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Memoria final
Resumen En la controversia sobre el concepto de racionalidad organizacional ( centrado en los conceptos de organización y poder ) en la racionalidad burocràtica y en la racionalidad relativa de Michel Crozier, hay diferencias entre una y otra racionalidad, en lo que se refiere a la organización, a la forma de considerar el funcionamiento de una organización, en la cuestión de la integración de las conductas de los individuos en la organizaciòn, como tambièn, en la visiòn del poder y finalmente en la cuestión de el poder o los poderes emanados de la organización. Esta memoria tiene por objeto las formas con que se entienden los conceptos de organización y de poder según la racionalidad burocrática y la racionalidad relativa de Michel Crozier. El objetivo que me planteo en ella es evidenciar similitudes y diferencias entre ambas concepcionesl El orden a cumplir el mencionado objetivo, el trabajo comprende tres capítulos. El primero analiza las características de la modernidad y, en su seno, de la racionalidad en Europa occidental, desde la llamada etapa renacentista hasta el siglo XIX. Sobre este telón de fondo, se presenta la visión weberiana del proceso de modernización del mundo occidental y el contexto histórico en el cual surgió y se desarrolló lo que Crozier llama "análisis organizacional". En el segundo capítulo, se exponen las referencias teóricas de la racionalidad burocrática y de la racionalidad relativa de Crozier en lo que hace a los conceptos de organización y poder. El tercer capítulo recoge un análisis comparativo entre una y otra racionalidad con relación a las visiones que sustentan cada una acerca de la organización y el poder. Por último, se exponen las conclusiones de todo el trabajo, que ha consistido en una lectura crítica y comparativa de la producción pertinente de Max Weber y de Michel Crozier, asistida por la consideración de algunas entre sus mejores comentaristas. De estas fuentes se da cuenta en la Bibliografía. Contextos Históricos El lapso entre 1715 y la Revolución Francesa en el siglo XVIII ha recibido varios nombres, que intentan resumir el espíritu de la época: Siglo de las Luces, Edad de la Razón. En esta etapa histórica se produjo un amplio y radical proceso de renovación intelectual y transformación de las mentalidades que, partiendo de Europa occidental, determinó el desarrollo de la historia posterior de los demás continentes incluido entre ellos América Latina. En los orígenes del movimiento de la Ilustración hay que situar una actitud de duda ante las certezas tradicionales y el valor primordial atribuido a la razón, considerada como único criterio de juicio: una razón que pretende someter toda la realidad a su propia matriz, sin limitaciones ni prejuicios. De este ilimitado despliegue de la razón crítica brotó la gran floración de la cultura ilustrada, producto y consecuencia de un largo proceso de transformación de la conciencia europea, que alcanzó los más diversos campos del saber y fue acompañada —y condicionada, a su vez— por una transformación no menos radical de las estructuras sociales y económicas. Si la actitud más característica de la Ilustración fue la crítica de las tradiciones y de la autoridad en nombre de la pura razón humana y de su capacidad para explicar toda la realidad, sin necesidad de recurrir a mitos, leyendas ni supersticiones, ello fue sin duda resultado de una larga preparación: sus orígenes se remontan al pensamiento filosófico, científico del siglo XVII, si no ya a la llamada etapa renacentista. Con respecto a esta importante etapa de la historia europea Ernesto Sábato dice: En suma, si por Renacimiento consideramos no el mero, estrecho y falso concepto de los humanistas sino el comienzo de los tiempos modernos, hay que tomarlo como el despertar del hombre profano pero en un mundo profundamente transformado por lo gótico y lo cristiano. Como una civilización que simultáneamente produce palacios en estilo antiguo y catedrales góticas, pequeños burgueses anticlericales como Valla y espíritus religiosos como Miguel Ángel, literatura realista y satírica como Boccaccio y un vasto drama cristiano como La Divina Comedia. En el Renacimiento se inician los tiempos modernos. Es el abrir de ojos del hombre irrespetuoso de lo sagrado pero en un mundo donde lo gótico y lo cristiano dejaron una honda huella en la historia europea. El mismo como parte importante de la historia europea, y particularmente italiana, estuvo pautado por una diversidad de propuestas arquitectónicas (palacios en estilo antiguo y catedrales góticas) y literarias (la literatura realista y satírica como Boccaccio y un profundo drama cristiano como La Divina Comedia). En otras palabras, el Renacimiento fue un complejo jardín en el cual convivieron contradictoriamente flores profanas con aquellas de origen cristiano. A su vez, en la Europa del siglo XVII se manifestaron adelantos científicos (el francés Descartes, el italiano Galileo, el holandés Huygens y el inglés Newton) e importantes creaciones artísticas en sus diferentes ramas. En la Europa del siglo XVII el filósofo Descartes es el que plantea que en el conocimiento no son las sensaciones, sino la razón la que desempeña el papel principal. Por consiguiente es partidario del racionalismo, doctrina que sostiene la primacía de la razón en el proceso cognoscitivo, la independencia de la razón respecto de las percepciones sensoriales. El filósofo francés reserva un lugar excepcional a la deducción. Para él son los axiomas las proposiciones de arranque de toda la ciencia. En la cadena lógica de la deducción que sigue a los axiomas, cada eslabón es también cierto. Mas para tener una representación clara y distinta de toda la cadena de eslabones de la deducción, se precisa una fuerza de memoria indefectible. Por ello, los principios evidentes o intuiciones tienen preferencia sobre los razonamientos de la deducción. Pertrechada con los medios ciertos de pensar -la intuición y la deducción-, la razón no puede lograr un conocimiento verdadero en todas las esferas sino en el caso que se guíe por un método cierto. Sobre estas premisas del racionalismo erige Descartes su doctrina metodológica, que expone en Discursos del Método, obra publicada en 1637. Con su método centrado en el empleo de la duda metódica, Descartes había inaugurado una manera diferente de situarse ante la realidad, una concepción de la filosofía y de la ciencia como no dependientes de ningún presupuesto teológico, sino perfectamente autónomas, guiadas solamente por el espíritu crítico: es decir, había separado la religión de la filosofía.Esta separación no tardó en resolverse en un ataque, más o menos violento, de la filosofía contra la religión; o más precisamente, del espíritu crítico contra las verdades dogmáticas y tradicionales. La herencia de Descartes, y sobre todo sus reglas y su método del buen filosofar, influyeron en diversa medida en personalidades de lo más variado, desde Spinoza a Locke y Bayle. Razón crítica y ciencia experimental: éstos fueron los dos instrumentos principales con que la cultura, en el siglo XVII y después en el XVIII, había comenzado a hacer palanca para derribar no sólo las verdades y concepciones tradicionales, difundidas por hábito y educación, sino el modo mismo de concebir el conocimiento y la indagación de la realidad, en un esfuerzo constante por sustituir con explicaciones racionales las creencias basadas en lo sobrenatural, lo misterioso o lo fantástico. En el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces, se manifiesta la onda expansiva generada por la Revolución Inglesa fundamentalmente la de 1688 y su Declaración de Derechos; la Ilustración francesa; los comienzos de la Revolución Industrial; el pensamiento económico liberal y la Ilustración alemana. En primer lugar, la onda expansiva generada por la Revolución Inglesa fundamentalmente la de 1688 y su Declaración de Derechos (que daban el triunfo al principio de la soberanía del pueblo proclamada en 1649), su sistema político y el ordenamiento constitucional salido de la misma, fue fuente de inspiración para el resto de Europa particularmente para Francia; además de la filosofía política de John Locke y la física y la mecánica de Newton. En segundo lugar, la Ilustración francesa. El fin de los ilustrados franceses era criticar la ideología feudal, las supersticiones religiosas y combatir por la tolerancia en materia de creencias, por la libertad de pensamiento científico y filosófico, por la razón y contra la fe, por la ciencia y contra la mística, por la libertad de investigación y contra su estrangulamiento en nombre de las autoridades particularmente religiosas, por la crítica y contra la apología. Los ilustrados franceses establecen la obligación de elegir entre la libertad desacralizadora y la total sumisión a los dogmatismos de la Iglesia Católica; entre el conocimiento científico y la fe religiosa. El racionalismo experimental, el empirismo, la confianza en la ciencia determinaron nuevas actitudes respecto a la religión, la sociedad y la política. En general, la renuncia y la crítica de las verdades metafísicas o absolutas eran expresión de una tendencia al relativismo y a la admisión de que la verdad cambia con el paso del tiempo y la diversidad de lugares, si bien en muchos casos los ilustrados franceses acabaron sustituyendo los antiguos dogmas religiosos con una nueva dogmática, basada precisamente en la razón, entendida como universalmente válida, o en la naturaleza, considerada inmutable y regida por leyes fijas. El progreso científico resultaba, para los ilustrados franceses, en cualquier caso, progreso de la verdad y de la felicidad. Se estaba así afianzando la convicción de que la ciencia estaba destinada a ocupar el puesto de la religión y de la filosofía para enseñar a los hombres la virtud y convertir la tierra en un paraíso. Los ilustrados franceses promocionaron una nueva interpretación de la historia, basada en una doble exigencia que era la aplicación de los supremos criterios de la razón al pasado y la cuidadosa investigación de las fuentes, es decir, del documento histórico. En realidad estas dos exigencias no eran fáciles de conciliar, ya que la primera podía conducir a emitir sobre el pasado unos juicios de condena inapelable, mientras que la segunda requería una paciente obra de estudio de las fuentes, respetuosa del pasado y de sus tradiciones. Sin embargo, había un elemento que sustentaba y en cierto modo conjugaba ambas exigencias que era fundamentalmente la concepción de progreso, como gradual conquista de modos de vida más razonables, como paulatino triunfo de las verdades sobre las tinieblas de la superstición y de la ignorancia. Este fundamental optimismo, que veía en la historia una línea ascendente, permitía invertir la vieja idea de una primitiva edad de oro o de un paraíso perdido, es decir, de la superioridad de los antiguos sobre los modernos, para afirmar otra concepción del desarrollo humano como paso, fatigoso y dramático, a unas formas de civilización cada vez más perfeccionados. De ello deriva una profunda convicción sobre la superioridad de los modernos respecto a los antiguos y, por consiguiente, el derecho de los modernos a juzgar el pasado. El interés hacia la problemática política fue algo primordial en toda la cultura ilustrada francesa, al menos en el sentido de que el principal impulso del pensamiento ilustrado fue el deseo de una organización mejor de la sociedad, más acorde con los nuevos ideales de justicia, libertad y humanidad y con el desarrollo de las ciencias y las técnicas. Es así que, en el campo político, la Ilustración francesa se expresó en formas originales mediante análisis empíricos sobre la vida social, la legislación, los sistemas fiscales y los ordenamientos civiles, sin perder de vista, naturalmente, la gran meta, que era esencialmente la construcción de una sociedad presidida por la razón. De ello derivaba para todos los Ilustrados franceses un particular interés hacia la legislación, es decir, hacia una concepción de la ley como momento supremo de igualdad entre los ciudadanos y máximo instrumento para la eliminación de las arbitrariedades y los privilegios. Aquella inspiración común racionalizante dejaba amplios márgenes, sin embargo, para una multiplicidad de posiciones sobre cada uno de los temas específicos. En especial, ante el problema del poder y del gobierno, el pensamiento político ilustrado francés ofreció tres soluciones diferentes: la primera, liberal-aristocrática; la segunda, despotismo ilustrado y la tercera, democrática. Sus respectivos representantes fueron Montesquieu, Voltaire y Rousseau. En tercer lugar, los comienzos de la Revolución Industrial. Una serie de circunstancias favorables originó en la Gran Bretaña del siglo XVIII el fenómeno de la primera "revolución industrial", que en los siglos siguientes caracterizaría toda la época contemporánea. Los factores que determinaron dicha revolución fueron, principalmente, el crecimiento de la población, la abundancia de mano de obra, la amplia disponibilidad de capitales y, en fin, toda una serie de perfeccionamientos técnicos, que inauguraron la era de las máquinas, capaces de explotar fuentes naturales de energía, en sustitución o como complemento de la energía humana o animal. Tampoco debe olvidarse la difusión de una cultura y una mentalidad empírica y pragmáticas, especialmente favorables al perfeccionamiento de los instrumentos y de los sistemas de producción. La revolución industrial generó importantes consecuencias en el plano social y económico. Los nuevos métodos suponían la neta separación entre la propiedad de los medios de producción y la fuerza de trabajo. Ello comenzó a determinar la crisis de las clases artesanales y la formación de un proletario incipiente a merced de los empresarios, por lo general mal pagado y obligado a horarios extenuantes. El uso de las máquinas introdujo la explotación de la mano de obra femenina e infantil, eliminando la necesidad de la especialización. En cuarto lugar, el pensamiento liberal, la total mutación de perspectivas económicas corresponde a las profundas transformaciones agrícolas y a los comienzos de la revolución industrial en Gran Bretaña, fue acompañada durante el siglo XVIII por un notable auge del pensamiento económico, que se orientó hacia la superación del mercantilismo, doctrina dominante durante todo el siglo anterior. Tanto la escuela fisiocrática, de origen francés como la llamada escuela económica clásica surgida en Gran Bretaña, se caracterizaron por una decidida reacción contra las teorías favorables al control estatal, contra la identificación de la riqueza de los estados con los metales preciosos acumulados y contra el proteccionismo y las trabas aduaneras. En la base de las nuevas doctrinas, preferentemente liberales, se hallaba la convicción -común al pensamiento ilustrado- de que era preciso defender el orden natural sin intervenciones artificiosas y arbitrarias; ni siquiera en economía, y la suposición optimista de que la utilidad del individuo debía redundar necesariamente en favor de la colectividad, aumentando el bienestar y las riquezas generales. En quinto lugar, la Ilustración alemana. La misma, también combate por la razón y por una filosofía apoyada en la razón; intenta también resolver el conflicto entre fe y razón en favor de esta última y defiende el derecho a la crítica científica de cuestiones juzgadas hasta entonces de exclusiva competencia de la religión. Pero, la ilustración alemana, más que arrancar a la religión derechos en favor de la razón busca la avenencia entre el saber y la fe, entre la ciencia y la religión. Es en este sentido, que su objetivo fundamental es una pedagogía de la razón crítica dentro de las categorías éticas. La escuela más influyente de la filosofía alemana del siglo XVIII es la de Christian Wolf, seguidor y divulgador de la filosofía idealista de Leibniz. Es así que, desde las consecuencias de la Revolución Inglesa pasando por los filósofos de la Ilustración en Francia como en Alemania hasta los comienzos de la Revolución Industrial y el pensamiento económico de cuño liberal; son cada uno ellos partes que componen el abanico histórico del que fue llamado Siglo de las Luces en el cual se elaboró un proyecto de modernidad emancipador de la sociedad. Con relación a esto último, Jürgen Habermas dice lo siguiente: El proyecto de modernidad formulado por los filósofos del iluminismo en el siglo XVIII se basaba en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y un arte autónomos y regulados por lógicas propias. Al mismo tiempo, este proyecto intentaba liberar el potencial cognitivo de cada una de estas esferas de toda forma esotérica. Deseaban emplear esta acumulación de cultura especializada en el enriquecimiento de la vida diaria, es decir en la organización racional de la cotidianeidad social. Para el sociólogo alemán, el proyecto de modernidad formulado por los filósofos del iluminismo del siglo XVIII se centraba en el desarrollo de una ciencia objetiva, una moral universal, una ley y la expansión de un arte autónomos como autorregulados; además este proyecto procuraba a la vez liberar el potencial cognitivo de cada una de estas esferas de toda forma esotérica y pretendían emplear esta acumulación de cultura especializada para hacer de la vida diaria una experiencia multicolor, es decir en la organización racional del diario vivir social. Habermas sigue diciendo:Los filósofos del iluminismo, como Condorcet por ejemplo, todavía tenían la extravagante esperanza de que las artes y las ciencias iban a promover no sólo el control de las fuerzas naturales sino también la comprensión del mundo y del individuo, el progreso moral, la justicia de las instituciones y la felicidad de los hombres. Los filósofos iluministas en su proyecto de modernidad, particularmente Condorcet, le adjudicaron a las artes y a las ciencias un status-rol de "grandes" impulsores tanto del control de las fuerzas naturales como de la comprensión del mundo y del individuo, el progreso moral, la justicia de las instituciones y la felicidad de los hombres. En otras palabras, las artes y las ciencias en el proyecto de modernidad de los iluministas tienen el papel de ser los animadores centrales, fundamentalmente en lo que hace al entendimiento de todo aquello que sea mejoramiento moral, justicia institucional y alegría de vivir del hombre. A su vez, en 1789 se produce la Revolución Francesa paridora de la llamada Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. En relación con esto, Touraine dice:Del dualismo cartesiano a la idea de derecho natural, y posteriormente a la obra de Kant, los siglos XVII y XVIII, a pesar de la fuerza creciente del naturalismo y del empirismo que anuncian el cientificismo y el positivismo del siglo XIX, están fuertemente marcados en el plano intelectual por la secularización del pensamiento cristiano, por la transformación del sujeto divino en un sujeto humano, que está cada vez menos absorto en la contemplación de un ser cada vez más oculto, y se convierte en un actor, en un trabajador y en una conciencia moral. Este período culmina en un gran texto: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, votada por la Asamblea Nacional el 26 de agosto de 1789. Su influencia sobrepasó la influencia de las declaraciones norteamericanas y su sentido es muy diferente del sentido del Bill of Rights inglés de 1689. Si el texto de la declaración es grande, esto no se debe solamente a que proclama principios que están en contradicción con los de la monarquía absoluta que en este sentido son revolucionarios, sino también a que marca el fin de los debates de dos siglos y otorga una expresión universal a esa idea de los derechos del hombre que contradice la idea revolucionaria. La declaración francesa de los derechos se sitúa en el punto de transición entre un período que estuvo dominado por el pensamiento inglés y el período de las revoluciones sometido al modelo político francés y el pensamiento alemán. Esa declaración es el último texto que proclama en el escenario público la doble naturaleza de la modernidad, construida a la vez de racionalización y de subjetivación, antes de que triunfen, durante un largo siglo, el historicismo y su monismo. Con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, para el sociólogo francés, se cierra un capítulo importante de la historia europea como lo fue el de los siglos XVII y XVIII y el texto de la importante Declaración pone de manifiesto de manera pública las dos caras de la modernidad, edificada a la vez de racionalización y de subjetivación. Alain Touraine nos sigue diciendo: Las revoluciones que eliminan la monarquía absoluta de Inglaterra de las antiguas colonias inglesas convertidas en los Estados Unidos de América y la monarquía absoluta de Francia se han definido, pues, atendiendo a la influencia del pensamiento de la Ilustración y del dualismo cristiano y cartesiano. El individualismo burgués, que habrá de sobrevivir a este período, combinó la conciencia del sujeto personal con el triunfo de la razón instrumental, el pensamiento moral con el empirismo científico y la creación de la ciencia económica, como ocurre con Adam Smith. La revolución francesa como revolución antimonárquica estuvo bajo