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¿Tareas docentes, o tareas de enseñanza y tareas de aprendizaje?
Índice
1. Resumen. 2. Introducción. 3. Los procesos de
enseñanza y aprendizaje, desde un enfoque personológico. 4. Tareas docentes,
¿para aprender y para dirigir el aprendizaje? 5. Tareas de enseñanza
y tareas de aprendizaje. 6. Características
de las tareas de enseñanza y de las tareas de aprendizaje en el proceso de
formación de profesionales. 7. Relación tareas
de enseñanza–tareas de aprendizaje. 8. Conclusiones. 9. Bibliografía. Resumen. El reconocimiento de que el
aprendizaje constituye, además de un proceso de apropiación de la experiencia
histórico–social, un proceso de naturaleza individual, hace que muchas de las
tradicionales concepciones relacionadas con la enseñanza, deban de ser
reconsideradas. En el presente artículo se defiende, que a la luz de tal
reconocimiento, se considera metodológicamente necesario distinguir entre la
actuación de los profesores y la de los estudiantes en el contexto educativo;
de aquí que en lugar de adjudicarle a la tarea docente una doble funcionalidad
(como medio para aprender, para los estudiantes, y como medio para dirigir el
aprendizaje, para los profesores), se deba hacer referencia a tareas de enseñanza
y tareas de aprendizaje. Palabras claves: tareas, tareas
docentes, tareas de enseñanza, tareas de aprendizaje, enseñanza, aprendizaje,
métodos, medios, procedimientos, problemas, resolución de problemas,
ejercicios, metodológico, enfoque personológico, acciones, formación de
profesionales, actuación. Introducción. En el proceso de perfeccionamiento
de los sistemas educacionales, tanto desde el punto de vista curricular, como
desde su concepción metodológica, se tiene cada vez más presente la
naturaleza individual del aprendizaje de los estudiantes, entendiéndose éste,
de modo global, como un proceso de construcción personal. Ello encuentra
sustento en el enfoque personológico que reside, justamente, en la aplicación
de la estructura y el funcionamiento de la personalidad, para explicar cualquier
fenómeno relacionado con el hombre (Bermúdez Serguera, R. y Rodríguez
Rebustillo, M., 1996). Donde se incluyen, por supuesto, los procesos de enseñanza
y aprendizaje que desarrollan profesores y estudiantes, respectivamente. Tal enfoque encuentra sustento en
la concepción dialéctico–materialista del determinismo, según la cual, las
causas externas actúan a través de las condiciones internas (Rubinstein, S.
L., 1966). O sea, la necesidad de asumir un enfoque personológico para estudiar
cualquier proceso relacionado con la actuación humana, se justifica en el papel
mediador de su personalidad ante los influjos externos que impulsarán su
desarrollo. A decir de S. L. Rubinstein (1966), "las características
internas propias de un fenómeno condicionan selectivamente los estímulos a que
dicho fenómeno resulta sensible". Desde esta perspectiva, ¿cómo son
vistos los procesos de enseñanza y aprendizaje? Los procesos de enseñanza y
aprendizaje, desde un enfoque personológico. La escuela histórico–cultural
pone su énfasis principal en la interiorización de lo socio–histórico como
la esencia del aprendizaje humano. Así, para los seguidores de esta escuela, el
aprendizaje "... es una forma de la actividad de conocimiento que tiene
como objetivo conocer o asimilar el sistema de conocimientos científicos y las
actividades correspondientes a ese sistema" (Neuner, G. et. al, 1981, pág.
