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Derechos Humanos o Derechos Animales?

Resumen: Hablar de derechos humanos en América Latina es un lujo, pues aquí todavía luchamos por los derechos animales, puesto que comer, abrigarse de la intemperie, educar a la prole, son necesidades animales.

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Autor: Frei Betto

El próximo 10 de diciembre se conmemora el Día Internacional de los Derechos Humanos. En 1948 los países reunidos en la ONU aprobaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Han pasado 55 años desde entonces y los derechos humanos han sido violados, vilipendiados y ridiculizados, incluso por parte de las fuerzas militares y policiales, las que debieran, por deber público y constitucional, velar para que fuesen respetados.

Entre en una delegación policial (en Brasil), visite una prisión, vaya a un hospital público, converse con niños de la calle, con vendedores ambulantes y desempleados, con negros. Verá cómo son tratados los derechos humanos. Haga la prueba de vivir un mes con el salario de 80 dólares y después diga si eso garantiza el derecho a la sobrevivencia a nivel de dignidad.

En 1968 la ONU convocó en Teherán una Conferencia Mundial de Derechos Humanos; allí se constató que, veinte años después de la aprobación de la Declaración, proseguían las violaciones: torturas, asesinatos, censura, abuso de los niños y violencia contra la mujer. Se trazó un plan y todos se pusieron de acuerdo en sentarse veinticinco años más tarde a evaluar los resultados.

Ese balance se hizo en 1993, en Viena, en la 2ª Conferencia Mundial de Derechos Humanos, convocada por la ONU. Se constató que las violaciones han ido aumentando, desde los genocidios indígenas hasta las matanzas de campesinos, desde el recorte de libertad a los inmigrantes hasta el resurgimiento de grupos neonazis. Hace 108 años que la princesa Isabel firmó la abolición oficial de la esclavitud; y sin embargo este régimen de trabajo perdura en Brasil, sobre todo en los latifundios de la Amazonía. Incluso en Austria, país anfitrión de aquel encuentro, se denunció durante el mismo la existencia de un “vivero” de niños destinados a ser sacrificados en beneficio del tráfico de órganos.

Hablar de derechos humanos en América Latina es un lujo, pues aquí todavía luchamos por los derechos animales, puesto que comer, abrigarse de la intemperie, educar a la prole, son necesidades animales. Nunca vi a un becerro abandonado en las calles o una vaca en la esquina esperando que le den comida. Pero hay millones de niños abandonados y millares de mendigos rebuscando restos de comido en los basureros. Sería bueno que los miembros de la ONU y de las ONGs se preguntaran por qué nuestro planeta, tan rico, tiene dos mil millones de hambrientos. Por qué mueren de desnutrición 700 mil niños al año en América Latina. Por qué de los 170 mil millardos de dólares del PIB mundial, 12 mil están en manos de apenas siete países.

Cualquier programa de derechos humanos debe ir acompañado de medidas económicas, urgentes y eficaces, para reducir el desempleo, aumentar la escolarización, erradicar el trabajo infantil, poner fin al trabajo esclavo, sanear las fuerzas militares y policiales y, sobre todo, implementar la reforma agraria. Hoy el crecimiento de la pobreza, la ineficiencia del sistema judicial, el irrespeto a los derechos de la mujer y del niño, exige medidas concretas. Un tema prioritario es la impunidad de quienes violan los derechos humanos, como la represión policial-militar a los guerrilleros del Araguaia y los torturadores acuartelados por el poder público. La impunidad favorece el desprecio de la ley. De nada sirven programas, conferencias y acuerdos si los gobiernos y las autoridades, responsables de la defensa de los derechos humanos, son cómplices de policías que torturan, de grupos de exterminio, del racismo, de la violencia contra mujeres y niños, de intereses corporativos que excluyen la cuestión social del presupuesto y de la agenda gubernamental.

Pero hay un dato aún más grave en cuanto a los alarmantes índices sociales: hoy en Brasil denunciar violaciones a los derechos humanos es un crimen ante los ojos de ciertas autoridades. La corrupción del alma es más grave que la del bolsillo. Y casi siempre las denuncias terminan en impunidad para el denunciado y en problemas y riesgos para el denunciante.

Traducción de José Luis Burguet. 13 de nov. 2003

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