdaderamente peligrosos.
Entonces también se les mata. ¿Hay un verdadero tribunal que defienda la
causa de los pobres, que los oiga al menos y, sobre todo, que les haga caso,
que les haga justicia? Ni en vida se les oye con seriedad, ni en muerte se
investigan sus asesinatos.
Los pueblos crucificados son hoy este siervo
sufriente de Yahvé. Pero se quiere ocultarlos, porque como el siervo, son
inocentes: «no hubo engaño en su boca ni había cometido crímenes». Si él
no es merecedor de tal castigo entonces es que otros se lo hemos inflingido
injustamente, es producto de nuestras manos. «Él cargó con el pecado de
muchos y con sus crímenes fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado
por nuestros crímenes». Entonces el siervo no sólo proclama la verdad del
pueblo crucificado, sino también la verdad sobre sus verdugos. En los pueblos
crucificados podemos y debemos mirarnos todos hoy para conocer nuestra más
profunda realidad. Como en su espejo invertido, podemos ver lo que somos por
lo que producimos.
Y esto hay que tenerlo muy en cuenta en 1992.
No sólo eso habrá que tener presente, y así unos recordarán los avances
científicos y democráticos que ha traído el mundo occidental, y la Iglesia
recordará la evangelización. Otros añadirán que las cosas no son tan
simples, que no toda la crucifixión hay que achacarla a los de fuera. Pero, a
la hora de la verdad, si no se acepta hondamente la verdad de los pueblos
crucificados y la responsabilidad fundamental de los sucesivos imperios en su
crucifixión, se pasará por alto el hecho mayor. Y éste es que en este mundo
sigue habiendo grandísimo pecado; pecado es lo que dio muerte al siervo –al
Hijo de Dios– y pecado es lo que sigue dando muerte a los hijos de Dios. Y
que ese pecado lo inflingen unos a otros. En castizo lenguaje castellano –no
sabemos si traducible a otros idiomas– Ellacuría resumía así lo que los
sucesivos imperios han hecho con el continente latinoamericano: «le han
dejado como a un Cristo».
3. La salvación que traen los pueblos
crucificados
La teologización anterior es fundamental, y de
alguna forma suele ser también recogida en otras teologías, sobre todo como
expresión del problema actual de la teodicea: «cómo hacer teología después
de Auswitz». En América Latina, sin embargo, se añade una segunda
perspectiva que es la más específica de la teología de la liberación: a
los pueblos crucificados hay que bajarlos de la cruz. Es la exigencia de una
antropodicea para que los seres humanos queden justificados. Y eso sólo se
hace bajando de sus cruces a los pueblos crucificados.
Esto está en el meollo de la teología de la
liberación y no vamos a insistir en ello. En lo que sí queremos insistir
ahora es en que el mismo pueblo crucificado trae salvación. Más aún, en que
el elegido por Dios para traer salvación es el siervo; lo cual acrecienta el
escándalo. Y creemos, sinceramente, que la teología no sabe qué hacer con
esta central información, a no ser buscar en la «explación vicaria» del
siervo un modelo teórico de comprensión de la redención de Cristo en la
cruz, sin que ese modelo ilumine intrínsecamente qué de salvación trae la
cruz y, mucho menos, qué de salvación histórica trae hoy la cruz. Sin
embargo, sin mantener la salvación que trae el siervo habría que borrar algo
central en la fe. Analizar qué de salvación y de salvación histórica trae
el siervo es lo que ha intentado hacer la teología de la liberación. Y, con
gran rigor y vigor, lo hizo Ellacuría en su escrito El pueblo crucificado,
al que puso de subtítulo «un ensayo de soteriología histórica». Lo que
hay que añadir es que, como en el caso del sufrimiento del pueblo
crucificado, captar la salvación que trae no es sólo ni principalmente cosa
de especulación o de interpretación de textos. Es cosa de captar la
realidad.
4. La luz que traen los pueblos crucificados
Del siervo dice Dios que lo pondrá como «luz
de las naciones» (Is.42,6; 49,6). Y, hoy ante todo, para que las naciones
sepan lo que en verdad son. Y no es éste pequeño beneficio. Aprisionar la
verdad con la injusticia es la pecaminosidad fundante de la persona y también
de las noticias. Y de ello se derivan muchos males, entre otros, el
entenebrecimiento del corazón.
Una luz que por su potencia tenga la fuerza de
desenmascarar la mentira es muy beneficiosa y muy necesaria. Y ésa es la luz
que ofrece el pueblo crucificado. Si ante él el primer mundo no ve su propia
verdad, no sabremos qué podrá conseguirlo.