el influjo del pensamiento de la Ilustración y del dualismo cristiano y cartesiano. A su vez, el individualismo burgués (que se manifiesta en la anteriormente señalada Declaración de 1789), hermanó la defensa de los derechos del hombre con el triunfo de la razón instrumental. Finalmente, Alain Touraine nos dice lo siguiente: Esto no ocurre todavía en el siglo XVIII, tanto predomina en él la lucha contra las tradiciones y los privilegios del Antiguo Régimen, antes de que las convulsiones producidas por la Revolución Francesa, el Imperio Napoleónico y la Revolución Industrial procedente de Gran Bretaña susciten la crisis romántica que pondrá fin a la firmada identidad de la experiencia interior y de la razón instrumental. Por eso la Declaración de los Derechos del Hombre es burguesa y al mismo tiempo defensora del derecho natural; su individualismo es afirmación del capitalismo y al mismo tiempo resistencia de la conciencia moral al poder del príncipe. Creación suprema de la moderna filosofía política, la Declaración de los derechos contiene ya en sí las contradicciones que van a desgarrar la sociedad industrial. En 1789 la lucha en Francia se centraba en abatir al Antiguo Régimen (la Monarquía absoluta) y todos sus privilegios feudales; esto hace que la Declaración de los Derechos del Hombre tenga la condición de ser burguesa y a la vez defensora del derecho natural (derecho innato); su individualismo es afirmación del capitalismo y a la vez resistencia de la conciencia moral al poder del príncipe. A su vez, la Declaración de 1789 alberga en su vientre las contradicciones que se manifestarán abiertamente en la sociedad industrial. El siglo XIX, en Europa es la época de la llamada Restauración, de las oleadas revolucionarias basadas en el liberalismo político como en el nacionalismo, de la revolución industrial y de la cuestión obrera. La época que, contraponiéndose a la de la revolución suele llamarse de la restauración, responde a dos orientaciones antagónicas: una, mirando hacia el pasado, se nutría de la utopía de un regreso puro y simple al mundo existente antes de 1789; la otra era consciente de las profundas e irreversibles transformaciones acaecidas en el cuarto de siglo. La reposición de las dinastías "legítimas" no impidió que surgiese y se afirmase en los pueblos la idea de nación, como consecuencia a la vez que reacción ante el expansionismo francés. Desde una primera confusa conciencia nacional alimentada por el culto romántico a la tradición popular, la idea se transformó progresivamente en una verdadera doctrina, pronto conectada con una corriente de pensamiento, el liberalismo. Estas dos directrices conviven no sólo en Francia, sino en toda Europa. La restauración no partía de un panorama uniforme por lo que hace a la estructura social y económica. La base social y productiva de Europa era todavía la tierra; pero el sistema económico revelaba los síntomas de un desequilibrio, debido a la rapidez de las transformaciones producidas por la revolución industrial, que había empezado a extenderse desde Gran Bretaña a Francia y a los Estados continentales, implicando un clima político y cultural contrario al Antiguo Régimen, e inspirado en un nuevo espíritu comercial y en la exaltación de las profesiones liberales. La reglamentación corporativa de las actividades productivas era incompatible con la lógica de la revolución industrial, que obedecía a las leyes del mercado y de la libre competencia. Las nuevas formas de organización económica originaron un creciente proletariado urbano con necesidades y aspiraciones también nuevas. La dinámica del sistema productivo, con sus frecuentes fluctuaciones en los precios y en la productividad, tuvo consecuencias negativas para las clases más bajas, menos protegidas, y contribuyó a hacer madurar un clima propicio a las explosiones revolucionarias. Es así que, en los últimos treinta años del siglo XIX en Europa, el desarrollo de la producción industrial, que había comenzado en el período de las guerras liberales y nacionales, alcanzó niveles nunca conocidos hasta entonces. En el origen de dicho desarrollo hay que buscar la cooperación de la industria, la tecnología y la ciencia, lo que permitió aplicar numerosos descubrimientos en el campo de la metalurgia, conduciendo al nacimiento de la industria química. En otras palabras, la Europa del siglo XIX experimenta un rápido proceso de modernización económica, que a su vez genera una importante consecuencia en el terreno intelectual. Con relación a esto último, A. Touraine dice:La Modernización Económica acelerada tuvo como principal consecuencia transformar los principios del pensamiento racional en objetivos sociales y políticos generales. Si los dirigentes políticos y los pensadores sociales de los siglos XVII y XVIII reflexionaban sobre el orden, la paz y la libertad en la sociedad, ahora, durante un largo siglo XlX, que se prolongó a buena parte del siglo XX, los pensadores transforman una ley natural en voluntad colectiva. El concepto de progreso es el que mejor representa esta politización de la filosofía de la Ilustración. Ya no se trata simplemente de permitir que avance la razón apartando lo que pueda ser un obstáculo a su marcha; hay que querer y amar la modernidad, hay que organizar una sociedad creadora de modernidad, una sociedad automotora. El acelerado proceso de modernización económica que experimentó Europa en el siglo XIX tuvo como principal derivación la modificación de los principios del pensamiento racional en objetivos sociales y políticos generales. Es así que, a diferencia de los dirigentes políticos y pensadores sociales de los siglos XVII y XVIII que meditaban sobre el orden, la paz y la libertad en la sociedad, los pensadores en el siglo XIX modifican una ley natural en decisión colectiva. Es en este sentido, que el concepto de progreso es el que mejor encarna esta politización de la filosofía de la Ilustración. Es entonces, que ya no es para nada suficiente con dejar que se desarrolle la razón limitándose a cortar y a sacar toda aquella "maleza" que frene su gran marcha triunfal; ahora esencialmente además de idolatrar a la modernidad hay que tener la inmensa voluntad política de estructurar una sociedad hacedora de modernidad. Es decir, una sociedad que se mueva a sí misma constantemente que mire hacia el futuro siempre luminoso. Alain Touraine sigue diciendo: Condorcet contaba con los progresos del espíritu humano para asegurar la felicidad de todos; en el siglo XIX, la movilización social y política y la voluntad de felicidad son las que obran como motores del progreso industrial. Hay que trabajar, hay que organizarse e invertir para crear una sociedad técnica generadora de abundancia y de libertad. La modernidad era antes una idea, ahora se convierte por añadidura en una voluntad, sin que se rompa el lazo entre la acción de los hombres y las leyes de la naturaleza y de la historia, todo lo cual asegura una continuidad fundamental entre el Siglo de las Luces y la era del progreso. En el siglo XIX, la movilización social y política y la voluntad de felicidad tienen el status – rol de ser los motores del progreso industrial. Así, trabajo, organización e inversión son las materias primas para la fabricación de una sociedad técnica productora de abundancia y de libertad. La modernidad en el siglo XVIII era una idea, ya en el siglo XIX se transforma por completo en una decisión esencialmente política estando firme el vínculo entre la acción de los hombres y las leyes de la naturaleza y de la historia, asegurando así una prolongación fundamental entre el siglo de las Luces y la era del progreso. Es en el siglo XIX, donde sobresale el llamado pensamiento historicista, este pensamiento asocia la modernización con el desarrollo del espíritu humano, el triunfo de la razón con el triunfo de la libertad, con la creación de la nación o con la victoria final de la justicia social. Con respecto a este pensamiento A. Touraine dice: El pensamiento historicista en todas sus formas está dominado por el concepto de totalidad, que remplaza el de institución, tan importante en el período anterior. Por eso, la idea de progreso ha querido imponer la identidad de crecimiento económico y de desarrollo nacional. El progreso es la formación de una nación entendida como forma concreta de la modernidad económica y social, como lo indica el concepto, sobre todo alemán, de economía nacional, pero también la idea francesa de nación, vinculada en el pensamiento republicano y laico con el triunfo de la razón sobre la tradición. La ideología escolar de la III República, que sólo se desvaneció en la segunda mitad del siglo XX, retomó este tema. La modernidad no está, pues, separada de la modernización, como ocurría en el caso de la filosofía de la Ilustración, sino que adquiere una importancia mucho mayor en un siglo en el que el progreso ya no es únicamente el progreso de las ideas, sino que se convierte en el progreso de las formas de producción y de trabajo, en las que la industrialización, la urbanización y la extensión de la administración pública afectan la vida de la mayoría. Es así que, la idea de progreso es entendida por parte del pensamiento historicista desde el concepto de totalidad, esto conduce a que crecimiento económico y desarrollo nacional conformen una identidad. El progreso es equivalente a la constitución de una nación que a su vez es sinónimo de modernidad económica y social, como bien lo señala el concepto, muy alemán, de economía nacional. A su vez, del lado francés, la idea de nación está en el pensamiento republicano y laico y se encuentra estrechamente asociada con el triunfo de la razón sobre la tradición. La modernidad pasa a estar unida a la modernización y esto se manifiesta como importante en el siglo XIX debido a que el progreso en este siglo se transforma particularmente en el progreso (adelanto) de las formas de producción y de trabajo. Es un tiempo, en que la industrialización, la urbanización y la extensión de la administración pública señalan la presencia modernizadora que como tal altera el diario vivir de las masas. Alain Touraine sigue diciendo: El historicismo afirma que el funcionamiento interno de una sociedad se explica por el movimiento que la lleva hacia la modernidad. Todo problema social es, en última instancia, una lucha entre el pasado y el futuro. El sentido de la historia es a la vez su dirección y su significación, pues la historia tiende al triunfo de la modernidad que es complejidad, eficacia, diferenciación y, por consiguiente, racionalización y también crecimiento de una conciencia que es ella misma razón y voluntad y que sustituye la sumisión al orden establecido y a las herencias recibidas. Para el historicismo, el funcionamiento interno de una sociedad se explica esencialmente por el movimiento que la lleva hacia la modernidad. Para este pensamiento, todo problema social es en el fondo una cruda lucha entre el pasado y el futuro. Es decir, entre lo viejo y lo nuevo. A su vez, la historia camina con paso seguro y a tambor batiente hacia el triunfo de la modernidad. Esta última, para el historicismo equivale a complejidad, eficacia, diferenciación y consecuentemente racionalización y además crecimiento de una conciencia que como tal conjuga razón y voluntad y que remplaza el sometimiento al statu quo y a las herencias recibidas. La transformación de las estructuras económicas, según los principios liberales, es el hecho dominante de la primera mitad del siglo XIX fundamentalmente en Inglaterra. Desde 1830 el orden liberal tiene que enfrentarse a quienes ha reducido a la servidumbre económica. Aparece entonces un sistema de organización político, social e ideológico sustentado en los intereses de la clase obrera como clase social, pero que aspira a una visión más amplia y profunda que la de los propios sindicatos. Así es que comienza a acuñarse el término socialismo en los medios obreros, como sistema que tiene como principio la igualdad de los hombres. Para el estudio de este movimiento social es imprescindible tener presente la realidad inglesa en los años 1830 a 1850. Se terminaba de transitar de un régimen aristocrático al estatuto democrático, y es en las grandes unidades industriales donde el problema social aparece en toda su dimensión. Es lógico que el partido liberal agregase las reformas sociales a su programa político, pero se va a manifestar impotente ante la movilización cartista que demanda una solución humana a la cuestión obrera. El problema obrero es el más importante que se le presenta a Inglaterra, siendo el primer país que modifica, en el siglo XVIII, su capitalismo comercial en industrial. A esto se le suma, el ser el primer país en encarar como algo público aquellos problemas que aquejan a la masa obrera, hija de la sociedad industrial. Las conquistas políticas de la burguesía la alejan terminantemente del pueblo. El desarrollo del crédito privado y público beneficia las inversiones, la construcción de ferrocarril y de centros industriales. Esto hace de la burguesía inglesa una clase dominante que se levanta contra el conservadurismo de los propietarios tories y contra el ímpetu de la clase obrera y sus organizaciones primarias. Los movimientos obreros, por su parte, acusan a la economía liberal de su situación económica, como resultado de la marcha sin ningún tipo de control con que se desarrollaba el capitalismo, puesto de manifiesto en el desprecio por el hombre y la inseguridad que esto generaba. Inglaterra fue la primera que contó con una masa trabajadora o proletariado numeroso y, a su vez, la primera en tratar de evitar su unión, reconociendo los grandes abusos de explotación. En la década 1830 – 1840, comienzan las movilizaciones huelguísticas, las que son duramente reprimidas. Las organizaciones sindicales fueron aceptadas en un principio, pero recién en 1871 es que se las reconoce con legalidad, dando inicio a una "legislación laboral" referente al trabajo de niños y mujeres, haciéndose más moderados los movimientos, pero tendientes a que los logros no fueran simplemente reivindicativos. Se puede afirmar que desde el punto de vista ideológico, este fue un período muy rico en cuanto a elaboración y generación de hechos. Podemos hacer la siguiente división en dos líneas de pensamiento: por un lado, el liberalismo particularmente el inglés (más centrada su reflexión en los problemas de orden económico), que planteaba que las leyes naturales que pautan la marcha de la modernidad capitalista no podían ser cambiadas; mientras que por otro se encuentra el llamado socialismo que cuestiona y condena la modernidad capitalista. La primera línea de pensamiento, el liberalismo inglés de la primera mitad del siglo XIX, entiende que hay que eliminar desde el poder político las interferencias del Estado (limitándolo al status – rol de juez y gendarme) y de los sindicatos en el funcionamiento del mercado además de aplicar políticas de índole laboral y económica que fortalezcan su funcionamiento, para que éste, en virtud de sus propios mecanismos autocorrectivos, conduzca a los individuos a una sociedad donde impere de manera amplia y profunda la libertad individual y la eficiencia en lo que hace a la asignación de bienes y recursos. Es decir, hacia un progreso indivisible e irreversible, progreso técnico, progreso del bienestar, progreso intelectual y progreso moral yendo a la par. La segunda línea de pensamiento: el socialismo, término éste que aparece recién a mediados del siglo XIX, con diferentes tendencias y repercusiones: socialismo utópico, anarquismo y socialismo científico. Pero, a su vez, todas estas tendencias que conforman el arcoiris socialista tienen varios puntos en común. En relación con este tema, Rudolf Rocker dice: A los socialistas de todas las tendencias les es común la convicción de que la presente organización social es una causa permanente de malestar y que a la larga no podrá persistir. Común es también a todas las tendencias socialistas la afirmación de que un mejor orden de cosas no puede ser producido por modificaciones de naturaleza política, sino sólo por una transformación radical de las condiciones económicas existentes, de manera que la tierra y todos los medios de la producción social no queden como propiedad privada en manos de minorías privilegiadas, sino que pasen a la posesión y a la administración de la comunidad. Sólo así será posible que el objetivo y la finalidad de toda actividad productiva sea, no la esperanza de la ganancia personal, sino la aspiración solidaria a dar satisfacción a las necesidades de todos los miembros de la sociedad. Para Rocker, lo que le es común a las diferentes tendencias socialistas es, el identificar como la causa de los males que experimenta el pueblo trabajador al orden capitalista y también la idea de que a largo plazo ese orden se derrumba. A esto se le agrega, la idea de que la instauración de un orden social y económico más justo sólo puede ser producido por transformaciones de carácter radical (estructurales) de las condiciones económicas existentes. Es decir, el pasaje de la tierra y todos los medios de producción de manos privadas (burguesas) a manos de la comunidad de trabajadores quienes serán los que administren. Con el objetivo y la finalidad, según Rocker, de que toda la actividad productiva tenga como deseo solidario el poder satisfacer las necesidades de todos los integrantes de la sociedad. En otras palabras, los elementos en común de las diversas corrientes socialistas son, tanto la condena al orden capitalista por someter a los proletarios a la explotación y a la miseria, como el derrumbe del mismo y el proponer un orden nuevo, fundamentalmente en lo económico, vía cambios estructurales en cuyo orden los proletarios (la mayoría) serán los más privilegiados en lo que se refiere a la distribución de la riqueza producida y controlada por ellos. No se comprendería la segunda mitad del siglo XlX en el viejo continente si no se mencionara el nacimiento de la llamada Asociación Internacional de Trabajadores (A.I.T.); a su vez, no se entendería el nacimiento de la mencionada asociación si la separamos de la realidad en la cual se gestó y que nos permite mostrar las voluntades profundas de las que ella se hizo eco. La ola de estallidos revolucionarios que sacude a Europa en 1848 se inicia en Paris, donde burgueses y proletarios terminan enfrentándose como fuerzas antagónicas. Se expande por los dominios de los Habsburgo en medio de revueltas separatistas y desórdenes populares. Se extiende a Alemania y a Italia contribuyendo a acelerar los movimientos nacionales de unificación e independencia. El proletariado participó de estas luchas nacionales, que transitoriamente hicieron pasar a segundo plano la idea internacional. En Italia se organizaron asociaciones de solidaridad obrera bajo la bandera de Mazzini y en Alemania los obreros intervinieron activamente en las luchas libradas en torno al problema nacional. La situación de Francia e Inglaterra era distinta, pues cuando surge el movimiento obrero ya hacía siglos que la unidad nacional estaba consolidada. La derrota de las revoluciones en Europa inaugura un lapso de doce años que presencia el debilitamiento de los movimientos obreros en la mayoría de los países. Sin embargo mientras decrecía el poder de la aristocracia terrateniente el poder de la burguesía iba en aumento y dominaba en Inglaterra, en Francia y en Bélgica. En Francia la derrota de la clase obrera paralizó sus energías. Los obreros volvieron a caer en el sectarismo, perfilándose dos corrientes. Una de ellas seguía a Blanqui, que aspiraba a tomar el poder mediante un golpe de mano de una resuelta minoría. La otra, mucho más poderosa, respondía a la influencia del pensador anarquista Proudhon, quien, fomentaba la existencia de los llamados Bancos de Intercambio encaminados a la obtención del crédito gratuito para los trabajadores. Bajo el segundo Imperio, ninguna organización política de obreros podía existir como tal abiertamente. Aunque los sindicatos eran ilegales subsistían bajo la apariencia de sociedades fraternales. Sin embargo, lentamente, las asociaciones obreras empezaron a crecer, en parte favorecidas por la política de Napoleón III, que concedió ciertas libertades sindicales. En mayo de 1864 Napoleón III derogó los artículos del Código Penal que impedían las coaliciones obreras formadas para conseguir mejoras en las condiciones de trabajo. Amenazado por la creciente oposición burguesa contra su régimen Bonaparte intentaba con esas medidas conseguir el apoyo de la clase obrera. En Inglaterra el cartismo había llegado a su ocaso definitivo. La escuela de Owen se iba convirtiendo en una secta religiosa de libres pensadores. Junto a ella, surgió el socialismo cristiano de Kingsley y Maurice, que nada quería saber de luchas políticas. Poco a poco las trade-unions se fueron encerrando en una actitud de indiferencia política, limitándose a bregar por reivindicaciones inmediatas. Esta táctica parecía bastarles en una fase de prosperidad económica como la iniciada a partir de los años 50 y se relacionaba con la hegemonía inglesa en el mercado mundial. Sin embargo, las trade-unions aún no estaban oficialmente reconocidas; su existencia no era demasiado segura, de hecho ni de derecho, y la masa de sus afiliados carecían del derecho político del