66). Con ello se reconoce, en primer
lugar, que constituye un proceso de apropiación de la experiencia histórico–social
y de los fines y condiciones en que tiene lugar el mismo. "El aprendizaje
está determinado por la existencia de una cultura, que condiciona tanto los
contenidos de los cuales los educandos deben apropiarse, como los propios métodos,
instrumentos, recursos (materiales y subjetivos) para la apropiación de dicho
contenido, así como los espacios y las situaciones específicas en que se lleva
a cabo el mismo" (Castellanos Simons, D. et. al, 2002, pág. 26). Quedan definidos así, los
condicionantes externos del aprendizaje, algo que como tendencia se observa en
los seguidores de esta escuela. Sin embargo, a esto se contrapone el hecho de
que cada estudiante aprende y progresa de acuerdo con su ritmo y potencialidades
personales, y por tanto, que el aprendizaje depende esencialmente del ser que
aprende y no de forma directa de lo que desea o se propone el que enseña
(Gimeno Sacristán, J. y Pérez Gómez, A. I., 1992; Bermúdez Serguera, R. y
Rodríguez Rebustillo, M., 1996; Valle Arias, A. y González Cabanach, R., 1998;
González Serra, Diego J., 2000; Pozo, J. I. y Gómez Crespo, M. A., 2001;
Castellanos Simons, D. et. al, 2002). En palabras de Doris Castellanos
(2002) "... el aprendizaje tiene, al mismo tiempo, una naturaleza
individual: sus mecanismos son sumamente personales y constituyen un reflejo de
la individualidad de cada personalidad. El perfil singular de las
potencialidades y deficiencias (fuerzas y debilidades) del aprendiz, sus
capacidades, ritmos, preferencias, estrategias y estilos de aprendizaje, unidos
a la historia personal, los conocimientos previos y la experiencia anterior (que
va conformando un conjunto de concepciones, actitudes, valoraciones y
sentimientos con respecto al mismo), condicionan el carácter único e
individual de los procesos que pone en juego cada persona para aprender"
(Castellanos Simons, D. et. al, 2002, pág. 26). Prescindir de las variables
internas, de la estructura peculiar de cada individuo, de sus características
evolutivas, al despreciar la importancia de la dinámica propia del aprendizaje,
las situaciones y contextos socioculturales en que aprende, los tipos de
contenidos o aspectos de la realidad, es reducir la enseñanza a preparar y
organizar las contingencias de reforzamiento que facilitan la adquisición de
los esquemas y tipos de conducta deseados (Gimeno Sacristán, J. y Pérez Gómez,
A. J., 1992). Como consecuencia directa de lo
antes planteado, el proceso de enseñanza–aprendizaje debe entenderse y diseñarse
considerando la actuación tanto de quien enseña, como de quien aprende. Ello
se evidencia como tendencia en la literatura consultada en la que, aunque desde
diferentes perspectivas, se reconoce que este proceso se desarrolla a través de
"... la actividad de dirección del profesor y la de aprendizaje de los
alumnos" (Labarrere Reyes, G. y Valdivia Pairol, G. E., 2001, pág. 24); de
"... acciones o estrategias de enseñanza por el lado del profesor, y
acciones o estrategias de aprendizaje por el lado del alumno... "
(Mejorando el aprendizaje de nuestros alumnos, 1997, pág. 16); "... el
diseño de actividades de aprendizaje y enseñanza específicas" (Pozo, J.
I. y Gómez Crespo, M. A., 2001, pág. 59). Ahora bien, ¿qué consecuencias
trae consigo este enfoque, en la visión de las tareas que desarrollan
profesores y estudiantes, como célula del proceso de enseñanza–aprendizaje? Tareas docentes, ¿para aprender y
para dirigir el aprendizaje? Numerosos autores (Davídov, V. V.,
1987; Concepción, M. R., 1989; Medina Rivilla, A., 1995; Álvarez de Zayas, C.
M., 1996, 1999; Garcés, W., 1997; Silvestre, M., 1999; Fuentes González, H.
C., 2000; Concepción, I., 2000; Sánchez, G., 2000; Zilberstein, J. y
Silvestre, M., 2000; Cañal de León, P., 2000; Travé González, G. y Cuenca López,
J. M., 2000; Rodríguez, R. A., 2001; Zaldívar, M. E., 2001; Zilberstein, J. y
Portela, R., 2002), identifican la tarea como medio para dirigir y propiciar el
aprendizaje de los estudiantes. V. V. Davídov señala que
"(...) el dominio por parte de los escolares del procedimiento teórico
generalizado de solución de cierta clase de tareas concretas particulares,
constituye la característica sustancial de la tarea docente" (Davídov, V.