Ellacuría lo expresaba gráficamente de varias
formas. Con fuerza decía usando la metáfora de la medicina, que para saber cómo
está la salud del primer mundo hay que hacer un «coproanálisis», es decir
un examen de heces. Pues bien, la realidad de pueblos crucificados es lo que
aparece en ese análisis. Y desde su realidad se conoce la de quienes lo
producen.
Decía también que el tercer mundo ofrece una
gran ventaja sobre el primer mundo para tener luz sobre hacia dónde hay que
ir. «Desde mi punto de vista –y eso puede ser algo profético y paradójico
a la vez– Estados Unidos está mucho peor que América Latina. Porque
Estados Unidos tiene solución, pero, en mi opinión, es una mala solución,
tanto para ellos como para el mundo en general. En cambio en América Latina
no hay soluciones, sólo hay problemas, pero por más doloroso que sea, es
mejor tener problemas que tener una mala solución para el futuro de la
historia». La solución que hoy ofrece el primer mundo es mala, fácticamente
porque es irreal, porque no es universalizable. Y es malo éticamente porque
es deshumanizante para todos, para ellos y para el tercer mundo.
Decía, por último que el tercer mundo ofrece
luz para lo que históricamente debe ser hoy utopía. La utopía, en el mundo
de hoy, no puede ser otra cosa que «la civilización de la pobreza», el
compartir todos austeramente los recursos de la tierra para que almacenen a
todos. Y en ese «compartir» se logra lo que no ofrece el primer mundo:
fraternidad y, con ella, el sentido de la vida. Y el camino para llegar a esa
utopía lo propuso como la civilización del trabajo versus la actual
civilización del capital en todas sus formas capitalistas y socialistas.
Esta es la luz que ofrecen los pueblos
crucificados. Si se la deja brillar, 1992 será un año muy beneficioso.
Indudablemente producirá sacudida y pavor, pero la luz también disipará las
tinieblas y sanará. En lugar del «descubrimiento de América» se verá el
«encubrimiento» que se ha hecho de ella, y que lo que 1492 descubrió es
ante todo la verdad del entonces imperio español y portugués y de la
entonces Iglesia católica. Trágico descubrimiento, pero fructífero.
Producirá también la luz de la utopía: que el verdadero progreso no puede
consistir en el que ahora se ofrece, sino en el bajar de la cruz a los pueblos
crucificados y compartir con todos los recursos y bienes de todos.
5. La salvación que traen los pueblos
crucificados
Pero, además, los pueblos crucificados ofrecen
positiva salvación. Que esto sea escandaloso es obvio, pero sin aceptarlo en
principio en vano será repetir que en el siervo hay salvación, que Cristo
crucificado ha cargado sobre sí y ha quitado el pecado del mundo. Lo que hay
que hacer es verificar esa salvación históricamente.
Ante todo, los pueblos crucificados ofrecen
valores que no se ofrecen en otras partes. Se podrá discutir si generan esos
valores porque ya no les queda otra cosa a la que agarrarse y que desaparecerán
cuando desaparezcan sus actuales circunstancias económico-sociales y sean
devorados por el mundo occidental capitalista y su «civilización». Pero ahí
están ahora y los ofrecen a todos (y quienes trabajan por bajarlos de la cruz
trabajan también para que estos valores no desaparezcan).
Puebla lo dijo con palabras
escalofriantes, muy poco tenidas en cuenta por países e Iglesias
occidentales: los pobres nos ofrecen un potencial evangelizador, y detalla
este potencial como «los valores evangélicos de solidaridad, servicio,
sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios» (n. 1147). En lenguaje
histórico, los pobres tienen un potencial humanizador porque ofrecen
comunidad contra el individualismo, servicialidad contra el egoísmo,
sencillez contra la opulencia y apertura a la trascendencia contra el romo
positivismo, de todo lo cual está imbuida la civilización del mundo
occidental. Es verdad, por supuesto, que no todos los pobres ofrecen esto,
pero es también verdad que ellos lo ofrecen y, estructuralmente hablando, de
forma que no lo ofrece el primer mundo.
Los pueblos crucificados ofrecen también
esperanza, insensata o absurda podrá decirse, porque es lo único que les
queda, argüirán otros. Pero, de nuevo, ahí está y no hay que trivalizarla
desde otros mundos. Que es esperanza contra esperanza es obvio, pero es también
esperanza activa que se ha mostrado en trabajo y luchas de liberación. Qué
éxito tengan éstas es otra cosa, y el mundo occidental parece salir
triunfante y parece sofocarlas todas. Pero no debería cantar esto como
triunfo, sino llorarlo como fracaso, pues está aplastando la esperanza de los
pobres y privándose así de su potencial humanizador. En cualquier caso, el
hecho mismo de que surja y resurja la esperanza en la historia muestra que hay
en ella una corriente esperanzada que se ofrece a todos. Y esa corriente
esperanzada está protagonizada por los pueblos crucificados.