sufragio. Por otra parte, el auge del capitalismo en el continente y, por consiguiente, la aparición de una clase obrera muy numerosa amenazaba a los trabajadores británicos con una competencia muy peligrosa. A esto se sumaron las consecuencias de la guerra de secesión norteamericana, provocando una crisis algodonera que precipitó en la miseria a los obreros textiles. Estos hechos iban a alertar a las trade-unions. Al respecto, Federico Engels dice lo siguiente: Cuando la clase obrera europea hubo recuperado las fuerzas suficientes para emprender un nuevo ataque contra el poderío de las clases dominantes, surgió la Asociación Internacional de los Trabajadores. Esta tenía por objeto reunir en un inmenso ejército único a toda la clase obrera combativa de Europa y América. No podía, pues, partir de los principios expuestos en el Manifiesto. Debía tener un programa que no cerrara la puerta a las tradeuniones inglesas, a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles, y a los lassalleanos alemanes. El surgimiento de la Asociación Internacional de los Trabajadores (en el año 1864) se da en un momento en la cual la clase obrera está lo suficientemente fuerte como para iniciar una nueva ofensiva contra el poderío de las clases dominantes. Además de que el objetivo de la Internacional es reunir en una sola y amplia columna a toda la clase obrera combativa de Europa y América. Para poder lograr esto, la Internacional tenía que levantar un programa lo suficientemente amplio para que ingresaran a la misma todas aquellas diversas corrientes de pensamiento que forman parte del mundo obrero. Con respecto, al nacimiento de la Internacional Marx dice: ...La Internacional fue fundada para remplazar las sectas socialistas o semisocialistas por una organización real de la clase obrera con vistas a la lucha. Los Estatutos iniciales y el Manifiesto Inaugural lo muestran a simple vista.La Internacional fue fundada con la clara intención de organizar un movimiento obrero real de cara a la lucha. La Internacional, una vez creada, tuvo sus apoyos principales en los sindicatos ingleses, el movimiento obrero francés y en los grupos de exiliados alemanes residentes en Londres. La importancia que tuvo la primera Internacional para los proletarios de Europa occidental y tiempo después para los proletarios de América a pesar de su corta vida como Asociación de Trabajadores es señalada por Engels de la siguiente manera: ¡Proletarios de todos los países, uníos! Sólo unas pocas voces nos respondieron cuando lanzamos estas palabras por el mundo, hace ya cuarenta y dos años, vísperas de la primera revolución parisiense, en la que el proletariado actuó planteando sus propias reivindicaciones. Pero, el 28 de setiembre de 1864, los proletarios de la mayoría de los países de la Europa occidental se unieron formando la Asociación Internacional de los Trabajadores, de gloriosa memoria. Bien es cierto que la Internacional vivió tan sólo nueve años, pero la unión eterna que estableció entre los proletarios de todos los países vive todavía y subsiste más fuerte que nunca, y no hay mejor prueba de ello que la jornada de hoy. Pues, hoy, en el momento en que escribo estas líneas, el proletariado de Europa y América pasa revista a sus fuerzas, movilizadas por vez primera en un solo ejército, bajo una sola bandera y para un solo objetivo inmediato: la fijación legal de la jornada normal de ocho horas, proclamada ya en 1866 por el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra y de nuevo en 1889 por el Congreso obrero de París. El espectáculo de hoy demostrará a los capitalistas y a los terratenientes de todos los países que, en efecto, los proletarios de todos los países están unidos. ¡Oh, si Marx estuviese a mi lado para verlo con sus propios ojos! La Asociación Internacional de los Trabajadores, sentó las bases de la organización internacional de los obreros para la preparación de la conquista de sus derechos sociales desde el seno de la modernidad capitalista contra la llamada burguesía que en ese modelo de modernidad resulta ser la gran beneficiaria principalmente en lo económico. En la segunda mitad del siglo XIX, además de la aparición en el escenario público europeo de la Internacional, la llamada Comuna de París (1871) fue uno de los acontecimientos más importantes de ese siglo; dado que, lo ocurrido en la ciudad luz generó un fuerte impacto en el orden político vigente del viejo continente y también una gran influencia política e ideológica, principalmente sobre la propia Internacional. En su Introducción al estudio de Marx sobre la guerra civil en Francia, Engels explica la génesis del movimiento popular que dio lugar a la Comuna: Durante la guerra, los obreros de París habíanse limitado a exigir la enérgica continuación de la lucha. Pero ahora, sellada ya la paz después de la capitulación de París Thiers, nuevo jefe del Gobierno, tenía que darse cuenta de que la dominación de las clases poseedoras –grandes terratenientes y capitalistas- estaba en constante peligro mientras los obreros de París tuviesen en sus manos las armas. Lo primero que hizo fue intentar desarmarlos. El 18 de marzo envió tropas de línea con orden de robar a la Guardia Nacional la artillería que era de su pertenencia, pues había sido construida durante el asedio de París y pagada por suscripción pública. El intento no prosperó; París se movilizó como un solo hombre para la resistencia y se declaró la guerra entre París y el Gobierno francés, instalado en Versalles. El 26 de marzo fue elegida, y el 28 proclamada la Comuna de París. El Comité Central de la Guardia Nacional; que hasta entonces había tenido el poder en sus manos, dimitió en favor de la Comuna, después de haber decretado la abolición de la escandalosa "policía de moralidad "de París. La Comuna de París surgió de un movimiento de las masas populares; nadie lo había preparado consciente y sistemáticamente. El que la población parisiense fuera empujada a la revolución y asaltara los cielos del poder burgués, se debió a las siguientes causas: Primera, la guerra franco alemana, provocada por la política francesa, que tenía por objeto impedir la formación de la unidad alemana; Segunda, el desempleo entre los trabajadores; Tercera, la ruina de la pequeña burguesía; Cuarta, la indignación del pueblo contra la alta clase y los jefes que se habían mostrado absolutamente incapaces; Quinta, una gran efervescencia en la clase obrera descontenta de su situación y tendiente a otro régimen social y Sexta, la conjunción reaccionaria de la Asamblea Nacional que hacía temer por la suerte de la Republica. Es así que, todas estas causas empujaron a la población parisiense a la revolución que hizo pasar el poder a las manos de la guardia nacional, de la clase obrera y de la pequeña burguesía. Era entonces, la primera vez que el proletariado moderno se erigía a la condición de dueño del poder político. Marx y Engels dicen: Dado el desarrollo colosal de la gran industria en los últimos veinticinco años, y con éste, el de la organización del partido de la clase obrera; dadas las experiencias prácticas primero, de la revolución de febrero, y después, en mayor grado aún, de la Comuna de París, que eleva por primera vez al proletariado, durante dos meses, al poder político... Antes de la Comuna de París el poder era detentado por los propietarios y los capitalistas, es decir, por sus hombres de confianza que formaban lo que se llama el Gobierno. Después de la revolución del 18 de Marzo, cuando el Gobierno de M. Thiers huyó de París con sus tropas, su policía y sus funcionarios, el pueblo quedó como único dueño de la situación y el poder pasó al proletariado (producto de la sociedad industrial y organizado como partido de clase) junto a sus aliados. Es así que, Marx dice lo siguiente: He aquí su verdadero secreto: la Comuna era, esencialmente, un Gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. Sin esta última condición, el régimen de la Comuna habría sido una imposibilidad y una impostura. La dominación política de los productores es incompatible con la perpetuación de su esclavitud social. Por tanto, la Comuna había de servir de palanca para extirpar los cimientos económicos sobre que descansa la existencia de las clases y, por consiguiente, la dominación de clase. Emancipado el trabajo, todo hombre se convierte en trabajador, y el trabajo productivo deja de ser un atributo de una clase. La Comuna, como Gobierno de la clase obrera, producto de la lucha de clases entre explotados y explotadores, es la gran palanca política que permite conquistar la modernidad comunista. Es decir, la sociedad sin clases y sin Estado.
Finalmente, Lenin dice: Mas, pese a todos sus errores, la Comuna constituye un magno ejemplo del más importante movimiento proletario del siglo XIX. Marx concedió un gran valor al alcance histórico de la Comuna: si cuando la pandilla de Versalles emprendió la traicionera tentativa de apoderarse de las armas del proletariado parisiense, los obreros se las hubiesen dejado arrebatar sin lucha, la funesta desmoralización que semejante debilidad hubiera sembrado en las filas del movimiento proletario habría sido muchísimo más grave que el daño ocasionado por las pérdidas que sufrió la clase obrera en el combate por la defensa de sus armas. Por grandes que hayan sido las pérdidas de la Comuna, la significación de ésta para la lucha general del proletariado las ha compensado: la Comuna puso en conmoción el movimiento socialista de Europa, mostró la fuerza de la guerra civil, disipó las ilusiones patrióticas y acabó con la fe ingenua en los anhelos nacionales de la burguesía. La Comuna enseñó al proletariado europeo a plantear en forma concreta las tareas de la revolución socialista. La Comuna de Paris, significó para el proletariado europeo del siglo XIX una experiencia fracasada pero real de gobierno obrero y que por ser real en los hechos cuestionó y puso en jaque a una modernidad como la burguesa que se presentaba a sí misma como algo natural y eterna en el tiempo, considerando utópico y criminal todo tipo de planteo que viniese de la clase proletaria con aires de alternativo en lo político y fundamentalmente a nivel económico a su racionalidad; que, por otra parte, no tiene otro fin que el lucro. El socialismo, después de la Comuna, pasó a llamarse socialismo científico alemán, quedando a un costado la corriente anarquista de Proudhon y el blanquismo. A su vez, para la burguesía francesa la derrota de la Comuna significo conjurar por diez años el espectro socialista. Hasta principios del año 80 no se despertó en Francia el socialismo. En 1889 se fundó en Paris la llamada Segunda Internacional. En el transcurso del período comprendido entre la disolución de la Primera Internacional y la fundación de la Segunda, se celebraron varios Congresos obreros, socialistas y sindicales, que no tenían, sin embargo, ninguna base común. En 1889, con motivo de la Exposición Internacional de París, se reunirán en esta ciudad dos magnos Congresos socialistas convocados por los posibilistas el uno y por los marxistas el otro, cuyo resultado fue la fundación de la Segunda Internacional. En este Congreso se adoptó el principio de la jornada internacional del 1º de Mayo. La Segunda Internacional, en su primera etapa (1889 a 1896) se centró en establecer una línea de demarcación precisa entre el socialismo y el anarquismo. En su segunda etapa (1896 a 1904) se centra en fijar los principios de la lucha de clases y la actitud de los partidos socialistas con respecto a los gobiernos burgueses. En suma, la Segunda Internacional marca la época de la preparación del terreno para una amplia extensión del movimiento socialista entre las masas proletarias en una serie de países. A su vez, el socialismo de la Segunda Internacional, conlleva en sí, la noción de progreso. El sociólogo A. Touraine dice:La idea de progreso ocupa un lugar medio, central, entre la idea de racionalización y la de desarrollo. La primera idea otorga la primacía al conocimiento, la segunda a la política; el concepto de progreso afirma la identidad entre medidas de desarrollo y triunfo de la razón, anuncia la aplicación de la ciencia a la política y, por consiguiente, identifica una voluntad política con una necesidad histórica. Creer en el progreso significa amar el futuro, a la vez ineluctable y radiante. Esto es lo que expresó la II Internacional, cuyas ideas se difundieron por la mayor parte de los países de Europa occidental al afirmar que el socialismo surgiría del capitalismo cuando hubiera agotado su capacidad de crear nuevas fuerzas productivas y al hacer, al mismo tiempo, un llamamiento a la acción colectiva de los trabajadores y a la intervención de los elegidos que los representan. En el socialismo de la Segunda Internacional, la noción de progreso se encuentra presente en la idea de que el primero aflora desde las entrañas del capitalismo en el momento en que este hubiera agotado su capacidad de crear nuevas fuerzas productivas y al hacer, al mismo tiempo, una invocación a la lucha en común de los trabajadores y a la intervención de los elegidos que los representan. Touraine sigue diciendo:Según esta visión, los conflictos sociales son ante todo los conflictos del futuro contra el pasado, sólo que la victoria del primero quedará asegurada no únicamente por el progreso de la razón sino también por el éxito económico y el éxito de la acción colectiva. Esta idea está en la médula de todas las versiones de la creencia en la modernización. La visión de que el progreso tiene un rostro socialista lleva a que los conflictos sociales sean presentados, en este caso por la Segunda Internacional, como antagonismos entre el futuro contra el pasado. A su vez, para que el futuro tenga la victoria en el bolsillo es absolutamente necesario que con el progreso de la razón se dé también el triunfo económico y el triunfo de la acción colectiva. Es decir, el avance del conocimiento, la abundancia económica y el logro de las metas políticas por parte de las masas obreras organizadas. En suma, para la Segunda Internacional, el progreso es sinónimo de socialismo y el socialismo sinónimo de futuro luminoso y para que la victoria de esta luminosidad se encuentre asegurada es necesario el avance del conocimiento, la abundancia económica y el logro de las metas políticas por parte de las masas obreras organizadas. El siglo XIX europeo está pautado también por el fenómeno colonialista e imperialista. El año 1870 marcó para Europa el inicio de un largo periodo de paz, destinado a prolongarse hasta las puertas de la Primera Guerra Mundial. Si de 1854 a 1870 se habían librado dieciséis guerras, en los últimos treinta años del siglo XIX Europa no registró ningún conflicto militar digno de mención. La crisis que tuvo lugar en los Balcanes de 1876 a 1878 no se resolvió tanto por las armas como por los esfuerzos de la diplomacia europea encabezada por Bismarck. El canciller alemán logró, a través de un sistema de alianzas y de acuerdos mantener un equilibrio precario pero duradero, impidiendo la formación de Bloques Contrapuestos; pero el éxito de Bismarck al congelar las tensiones europeas se obtuvo a expensas del resto del mundo, que precisamente en aquellos años fue escenario de luchas continuas y objeto de reparto entre las grandes potencias. Era imposible controlar el sentimiento de ardiente nacionalismo que, derivado del espíritu democrático y liberal de los años de las revoluciones nacionales, conformaba la mentalidad de la clase dirigente y de las poblaciones de toda Europa. La fe innata en las concepciones nacionalistas, si bien podía hacer de catalizador para la potenciación política y económica de los Estados europeos, no podía permanecer ya en sus angostos confines o verse sofocada por las maniobras diplomáticas del sistema bismarckiano. El historiador uruguayo, Vivian Trías, dice lo siguiente:Entonces las revoluciones burguesas eran económica y políticamente liberales, nacionalistas y románticas. Esa etapa se agota en el último cuarto del siglo XIX, con la transformación del capitalismo liberal en monopolista e imperialista. El nacionalismo se convierte en una ideología de expansión, de conquista de colonias y de áreas de influencia. Sufre un proceso de perversión y envilecimiento, asume pautas "chauvinistas", agresoras, y exasperadas militaristas, racistas, blande un orgullo nacional prepotente que no afirma tanto la propia nacionalidad como desprecia y trata de avasallar a las otras. El nacionalismo cambia dialécticamente de signo; de progresista se trastoca en reaccionario. El nacionalismo, basado esencialmente en la voluntad de poder y en la ética de la guerra, planteaba inevitablemente el problema de un desahogo en el exterior, muy pronto canalizado hacia la expansión colonial. Esta podía considerarse como una lucha por la vida, que permitía a una nación demostrar ante las demás sus preeminencias físicas e intelectuales; se tendría así una confirmación de las teorías, difundidas en Alemania, sobre razas dominantes e inferiores, y se corroboraría el sentimiento de superioridad de los ingleses al que, cada vez con mayor frecuencia, se apelaba en Gran Bretaña. En Rusia, el nacionalismo, frustrado en sus ambiciones mediterráneas, apuntaba a rehacerse en el Extremo Oriente a expensas de China. Francia, humillada por la derrota en la guerra franco- prusiana e incapaz por el momento de recuperar los territorios perdidos en Alsacia-Lorena, empezó a mirar a África como el sector adecuado para revalidar su condición de gran potencia. El historiador compatriota, V. Trías sigue diciendo: En Inglaterra surge por primera vez la nueva formulación -puesto que es la primera en construir un gran imperio-, cuando Kipling justifica su expansión imperial con su white man`s burden (la carga del hombre blanco). Encubre la explotación de los pueblos sometidos con una pretendida misión civilizadora y evangelizante. La difusión del espíritu nacionalista hizo que los pueblos tomaran una más clara conciencia de sí mismos, de sus características y, por lo tanto, de sus responsabilidades. Un pueblo para ser grande debía proponerse una misión, identificada con frecuencia con el deber de llevar la cultura occidental a las poblaciones no europeas. Los hombres blancos debían soportar ahora, como sostenía el escritor inglés Rudyard Kipling, la "carga" de extender por todo el mundo las formas materiales y espirituales de su civilización. Las poblaciones africanas y asiáticas debían ser "despertadas" y conducidas al sistema de vida que había probado ser el mejor tanto en el terreno político en el científico, y sobre todo, en el económico. El sentimiento de superioridad de los blancos estaba asociado al gran progreso económico que en aquellos años había efectuado Occidente. Es así que, nacionalismo y orgullo racial se alimentaban con los progresos de la economía, que inducía a la expansión y al mismo tiempo se ponía a su servicio. El desarrollo industrial fue tal que, si bien en 1870 en Gran Bretaña podía ser considerada como la potencia que detentaba la hegemonía económica de Europa y de todo el mundo, sólo diez años después se encontraba igualada y superada en algunos sectores por naciones como Alemania y los Estados Unidos. En este magno proceso de crecimiento y reestructuración del sistema económico occidental deben buscarse las causas profundas de la expansión colonial. Los últimos treinta años del siglo XIX conocieron un gran desarrollo productivo, pero al mismo tiempo se caracterizaron por una relevante y prolongada crisis, que bajo el nombre de "gran depresión "se prolongó hasta principios del siglo XX. En este período, aunque el volumen de la producción, de los intercambios y de las inversiones fue superior en mucho al de los años precedentes, se registró sin embargo una clara disminución de las tasas de incremento en todas las ramas de la actividad económica, debida esencialmente a la falta de salidas suficientes para absorber las mercancías y los capitales acumulados. El sistema productivo occidental se encontró por tanto frente a la necesidad de reestructurar por completo sus bases, condición indispensable para no incurrir en un auténtico desastre económico. La reconversión del sistema capitalista ante la crisis de superproducción de 1873, hizo perder la esperanza a muchos, de que, ante su contradicción básica, el sistema capitalista se tambaleara y estuvieran las condiciones para su desaparición. Es así que, nada de esto sucedió, al contrario, se operó el tránsito del capitalismo premonopolista, con el dominio de la libre empresa, al capitalismo monopolista o imperialismo. El capitalismo premonopolista, con el dominio de la libre competencia, alcanzó su punto culminante en las décadas del 60 y el 70 del siglo XIX. Durante el último tercio del siglo XIX se operó el tránsito del capitalismo premonopolista al capitalismo monopolista. El capitalismo monopolista o imperialismo representa la fase superior del capitalismo; su rasgo distintivo fundamental es la suplantación de la libre competencia por la dominación de los monopolios. Es entonces que, según la clásica definición de V. I. Lenin, los rasgos económicos fundamentales del imperialismo son: 1) la concentración de la producción y del capital llega hasta un grado tan elevado de desarrollo, que crea los monopolios, los cuales desempeñan