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Mitos de invierno
En pleno invierno, la tierra descansa bajo la nieve. la savia
no circula y se talan los árboles. Pero la vida sigue escondida bajo tierra en
la semilla del maíz y arde en fuegos prometeicos del hombre La muerte como conclusión irrevocable es inaceptable para la
mayoría de los seres humanos. Por lo tanto, la función del mito es explicar
que la vida en su forma conocida debe terminar, tan inevitablemente como llega
el invierno pero debe apuntar también hacia un futuro difícil de imaginar para
nosotros. ¿Continuación o transformación? En su intento por evitar lo inevitable, el hombre ha creado
muchos mitos acerca de los remedios para mantener lo vida, como pociones mágicas
y elixires de inmortalidad o de rejuvenecimiento. Uno de ellos es la Epopeya de
Gilgamesh, en la que el héroe se sumerge en el mar cósmico con piedras atadas
a los pies. En el fondo encuentra la hierba de la inmortalidad, la coge, se
desprende de las piedras y sube a la superficie. Pero su triunfo dura poco
tiempo: mientras Gilgamesh se está bañando en una fuente, surge una serpiente
y se come la hierba El cambio periódico de piel convierte a la serpiente en símbolo
de rejuvenecimiento e inmortalidad, mientras que el hombre tiene que asumir su
mortalidad. Otros seres semidivinos han intentado engañar a la muerte y
a sus mensajeros. El tramposo polinesio Maui intentó incluso matar a la misma
diosa de la muerte. Con sus amigos los pájaros, se arrastró hacia la diosa
mientras ésta dormía, intentando penetrar dentro de su cuerpo por entre los
muslos, para matarla y finalmente escapar por su boca. Al principio parecía ir
todo bien, pero cuando una ave aguzanieves vio que sólo las piernas de Maui
asomaban por fuera de la diosa, no pudo Contener la risa, y aquélla se despertó.
Entonces cerró las piernas y su seno se convirtió en la tumba de Maui. En la mitología de muchos países aparece un elemento
conmovedor: el intento de rescatar un ser querido de las garras del mundo de
ultratumba. Así, Jzanami quien, según el mito japonés, con su marido Izanagí
había creado el mundo a partir del océano- muere al dar a luz al fuego. Izanagí,
desconsolado por la pérdida, la sigue a la Tierra de la Oscuridad. La encuentra
en un castillo y la persuade para que vuelva con él, pero ella se rezaga
diciendo que ya ha tomado alimento allí (al igual que Perséfone, en un
parecido mito griego). Izanagí, impaciente, enciende una luz y advierte su
avanzado estado de descomposición. Izanami, airada por haber sido vista en tan
humillante condición, intenta matar a Izanagi. Lo persigue e Izanagí consígue
a duras penas salvarse. El mito griego de Orfeo es una variante de esta historia.
Muerta Euridice a causa de una mordedura de serpiente, Orfeo decide seguirla al
Hades. La calidad de su música es tal que cesa el tormento de los condenados y
Euridide puede volver con Orfeo a condición de que él no se vuelva para
mirarla hasta que hayan llegado al mundo terrenal. Pero su impaciencia es más
fuerte: se vuelve y ella desaparece. (El fatal error de mirar hacia atrás se
encuentra también en la historia bíblica de la mujer de Lot, quien miró para
atrás cuando abandonaba Sodoma y se convirtió en una estatua de sal.) La
moraleja de estos mitos podría ser que el hombre debe aprender a aceptar las
inevitables separaciones que la vida impone, de las cuales la muerte es la
ultima. Más
allá de la muerte: cielo e infierno La resistencia del hombre a aceptar la muerte como fin de la
vida aparece en el tema universal del mundo que hay mas allá de la muerte. En
muchas tradiciones, este otro mundo está en algún lugar de la Tierra a menudo
en el Oeste (el Edén es una excepción) y separado por el agua del mundo
conocido, como el Avalan celta, las Islas de bienaventurados griegas y los Cotos
de caza Felices de los indios norteamericanos. En otras está bajo tierra, como
los reinos de Tumbucaka (Malawi). Por último, en otras está en el Firmamento,
como el cielo judeocristianos y los paraísos hindú y budista. Algunos reinos admiten a todos los muertos sin tener en
cuenta sus méritos; Otros limitan su entrada a quienes se la han ganado. El
Hades griego, por ejemplo, acepta las almas de todos aquellos a quienes el
barquero Caronte ayuda a cruzar la laguna Estigia, a condición de que paguen el
óbolo correspondiente en cambio, en las tradiciones judeocristianas, el alma es
destinada al cielo o al infierno según el juicio divino sobre la vida terrenal
de la persona; y en los mitos egipcios Anubis pesa el corazón de los muertos.
Pero el mérito no siempre se mide en términos morales, y el "cielo"
a menudo refleja las injusticias de la tierra. En las Islas Sotavento, solo los
aristócratas van al Rohutu "Dulcemente perfumado"; el pueblo llano va
al Rohutu "maloliente". Los palacios del Sol sólo se abrían para los
Incas y los nobles de Perú. Y al Walhalla nórdico iban los guerreros
valientes. Incluso el paraíso cristiano no siempre se alcanza con una vida
pura: El teólogo suizo Calvino (1509-64) sostenía que la salvación dependía
de la arbitrariedad divina. Generalmente "los cielos" se representan
como llenos de delicias terrenales, lugares de juventud eterna liberada de la
necesidad. El
fin del mundo El fin del mundo y el retorno al caos son un conclusivo tema mitológico. Para que los dioses no retiren la protección que otorgan al mundo se celebran fiestas, ritos y sacrificios. Pero casi todas las mitologías prevén una época de destrucción, anunciada por todo tipo de desastres. Tradiciones tan dispares como las de las aztecas mexicanas y las de los budistas y las hindúes de India. prevén diversas edades del mundo, caracterizadas por unos niveles decrecientes de moralidad y devoción. Los aztecas creían que el mundo seria destruido por el fuego, finalizada la última era.
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