V., 1987, p. 15). Con ello, destaca la funcionalidad de la tarea docente como
medio para aprender a resolver determinadas tareas concretas particulares, que
podrían ser, por ejemplo, problemas propios de determinado contexto. O sea, las
tareas docentes son vistas por este autor como medio para la construcción del
sistema cognitivo–instrumental necesario para la resolución de problemas,
propios de determinado contexto. Para Medina Rivilla, A. (1995),
"Las tareas... son núcleos de actividades, secuenciadas y estructuradas
que permiten organizar la acción. Las tareas organizan la experiencia y
estimulan el aprendizaje del alumno..." (Medina Rivilla, A., 1995, p. 468). Autores como Silvestre, M. (2000);
Zilberstein, J. y Silvestre, M. (2000); Zilberstein, J. y Portela, R. (2002),
por su parte, consideran las tareas docentes "(...) como aquellas
actividades que se orientan para que el alumno las realice en clases o fuera de
esta, implican la búsqueda y adquisición de conocimientos, el desarrollo de
habilidades y la formación integral de la personalidad" (Silvestre, 2000,
p. 35). En esta definición quedan explícitamente
delimitadas, a criterio de los autores, las funciones de cada uno de los polos
que intervienen en el proceso de enseñanza–aprendizaje: los profesores diseñan
y orientan las actividades (tareas docentes); los estudiantes las realizan, y en
consecuencia, adquieren conocimientos, desarrollan habilidades y en general,
forman integralmente su personalidad. Haciendo aún más evidente la
función que se le adjudica a la tarea docente dentro del proceso de enseñanza–aprendizaje,
M. R. Concepción (1989), citando a N. E. Kuznetzova, establece que las mismas
constituyen un medio para dirigir el proceso y procedimientos de la actividad
por parte del profesor, y el medio para dominar los conocimientos y las
habilidades para los estudiantes (Concepción, M. R., 1989). En los criterios analizados, se
evidencia una doble funcionalidad de la tarea docente atendiendo a cada uno de
los polos que interviene en el proceso de enseñanza–aprendizaje: 1) como
medio para aprender (para los estudiantes) y 2) como medio para dirigir el
aprendizaje (para los profesores). Sin embargo, se considera que este
desdoblamiento de sus funciones tiene algunos riesgos metodológicos. En primer lugar, no se tiene en
cuenta la gestión que desempeña la persona que enseña y la que aprende. La
actuación del profesor en el proceso de enseñanza–aprendizaje está dirigida
a modificar la actuación de los estudiantes a partir de que estos construyan
los conocimientos, las instrumentaciones, así como planes futuros, objetivos y
propósitos firmes; haciéndolos transitar por la "ruta" más óptima,
comprendida entre su desarrollo actual y potencial. Dicha actuación se
desarrolla entonces, a través de acciones encaminadas a estos fines y que
difieren de las que realizan los estudiantes cuando se les presenta la tarea. Por su parte, la actuación de los
estudiantes, en el contexto donde se desarrolla su aprendizaje, se dirige a la
construcción autónoma y consciente del sistema cognitivo–instrumental, que
les permita una actuación efectiva en su futuro contexto laboral y vital en
general, con la ayuda de sus compañeros y bajo la dirección del profesor.
Puede inferirse, por tanto, que las acciones desarrolladas por profesores y
estudiantes no tienen idéntica finalidad: primer argumento que justifica la
necesidad de distinguir entre aquellas tareas desarrolladas para dirigir el
aprendizaje, de aquellas desarrolladas para aprender. En segundo lugar, la actuación
metodológica que desarrollan los profesores se estructura a través de métodos,
procedimientos y medios que le permiten desarrollar las acciones encaminadas a
modificar la actuación de sus estudiantes, y que son expresión metodológica
del sistema cognitivo–instrumental que configura su personalidad. El
aprendizaje de los estudiantes estará mediado, a su vez, por métodos,
procedimientos y medios, que constituyen expresión metodológica del repertorio
cognitivo–instrumental de cada uno de ellos. Ello justifica, no sólo que la
actuación ante las tareas que desarrollan profesores y estudiantes no tenga idéntica
finalidad, sino que esta posee un marcado carácter personológico, que obliga a
distinguir las acciones resultantes de ejecutar la tarea por parte del profesor,
o por parte del estudiante. En tercer lugar, la clasificación
dada por M. R. Concepción (1989) y que asumen muchos de los autores consultados
(Garcés, W., 1997; Rodríguez, R. A., 2001; Pérez Días, J. R., 2001; Zaldívar,
M. E., 2001) según la cual las tareas docentes pueden ser ejercicios o
problemas, se realiza considerando un único polo de los que intervienen en el
proceso de enseñanza–aprendizaje: los estudiantes. O sea, pese a la doble
funcionalidad hecha explícita anteriormente en las definiciones operacionales
dadas, ahora es clasificada atendiendo a cómo pueden ser vistas por los
estudiantes: como ejercicio o como problema. Incluso, aún cuando esta
clasificación se realice considerando sólo a los estudiantes, resulta
inconsistente si se analiza a partir de los niveles de actuación. Clasificar
las tareas que deben desarrollar los estudiantes como ejercicios o problemas,
exclusivamente, es considerar que su actuación siempre tiene lugar a un nivel
aplicativo (nivel que predomina durante la resolución de ejercicios o
problemas, independientemente de que durante dicho proceso de resolución tenga
también lugar la construcción de conocimientos e instrumentaciones),
desestimando el nivel contemplativo (que predomina en las fases iniciales del
estudio de los objetos) y en el que la actuación no siempre puede dirigirse a
través de problemas y son necesarias preguntas que lleven de la contemplación
viva al pensamiento abstracto. Así lo considera Álvarez de Zayas, C. M.