un papel decisivo en la vida económica; 2) la fusión del capital bancario con el industrial y la creación, en el terreno de este "capital financiero", de la oligarquía financiera; 3) la exportación de capitales, a diferencia de la exportación de mercancías, adquiere una importancia particularmente grande; 4) se forman asociaciones internacionales monopolistas de capitalistas, las cuales se reparten el mundo, y 5) ha terminado el reparto territorial del mundo entre las potencias capitalistas más importantes. El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más importantes.La crisis, planteada por primera vez en 1873, estimuló en ciertos sectores, la concentración de la producción en pocas pero gigantescas empresas industriales. En los países europeos, esencialmente en Alemania y en Gran Bretaña, en los Estados Unidos y en el Japón empezaron a formarse a un ritmo cada vez más rápido los trusts y los grandes cárteles de las industrias, los cuales, acaparando el aprovisionamiento de materias primas, los transportes y la mano de obra, y bajando metódicamente los precios, provocando la ruina o la sumisión a su supremacía de las empresas ajenas a ellos. Nacían así, auténticos imperios económicos que controlaban completamente las principales ramas de la actividad productiva, como las del acero, de los productos químicos, de los tejidos, de las fuentes energéticas. Paralelamente al sector industrial, el bancario experimentaba un fenómeno similar. Los principales bancos se anexionaban o controlaban gran número de instituciones menores y tendían acaparar progresivamente la totalidad del aparato financiero del Estado. La industria perdió entonces su libertad de movimiento en la búsqueda de créditos y empezó a depender estrechamente de los capitales de los bancos. La división entre capital bancario e industrial iba desapareciendo dando lugar, con la unión de los bancos y las industrias, a un nuevo capital mucho más pujante, el financiero. Eran los principios del monopolio y no los de la libre competencia los que se estaban convirtiendo en la base de las economías de los diferentes Estados, los cuales, decretando al mismo tiempo la desaparición del librecambismo y la adopción del sistema proteccionista, contribuyeron a cambiar definitivamente el aspecto del capitalismo. La gran producción de cereales a bajo precio que había ido desarrollándose en los países extraeuropeos, como los Estados Unidos y Argentina, y el miedo a que su exportación masiva pudiera minar completamente el equilibrio económico de los Estados europeos incitó a adoptar el proteccionismo. Pero estas medidas defensivas se hicieron muy pronto necesarias también en el campo industrial, donde, a pesar de la creciente expansión, existían todavía notables desniveles en el grado de desarrollo y de competencia entre las grandes industrias nacionales. El proteccionismo, además de fomentar la industria existente, potenció la aparición de otras, contribuyendo así, a su vez, a prolongar aquella crisis que derivaba de un incremento de la producción superior a la capacidad de absorción de los mercados. Estando ya Europa cerrada por barreras aduaneras, las potencias tuvieron que buscar en otra parte las salidas para sus productos. La Gran Bretaña, la única gran potencia que había permanecido fiel al librecambismo, se vio obligada a recurrir a la penetración en países extraeuropeos. El proteccionismo en Europa la había puesto en una situación crítica en lo que hace a su economía. Los ingleses se dedicaron, entonces, a estimular las inversiones en el extranjero, especialmente en las áreas coloniales. Gran Bretaña ya había hecho de la India (como de sus otras posesiones) una colonia económica y de América meridional una zona de inversiones e intercambios privados. La ampliación de las actividades coloniales estaba indudablemente unida al hecho de que todo cuanto Gran Bretaña había invertido en aquellos lugares estaba dando sus frutos; pero la carrera por el reparto del mundo, en la que la Gran Bretaña de finales de la época victoriana participó antes que nadie, seguida muy pronto por el resto de las potencias, revestía caracteres muy distintos a los de la época colonial anterior. La pura y simple búsqueda de mercados, natural en las crisis de superproducción y agudizada por la adopción de sistemas proteccionistas, no basta para definir cumplidamente la lógica del imperialismo. Es necesario remontarse, como bien entendió Lenin, a las nuevas estructuras de tipo monopolista que todos los Estados industriales estaban realizando. Los grandes monopolios en formación debían asegurarse un rendimiento continuo e invertir en áreas ventajosas el exceso de capitales que su gran vitalidad económica les permitía acumular. En Europa esto no era posible, tanto por el bajo nivel de los precios, como porque la ampliación del mercado interior, único que las barreras proteccionistas dejaban disponible, implicaría el aumento de la capacidad adquisitiva de las masas obreras y por lo tanto una nueva alza de sus salarios y la mejora de sus condiciones de vida; ello suponía la renuncia de los grandes industriales a una buena parte de sus beneficios, a lo que, evidentemente no estaban dispuestos. El crecimiento y el refuerzo de los grandes trusts no podía, por tanto, verificarse sino a expensas de los territorios extraeuropeos, donde la tierra a buen precio, los salarios bajos, las materias primas a bajo coste y la facilidad de asumir posiciones monopolistas hacían prever inversiones altamente rentables. La posesión exclusiva de regiones ricas en materias primas constituía una necesidad cada vez más esencial para los grandes grupos económicos; era el arma más eficaz para desbaratar la competencia interior y la internacional. Pero aún era más necesario en la medida en que el proceso de concentración tendía a crear conjuntos que reunían en una única empresa diversas ramas industriales que, partiendo de la materia prima, comprendían las sucesivas fases de elaboración. Los ingleses en Egipto y los rusos en Turkestán se dedicaron a intensificar y extender la producción del algodón, con el fin de monopolizarlo y crear un trust textil que concentrara en sus manos todas las etapas de su elaboración. Cuanto más se desarrollaba el proceso de formación de los monopolios, más aumentaba la carrera por la conquista de nuevos territorios. Para que los beneficios de las inversiones fuesen más seguros y rápidos y el control sobre las materias primas exclusivo, los inversores debían llegar los primeros a ciertas zonas. Los monopolios sólo podían prosperar si lograban mantener intactas sus posiciones privilegiadas; la expansión imperialista debía convertirse en una auténtica carrera con vistas al acaparamiento de cuantos territorios fuese posible. Aunque éstos no prometieran una explotación inmediata, podrían revelarse más adelante ricos en recursos y, por lo tanto, no debían descuidarse corriendo el riesgo de dejarlos en manos de futuros competidores. Sin embargo, la unión de los diversos grupos económicos y las clases políticas que hubieran debido proceder a la actuación práctica del expansionismo colonial no fue inmediata. Fueron necesarios los últimos treinta años del siglo para que el momento económico coincidiera con la praxis política del fenómeno imperialista. Su mismo comienzo no fue contemporáneo en todos los países incluidos los europeos. En suma, el imperialismo surge como respuesta a la crisis económica de 1873 – 1875 y demuestra su eficacia en la consolidación y defensa del sistema capitalista mundial, al costo de intensificar la explotación de los países coloniales y dependientes. Es decir, a las poblaciones de estos países. Alain Touraine se refiere a los siglos XIX y XX: La historia de los siglos siguientes es la de la creciente separación de estos dos principios tan fuertemente asociados en el pensamiento de Locke: la defensa de los derechos del hombre y la racionalidad instrumental. Cuando más esta racionalidad construye un mundo de técnicas y de poder, más se aparta la invocación a los derechos del hombre (primero en el movimiento obrero, luego en otros movimientos sociales) de la confianza en la razón instrumental. La humanidad impulsada por el progreso se pregunta si no pierde su alma, si no la vende al diablo al adquirir la dominación de la naturaleza. Finalmente, si la modernidad del siglo XVIII fue un proyecto de sociedad basado en un concepto de razón no ceñido a la razón instrumental, sino dando igual significación a la razón moral y estética, durante todo el siglo XIX europeo se asistió a un proceso en el cual lo racional se transforma en lo racional instrumental. La sociedad europea occidental en el siglo XIX está forjada, como tal, a imagen y semejanza de la clase burguesa. Es decir, el modo de producción imperante en las naciones modernas europeas es el modo burgués de producción. La modernidad tiene rostro capitalista. 1.2. La modernidad occidental desde la mirada de Max Weber La concepción clásica de la modernidad se centra en la construcción de una imagen racionalista del mundo, que integra el hombre en la naturaleza y que desestima todas las formas de dualismo del cuerpo y del alma, del mundo humano y del mundo trascendente. La sociedad moderna es entendida, por esta concepción de la modernidad, como una sociedad racionalizada. Es decir, como un sistema social autoproducido, autocontrolado y autorregulado. Así se instala la noción de que el actor y el sistema tienen una perspectiva reciproca. Con relación a esto ultimo, dice Touraine: Esta concepción clásica de la modernidad, que dominó a Europa y luego al conjunto del mundo occidentalizado antes de retroceder ante las criticas y la transformación de las practicas sociales, tiene como tema capital la identificación del actor social con sus obras y su producción, ya se trate del triunfo de la razón científica y técnica, ya se trate de las respuestas racionalmente aportadas por la sociedad a las necesidades y a los deseos de los individuos.La concepción clásica de la modernidad solo tiene en cuenta al individuo en su carácter de funcionario, productor y ciudadano. La misma, apuesta a la unidad del hombre y la sociedad. El aporte individual es valorado positivamente por esta concepción de la modernidad si la conducta del hombre en su vida pública y privada resulta útil para el progreso de la razón objetiva en la sociedad. A su vez, hay una serie de conceptos que son claves en la sociología weberiana y que definen la concepción clásica de la modernidad. Según Touraine:Reconozcamos pues el vigor y hasta la violencia de la concepción clásica de la modernidad. Esta concepción fue revolucionaria, como toda apelación a la liberación, como todo repudio de compromiso con las formas tradicionales de organización social y de creencia cultural. Hay que crear un nuevo mundo y un hombre nuevo volviendo las espaldas al pasado, a la Edad Media, y tornando a encontrar en los antiguos la confianza en la razón sin dejar de dar una importancia central al trabajo, a la organización de la producción, a la libertad de los intercambios mercantiles y a la impersonalizada de las leyes. Desencanto, secularización, racionalización, autoridad racional legal, ética de la responsabilidad: los conceptos de Max Weber, que han llegado a ser clásicos, definen perfectamente esta modernidad... En la sociología de Max Weber se amplía la concepción de un pujante ascenso de la modernidad, racionalización y secularización, que destruye todo lo referente a esencias, pertenencias y creencias. Esta idea expone la concepción clásica de la modernidad. Es decir, la lucha histórica de las luces contra la tradición y del racionalismo instrumental contra la expresividad comunitaria. Así los conceptos clave de la sociología de Max Weber (desencanto, secularización, racionalización, autoridad racional legal, ética de la responsabilidad) precisan o aclaran esa concepción clásica de la modernidad que domino a Europa y después al conjunto del mundo occidentalizado. Con respecto, a la modernidad desde la visión de Weber, Albrecht Wellmer dice lo siguiente: Weber continúa, de algún modo, la tradición de sus predecesores del siglo XIX cuando analiza la transición hacía la modernidad como un proceso de racionalización; un proceso de racionalización, sin embargo, en el que las ciencias sociales están destinadas a jugar un papel cada vez más importante. Al mismo tiempo, a través de su análisis de los correlatos institucionales de racionalización progresiva -economía capitalista, burocracia y ciencia empírica profesionalizada-, demuestra que la "racionalización" de la sociedad no lleva ninguna perspectiva utópica, sino que parece que conduce más bien a un encarcelamiento en aumento del hombre moderno en sistemas deshumanizados de un nuevo tipo... El sociólogo alemán Max Weber presentó el proceso de racionalización del mundo hacía la modernidad como la institucionalización de la racionalidad instrumental carente de su trasfondo normativo en los sistemas económicos y administrativo (su tesis sobre la pérdida de libertad) y como la división de una concepción del mundo centrada en la religión en tres esferas contrapuestas de valores: moralidad, ciencia, y arte (su tesis sobre la pérdida de significado). El proceso de racionalización del mundo se inicia para Weber con la racionalización cultural de las visiones del mundo religiosas. El sociólogo alemán, J. Habermas dice lo siguiente: En un análisis de la actualidad Weber se atiene más que en ninguna otra parte a la perspectiva teórica desde la que la modernización se presenta como una prosecución del proceso histórico universal de desencantamiento. La diferenciación de esferas culturales de valor autónomas, que es importante para la fase de nacimiento del capitalismo, y la independización de los sistemas de acción racional con arreglo a fines, que caracteriza desde el siglo XVIII al desarrollo de la sociedad capitalista, son las dos tendencias que Weber funde en una crítica de la actualidad de tono existencialista e individualista. El primer componente puede expresarse en la tesis de la pérdida de sentido y el segundo en la tesis de la pérdida de libertad. El sociólogo alemán, Habermas hace una división del diagnóstico weberiano en las tesis de la pérdida de sentido y la pérdida de libertad del individuo en la modernidad. En tanto la primera hace referencia principalmente a la racionalización cultural -el retiro de la ética a un ámbito irracional y su contradicción con las órdenes y esferas de valor del mundo y la incompatibilidad de esferas de valor-; la segunda está formulada en relación a la racionalización social que es el monopolio de la racionalidad formal como única forma de racionalidad posible para organizar la vida social y a su institucionalización en la economía de mercado, el Estado racional – legal y en el derecho formal moderno. El sociólogo alemán, Habermas sigue diciendo: Bajo la rúbrica de "nuevo politeísmo" Weber expresa la tesis de la pérdida de sentido. En ella se refleja la experiencia del nihilismo, típica de su generación, que Nietzsche había dramatizado de forma tan impresionante. Pero más original que la teoría es la fundamentación que le da Weber recurriendo a una dialéctica que supuestamente está ya contenida en el propio proceso de desencantamiento vehiculado por la historia de las religiones, esto es, en el proceso mismo de alumbramiento de las estructuras de conciencia modernas: la se disocia en una pluralidad de esferas de valor destruyendo su propia universalidad. Esta pérdida de sentido la interpreta Weber como el desafío existencial ante que se ve el individuo de reconstruir en el ámbito privado de su propia biografía, con el arrojo que la desesperación produce y con la absurda esperanza del desesperado, la unidad que ya no cabe reconstruir en los órdenes de la sociedad. Pues la racionalidad práctica, que liga racionalmente con arreglo a valores las orientaciones de acción racionales con arreglo a fines dotándolas así de cimentación, sólo puede encontrar ya su lugar, si no en el carisma de nuevos dirigentes, en la personalidad del individuo solitario; al propio tiempo, esta autonomía interior, una autonomía que es menester afirmar heroicamente, está amenazada porque dentro de la sociedad moderna ya no se encuentra ningún orden legítimo capaz de garantizar la reproducción cultural de las correspondientes orientaciones valorativas y de las correspondientes disposiciones a la acción. Para Weber, la llamada pérdida del sentido se basa en que la racionalización de las visiones del mundo centradas en una ética de salvación implicó una fragmentación de la cultura en las esferas científicas, moral y estético–expresivas. Puesto que Weber entendió que los ordenes del mundo (economía, política, ciencia), eran irreconciliables con una ética de convicción basada en principios, la moral debía pasar a ser confinada al ámbito privado y el individuo aislado y heroico debía decidir a cual de los dioses se entregaba. A la ética de convicción privatizada e incapaz de resolver cuestiones públicas, Weber opone una ética de responsabilidad desencantada incapaz de dirimir en última instancia sobre cuestiones práctico-morales contrapuestas: los valores esenciales y más sublimes se han retirado de la vida pública. Con la moral privatizada, la cultura pasa a ser interpretada a través de las otras esferas dos esferas de valor, la cognitiva-instrumental y la estético-expresiva, que son también para Weber irreductibles. Es así que, la cultura moderna pasa a ser una cultura dominada por especialistas sin espíritu y por sensualistas sin corazón. En lo que respecta, a la visión weberiana de la pérdida de libertad del individuo en la modernidad, Richard J. Bernstein dice lo siguiente: Weber sostenía que la esperanza y expectativa de los pensadores de la Ilustración eran una ilusión amarga e irónica. Estos mantenían una conexión necesaria y fuerte entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad, y la libertad humana universal. Pero una vez desenmascarado y comprendido, el legado de la Ilustración fue el de la Zweckrationalität -de la racionalidad instrumental- deliberada. Esta forma de racionalidad afecta e infecta todo el campo de la vida social y cultural abarcando las estructuras económicas, la ley, la administración burocrática, e incluso las artes. El crecimiento de la Zweckrationalität no conduce a la realización concreta de la libertad universal, sino a la creación de una "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática de la que no hay modo de escapar. Es así que, para Weber, el sueño de la Ilustración (de que hubiera un fuerte vínculo entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad, y la libertad humana universal) en los hechos no pasó de ser un lindo sueño propio de una noche de verano o peor aún se metamorfosea en la pesadilla infernal de la jaula de hierro de una sociedad en que sus fundamentales sistemas de organización como la burocracia, el derecho moderno y la empresa capitalista, se encuentran dirigidos por una racionalidad estrictamente técnica, ante la cual, cualquier tipo de pautas ajenas a la misma se las entiende como utópicas y atentatorias contra su propia eficacia. Dado este panorama, Weber no consideró, que una sociedad socialista fuera realmente una alternativa radical a la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática imperante en el capitalismo. En relación con este tema, Reinhard Bendix nos dice lo siguiente: A quienes confiaban en que una futura sociedad socialista obraría una transformación radical, Weber les advertía que, en una sociedad planificada centralmente, las tendencias burocráticas alcanzarían un nivel más alto aún. La división del trabajo y el empleo de aptitudes especializadas, en la administración, aumentarían hasta tal punto que cabía vislumbrar como remate una "dictadura de los burócratas", más verosímil que la "dictadura del proletariado".Para Weber, la sociedad socialista no sería una alternativa radical a la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática, dado que la misma, al ser una sociedad planificada centralmente, la organización burocrática sería omnímoda y omnipotente. Es decir, la sociedad socialista, para Weber, podía ser solo el triunfo multiplicado de la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática. La "dictadura de los burócratas ". Finalmente, R. Bendix nos dice: Preocupó a Weber, desde el principio hasta el fin de su carrera, la evolución del racionalismo en la civilización de Occidente. El estudio de toda una vida no solo le reveló la complejidad de sus antecedentes, sino el carácter precario de sus logros. Él demostró, por encima de toda duda, que una profunda adhesión a la causa de la razón y la libertad habría orientado la elección del tema; su investigación demostró, también por encima de toda duda, que la razón y la libertad estaban amenazadas en el mundo occidental. Weber fue un contemporáneo de Freud, que dedicó el trabajo de toda su vida a salvaguardar la razón del hombre, después de haber sondeado hasta el fondo el abismo de su irracionalidad. Weber, por su parte, procuró salvaguardar la herencia de la Ilustración, después de haber explorado ampliamente las condiciones históricas anteriores a esa herencia. Tal exploración creó en él una conciencia trágica del peligro. Cuando le preguntaban el propósito de su investigación erudita, respondía: "Quiero ver cuánto puedo soportar ".En el diagnóstico que hace Weber de la modernidad en Occidente manifiesta una visión pesimista en lo que hace a la marcha de la misma. Dado que, para el sociólogo alemán, la racionalización del mundo moderno no conduce a hacer realidad en la sociedad la vinculación entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad y la libertad humana universal, sino a que la vida humana se mecanice careciendo así de significado y libertad. 