Los pueblos crucificados ofrecen un gran amor.
No es masoquismo, ni incitación al suicidio, ni querer hacer de la necesidad
virtud, sino que es simplemente verdad que los innumerables mártires de América
Latina muestran que el amor es posible porque muchos lo han mostrado. Y en un
mundo estructuralmente egoísta, basado sobre el egoísmo y que hace gala de
ello –no con estas palabras, por supuesto– ese amor es una gran oferta de
humanización.
Los pueblos crucificados están abiertos al
perdón de sus opresores. No quieren triunfar sobre ellos, sino compartir con
ellos. A quienes se acercan a ayudarlos, les abren los brazos, les aceptan y,
así, aún sin saberlo ellos, les perdonan. Y de esa manera introducen en el
mundo occidental esa realidad humanizadora y tan ausente que es la gratuidad,
el llegar a ser no sólo por lo que uno logra sino por lo que a uno se le
concede inesperada, inmerecida y gratuitamente.
Los pueblos crucificados han generado
solidaridad, un modo de llevarse mutuamente seres humanos y creyentes, allí y
aquí, abiertos los unos a los otros, dando lo mejor unos a otros y recibiendo
lo mejor unos de otros. Esta solidaridad es pequeña cuantitativamente
hablando, es sólo de grupos eclesiales y humanos. Pero hay que recalcar que
ahora es real y que antes no existía, y que ofrece en pequeña escala un
modelo de cómo poder relacionarse humana y cristianamente pueblos e Iglesias.
Los pueblos crucificados ofrecen, por último,
una fe, un modo de ser Iglesia y una santidad más verdaderas y más
cristianas, más relevantes para el mundo actual y más recobradoras de Jesús.
De nuevo, esto ocurre más a la manera de semilla que de árbol frondoso, pero
ahí están. Y no se ve qué otra fe, qué otra forma de ser Iglesia y qué
otra santidad humanizan mejor a la humanidad hoy y la llevan mejor a Dios.
Es paradójico, pero es verdad. Los pueblos
crucificados ofrecen luz y salvación. Ambas cosas pueden ponerse a producir
en 1992 por quienes se declaran sus descubridores, aunque más bien hayan sido
encubridores. No recibirlas sería desagradecimiento y sería insensatez, y
sería la forma más radical de trastocar las «celebraciones» de 1992.
Recibirlas y hacer de ese don nuevo acicate para bajarlos de la cruz será la
mejor –y la única– celebración correcta. Agraciado y liberado por los
pueblos crucificados, el primer mundo se podrá tornar en gracia y liberación
para ellos. Y entonces sí habrá algo, habrá que «celebrar»: la
solidaridad de los seres humanos, el llevarse mutuamente, la fraternidad
universal.
Quiero terminar con las palabras con que
Ignacio Ellacuría –nada dado a idealismos ahistóricos y nada dado a puras
afirmaciones trascendentes que no sean historizables– concluía sus
reflexiones sobre 1992. «Yo quisiera ratificar lo siguiente. Toda esta sangre
martirial derramada en El Salvador y en toda América Latina, lejos de mover
al desánimo y a la desesperanza, infunden nuevo espíritu de lucha y nueva
esperanza en nuestro pueblo. En este sentido, si no somos un 'nuevo mundo' ni
'un nuevo continente', sí somos claramente y de una manera verificable –y
no precisamente por la gente de fuera– un continente de esperanza, lo cual
es un síntoma sumamente interesante de una futura novedad frente a otros
continentes que no tienen esperanza y que lo único que realmente tienen es
miedo».
NOTAS
1. Ver Dietrich, H. (1989),
"Emancipación e Identidad de América Latina: 1492-1992", en Nuestra
América Contra el V Centenario, pp.55-72, Bilbao: Txalaparta Editorial.
2. Los términos utilizados en
la descripción de los distintos entrecruzamientos entre españoles/criollos
(e), indígenas (i) y negros (n) son múltiples. Los más importantes son:
mestizos (e con i), mulatos (e con n), zambos (i con n), cuarterones (e con
mestizos/as), coyote (i con mestizos/as).
3. La mayoría de los datos han
sido sacados de Lingberg, G. (1990), World Data in Figures, Uppsala:
Uppsala University.
4. Zaragoza, G. (1987), América
Latina - Epoca colonial, Madrid: Anaya.
5. "La Nueva Europa y el
Futuro de América Latina", Pensamiento Iberoamericano, p. 241,
Vol. Extraordinario, 1991.