(1999), cuando expresa que "la explicación de un concepto y su
correspondiente comprensión por el alumno, la realización de un ejercicio o de
un problema por éste, son ejemplos de tareas docentes" (Álvarez de Zayas,
C. M., 1999, pág. 116). Otro criterio que se considera lícito
esgrimir para justificar la necesidad de distinguir y, en consecuencia, diseñar
la dinámica del proceso de enseñanza–aprendizaje considerando las tareas que
desarrollan tanto profesores como estudiantes, lo constituye el hecho de que con
mucha frecuencia en la literatura didáctica y metodológica se modela el
proceso de resolución de tareas elaboradas para los estudiantes, y optimizar así
su aprendizaje (Fridman, 1979 citado por Labarrere, A., 1996; Gil, D., 1998;
Vivero, O., 1999; De Jong, O., 1999; Acuña, C. E., 2000; García, J., 2000;
Fuentes, H. y Álvarez, I. B., 2001; Rodríguez, F. A., 2001; Verdugo, H.,
2002), mientras que no ocurre lo mismo para con las tareas que deben desarrollar
los profesores para dirigir este aprendizaje; lo que se considera que es asumir,
tácitamente, que los docentes poseen en todo momento los conocimientos y las
instrumentaciones necesarios para dirigir y optimizar el aprendizaje de sus
estudiantes. Asumir a priori que con el diseño
de tareas para los estudiantes y con la modelación de su proceso de resolución,
se garantiza el aprendizaje de los mismos, es desestimar aquellas acciones que
debe desarrollar el profesor para dirigir ese aprendizaje y sin las cuales, éste
sería deficiente o no se produciría. La "calidad" de la tarea diseñada
para el estudiante no es absoluta, ésta está mediada por las tareas que a su
vez desarrolla el profesor para dirigir ese aprendizaje. La desestimación de las acciones
metodológicas que desarrolla el profesor para dirigir el aprendizaje de los
estudiantes y que pueden estructurarse en tareas, es uno de los elementos que
justifica que muchos de los resultados de investigación en el campo metodológico
y didáctico no puedan ser introducidos en la práctica pedagógica, pues su
funcionalidad se ve limitada por la preparación de los docentes en ese nuevo
contexto, pues, por ejemplo, las tareas, los métodos o los medios elaborados
para dirigir el aprendizaje de los estudiantes, no se acompañaron de aquellas
tareas que, a consideración del autor, podían hacer más eficiente su
aprendizaje. Existen otros criterios
relacionados con las tareas, y que se alejan de los analizados en el bloque
anterior. Es el caso, por ejemplo, de Fuentes González, H. C. (2000), que, ubicándola
dentro del proceso de formación de los profesionales, considera que la tarea
"... puede ser interpretada como operación o como procedimiento
dependiendo de que estemos considerándolo como actividad o como el método con
que se enfrenta el problema" (Fuentes González, H. C., 2000, pág. 16).