1.3. Génesis y desarrollo del análisis estratégico de Michel Crozier En la mitad de la década de los 60 del siglo pasado, cuando la sociedad industrial moderna, incluida la francesa, miraba a su futuro (en lo económico, en lo científico–tecnológico, en lo político, en lo social y cultural), de una manera muy optimista, Crozier resaltaba el desarrollo en este tipo de sociedad de las grandes organizaciones, siendo las mismas para el sociólogo francés algo inherente a la sociedad industrial; además de llevar en su seno un "nuevo" fenómeno, digno de estudio sociológico, llamado burocrático. Ahora bien, este fenómeno es entendido por Crozier, de la siguiente manera: El tema de nuestro pensamiento, al hablar del fenómeno burocrático, es falta de adaptación, la inadecuación, o, según la expresión de Merton, las "disfunciones"que se producen inevitablemente dentro de las organizaciones humanas. Es así que, Crozier al hablar del fenómeno burocrático se esta refiriendo concretamente, utilizando un concepto de Merton, a las llamadas disfunciones que se generan en el seno de las organizaciones humanas. El sociólogo, Crozier sigue diciendo: El análisis del fenómeno burocrático, en el sentido disfuncional que utilizamos, se coloca con toda naturalidad en esa perspectiva; la pesadez y rutina " burocráticas " pueden interpretarse fácilmente como consecuencia de la resistencia del material humano, y para comprenderlos es inevitable remitirse a una sociología de las organizaciones: el mal funcionamiento no puede existir sino comparativamente con un funcionamiento ideal. Una teoría de la burocracia constituye pues forzosamente un caso particular dentro de una teoría más general de las organizaciones, que a su vez debería ser en sí misma un elemento esencial de una sociología de la acción, válido para el estudio global de la sociedad. Al analizar, el fenómeno burocrático como algo equivalente a disfunción las llamadas deformaciones burocráticas (lentitud, pesadez y rutinas, etc.) pueden entenderse, según Crozier, como resultado de la resistencia del material humano. A su vez, para la comprensión científica de la resistencia del material humano, es necesario, para el sociólogo francés, una sociología de las organizaciones. Una teoría del funcionamiento de la burocracia es apenas, para Crozier, un caso especifico que forma parte de una teoría más general de las organizaciones, que según él tendría que ser en sí misma una pieza esencial de una sociología de la acción, útil para el estudio global de la sociedad. Es decir, que para Crozier la sociología de las organizaciones es un elemento clave para cualquier estudio macrosociológico verdaderamente comprehensivo. El carácter aplicado de la sociología de las organizaciones permite descubrir, según Crozier, nuevos aspectos del fenómeno burocrático. Al respecto, el sociólogo francés dice: El estudio de los dos casos tomados por nosotros, considerados como ejemplos significativos del fenómeno burocrático, no solamente nos aporta informaciones sobre un problema particular, crucial para la sociología de las organizaciones, sino que reviste además grandísimo interés para el análisis de los sistemas culturales. En efecto, la resistencia del material humano que en él se pone de manifiesto, está hondamente ligada a ciertos comportamientos primarios y a ciertos rasgos característicos del sistema cultural francés. El estudio de estos aspectos culturales del fenómeno burocrático permitirá introducir una dimensión nueva en la sociología de las organizaciones. En efecto, si bien parece posible elaborar una teoría general y universal de las organizaciones, poniendo entre paréntesis los diferentes sistemas sociales y culturales, en cuanto se pasa al de la patología de las organizaciones el análisis cultural se convierte en instrumento indispensable que permite marcar los límites de la teoría universal e interpretar su aplicación en contextos culturales diferentes. Al mismo tiempo, y ése es nuestro objetivo final, un análisis tal permite entrever la posibilidad de renovar la teoría de los sistemas culturales. Abordaremos en momento un nuevo terreno, que puede considerarse (en algunos aspectos por lo menos) más apropiado que los terrenos tradicionales para el estudio de las modalidades de inserción de los sistemas culturales en la realidad de nuestro tiempo. Hasta el presente, las culturas y los conjuntos culturales se han analizado, sobre todo, a partir de los sistemas de valores y de los rasgos psicológicos singulares de una "personalidad básica" ideal. Rara vez se los confronta con los problemas de la acción y, en particular, con el problema del material humano necesario para la acción en una sociedad industrial compleja. Para Crozier, el estudio de dos casos (la agencia de contabilidad de París y el monopolio industrial) concretos considerados por él como ejemplos paradigmáticos del fenómeno burocrático es de sumo interés fundamentalmente para el análisis de los sistemas culturales. La resistencia del material humano que en el estudio se pone de manifiesto, para el sociólogo francés, esta estrechamente vinculada a ciertas conductas primarias y a ciertos rasgos característicos del sistema cultural francés. El estudio de los aspectos culturales del fenómeno burocrático permitirá introducir, según Crozier, una dimensión nueva en la sociología de las organizaciones; es decir, a la hora de estudiar la patología de las organizaciones el análisis cultural se transforma en instrumento esencial, en lo que se refiere a marcar las fronteras de la teoría universal e interpretar su aplicación en contextos culturales heterogéneos. Además, de renovar la teoría de los sistemas culturales, en el sentido que las culturas y los conjuntos culturales se los pasará a confrontar específicamente con el problema del material humano indispensable para la acción en una sociedad industrial compleja. Es decir, como la sociedad francesa. A fines ya, de la década de los 60 del siglo XX las sociedades industriales modernas de occidente, particularmente la sociedad francesa estaba pasando por una etapa de agotamiento de su orden dominante y que la crisis de Mayo de 1968 puso de manifiesto. Es así que, esta situación de agotamiento de lo instituido que estaba experimentando la sociedad gala y los sucesos del llamado Mayo francés, no le fueron ajenos, como acontecimientos, a la mirada sociológica de Crozier, quien dice lo siguiente: Hoy todos admiten, aunque solo sea formalmente, que la sociedad francesa es una "sociedad bloqueada". Sin embargo, la cuestión no es denunciar los defectos de nuestras estructuras o de nuestros hábitos -y menos aún soñar con el mundo maravilloso que sería el nuestro con tal de que aceptáramos una u otra de las múltiples recetas que nos ofrecen nuestros expertos en la materia– sino comprender y provocar el cambio. ¿Por qué la sociedad francesa ha quedado bloqueada dentro de su andamiaje burocrático y paternalista? ¿Por qué los franceses emplean su tiempo en reforzar, hasta mediante sus recriminaciones, el sistema bajo el cual padecen? ¿Cómo cambian? ¿Cómo podrían cambiar? ¿De qué modo podría el conocimiento ayudarnos a cambiar mejor o a cambiar de un modo distinto? Tal es el doble tema de esta obra, fruto de una serie de dolorosas confrontaciones entre mi experiencia de investigador y mis frustraciones de ciudadano. En su mayor parte estos ensayos fueron escritos en los dos años previos a la crisis de mayo. Sus temas -el poder, la participación, el cambio y la crisis- son los que fueron más profundamente vividos por muchos de nuestros conciudadanos durante el estallido revolucionario que nos envolvió. Para el sociólogo M. Crozier, la sociedad francesa es una "sociedad bloqueada", por varios círculos de centralización y estratificación administrativas, incapaz de autocorrección. La crisis experimentada por la sociedad gala en Mayo de 1968 pone en el orden del día de la opinión pública francesa temas como el poder, la participación, el cambio y la crisis, temas todos estos que antes de la crisis de Mayo fueron sólo tratados en el plano teórico, en este caso, por Crozier. Con respecto, al llamado Mayo francés, Crozier sigue diciendo: Si se procura tomar distancia respecto del vocabulario ideológico y de las formas habituales del razonamiento marxista o antimarxista, cuyo empleo, como hemos visto, tiende en realidad a confundir el análisis, lo que llama la atención en la crisis de mayo es que no fue revolucionaria en sus objetivos políticos ni en sus intenciones sociales, mientras que sí lo fue, y profundamente, en sus medios de expresión, o sea en el nivel de los mecanismos del juego social, o más sencillamente de las relaciones humanas. Lo que trajo consigo no fue una ruptura social ni política, sino cultural. La interpretación que se impone con esta perspectiva se plantea, por consiguiente, en términos de medios; el origen y los resortes de la crisis no deben ser buscados en la organización del poder político o del poder económico, sino en el funcionamiento de las instituciones de la vida cotidiana. Los franceses no se rebelaron para poner fin a la explotación capitalista ni para edificar la sociedad sin clases; se precipitaron a la crisis para enjuiciar un sistema de relaciones humanas, un estilo de acción y un modo de gestión que los perjudicaban. Así, la crisis de mayo aparece antes que nada como un cuestionamiento del estilo de acción a la francesa y una rebelión instintiva contra lo que hemos denominado sociedad bloqueada. En cierto modo, los rasgos más característicos de la crisis pueden ser considerados como característicos de la sociedad bloqueada. Esta se basaba sobre el temor al enfrentamiento y sobre una concepción jerárquica de la autoridad. La crisis será, entonces, el festival del enfrentamiento y la impugnación de la autoridad. Para Crozier, la crisis de Mayo fue revolucionaria y muy hondamente, en lo que se refiere, en el nivel de los mecanismos del juego social, es decir, en las relaciones humanas. Lo que trajo consigo, según él, una ruptura esencialmente cultural. La explicación que prevalece con esta perspectiva se plantea, por consecuencia, en términos de medios. Es así que, para Crozier los orígenes y los resortes de la crisis de Mayo tienen que ser buscados en el funcionamiento de las instituciones de la vida cotidiana. Los franceses, según él, se precipitaron a la crisis para enjuiciar un sistema de relaciones humanas, un estilo de acción y un modo de gestión que los perjudicaban. Es decir, la explosión de Mayo del 68 fue una rebelión contra el modo burocrático de organización y los aspectos autoritarios del estilo a la "francesa ". A su vez, lo sucedido en Francia en Mayo de 1968 no fue un fenómeno aislado del resto del mundo moderno sino todo lo contrario; así lo entiende el propio Crozier, quien dice lo siguiente: Desde el punto de vista intelectual, moral y político, la crisis de mayo señala para Francia el fin de un período y el advenimiento de una nueva sensibilidad. Pero si entre nosotros la ruptura fue más viva, y por consiguiente más fácil de distinguir, aunque no de analizar, la conmoción ha sido general, y ni siquiera comenzó en Francia. Nuestra crisis tomó un significado muy particular, que remite antes que nada a nuestro sistema de gobierno y nuestro estilo de acción; pero al mismo tiempo es parte de un gran movimiento, una especie de tambaleo general del mundo civilizado que se precipitó al final de la década de 1960. Ha muerto algo que fue esperanza, que ahora parece ilusión y cuya desaparición nos abruma: cierto racionalismo demasiado simple, cierta confianza demasiado fácil en la razón, la convergencia y el progreso. La crisis de Mayo en Francia, como crisis, para Crozier, es expresión de una crisis más general y también mas honda, la que experimenta de una manera acelerada desde fines de la década de 1960, el mundo civilizado. Es decir, lo que esta en crisis es la totalidad de la cadena del mundo civilizado, siendo el Mayo francés un eslabón más de toda la cadena civilizatoria en crisis. En otros términos, lo que esta en crisis a finales de los 60 del siglo pasado es la sociedad industrial como tal, es decir, la llamada sociedad moderna. La muerte de una esperanza basada en el racionalismo, la razón, la convergencia y el progreso que a finales de la señalada década del siglo XX, es sólo una mera quimera. Con respecto, a esta crisis, Crozier dice: Como la ruptura francesa, dicha conmoción desencadenó una gran fiebre ideológica. Sin embargo, lo que en realidad cuestiona, del mismo modo que la crisis de mayo, no son tanto los principios morales cuanto las formas de pensamiento y los sistemas de gobierno. A mi parecer, para comprender este problema crucial no existe ejemplo más revelador, más espectacular y que pruebe mejor ese cambio de sensibilidad que el de la guerra fría y la oposición entre los bloques. Esta crisis, del mundo civilizado al igual modo que la crisis de mayo lo que cuestiona esencialmente, según Crozier, son las formas de pensamiento y los sistemas de gobierno. A su vez, para una mejor comprensión de esta problemática, el sociólogo francés, pone como ejemplo revelador que prueba ese cambio de sensibilidad a la llamada guerra fría y la oposición entre el ya desaparecido bloque socialista y el bloque capitalista. Crozier sigue diciendo: Quince o veinte años atrás, la esperanza de una convergencia posible entre los dos sistemas, el soviético y el norteamericano, era muy aventurada, y solo algunos espíritus avanzados osaban formularla en la noche de la guerra fría. ¿Quién habría imaginado entonces que esa esperanza llegaría a ser, para los rebeldes de fines de la década de 1960 y una gran parte de la nueva generación intelectual influida por ellos, la realidad más detestable de un mundo opresivo y corrompido? ¿Quién habría podido creerlo hace apenas seis o siete años, cuando el mundo entero vibraba todavía con esa esperanza, convocado por esas grandes figuras de la apertura y la liberalización: Kennedy, Jruschov y Juan XXIII? Este vuelco espectacular no es sino uno de los que caracterizan los años de crisis moral e intelectual que acabamos de vivir. El sueño de la convergencia se derrumbó al mismo tiempo que cierto ideal de progreso superficial e indefinido, de confianza en la razón humana y de la fe liberal, cuyo mejor ejemplo está dado por Estados Unidos con su Peace Corps, pero del que también es posible encontrar huellas en la exuberancia jruschoviana y en la sencillez del papa Juan. Para Crozier, que en el año 1949 o en 1954, en plena guerra fría, la esperanza de una convergencia posible entre el sistema soviético y el sistema norteamericano se la considerara muy aventurada formulada solo por algunos espíritus adelantados y que después los rebeldes de fines de la década de 1960 y una parte importante de la nueva generación intelectual influida por ellos consideren la esperanza de esa convergencia posible entre los dos mencionados sistemas como algo odioso de un mundo pautado por la opresión y la corrupción; cuando en 1962 el mundo entero vibraba todavía con esa esperanza convocado por tres grandes lideres reformadores (J. F. Kennedy, N. Jruschov y Juan XXIII) dos de los tres políticos y uno religioso, es un vuelco espectacular siendo uno de los vuelcos, según él, que caracterizan la crisis moral y intelectual, en este caso, de los fines de la década de los 60 del siglo pasado. Al derrumbarse el sueño de la convergencia también se vino abajo, según Crozier, cierto ideal de progreso superficial e indefinido, de confianza en la razón humana y de la fe liberal, encarnado por U.S.A., a través de los cuerpos de paz de la administración Kennedy y en un menor grado en la propuesta comunista de Jruschov y en la figura de Juan XXIII. Es decir, lo que se vino abajo como un castillo de naipes al igual que el sueño de la coexistencia pacífica fue una ideología que se puede calificar de modernista (esta concepción clásica, a la vez filosófica y económica de la modernidad, la define como triunfo de la razón, como liberación y como revolución y define la modernización como modernidad en acto, como un proceso enteramente endógeno; Alain Touraine, Crítica a la modernidad, p. 25) o de matriz iluminista (se trata de su concepción del progreso como una acumulación lineal, unívoca y autocorrectiva; Carlos Pareja, Una alternativa al pensar iluminista, p. 17) siendo la misma, sustento ideológico a inicios de la década de los 60 del siglo XX de gobiernos modernizadores tanto en el campo capitalista (administración Kennedy) como en el ya desaparecido campo socialista (gobierno de Jruschov) y que a fines de los 60, es bueno decirlo, la administración Kennedy como el gobierno de Jruschov por sus contradicciones en lo interno como en lo externo ya habían pasado a la historia junto con sus sueños en versión capitalista o comunista de construir un mundo próspero, feliz y pacífico. El panorama mundial a fines de los sesenta del siglo XX, esta pautado por rupturas, divergencias y disparidades a todos los niveles. Con respecto, a lo que se avecina, Crozier dice: En oposición a las prematuras esperanzas de convergencia, nuestro mundo moderno amenaza ser, a plazo breve y mediano, no un mundo armonioso de progreso racional, liberal o colectivista, sino de rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y grupos. Siendo así, se puede pensar que en esta gran prueba de coexistencia activa que no se supo prever no están en juego las ideologías, hace tiempo superadas, sino los métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción colectiva. En oposición a las apresuradas creencias de convergencia, el panorama del mundo moderno, en este caso, el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, para Crozier amenaza ser, a breve y a mediano plazo, no un mundo armonioso de progreso racional, liberal o colectivista, (norteamericano y soviético) sino de rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y grupos. Es decir, un mundo moderno plagado de contradicciones (antagónicas y no antagónicas) entre naciones, sistemas, regiones y grupos; en donde la marcha del mismo y de los mismos es zigzagueante. Es así que, en la gran prueba de coexistencia activa (nuevo capítulo de la guerra fría entre las dos superpotencias) lo que esta en juego, según Crozier, son los métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción colectiva. Es entonces que, para el sociólogo francés: El racionalismo planificador al estilo soviético fue el primero en sufrir los efectos, ya que solo podía ilusionar en una atmósfera de restricción y de secreto. Cuando la competición dejó de tener lugar en el campo militar para pasar al del consumo, su ineficacia se hizo evidente. El racionalismo planificador al estilo soviético, según Crozier, no escapa a que experimente sus propias limitaciones, dado que en un contexto de competición en el campo fundamentalmente del consumo y no en el campo militar se evidencio su total ineficacia. Es decir, que en una atmósfera donde impera la total libertad el racionalismo planificador al estilo soviético desilusiona claramente. Crozier, sigue diciendo: El problema reside en los medios y en el método que permite utilizarlos. Aquellos son de una lentitud y un costo insoportables; hacen muy difícil la comunicación entre la base y la cúspide, falsean las informaciones, impiden efectuar, con rapidez, los múltiples ajustes indispensables, desalientan la innovación y sofocan los recursos humanos potenciales del sistema. El método sintético, deductivo, a priori, que justifica el empleo de esos medios, es rígido y hace muy difícil aprender con la experiencia. Los dirigentes soviéticos prefieren emprender periódicamente grandes revoluciones administrativas y entre tanto imitar los procedimientos, técnicas y hasta soluciones norteamericanos, en lugar de reelaborar los principios y métodos de acción que son la causa de sus fracasos. El problema radica, según Crozier, en los medios y en el método que permite utilizarlos. A nivel de medios, estos son para el sociólogo francés, de una lentitud y un costo insoportables, hacen muy difícil la comunicación entre la base y la cúspide, falsean las informaciones, impiden efectuar, con rapidez los múltiples ajustes indispensables, desalientan la innovación y sofocan los recursos humanos potenciales del sistema. En lo que hace, al método, el método sintético deductivo, a priori, que justifica el empleo de esos medios, para Crozier, es rígido y hace muy difícil aprender con la experiencia. En suma, los medios y el método del racionalismo planificador al estilo soviético resultan ser incapaces de dar respecta a los problemas organizacionales relacionados a la sociedad de consumo, como ya era la sociedad soviética en esa década del siglo XX. Además, del llamado racionalismo planificador al estilo soviético, Crozier