6. Entre los partidos
progresistas que en el pasado reciente han llegado a gobernar sus países el
Frente Popular de Salvador Allende en Chile, el Movimiento New Jewel de
Maurice Bishop en Granada, el Frente Sandinista en Nicaragua y, en el
presente, el M-19 de Enrique Navarro Wolf en Colombia y, recientemente, el
Frente Nacional para el Cambio y la Democracia de Jean-Bertrand Aristide en
Haití. Entre los segundos –aquellos que pueden ganar futuros comicios
legislativos nacionales– hay que citar al Partido Socialista Chileno, el
Frente Amplio Uruguayo (que ya gobierna en Montevideo) e incluso el Frente
Farabundo Martí de Liberación Nacional de El Salvador en caso de que las
conversaciones de pacificación actualmente en curso lleguen a buen puerto
(Gabetta, C., "La nueva izquierda latinomericana", El País,
10/4/91; Fergusson, J., 1990, Far from Paradise, Londres:
Latinamerican Bureau).
7. CRIES, "Diez tesis
sobre la cooperación al desarrollo: Europa y Centroamérica", Análisis
de Coyuntura, No.2, enero 1990.
8. World Bank, World
Development Report 1991, Nueva York: Oxford University Press.
9. Ante la elevada cotización
de la hoja de coca, la hipótesis de ofrecer cultivos alternativos igualmente
rentables –café, té, achiote, tabaco, etc.–, cae por su propio peso Así,
una hectárea de coca produce 1000 kg. de hojas y rinde al campesino 3000 dólares.
Si cultiva café o cacao, el rendimiento sería de 400 kg. por hectárea y
ganaría unos 500 dólares (Walston, J. "Retrato de una industria en la
cual el veneno es un producto básico", Ceres, No.126,
noviembre-diciembre 1990).
10. Gilbert, A. (1990), Latin
America, Londres: Routledge.
11. Sur, 6/7/90;
Entrevista a Cuauhtémoc Cárdenas, El País, 25/4/91 (quien cita un
reportaje de Carlos Fdez. Vega publicado en el diario La Jornada,
1/4/91)
12. Estas zonas marginales
reciben nombres diversos según el país del que se trate. Así, en Perú se
denominan "pueblos jóvenes", en Brasil "favelas", en
Venezuela "ranchitos", etc.
13. Ellacuría, I. (1990), Quinto
Centenario de América Latina (descubrimiento o encubrimiento),
Barcelona: Cristianisme i Justícia.
14. "Nueva advertencia
sobre las sectas", Informe Latinoamericano, 21/3/91.
15. Casaldáliga, P.,
"Reflexiones de a pie por Centroamérica" Diakonia, No.56,
diciembre 1990.
16. Sebastián, L. de (1987), ¿Pagar
o no Pagar? - Deuda del Tercer Mundo y ética cristiana, p.8, Cuadernos
"Cristianismo y Justicia", No.18.
17. En su reciente visita a El
Salvador, el jefe del Estado Mayor Conjunto de las FF.AA. de EE.UU. y "héroe"
de la Guerra del Golfo, general Colin Powell, no descartó una intervención
militar de su país en El Salvador "si es necesario para defender la
libertad" (El País, 10/4/91). Por otra parte, la Conferencia
Episcopal Norteamericana cifraba en 3.000 el número de muertos producidos en
la invasión norteamericana del Panamá.
18. El PACCA (Políticas
Alternativas para el Caribe y Centroamérica) asociación de académicos y
expertos norteamericanos, es una buena muestra de estos grupos. Otros buenos
ejemplos lo constituyen el CAWG (Central America Working Group) y el WOLA
(Washington Office on Latin America).
19. Rondinelli, Dennis A.,
"Decentralization, Territorial Power and the State: A Critical
Response", Development and Change, Vol.21, pp.491-500, 1990.
20. Aún resuenan con enorme
fuerza las palabras proféticas pronunciadas en la isla de La Española
(actualmente Santo Domingo) por el dominico Antón Montesinos en 1511 frente a
la colonia española: "Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis
en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? [...] ¿Cómo los tenéis
tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades,
que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por
mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día?" (Las
Casas, B. Historia de las Indias, cap. 4).
21. Este documento con toda
seguridad está lleno de lagunas y dichas lagunas, como la de Texcoco junto al
Tenochtilan azteca, posiblemente estén llenas de oro. En efecto, numerosos
temas han quedado por exponer, al tiempo que otros sólo han sido mencionados
de pasada (situación de la mujer y de la infancia en Latinoamérica,
deterioro medioambiental, fuga de cerebros, colonización de zonas tropicales,
migración internacional, reformas fiscales, etc.). Sin embargo, el afán
divulgador de este escrito exigía un dibujo de trazos rápidos que
describiera al modelo con destreza pero sin demasiados matices. El lector
juzgará si dicho objetivo ha sido alcanzado.
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