Criterio que no se comparte, pues equivale a considerarla instrumentación o
recurso, propio del proceso de resolución de problemas, y no como cualquier
actividad diseñada para enseñar o aprender, como coinciden en señalar la
mayoría de los autores consultados. Los criterios apuntados ya, unido
al análisis de las tendencias en la designación de las actividades diseñadas
para enseñar y aprender, justifican la necesidad hacer tal distinción. Tareas de enseñanza y tareas de
aprendizaje. Haciendo o no explícitos criterios
como los apuntados, en la literatura científica consultada, con cada vez más
frecuencia, se evidencia como tendencia hacer la distinción entre las
actividades que desarrollan los docentes para dirigir el aprendizaje, y las
desarrolladas por los discentes para aprender. Se habla así, de tareas de enseñanza
aprendizaje (Fuentes González, H. C., 2000), de tareas escolares protagonizadas
por los alumnos o por el profesor (Cañal de León, P., 2000; Travé González,
G. y Cuenca López, J. M., 2000), de actividades de enseñanza y actividades de
aprendizaje (Travé González, G. y Cuenca López, J. M., 2000), de tareas
docentes y tareas discentes (Bermúdez Serguera, R. y Rodríguez Rebustillo, M.,
1996), de tareas de enseñanza y de aprendizaje (Pozo y Gómez Crespo, 2001;
http://boj.cnice.mecd.es/~ blamas/tareas_de_aprendizaje_relacionad.htm). En
todos los casos, más que distinguir las actividades o tareas según el contexto
donde se desarrollan (escolares, académicas, docentes), se hace la distinción
atendiendo a la actuación de cada uno de los protagonistas del proceso de enseñanza–aprendizaje. Ya que el carácter bilateral del
proceso de formación de profesionales se ha hecho evidente hasta ahora a través
de la designación de proceso de enseñanza–aprendizaje, las tareas, que como
células estructural el mismo, se identificarán como de enseñanza y de
aprendizaje. Por tareas de enseñanza serán
entendidas aquellas desarrolladas por los docentes con el objetivo de dirigir,
de manera óptima, el proceso autónomo y consciente de construcción de
conocimientos e instrumentaciones por parte de los estudiantes, en cuyo orden y
organización se evidencia el método empleado por éstos para estructurar el
proceso. La actuación metodológica de los
docentes, que se materializa al desarrollar estas tareas, se instrumentará a
través de procedimientos y medios, que se estructuran en función de los medios
materiales y del repertorio cognitivo–instrumental de que disponga. Las tareas de enseñanza devienen
particiones que se realizan a la actuación que, en general, realiza el profesor
para dirigir el proceso de aprendizaje, tomando como indicador fundamental, el
cumplimiento de objetivos parciales dentro del proceso de enseñanza–aprendizaje
que se desarrolla específicamente en la clase. Ello presupone que al analizar
el sistema de tareas empleadas, no deben aparecer discontinuidades en dicha
actuación y que globalmente este sistema apunte al cumplimiento de un objetivo,
que a su vez, integre los que orientaron a cada una de las tareas por separado.
Su carácter elemental dentro del proceso de dirección del aprendizaje está
dado, además, en que las acciones que permiten desarrollarlas cumplen la
condición de ser las necesarias y suficientes para lograr el objetivo parcial
que la orienta. Ya que la finalidad de las mismas
es la de dirigir el aprendizaje de los estudiantes para que su actuación en el
contexto laboral y vital, en general, esté en correspondencia con las
exigencias de los mismos, éstas estarán dirigidas a promover su actuación en
el contexto educativo, a un nivel contemplativo o aplicativo (Bermúdez Seguera,
R. y Rodríguez Rebustillo, M., 1996). De aquí que estén relacionadas con la
formación de conceptos o con la actualización y sistematización de
conocimientos e instrumentaciones de modo general. Como parte de las tareas de enseñanza
que desarrollan los docentes, está el diseño, adecuación, contextualización
o, simplemente, la utilización de las ya existentes, de actividades destinadas
a promover la construcción autónoma y consciente del sistema
cognitivo–instrumental de cada estudiante, las que se conceptualizarán como
tareas de aprendizaje. Las tareas de aprendizaje serán,
por tanto, aquellas que diseñadas en una primera etapa por el profesor,
promueven en los estudiantes una actuación encaminada a construir autónoma y
conscientemente, un repertorio cognitivo–instrumental que le permita desempeñarse
eficientemente en determinados contextos. Para dirigir la actuación de los
estudiantes hacia la formación de conceptos, tanto por vía inductiva como
deductiva, es frecuente la utilización de preguntas, que estructuradas
atendiendo a los procesos del pensamiento y a la lógica de la ciencia, los guíen
hacia tal objetivo. Dichas preguntas devienen instrumentación de los
procedimientos que utiliza el profesor en la formación de conceptos. Lo
anterior justifica que estas preguntas clasifiquen como tarea de aprendizaje,