también hace referencia a la llamada síntesis liberal estadounidense y dice lo siguiente: Durante varios años, los contratiempos de la planificación soviética parecieron justificar y consagrar las pretensiones de los intelectuales liberales norteamericanos. La síntesis liberal que ellos inspiraban parecía ser la última (y única) encarnación posible de la razón. Es así que, debido a los porrazos que experimentaba la planificación soviética la síntesis liberal de los norteamericanos aparecía en el centro del escenario como la última y además de única encarnación posible de la razón. Dice Crozier: Si tomamos el ejemplo de Estados Unidos, hay que buscar la responsabilidad por el derrumbe de la síntesis liberal en la unión de dos métodos opuestos en que se apoyaba: el incrementalismo y la planificación política global. El incrementalismo es, en el fondo, la racionalización de las prácticas de ajuste recíproco empleadas por la democracia pluralista al estilo norteamericano. Es una extensión de la filosofía de los economistas liberales al conjunto de las actividades colectivas públicas. Permite demostrar que, lo mismo que en un mercado, el conjunto de microajustes de los partidos da mejor resultado que cualquier planificación o coordinación a priori. Conviene, por lo tanto, renunciar a toda "política" y conformarse con calcular los costos y ventajas marginales para cada problema, y en función de las presiones ejercidas por los diversos partidos en juego. Para Crozier, la responsabilidad por el derrumbe de la síntesis liberal se encuentra en la unión de dos métodos (el incrementalismo y la planificación política global) opuestos en que se basaba la misma. El incrementalismo, según Crozier, además de ser en el fondo una racionalización de las prácticas de ajuste recíproco empleadas por la democracia pluralista al estilo norteamericano, es también, una extensión de la filosofía de los economistas liberales al conjunto de las actividades colectivas públicas. Esto permite demostrar que, al igual que en un mercado, el conjunto de microajustes de los partidos da mejor resultado que cualquier planificación o coordinación a priori. Esta lógica conduce a darle la espalda a toda "política" y conformarse con calcular los costos y ventajas marginales para cada problema, y en función de las presiones ejercidas por los diversos partidos en juego. Crozier sigue diciendo: Esta regla de acción supone un universo perfectamente neutral y racional, sin apego, dependencia o viscosidad particulares. Puede ser invocada como ideal, de modo algo semejante al que se refiere a la extinción del Estado: seria un gran progreso que el conjunto de las acciones de todos los participantes en el juego social fuera totalmente neutro y racional, y hay que hacer todos los esfuerzos posibles para avanzar en ese sentido. Pero no corresponde a la realidad de ninguna manera, porque en todos los niveles en que se realiza una acción aparecen relaciones de dependencia y nudos de poder que falsean el juego, y si bien parece posible avanzar mucho en tal sentido, es difícil que aquellos puedan ser suprimidos por entero. En consecuencia, en el contexto occidental actual, el incrementalismo suele conducir a resultados en contradicción total con los objetivos de los liberales, tales como escaladas ciegas de las que Vietnam no es más que un ejemplo, o con mayor frecuencia, la constitución y desarrollo de círculos viciosos de pobreza, estancamiento económico y regresión cultural y social. Para Crozier, el ideal incrementalista (un universo perfectamente neutral y racional, sin apego, dependencia o viscosidades particulares) es solo eso, un ideal, que no se corresponde para nada con la realidad, ni con la vida misma. Porque, entiende que, en todos los niveles que se realiza una acción se manifiestan relaciones de dependencia y nudos de poder que falsean el juego, siendo muy difícil en los hechos la supresión de esos fenómenos de una manera absoluta. Esto da como consecuencia, en el contexto occidental, en este caso, el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, que el incrementalismo, según Crozier, lleva a resultados en contradicción total con los objetivos de los liberales, tales como la guerra de Vietnam y la aparición de problemáticas de orden socioeconómico y cultural. Pasando, ahora a la llamada planificación política global, Crozier se refiere a la misma diciendo lo siguiente: Es lógico que la planificación política global, los programas coherentes de acción, satisfagan más el espíritu. Alrededor de ellos se opera la síntesis o las síntesis sucesivas. Pero siempre hay una profunda contradicción entre la voluntad de globalismo que los anima y la práctica de una aplicación "incremental" que debe servirles de apoyo. Por otra parte, y sobre todo, la extraordinaria dificultad de razonamiento a priori que suponen, tiene por consecuencia que se basen generalmente en conocimientos superficiales y extrapolaciones apresuradas, con el único cimiento real de una necesidad muy arbitraria de coherencia. Es en este nivel global donde fue trabada y perdida esa "partida" de convergencia artificial que en definitiva no hizo más que exacerbar los conflictos. Los programas coherentes de acción de una planificación política global, según Crozier, además de que alrededor de ellos se opera la síntesis o las síntesis sucesivas también manifiestan, de por sí, una profunda contradicción entre la voluntad de globalismo que los anima y la práctica de una aplicación "incremental" que debe servirles de apoyo. A esto se le suma, la dificultad que tiene en sí un razonamiento a priori, que como tal, se sustenta en conocimientos superficiales y extrapolaciones apresuradas, con la única base real de una necesidad muy arbitraria de coherencia. Después, de analizar críticamente el racionalismo planificador al estilo soviético y la síntesis liberal norteamericana, el sociólogo francés, pasa a la búsqueda del nuevo método intelectual y con respecto a esta renovación dice lo siguiente: Para superar la oposición incrementalismo - globalismo es preciso rechazar el dilema y buscar la renovación más allá de los principios y los planes globales de acción –cuyo impacto es siempre mucho más débil de lo que parece- en el análisis de las regulaciones reales de los múltiples sistemas sobre los que se debe actuar y donde la acción no puede tener lugar sino en forma incremental. El método intelectual a cuya búsqueda estamos nos permitiría descubrir los puntos clave de estos sistemas, para concentrar allí los recursos libres de la sociedad o de sus diversos segmentos autónomos capaces de acción. Esos recursos, siempre demasiado débiles, no deben ser empleados sino en los puntos de aplicación donde sean más eficaces. No se trata de reemplazar por un fragmento de poder público el sistema ya en funcionamiento, ni de poner a su lado otro sistema nuevo, sino de contribuir, mediante la acción proyectada, a modificar sus reglas de juego de manera que el nuevo juego produzca resultados diferentes. Es también el método que nos permitiría lanzar y animar procesos de aprendizaje, de nivel institucional o –más generalmente- colectivo análogos a los que se pueden poner en marcha en el nivel individual. Para superar la oposición incrementalismo – globalismo es preciso, según Crozier, rechazar el dilema y buscar la renovación en el análisis de las regulaciones reales de los múltiples sistemas sobre los que se debe actuar y donde la acción no puede tener lugar sino en forma incremental. A su vez, el método intelectual buscado permitiría, en la opinión de Crozier, descubrir los puntos clave de estos sistemas, para concentrar allí los recursos libres de la sociedad o de sus diversos segmentos autónomos capaces de acción. Se trata de contribuir mediante la acción proyectada a modificar las reglas de juego del sistema en funcionamiento de manera que el nuevo juego produzca resultados diferentes. Además, el propio método permitiría, según Crozier, lanzar y animar procesos de aprendizaje colectivo similares a los que se pueden poner en marcha a nivel individual. En suma, lo que el método lograría sería fundamentalmente poder determinar los puntos más sensibles del sistema que se quiere hacer evolucionar y tratar de realizar mediante procesos de aprendizaje colectivo la modificación de sus reglas de juego de forma que el nuevo juego elabore resultados distintos. Crozier sigue diciendo: Entre las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas, solo hallarán el camino de una responsabilidad más limitada, pero más directa, si abandonan su estrecho racionalismo. Claro está que ese método no permitiría escapar a la lógica de los grandes sistemas ni a la interrogación sobre los fines últimos y los principios e ideologías que los sustentan. Pero al menos tendría la ventaja de ofrecer una perspectiva más neutral, menos dependiente, tanto de los objetivos generales como de las restricciones prácticas que impone la lógica de los grandes sistemas. No supone convergencia a priori ni compromete irremediablemente en un camino determinado, y esto puede convertirse en fermento de desarrollo general, al margen de las ideologías y al margen de la ideología de la convergencia. Al final, el método propuesto por Crozier radica en un camino del medio entre las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas, entendiéndolo como un camino de una responsabilidad más limitada, pero más directa, con la condición que se abandone todo tipo de racionalismo estrecho y excluyente. A su vez, por un lado, ese método no permitiría escapar a la lógica de los grandes sistemas ni a la interrogación sobre los fines últimos y los principios e ideología que lo sustentan. Por el otro lado, al menos tendría la ventaja de ofrecer una perspectiva más neutral, menos subordinada, tanto de los objetivos generales como de las restricciones prácticas que impone la lógica de los grandes sistemas. El que no suponga convergencia a priori ni comprometa irremediablemente en un camino determinado, para Crozier, esto puede convertirse en fermento de desarrollo general, al margen de las ideologías en general y particularmente al margen de la ideología de la convergencia. En suma, en un contexto mundial, como el de a fines de la década de los sesenta en el siglo XX pautado por la presencia de una coexistencia activa entre las dos superpotencias de la época, es decir, la no convergencia entre los dos sistemas el soviético y el norteamericano y ante los porrazos experimentados por la planificación soviética y el derrumbe de la síntesis liberal (dos métodos intelectuales que sirven de base para concebir y organizar la acción colectiva), Crozier entiende que, el nuevo método intelectual que oficie de base para concebir y organizar la acción colectiva tiene que estar en una "tercera vía" entre las macrodecisiones arrogantes y las microdecisiones ciegas que no supone una convergencia a priori (a nivel de sistemas) ni tampoco compromete irremediablemente en un camino determinado. Es así que, para Crozier, el panorama de mundo moderno, en este caso el de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, además de estar pautado por rupturas, divergencias y disparidades entre naciones, sistemas, regiones y grupos, también ese mismo mundo moderno experimenta una evolución a nivel de las relaciones humanas. El propio Crozier, dice lo siguiente: En general, tenemos tendencia a ver al hombre moderno como un ser abrumado por la servidumbre. En todas partes nos amenazan las burocracias, las superautopistas nos dirigen, las diversiones se hallan masificadas y hasta el pensamiento es manipulado. Esta visión es completamente ilusoria. Si comparamos con cierta seriedad distintas épocas, haciendo un examen de conciencia de la especie humana, comprobaremos que las dos grandes tendencias más visibles en todas las actividades humanas son: la libertad (los hombres la tienen cada vez más para elegir entre un número creciente de posibilidades) y el cálculo (están en cambio obligados a prever constantemente el resultado de su acción y calcular el costo). Tal vez mi afirmación sorprenda en un mundo intelectual dominado por los fantasmas del condicionamiento y la manipulación. Para Crozier, el mundo moderno esta inmerso o se sitúa en una evolución que es ancha y concreta que tiene lugar en las relaciones humanas. Es así que, según el sociólogo francés, si se compara con cierta seriedad distintas épocas, haciendo un examen de conciencia de la especie humana, se comprueba que las dos grandes tendencias más visibles en todas las actividades humanas son: la libertad (los hombres la tienen cada vez más para elegir entre un número creciente de posibilidades) y el cálculo (están obligados a prever constantemente el resultado de su acción y calcular su costo). A su vez, esta afirmación por parte de Crozier se contrapone abiertamente a una visión reinante en el mundo intelectual (dominado por los fantasmas del condicionamiento y la manipulación) que es, según él, completamente ilusoria en la cual el hombre moderno se encuentra abrumado por la servidumbre. Es decir, ese hombre moderno es amenazado por las burocracias, las superautopistas lo dirigen, sus diversiones se encuentran masificadas y su pensamiento es manipulado constantemente por agencias gubernamentales y también privadas. Es entonces que, desde la visión crozeriana de la marcha de las relaciones humanas, la libertad de elección y el cálculo racional son ejercicios en aumento para el hombre moderno. Esto conduce a que en el seno de la sociedad moderna se presenten problemas. Dice Crozier: El problema toma las dimensiones de una crisis de civilización cuando la presión irresistible hacia la libertad individual de opción provoca el hundimiento de formas tradicionales de control social, como los tabúes sexuales, mientras que el desarrollo del cálculo racional hace surgir la necesidad de nuevos controles. Cuanta más conciencia tomamos de las consecuencias de nuestros actos, tanto más fuerte se vuelve la presión que nos exige eliminar sus riesgos, ya sea en lo que respecta a salud pública, educación, polución o incluso en el terreno cultural o racial. Precisamente entonces nos faltan los principios tradicionales en cuyo nombre era antes posible controlar la actividad de los demás. Para esta contradicción imposible hay una sola solución: construir conjuntos humanos capaces de soportar las más grandes tensiones y oposiciones. El problema adquiere, para Crozier, las dimensiones de una crisis de civilización, dado que la libertad individual de opción al igual que un fuerte chorro de agua presiona sobre las formas tradicionales de control social, como los tabúes sexuales, provocando el desmoronamiento de las mismas, mientras que el desarrollo del cálculo racional hace surgir la necesidad de nuevos controles. Es así que, para el sociólogo francés, cuanta más conciencia adquirimos de las consecuencias de nuestros actos, tanto mas fuerte se vuelve la presión que nos exige eliminar sus riesgos, ya sea en lo que se refiere a salud pública, educación, polución y también en el terreno cultural y racial. Es entonces, que es aquí, donde los individuos sienten la ausencia de los principios tradicionales en cuyo nombre era antes posible controlar el accionar de los demás. Para resolver esta contradicción imposible, Crozier, entiende que la única solución se encuentra en construir conjuntos humanos capaces de soportar las más grandes tensiones y oposiciones. En términos más concretos, lo que se necesita es una nueva capacidad organizativa. En relación a esto, Crozier dice: Lo que ahora necesitamos es una nueva capacidad, en el nivel de las organizaciones o sistemas que integramos, para encarar de modo más consciente contradicciones que son mucho más directas y claras. Tal capacidad organizativa no es una circunstancia natural sino una conquista humana, fruto de un prolongado aprendizaje. Solo mediante su desarrollo podrán los hombres hacerse más libres y soportar a la vez las consecuencias de la claridad de su opción y de la magnitud de sus resultados. En términos concretos, lo que necesita el hombre moderno es, según Crozier, una nueva capacidad, en el nivel de las organizaciones o sistemas que el mismo integra, para poder hacer frente de modo más consciente contradicciones que son mucho más directas y claras. Esa capacidad organizativa, para el sociólogo francés, es una conquista humana, producto de un prolongado aprendizaje y solo mediante su desarrollo podrán lo hombres hacerse más libres y soportar a la vez las consecuencias de la claridad de su opción y de la magnitud de sus resultados. A la llamada capacidad de organización se le suma también una capacidad para los sistemas. En relación a esto último, Crozier dice lo siguiente: A esta capacidad de organización se puede agregar una "capacidad para los sistemas ", consistente en la aptitud de elaborar y mantener reglas, costumbres, sistemas de relaciones humanas y métodos de control social, sin los cuales ninguna sociedad podría identificar y abordar sus problemas específicos. Repitámoslo: capacidad organizativa y capacidad para los sistemas no son consecuencia del desarrollo, pero constituyen su primera y principal condición. Ninguna sociedad puede avanzar ni tolerar una mayor libertad y claridad en los compromisos humanos, si no elabora la capacidad organizativa o "sistémica" necesaria para encarar tal situación. A la capacidad de organización se le puede sumar, según Crozier, una "capacidad para los sistemas ", consistente en la aptitud de elaborar y mantener reglas, costumbres, sistemas de relaciones humanas y métodos de control social, sin los cuales ninguna sociedad podría identificar y abordar sus problemas específicos. En suma, capacidad organizativa y capacidad para los sistemas constituyen, según Crozier, la primera y principal condición para el desarrollo. Ninguna sociedad puede avanzar ni tolerar una mayor libertad y claridad en los compromisos humanos, si no elabora la capacidad organizativa o "sistémica" necesaria para encarar tal situación. Es decir, que la elaboración de la capacidad organizativa o "sistémica" por parte de una sociedad es fundamental para que la misma pueda avanzar y tolerar una mayor libertad y claridad en los compromisos humanos. La mayoría de las sociedades modernas, de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, tuvieron dificultades enormes (particularmente y de forma muy agravada la sociedad francesa) para hacer frente a los problemas planteados por el progresivo avance hacia esa mayor libertad y esa mayor racionalidad de las relaciones humanas. Con relación a Francia, Crozier dice: Pero la sociedad francesa se encuentra, debido a sus bloqueos tradicionales, en una situación especialmente crítica, ya que en ellas se acumulan los problemas tradicionales de estratificación y centralización que le son propios y los nuevos problemas que le impone el advenimiento del mundo de la libertad y el cálculo. Mal adaptada a la sociedad industrial, tiene que ya que hacer frente a los problemas de la sociedad posindustrial. Paradójicamente, parece incapaz de admitir que el origen de sus dificultades reside ante todo en la gran debilidad de su capacidad de acción colectiva, y al mismo tiempo muy pocos deseos de corregirla. Particularmente, la sociedad francesa, según Crozier, se encuentra en una situación más que crítica, debido a sus bloqueos tradicionales. En el seno de la sociedad gala se acumulan los problemas tradicionales de estratificación que le son propios y los nuevos problemas que le impone el advenimiento del mundo de la libertad y el cálculo. Es así que, mal adaptada a la sociedad industrial, tiene ya que hacer frente a los problemas de la sociedad posindustrial. Además, para el sociólogo francés, la sociedad francesa paradójicamente parece incapaz de admitir que la raíz de sus males radica ante todo en la gran debilidad de su capacidad de acción colectiva y al mismo tiempo no tiene ningunas ganas de enmendar la situación. En lo que atañe a la capacidad organizativa de las empresas y administraciones francesas, Crozier dice lo siguiente: Ya nos hemos referido extensamente a la debilidad de las organizaciones francesas. Formales, rígidas, incapaces de establecer redes eficaces de comunicación y participación, malgastan sus recursos y se orientan mucho más hacia la explotación de las ventajas adquiridas y las rentas de situación, que hacia la adaptación a las circunstancias, la utilización de nuevas oportunidades y la innovación. En consecuencia no favorecen el desarrollo de la libertad de sus miembros ni el de la racionalidad del conjunto social. Su capacidad de crecimiento, por último es débil. Todos advierten la insuficiente magnitud de las empresas francesas, pero se tiende a creer que esta ocasiona su debilidad, cuando en realidad ocurre exactamente lo contrario: porque carecen de la capacidad organizativa necesaria, no pueden crecer, y cuando se las obliga a hacerlo con demasiada rapidez –por ejemplo imponiéndoles fusionarse-, su debilidad real aumenta con la pesadez de un aparato burocrático dividido. Lo que es aplicable a las empresas lo es también, a fortiori, a las administraciones, universidades, hospitales y todas las restantes organizaciones francesas, cuya pesadez e ineficacia influyen no solamente en su propio avance, sino en el de la sociedad en su conjunto. Para Crozier, la formalidad, la rigidez, la incapacidad de establecer redes eficaces de comunicación y participación entre otras cosas, conforman las características principales del rostro de las organizaciones francesas en general (empresas, administraciones, universidades, hospitales) que conduce a que las mismas no favorezcan el desarrollo de la libertad de sus miembros ni el de la racionalidad del conjunto social. Además, su capacidad de crecimiento es débil. Las empresas francesas (las organizaciones galas en general) carecen, según Crozier, de la capacidad organizativa necesaria ocasionando así su nulo crecimiento y cuando se las quiere hacer crecer a contrareloj su debilidad real aumenta con la pesadez de un aparato burocrático dividido. En suma, la debilidad de las organizaciones francesas se debe en la opinión de Crozier a la total ausencia de una mínima capacidad organizativa. Pasando, ahora, a la capacidad "sistémica" del conjunto social francés, el sociólogo galo se refiere a esta capacidad diciendo:Quizá sea necesario insistir sobre la capacidad "sistémica" del conjunto social francés, o sea sobre las posibilidades con que cuenta la sociedad francesa (o los subsistemas que la componen) de instaurar entre los múltiples grupos, organizaciones, clases o sectores en que se divide, relaciones de comunicación, negociación, conflicto y cooperación que permitan un conocimiento exacto de los hechos, una adopción real de responsabilidad por parte de sus miembros, conduciendo así a la elaboración de un juego más constructivo. Tal capacidad "sistémica" es particularmente débil en Francia. En todos los dominios, y sobre todo en el sector integrador por excelencia, el sector político, se tiene la impresión de ser dominado por maquinarias muy lentas, frágiles y muy resistentes a la vez. En ellas los contactos son difíciles, los relevos actúan como pantalla, las comunicaciones se llevan a cabo con un lenguaje de iniciados, no se discute sino sobre conflictos falsos, y el conjunto posee una fuerza de inercia extraordinaria. Es imposible modificar la marcha habitual de esas "maquinarias", que desaniman las mejores intenciones y esterilizan todas las iniciativas. En cambio, cuando un hecho casual pone en funcionamiento una de ellas, resulta imposible detenerla, corregir o desviar su curso. Para Crozier, la capacidad "sistémica" del conjunto social francés es débil. Es así que, en el sector político, sector integrador por excelencia, la impresión que tiene el sociólogo francés del mismo es de estar dominado por maquinarias muy lentas, frágiles pero a la vez muy resistentes. Es decir, son maquinarias altamente burocráticas imposible de poder modificar su marcha habitual que conduce a desanimar las mejores intenciones y esterilizan todas las iniciativas. En cambio, cuando un hecho casual pone en funcionamiento una de ellas, resulta imposible detenerla, corregir o desviar su curso. En el caso, de los partidos políticos o los sindicatos, Crozier dice: Tomemos el ejemplo de los partidos políticos o los sindicatos. Son organizaciones confusas, mal integradas y mal dirigidas, pero esto no les impide ser rígidas; al contrario. Para movilizar adherentes en la situación de impotencia en que se encuentran, necesitan apelar a la ideología. Solo el fervor sectario les permite reclutar y conservar un mínimo de militantes responsables. Pero estos militantes benévolos quedan así investidos de una tarea que constituye para sus organizaciones una coacción agotadora. Guardianes de la ideología que es el único sostén de su acción, tienden a paralizar a los dirigentes, a quienes quitan toda posibilidad de actividad autónoma, y a impedir cualquier contacto con la base. Inevitablemente adoptan el papel de barrera, bloquean la comunicación con un lenguaje oscuro e introducen así una rigidez imposible de superar, y que es aumentada por la fragmentación de estas organizaciones, que aunque incapaces de actuar solas, tampoco pueden comunicarse unas con otras. Semejante sistema es al mismo tiempo sumamente frágil y sensible a todos los chantajes. Se ahonda el abismo que separa dirigentes y dirigidos; se hace imposible tomar decisiones y el conjunto queda a merced de un movimiento demagógico que puede desarticular por completo sus mecanismos durante meses e incluso durante años. Tales mecanismos no son exclusivos de los sindicatos ni de los partidos; existen en todos los organismos voluntarios y en segundo grado en el conjunto social como sistema organizado; su influencia permite explicar el irrealismo, confusión e impotencia que sufrimos. Sin poder comprometerse y decidir, los dirigentes manifiestan posiciones públicas rígidas, sin relación con sus sentimientos particulares. Las consecuencias de esta debilidad que padece la capacidad colectiva del sistema social son desastrosas; incapacidad de aceptar la verdad de los hechos, de decidir, de encarar los verdaderos conflictos. Para Crozier, los partidos políticos o los sindicatos son organizaciones confusas, mal integradas, mal dirigidas y muy rígidas. Además, de apelar a la retórica ideológica como forma de movilizar adherentes dada su situación de impotencia y tener una practica sectaria única vía que les permite el reclutamiento y la conservación de un casco militante. Los cascos militantes altamente ideologizados, según Crozier, ofician de guardianes de la ideología tendiendo de por sí a paralizar a los dirigentes, a quienes quitan toda posibilidad de actividad autónoma, y a impedir cualquier contacto con la base. A esto se le suma, el asumir el rol de barrera, bloqueando la comunicación con un lenguaje oscuro (tecnomilitante) introduciendo así una rigidez que se vuelve constante y que se amplia debido a la fragmentación de estas organizaciones (partidos políticos, sindicatos), que aunque incapaces de actuar solas, tampoco pueden comunicarse unas con otras. Es decir, padecen de autismo. Es así que, semejante sistema, para Crozier, es al mismo tiempo sumamente frágil y sensible a todos lo chantajes. Se ahonda el abismo que separa dirigentes y dirigidos; se hace imposible tomar decisiones y el conjunto queda a merced de un movimiento demagógico que puede tirar abajo por completo sus mecanismos durante meses e incluso durante años. Tales mecanismos, existen en todos los organismos voluntarios y en segundo grado en el conjunto social como sistema organizado; su influencia permita explicar, según el sociólogo francés, el irrealismo, confusión e impotencia que experimenta la sociedad francesa. Las consecuencias de debilidad que padece la capacidad colectiva del sistema social son, para Crozier, desastrosas; incapacidad de aceptar la verdad de los hechos, de decidir, de encarar los verdaderos conflictos. En suma, debilidad de las organizaciones francesas en general y debilidad de la capacidad "sistémica" del conjunto social francés, generándose así una incapacidad por parte de la propia sociedad gala, según Crozier de asumir, discutir y resolver sus problemas reales en un mundo ya posindustrial. Dado entonces este complejo y crítico panorama de la sociedad gala, Crozier entiende que: Si el diagnóstico es acertado, el problema esencial de la sociedad francesa no se refiere al crecimiento, al régimen político ni al socialismo, sino simplemente a la constitución y desarrollo de una capacidad colectiva que responda a las necesidades de una sociedad compleja. El crecimiento y los objetivos "de civilización" no dejan de tener importancia primordial, pero el desarrollo de la capacidad "sistémica" constituye en medida cada vez mayor la condición indispensable de un crecimiento económico sostenido como de toda democratización de la sociedad. Ninguna de las grandes ambiciones de los reformadores franceses tendrá sentido mientras no se ose enfrentar de lleno este problema. El problema esencial de la sociedad francesa, según Crozier, se refiere simplemente a la constitución y desarrollo de una capacidad colectiva que responda a las necesidades de una sociedad compleja. El desarrollo de la capacidad "sistémica" constituye en medida cada vez mayor la condición indispensable de un crecimiento económico sostenido, como de toda democratización de la sociedad. Dado este problema, surge inmediatamente la interrogante de como cambiar, en relación con este otro "problema", Crozier dice lo siguiente: Pero, ¿cómo cambiar? ¿Cómo pasar de un sistema de juego caracterizado por la desconfianza, los malentendidos y la confusión, a otro, no digamos ideal, sino más abierto, sencillo y eficaz? ¿Cómo aprender colectivamente? Hasta ahora, las transformaciones de los grupos humanos y de las sociedades parecen producirse a través de las crisis. Pero, en realidad, la mayor parte de las crisis no conducen a un verdadero aprendizaje. Desde este punto de vista, el drama que amenaza en los años próximos a la sociedad francesa es el de una sucesión de rupturas de significado más bien regresivo. Sin embargo, tiene la posibilidad de efectuar una mutación decisiva si convierte esas rupturas en crisis constructivas, a partir de las cuales se iniciaran procesos de aprendizaje. La verdadera función de un gobierno en el conjunto social, como la de todos los grupos dirigentes en las organizaciones e instituciones de las que son responsables, sería en esa circunstancia la de provocar crisis en el momento y el sector adecuado y con la perspectiva correcta, y realizar previa y paralelamente las inversiones institucionales necesarias para que los individuos y los grupos interesados puedan aprovecharlas. En Crozier, surgen las interrogantes de, como cambiar, como pasar de un sistema de juego caracterizado por la desconfianza, los malentendidos y la confusión (juego kafkiano) a otro que tienda hacer más abierto, sencillo y eficaz y por último, como aprender colectivamente. A su vez, desde el punto de vista de que, la mayor parte de las crisis (por más que las transformaciones parecen producirse a través de las mismas) no conducen a un verdadero aprendizaje, Crozier entiende, que el futuro inmediato de la sociedad francesa, de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado, se presenta dramáticamente pautado por una sucesión de rupturas de signo regresivo. Pero, la sociedad gala, según el sociólogo francés, tiene la posibilidad de realizar un cambio fundamental si transforma esas rupturas en crisis constructivas. Es en este sentido, que la verdadera función de un gobierno en el conjunto social, como la de todos los grupos dirigentes en las organizaciones e instituciones de las que son responsables, sería en esa circunstancia, según Crozier, la de provocar crisis en el momento y el sector adecuado y con la perspectiva correcta, y realizar previa y paralelamente las inversiones institucionales necesarias para que los individuos y grupos interesados puedan aprovecharlas. Es así que, Crozier entiende que hay que realizar inversiones institucionales fundamentalmente en la educación y también provocar crisis constructivas en primer lugar alrededor de las estructuras territoriales y en el sistema administrativo realizar tanto una como otra. En relación, a la inversión institucional, Crozier dice lo siguiente:Durante este rápido examen de los problemas que deberá enfrentar la sociedad francesa y de la crisis que convendría provocar para que pueda lograrlo, hemos subrayado repetidas veces una prioridad esencial que resulta ineludible: la prioridad de la inversión institucional. Permítase referirnos a ella una vez más, porque de la elección de esta prioridad depende el éxito de la estrategia de cambio que proponemos. La inversión institucional, para Crozier, es una prioridad esencial para el éxito de la estrategia de cambio que él propone. Crozier dice: Si bien es cierto que la agudeza de los problemas se debe ante todo a la debilidad de la capacidad organizativa y "sistémica" del conjunto francés, el problema completamente fundamental de la sociedad francesa es el de aumentar su capacidad colectiva, es decir, capacitar más a los franceses para una cooperación organizada y eficaz. Lo que denominamos inversión institucional es el esfuerzo doloroso, políticamente difícil y financieramente costoso, por ayudar al desarrollo gradual de sistemas de relación y negociación, de conjuntos de reglas y costumbres y de modelos de regulación más complejos, abiertos, globales y eficaces. El problema esencial o principal de la sociedad francesa, según Crozier, es el de aumentar su capacidad colectiva, es decir, capacitar más a los franceses para una cooperación organizada y eficaz. El sociólogo francés, denomina inversión institucional al esfuerzo doloroso, políticamente difícil y financieramente costoso, por ayudar al desarrollo gradual de sistemas de relación y negociación, de conjuntos de reglas y costumbres y de modelos de regulación más complejos, abiertos, globales y eficaces. A su vez, hay diferentes tipos de inversión institucional, en relación con esto, Crozier dice:La inversión institucional es directa cuando se trata de un sistema en que la función del Estado es central; puede ser muy indirecta cuando se trata de un medio económico cuyas relaciones con el poder público son marginales o cuando se refiere a problemas internos de organizaciones particulares. Pero el papel del Estado es ahora tan grande, tanto en el aspecto financiero como en el de la reglamentación y en el psicológico y social, que su intervención es completamente decisiva. Es así que, hay inversión institucional de tipo directa (cuando se trata de un sistema en que la función del Estado es central) y de tipo indirecta (cuando se trata de un medio económico cuyas relaciones con el poder público son marginales o cuando se refiere a problemas internos de organizaciones particulares); en este caso, la inversión institucional es directa dado el rol preponderante que tiene el Estado (en el aspecto financiero, en la reglamentación y en el psicológico y social) en la formación social de la Francia de a fines de la década de los sesenta del siglo pasado que hace que su intervención sea decisiva. En resumen, la sociedad francesa necesita aumentar, para Crozier, la constitución y desarrollo de una capacidad colectiva que satisfaga los requerimientos de una sociedad compleja (sociedad posindustrial), es decir, capacitar más a los franceses para una cooperación organizada y eficaz. A su vez, la posibilidad de cambio viene por el lado, según Crozier, de que la sociedad francesa pueda transformar las rupturas de signo recesivo que se le avecinan, a inicios de la década de los setenta del siglo pasado, en crisis constructivas, a partir de las cuales se inician procesos de aprendizaje. Esto quiere decir, para el sociólogo francés, que el gobierno de un país en este caso Francia como los grupos dirigentes de las organizaciones e instituciones desde esa posición de poder provoquen crisis en el momento y el sector adecuado y con la perspectiva correcta, y realizar previa y paralelamente las inversiones institucionales necesarias para que los individuos y los grupos interesados puedan aprovecharlas. Es en este sentido, que la inversión institucional (prioridad esencial ineludible y por la sencilla razón de que su elección depende el éxito de la estrategia de cambio), que en el caso de Francia dada su formación social es de tipo directa y se la entiende esencialmente, por parte de Crozier, como un ayuda al desarrollo gradual de sistemas de relación y negociación, de conjuntos de reglas y costumbres y de modelos de regulación más complejos, abiertos, globales y eficaces. A todo esto, se le suma nuevas interrogantes y un problema, Crozier dice lo siguiente:¿Cómo es posible efectuar tales inversiones? ¿Se puede realmente obtener la modificación de las prioridades que es indispensable para que puedan llevarse a cabo? El problema no es, en nuestra opinión, de recursos financieros ni de prioridad política, sino ante todo de conversión intelectual. Nuestros recursos financieros y humanos son muy limitados, y la capacidad política de acción de cualquier gobierno, sumamente reducida. Pero la impotencia consiguiente se debe mucho más a que sus recursos y su capacidad están de antemano comprometidos y bloqueados en el mantenimiento de acciones de sostén, cuyo resultado será inútil mientras siga siendo débil la capacidad de organización o la amplitud "sistémica" de las instituciones del sector respectivo. El único medio para remediar esta impotencia es aprender a concentrar los recursos de la colectividad en los puntos clave de los sistemas, que deben ser ayudados a salir de los círculos viciosos que se deploran, en lugar de hacerse cargo de las consecuencias desfavorables producidas por tales funcionamientos defectuosos, a los que de este modo se contribuye a perpetuar. El sociólogo francés, se plantea las interrogantes de que, como es posible efectuar tales inversiones y si además, se puede realmente obtener la modificación de las prioridades que es indispensable para que puedan llevarse a cabo. El problema, para Crozier, es de conversión intelectual. A su vez, la impotencia (el no poder) se debe esencialmente, según él, a que los recursos financieros y humanos (muy limitados) y la capacidad política de acción del gobierno (sumamente reducida) se encuentran de antemano comprometidos y bloqueados en el mantenimiento de acciones de sostén cuyo resultado será inútil mientras siga siendo débil la capacidad de organización o la amplitud "sistémica" de las instituciones del sector respectivo. El único medio para remediar esta impotencia es, según Crozier, aprender a concentrar los recursos de la colectividad en los puntos clave de los sistemas, que deben ser ayudados a salir de los círculos viciosos que se deploran. Es en este sentido que Crozier entiende que:Para lograrlo se deben favorecer tres grandes líneas de orientación intelectual en todas las actividades de dirección de la sociedad. Ante todo, debe darse prioridad a la formación de una seria capacidad de análisis. Los dirigentes políticos, administrativos y hasta económicos rebosan de síntesis brillantes, pero carecen de la capacidad de análisis indispensable para tomar decisiones prospectivas. Ningún programa, ninguna acción administrativa debería ser emprendida sin que se haya establecido un diagnóstico sobre el complejo sistema dentro del cual deberá ejecutarse el programa o la acción. Cuando no se conocen los nudos de poder y los modos de regulación de los sistemas, las más seductoras iniciativas terminan malogradas. La nueva moda de los estudios es una falsa respuesta para esa necesidad; la sociedad francesa nunca se conoció tan mal como ahora. Los estudios son efectuados para justificar las prácticas existentes, no para conocerlas. La inversión en capacidad de análisis es más urgente que cualquier inversión económica, aunque sea muy modernista. Es así que, para poder lograr que los sistemas salgan de los círculos viciosos que se deploran, Crozier entiende, que se deben favorecer tres grandes líneas de orientación intelectual en todas las actividades de dirección de la sociedad. La primera es, que debe darse prioridad, según él, a la formación de una seria capacidad de análisis. Es decir, que ningún programa, ninguna acción administrativa debería ser emprendida sin que se hubiera establecido un diagnóstico sobre el complejo sistema dentro del cual deberá ejecutarse el programa o la acción. En otras palabras, se tienen que conocer los nudos de poder y los modos de regulación de los sistemas, para que las más seductoras iniciativas no terminen malogradas o en el cementerio de las buenas intenciones. Los estudios tienen que ser efectuados para conocer las prácticas existentes. En lo que se refiere, a la segunda línea, Crozier dice:El segundo esfuerzo debe residir en la comprensión del cambio y de los tipos de conducta aptos para dirigirlo. Ningún cambio serio puede ser llevado a cabo sin una penosa alteración de prácticas profundamente arraigadas, de las que un análisis verdaderamente global demuestre que en su nivel son racionales y hasta beneficiosas. En el sistema francés, dicha alteración nunca fue cumplida sin crisis. Estas crisis nos producen al mismo tiempo pánico y fascinación. Lo que debemos aprender es a provocarlas y dirigirlas. El segundo esfuerzo debe residir, según Crozier, en la comprensión del cambio y de los tipos de conducta aptos para dirigirlo. Ningún cambio serio, para él, puede ser llevado a cabo sin una penosa alteración de prácticas profundamente arraigadas, de las que un análisis verdaderamente global demuestre que en su nivel son racionales y hasta beneficiosas. En el caso concreto del sistema francés, dicha alteración nunca fue cumplida sin crisis. Es decir, que en Francia la experiencia de cambio esta asociado directamente al fenómeno de la crisis. Para el propio Crozier los franceses deben aprender a provocar las crisis y también a dirigirlas. Por último, a lo que hace a la tercera línea, Crozier dice:El tercer esfuerzo se refiere a la actitud hacia las instituciones. Nos negamos a ocuparnos de ellas; solo nos interesan el individuo y la Ley (o el Estado, el Régimen o la Revolución). Pero no se puede cumplir ningún programa, ni alcanzar ningún objetivo, sin que alguna institución, formal o informal, administre los resultados. Legislamos sobre educación o salud pública, pero nadie quiere ocuparse en aprender a