propias de esta etapa primaria en la construcción de conocimientos e
instrumentaciones. O sea, aquellas preguntas que con carácter de necesidad y
suficiencia utiliza el profesor para encauzar la formación de un concepto,
devienen tarea de aprendizaje. Esta construcción se complementa
con la aplicación de éstos a la solución de problemas, como mejor criterio de
que se poseen. Ello hace que sea tradicional la sistematización de éstos, a
través de la resolución, tanto de ejercicios, como de problemas. Ejercicios y
problemas completan la clasificación hecha de tareas de enseñanza. Ahora, ¿qué elementos distinguen
los ejercicios de los problemas? Hacia la distinción entre
ejercicios y problemas. A grandes rasgos puede decirse, que
tal distinción está dada por la subdivisión del nivel aplicativo, en
reproductivo y productivo (Bermúdez Seguera, R. y Rodríguez Rebustillo, M.,
1996). Durante la resolución de ejercicios, prima la reproducción de los
conocimientos e instrumentaciones, durante la resolución de problemas, su
aplicación. Un análisis más profundo de esta
distinción se realizará tomando como indicador fundamental el proceso de
resolución. "Al resolver un determinado problema se recurre a operaciones
ya pre–existentes y a conocimientos que rebasan el marco de los términos que
proporciona el problema en cuestión, mas lo que en este sentido se hace tiene
siempre su razón de ser en el análisis del problema que se trate. En el
proceso del pensar, esos factores externos de que se hecha mano se unen con los
términos del problema" (Rubinstein, 1966. P. 69). O sea, siendo
consecuentes con los presupuestos psicológicos asumidos, el proceso de resolución
de problemas presupone tanto la aplicación del patrimonio instrumental de cada
estudiante como la actualización del mismo. Presupone además, actualización
de conocimientos. "La actualización de los conocimientos necesarios para
la solución de un problema dado implica el análisis tanto de este último como
de los conocimientos que pueden ser tomados en consideración, presupone el acto
sintético de relacionar el problema y los conocimientos, y el análisis tanto
de los términos del problema como de los conocimientos que se usan para la
solución del mismo" (Rubinstein, 1966. p. 70). La exigencia de los problemas no
está relacionada sólo con la esfera cognitivo–instrumental, como se ha hecho
explícito. El proceso de resolución de problemas exige, además,
direccionalidad en la actuación de los estudiantes: precisión de objetivos,
propósitos firmes, motivaciones relacionadas con los contenidos de los mismos,
etc. La diferencia esencial que puede
establecerse entre ejercicios y problemas radica, precisamente, en que los
primeros no exigen actualización del patrimonio cognitivo–instrumental del
sujeto que se implica en su solución, ni precisa de un alto nivel de
direccionalidad en la actuación. Su objetivo fundamental es la sistematización
del sistema de acciones y operaciones necesarias para la ejecución de una
determinada actuación, y así llevar la instrumentación hasta el nivel de
habilidad. El análisis de los indicadores
tomados para clasificar la tarea de aprendizaje de carácter aplicativo, en
ejercicio o problema, evidencia que la misma resulta relativa, ya que, como
apuntan varios autores (Rodríguez Expósito, F., 2002; Pozo y Gómez Crespo,
2001 ), tal distinción no sólo depende de sus características propias, sino
del sistema cognitivo–instrumental que posee quien la enfrenta. "Una
tarea es meramente repetitiva (ejercicio) o novedosa (problema) en función no sólo
de sus propias características sino de los conocimientos de la persona que se
enfrenta a ella" (Pozo y Gómez Crespo, 2001, pág. 57). El resolver problemas profesionales
exige de la integración de teoría y práctica, por lo cual, para que las
tareas de aprendizaje preparen a los estudiantes para ello, éstas deben
propiciar, tanto una actuación encaminada a obtener el producto material como
resultado del cambio de aquellos objetos externos sobre los que se actúa
(tareas de aprendizaje prácticas); como a obtener los conocimientos, no como
resultado de haber variado los propios objetos, sino de su modelación por el
sujeto, y de extraer de ellos la información nueva (tareas de aprendizaje teóricas). A pesar de la distinción
realizada, la tarea (sea de enseñanza o de aprendizaje), sigue considerándose
como célula del proceso (Álvarez de Zayas, C. M., 1999), ahora con la
particularidad, que las primeras lo son del proceso de dirección del
aprendizaje y las segundas, de aprendizaje como tal. Aunque como se argumentará
posteriormente, existen como unidad y lucha de contrarios, en su relación dialéctica. En la tarea de aprendizaje está
presente un objetivo, el que se traza cada estudiante una vez que ésta se le
presenta, mediado "... por sus motivaciones e intereses, por la satisfacción
o autorregulación de cada uno de ellos en la ejecución de la tarea...".
Hay un sistema de cognitivo–instrumental a construir, bien a través de
aquellas destinadas a la formación de conceptos, o a la sistematización de
conocimientos e instrumentaciones construidos a un nivel primario. El modo en que cada estudiante
ejecuta las acciones que conducen a la solución de la tarea, evidencia el método
seguido por éste. Este método, en un inicio, puede imitar al del profesor,
pero a medida que el estudiante construye su sistema cognitivo–instrumental,
lo puede utilizar con independencia y versatilidad en la solución de nuevos
problemas. La enseñanza, como proceso de
dirección del aprendizaje, y que se fracciona en tareas que desarrollan los
docentes (tareas de enseñanza), es guiada por un objetivo, de aquí que en éstas
esté presente un objetivo, derivado del primero. Hay también un sistema de
conocimientos e instrumentaciones, del que en gran medida, depende la
efectividad con que se dirija el aprendizaje, y que, unido a las motivaciones,
intereses, nivel de satisfacción con la labor que realiza, configura la
personalidad de docente. En método se manifiesta en las
acciones a través de las que el docente ejecuta su actuación, el que se
instrumenta a partir de procedimientos y medios. Características de las tareas de
enseñanza y de las tareas de aprendizaje en el proceso de formación de
profesionales. Para hacer que las tareas de
aprendizaje se planteen como problemas en vez de cómo ejercicios y para que
tiendan a promover una actuación que modele la de los futuros profesionales en
su contexto de actuación, integrando teoría y práctica, se ofrecen a
continuación varios criterios, resultado de la sistematización teórica
realizada con la literatura científica que se consideró pertinente (Pozo y
Postigo, 1994 citados por Pozo y Gómez Crespo, 2001; Rodríguez Rebustillo, M.,
Moltó Gil, E. y Bermúdez Serguera, R., 1999; Gil Pérez, D. 1999): Plantear tareas abiertas, que
admitan varias vías posibles de solución o incluso varias soluciones posibles,
potenciando la emisión de hipótesis y la adopción de sus propias decisiones
sobre el proceso de resolución. Modificar el formato o definición
de los problemas, evitando que el alumno identifique una forma de presentación
con un tipo de problema. Plantear las tareas, no con un
formato académico, sino ubicadas en sus futuros contextos de actuación
profesional, con lo cual deben adquirir significado para los estudiantes. Que su proceso de resolución exija
la integración coherente de teoría y práctica, evitando que las tareas prácticas
aparezcan como ilustración, demostración o ejemplificación de unos contenidos
previamente presentados a los estudiantes. Que exijan la utilización de métodos,
procedimientos y un sistema cognitivo–instrumental característico de los
profesionales de su futuro contexto de actuación; así como de medios técnicos
(materiales, instrumentos, dispositivos, etc.), propios de ese contexto. Por su parte, las tareas de enseñanza
deben desarrollar los docentes, para dirigir un proceso de aprendizaje autónomo
y consciente, se caracterizarán por: Encauzar la formulación de
conceptos, a través del correspondiente sistema de preguntas. Promover la emisión de hipótesis
por parte de los estudiantes acerca de las posibles vías de solución de la
tarea planteada. Encauzar la construcción de
conocimientos e instrumentaciones, que permitan el empleo de métodos,
procedimientos y medios característicos del profesional del futuro contexto
laboral del estudiante. Fomentar la cooperación entre los
estudiantes en la realización de la tarea, así como incentivar la discusión y
los puntos de vista diversos. Proporcionar a los estudiantes la
información que precisen durante el proceso de solución, realizando una labor
de apoyo, dirigida más a hacer preguntas y fomentar en los estudiantes el hábito
de preguntarse, que a dar respuestas a sus preguntas. Posibilitar la autorregulación de
los estudiantes durante el proceso de solución de la tarea, haciéndolos
conscientes de los conocimientos e instrumentaciones que poseen. Valorar la reflexión y profundidad
de las soluciones alcanzadas por los estudiantes y no sólo la rapidez con que
son obtenidas. Relación tareas de enseñanza–tareas
de aprendizaje. Es nuestra consideración que el
proceso docente–educativo en general y el de enseñanza–aprendizaje en
particular, pueden ser vistos como una serie sucesiva de tareas (docentes, según
Álvarez de Zayas, C. M., 1999), justifica la distinción hecha entre las tareas
que desarrollan profesores y estudiantes (tareas de enseñanza y tareas de
aprendizaje, respectivamente), en su relación dialéctica. Atendiendo a lo apuntado, el
proceso de enseñanza–aprendizaje presupone una complementación entre tareas
de enseñanza y de aprendizaje. Desde el punto de vista temporal, éstas pueden
desarrollarse simultáneamente o no. Durante el proceso de formación de
conceptos, por ejemplo, es frecuente que el profesor, por vía inductiva o
deductiva, guíe los procesos del pensamiento de los estudiantes a través de
preguntas que realiza y que, en este caso, estructuran la tarea de enseñanza
que desarrolla. Pero, simultáneamente, los estudiantes responden a estas
preguntas y van construyendo teóricamente los conocimientos. Algo similar ocurre cuando se
planifica la realización de actividades experimentales abiertas, para las
cuales se debe promover una actuación de los estudiantes encaminada a la emisión
de hipótesis, análisis de los medios con que cuenta para actuar, la conformación
de las acciones que le permitirán resolver el problema experimental planteado,
etc. En tal sentido, el profesor debe diseñar problemas y preguntas, que guíen
la actuación de los estudiantes. La actuación de los estudiantes, en este
caso, es el resultado de su implicación en la realización de una tarea de
aprendizaje, mientras que a la actuación del profesor concierne la ejecución
de tareas de enseñanza. Cuando se trata de promover en los
estudiantes, durante un determinado período de la clase, una actuación que
transcurra en un nivel contemplativo, prima en el mismo el desarrollo de tareas
de enseñanza exclusivamente. Durante la sistematización de
conocimientos e instrumentaciones, con la resolución de ejercicios y/o
problemas, predomina la actuación independiente de los estudiantes, por lo que
las tareas que se desarrollan son, básicamente, tareas de aprendizaje. Conclusiones. El reconocimiento del aprendizaje
como un proceso de apropiación individual de la experiencia socio–cultural,
se encuentra determinado, entre otros elementos, por los contextos y situaciones
específicas en que se lleva a cabo el mismo, hace necesaria la distinción
metodológica entre la actuación de los profesores y la de los estudiantes en
el contexto educativo; de aquí que, en lugar de adjudicarle a la tarea docente
una doble funcionalidad (como medio de aprehensión, para los estudiantes y como
medio de dirección del aprendizaje para los profesores), se deba hacer
referencia a tareas de enseñanza y tareas de aprendizaje. La actuación de los docentes en el
contexto educativo tendrá el objetivo de dirigir la de los discentes para que
tenga lugar a nivel contemplativo o aplicativo. Niveles que pueden tomarse como
indicador para la clasificación de las tareas que se desarrollan en dicho ámbito. La distinción realizada entre
tareas de enseñanza y tareas de aprendizaje reafirma el criterio de Alvarez de
Zayas, C. M. (1999), según el cual, el proceso docente–educativo en general y
el de enseñanza–aprendizaje en particular, pueden ser vistos como una serie
sucesiva de tareas. Bibliografía. Acuña Escobar, C. E. (2001). El
proceso de solución de problemas. En
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http://www.galeon.com/aprenderaaprender/general/hernan.htm Datos del autor: Leandro Arias Labrada. ( Profesor del Departamento Eléctrica–Economía.
Facultad de Ciencias Técnicas. Universidad Pedagógica "José de la Luz y
Caballero", Holguín, Cuba. Licenciado en Educación,
especialidad Física y Electrónica, y aspirante al grado científico de
Doctores en Ciencias Pedagógicas. leandro@isp.holguin.inf.cu
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