crear, dirigir, desarrollar o animar un cuerpo social tan complejo como una universidad un hospital. La capacidad de acción de una sociedad, su posibilidad de plantearse problemas, descubrir soluciones y ponerlas en práctica, así como su aptitud para innovar, dependen fundamentalmente de su riqueza institucional. Formales o informales, las instituciones son los instrumentos de la cooperación humana. Ninguna tarea debería ser más encumbradora que su desarrollo. Para hacerla bien no basta la imaginación descubierta en las jornadas de mayo; es preciso apelar a otras virtudes cuya cualidad intelectual estaba tan olvidada como aquella: la paciencia y el valor. Por último, el tercer esfuerzo se refiere, según Crozier, a la actitud hacia las instituciones. Para el sociólogo francés, los franceses se niegan a ocuparse de ellas; solo les interesan el individuo y la Ley (o el Estado, el Régimen o la Revolución). Pero no se puede cumplir ningún programa, ni alcanzar ningún objetivo, sin que alguna institución, formal o informal, administre los resultados. Formales o informales, las instituciones, según él, son los instrumentos de la cooperación humana. Esto hace que, ninguna tarea debería ser más enaltecedora que su desarrollo. Para realizarla correctamente es preciso además de contar con imaginación apelar, según Crozier, a otras virtudes como ser la paciencia y el valor. En suma, prioridad a la formación de una seria capacidad de análisis, comprensión del cambio y de los tipos de conducta aptos para dirigirlo y una nueva actitud hacia las instituciones, son estas las tres grandes líneas de acción intelectual a todas las actividades de dirección de la sociedad, propuesta por Crozier, para poder lograr que los sistemas salgan de los círculos viciosos que se deploran. En otros términos, estas tres grandes líneas de orientación intelectual, lanzadas por el sociólogo francés, son un llamado a los núcleos o círculos dirigentes de la sociedad gala a que tengan un conocimiento concreto de la sociedad de la cual forman parte. Es decir, que la sociedad francesa tenga un fuerte conocimiento de si misma para poder salir de los laberintos burocráticos y así poder encarar como sociedad los nuevos problemas (hundimiento de formas tradicionales de control social, necesidad de nuevos controles) planteados por la llegada del mundo de la libertad y el cálculo. En la década de los setenta del siglo XX a la idea central en la sociología clásica de correspondencia entre institucionalización de valores y socialización de actores se opuso la separación entre sistemas y actor. Con respecto a este tema, el sociólogo Alain Touraine dice lo siguiente:A la idea central en la sociología clásica de correspondencia entre institucionalización de valores y socialización de actores se opuso la separación entre sistema y actor. Se concibió el sistema como un conjunto de reglas y limitaciones que el actor debe aprender a utilizar o a burlar más bien que a respetar (lo que sabe hacer muy bien el ciudadano francés en relación con la reglas fijadas por el Estado). Por su lado, el actor no apareció más como ciudadano o trabajador sino como individuo, miembro de comunidades primarias ligado a cierta tradición cultural. Finalmente y sobre todo, las normas de funcionamiento de la sociedad y la evolución histórica se manifestaron como disociadas; el cambio histórico no se definió más como progreso o modernización sino como red de estrategias destinadas a sacar el máximo provecho del empleo de recursos limitados y a controlar zonas de incertidumbre. Desapareció la idea de sociedad y hasta lo "social" se remplazó con la política, la cual adquirió dos opuestas formas: por un lado, la del poder totalitario que devora la vida social; por otro, la de grupos de presión y aparatos de decisión que se enfrentan en un mercado político. Mundo frío del cual el actor - con sus creencias, proyectos, relaciones sociales y capacidad de acción propiamente social - resultó eliminado. Esta representación de la vida social, o más bien la oposición de estas mitades disociadas - visión del sistema como orden y concepción del actor como calculador y jugador - dominó ampliamente la década de setenta. Por un lado se encontraban, más allá de sus diferencias, Marcuse, Foucault, Altusser, Bourdieu y Goffman, cuyas obras ejercieron la mayor influencia; por otro, lo que se denominó la teoría de las organizaciones y decisiones con Simon, March, Blau y Crozier. Esta etapa del pensamiento social se asoció con dos grandes transformaciones históricas. Por un lado, la metamorfosis de los movimientos de liberación en estados autoritarios; por otro, en los países ya industrializados la transformación de la cultura y la aparición de nuevas formas de conocimiento, actividades económicas y modelos éticos provisionalmente disociados de las relaciones sociales y políticas. La sociedad estalla; por un lado es absorbida por el poder estatal; por otro se encuentra "atrasada" (atraso social más que cultural) con respecto a las transformaciones de la cultura, es decir de la construcción de las relaciones con el medio. La noción de que el actor se comporta en toda organización de manera estratégica esta representada por la teoría organizacional de Crozier, siendo una de las principales corrientes del pensamiento social de la década del setenta del siglo pasado. A su vez, la misma forma parte de una etapa del pensamiento sociológico que esta relacionada, según Touraine, con dos cambios de orden histórico. Uno es, la transformación de los movimientos de liberación en estados no democráticos y el otro, en los países ya industrializados la modificación de la cultura y el surgimiento de nuevas formas de saberes, actividades económicas y modelos éticos momentáneamente separados de los vínculos sociales y políticos. La sociedad se rompe; por un lado es tragada por el universo estatal; por otro, se encuentra en una posición de clara "retaguardia" principalmente a nivel social en relación a las variaciones de la cultura. En otras palabras, es la entrada escena de la sociedad posindustrial. Dado el desordenado panorama que experimentan las llamadas sociedades adelantadas en el mundo sociológico se plantea la interrogante de si todavía tiene un centro la vida social. Esto lleva a que se manifiesten oposiciones y rompimientos entre diferentes corrientes sociológicas. En relación con todo esto, Alain Touraine dice: En un mundo dominado por la guerra, el nacionalismo estatal, la industrialización acelerada, cuando la transmisión de la herencia sociocultural aparece cada vez más problemática a medida que aumenta la heterogeneidad de las sociedades nacionales, ¿acaso hay todavía lugar para la idea de cierta estabilidad del sistema social alrededor de un principio central, consista éste en creencias, valores y derechos fundamentales o, por el contrario, descanse sobre la hegemonía de una clase dominante o de un Estado omnipresente? ¿Es necesario, inversamente, guiarse otra vez por el aforismo griego panta rhei, "todo es cambio"? ¿O queda la posibilidad de proponer una nueva definición de la unidad del sistema social? La sociología de las organizaciones y decisiones constituye hoy la principal expresión de una sociología del cambio, opuesta a la clásica que presentaba una teoría del orden. Su idea fundamental es que la sociedad es un conjunto sin centro, que sólo admite cambios limitados, por adaptación a modificaciones del medio o resolución de tensiones internas. Al romper con la noción de racionalización impulsada por ingenieros como Taylor o Ford, esta sociología habla de racionalización limitada, es decir de estrategia, o como Michel Crozier de competencia por el control de áreas de incertidumbre, donde el status de los actores queda impreciso. Los actores sociales, según esta teoría, tratan de maximizar sus intereses, pero lo hacen dentro de un medio desconocido y al cual controlan sólo parcialmente. El resultado es una serie de cambios tipo estimulo–respuesta que ya no deja lugar para algún principio unitario de la vida social, trátese de dominación absoluta o de valores centrales. En un mundo sometido, según Touraine, por la guerra, el nacionalismo estatal, la industrialización acelerada, en donde el aumento de la heterogeneidad de las sociedades nacionales determina directamente la existencia de problemas en lo que hace a la trasmisión de la herencia sociocultural conduce, a que él mismo, manifieste una serie de interrogantes en torno tanto a la estabilidad del sistema social alrededor de un principio central o sustentado sobre la hegemonía de una clase dominante o de un Estado omnipresente, como al cambio del sistema social y a una nueva definición de la unidad del sistema social. La sociología de las organizaciones y decisiones es, según el sociólogo francés, a mediados de la década de los ochenta del siglo pasado, la principal expresión de una sociología de cambio, opuesta a la clásica que presentaba una teoría del orden. Su idea fundamental es que la sociedad es un conjunto sin centro, que sólo admite cambios limitados, por adaptación a modificaciones del medio o resolución de tensiones internas. A esto se le suma, el romper como sociología de las organizaciones y decisiones con la noción de racionalización absoluta del fenómeno organizado sustentada por la escuela organizacional tayloriana y el fordismo y sí hablar del concepto de racionalidad limitada como lo hacen March y Simon y en el caso de Crozier de racionalidad relativa. Crozier entiende que en toda acción organizada de los hombres, incluidas las organizaciones, coexisten dos lógicas que es necesario tener en cuenta: el actor persiguiendo sus objetivos "egoístas" y el sistema organizado estructurado en función de una lógica finalística. Es decir, que para Crozier el actor desarrolla comportamientos racionales, pero lo que define esa racionalidad no es una "ciencia" de la organización forjada con anterioridad, como sucede en la "organización científica del trabajo" de Taylor, sino un constante juego conducido por el actor, cuyo desenvolvimiento no se encuentra para nada escrito en ningún lugar, y en el que toman parte tanto los recursos del actor como las presiones del sistema. Esta racionalidad relativa dirige todas las organizaciones humanas. Es entonces que, la lectura crozeriana es necesariamente dualista, en el sentido de que se debe integrar al actor en el sistema organizado, ya que es en el seno del fenómeno organizado donde los sujetos y los grupos elaboran sus estrategias. El propio Michel Crozier junto a Erhard Friedberg dicen lo siguiente: Para terminar, este ensayo es, ante todo, una reflexión tocante a las relaciones del actor y del sistema. El razonamiento que proponemos se estructura en torno a la existencia de estos dos polos opuestos. El actor no existe fuera del sistema que define la libertad, que es la suya, y la racionalidad que puede emplear en su acción. Pero el sistema no existe porque hay un actor; únicamente él puede generarlo y darle vida, y sólo él puede cambiarlo. De la yuxtaposición de estas dos lógicas nacen las restricciones de la acción organizada que exponemos con nuestro razonamiento.Para Crozier, el individuo esta permanentemente construyendo una realidad colectiva -la organización- que es su obra y en cuyo seno nunca deja de ser actor tratando en todo momento de aprovechar su margen de libertad (que significa fuente de incertidumbre tanto para los miembros como para la organización en su conjunto) para negociar su "cooperación", cuidando de manipular a sus miembros y la organización en su conjunto de tal suerte que esta "cooperación" le genere beneficios. Pero también, ese mismo producto suyo que es la organización se transforma para él en una fuente de condicionantes que conforman el marco indispensable para la acción conjunta. A su vez, la cuestión del cambio es entendida por Crozier y Friedberg de la siguiente manera: Es preciso borrar de un plumazo de una vez por todas esta visión del cambio que hemos heredado del siglo XIX. El cambio no es ni el majestuoso correr de la historia, en cuyo caso seria suficiente conocer sus leyes nada más, ni la concepción y la puesta en práctica de un modelo más "racional" de organización social. No puede ser comprendido más que como un proceso de creación colectiva a través del cual los miembros de una determinada colectividad aprenden juntos, es decir, inventan y determinan nuevas formas de jugar el juego social de la cooperación y del conflicto (en pocas palabras, una nueva praxis social), y adquieren las capacidades cognoscitivas, de relación y organizativas correspondientes. Es un proceso de aprendizaje colectivo que permite instituir nuevos constructos de acción colectiva que crean y expresan una nueva estructuración del o de los campos. Crozier, por un lado, le da la espalda y rompe con una visión del cambio que viene del siglo XIX, que lo entendía como una etapa lógica de un desarrollo humano ineluctable o como la imposición de un modelo de organización social mejor por ser más racional. Por el otro lado, el sociólogo francés, concibe al cambio como un proceso de creación colectiva a través del cual los miembros de una determinada colectividad aprenden juntos, es decir, inventan y determinan nuevas formas de jugar el juego social de la cooperación y del conflicto (en pocas palabras, una nueva praxis social), y adquieren las capacidades cognoscitiva, de relación y organizativas correspondientes. Es un proceso de aprendizaje colectivo que permite instituir nuevos constructos de acción colectiva que crean y expresan una nueva estructuración del o de los campos. Crozier y Friedberg siguen diciendo: La alternativa para las fórmulas de cambio, tecnocráticas y autoritarias, no puede ser más que la extensión y la generalización progresiva de la experimentación, es decir, del aprendizaje colectivo e institucional en todos los niveles, o más bien la organización de las condiciones que hacen posible tal extensión.La extensión y la generalización progresiva de la experimentación, es decir, el aprendizaje colectivo e institucional en todos los niveles, es presentado por Crozier, como la alternativa a las fórmulas o modelos de cambio de índole tecnocráticas y autoritarias. Es decir, una y otra son fórmulas o modelos de cambio que tienen de común el castrar todo tipo de aprendizaje colectivo e institucional, dado que la cuestión del cambio lo entienden como la imposición de un modelo a priori concebido desde el inicio por grupos de técnicos y cuya racionalidad deberá defenderse contra las obstrucciones irracionales de los actores que serian en los hechos la manifestación de su relación reducida a las costumbres pasadas o a su condicionamiento por las estructuras de dominación existentes y por la alineación dentro de éstas. Finalmente, el sociólogo Hebert Marcuse dice lo siguiente:El universo totalitario de la racionalidad tecnológica es la última transmutación de la idea de razón. Crozier con su "análisis estratégico" realiza un jaque mate a todas las visiones de una racionalidad totalitaria, devoradora de sus hijos al igual que el dios Saturno. Dado que la aplicación del mismo a situaciones concretas evidencia la existencia de una racionalidad de actor en organización, irreductible a la racionalidad del sistema organizado. Es decir, el carácter esencialmente "oportunista" de las estrategias humanas y la parte no reducible de la libertad que existe en toda relación de poder. En donde, el cambio como tal es entendido por Crozier como proceso de aprendizaje colectivo e institucional a todos los niveles. En un mundo occidental, particularmente Europa y más particularmente Francia que desde 1968 vive y experimenta la salida de la modernidad. Capítulo IIReferencias Teóricas La modernidad del siglo XVIII fue un proyecto de sociedad basado en un concepto de razón no ceñido a la razón instrumental, sino dando igual significación a la razón moral y estética, durante todo el siglo XIX europeo se asistió a un proceso en el cual lo racional se transforma en lo racional instrumental. Es decir, la modernidad tiene forma burguesa y de por sí su rostro es la del orden económico capitalista. En donde, para Weber la teoría de la burocracia conforma una pieza importante de su visión sobre la modernización (racionalización) del mundo occidental, que no conduce según él hacer realidad la vinculación entre el crecimiento de la ciencia, la racionalidad y la libertad humana universal (como soñaban los pensadores de la ilustración), sino a que el hombre moderno quede encerrado en la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática careciendo su vida de significado y libertad. A su vez, el llamado "análisis estratégico" es entendido por Crozier como un nuevo modo de razonamiento (proporciona herramientas teóricas para superar las visiones "monísticas" de la organización) o de razonar ante los problemas de la acción colectiva, y por ende organizada, de los hombres, en un tiempo histórico como lo fue Europa y particularmente Francia de afines de la década de los sesenta e inicios de los setenta del siglo pasado pautada por diversas crisis, una de ellas es la que corresponde a la ideología modernista. Es así que, todo esto lleva a que se pase ahora a detallar las referencias teóricas de la racionalidad burocrática y de la racionalidad relativa de Crozier en lo que se refiere a la organización y al poder. 2.1. La organización - Racionalidad burocrática Max Weber enfatiza la racionalidad de la organización burocrática; de
hecho, la palabra máquina viene directamente de sus escritos. Es decir, la búsqueda de una racionalidad organizacional absoluta que sometería al hombre a un modo de funcionamiento "sin fallas" de ningún tipo. Esta búsqueda revela una concepción de la organización en la que solamente están presentes los reclamos procedentes de una dinámica finalística. La única medida de referencia del modelo weberiano es la finalidad de la organización. Para alcanzar esa finalidad se encuentra la administración burocrática que anula todo tipo de contingencias circunscribiendo la organización a una realidad del todo previsible. Weber dice lo siguiente:Allí donde se ha llevado íntegramente a cabo la burocratización del régimen de gobierno se ha creado una forma de relaciones de dominio prácticamente inquebrantable. El simple funcionario no puede desprenderse de la organización a la cual está sujeto. En oposición a los honoratiores, que administran y gobiernan honoríficamente y como al margen, el funcionario profesional está encadenado a su labor con toda su existencia material e ideal. En casi todos los casos el funcionario no es más que un miembro al que se encargan cometidos especializados dentro de un mecanismo en marcha incesante que únicamente puede ser movido o detenido por la autoridad superior, y que es la que le prescribe la ruta determinada. Por todo ello se halla sometido al interés común de todos los funcionarios insertados en tal mecanismo, para que siga funcionando y persista el dominio socializado ejercido por la burocracia. Por su lado, los dominados no pueden prescindir del aparato de dominio burocrático ya existente ni sustituirlo por otro, pues se basa en una metódica síntesis de entrenamiento especializado, división de trabajo y dedicación fija a un conjunto de funciones habituales diestramente ejercidas. La organización es concebida por la racionalidad burocrática, como un conjunto articulado de funciones. Este conjunto debe operar (gracias a la máxima autoridad oficial) de una manera transparente, fluida y homogénea como para que nada ni nadie (a parte de la máxima autoridad oficial) pueda frenar e impedir el logro de las metas fijadas de antemano por la propia máxima autoridad oficial de la organización. A su vez, al individuo en la racionalidad burocrática, sólo se lo tiene en cuenta en su carácter de funcionario especializado. Es decir, como miembro de la organización burocrática al que se le encargan obligaciones especializadas que tienen como fin único la concreción de los objetivos fijados por la propia organización burocrática. Dice M.Weber:Las funciones específicas de la burocracia moderna quedan expresadas del modo siguiente:I. Rige el principio de las atribuciones oficiales fijas, ordenadas por lo general, mediante reglas, leyes o disposiciones del reglamento administrativo, es decir: 1) Existe una firme distribución de las actividades metódicas consideradas como deberes oficiales - necesarias para cumplir los fines de la organización burocrática. 2) Los poderes de mando necesarios para el cumplimiento de estos deberes se hallan igualmente determinado de un modo fijo, estando bien delimitados mediante normas los medios coactivos que le son asignados (medios coactivos de tipo físico, sagrado o de cualquier otra índole). 3) Para el cumplimiento regular y continuo de los deberes así distribuidos y para el ejercicio de los derechos correspondientes se toman las medidas necesarias con vistas al nombramiento de personas con aptitudes bien determinadas. Estos tres factores constituyen, en la esfera oficial, el carácter esencial de una autoridad burocrática o magistratura y en la esfera de la economía privada la sustancia de un despacho. E n este sentido, tal institución se ha desarrollado completamente en las comunidades políticas y eclesiásticas sólo con la aparición del Estado moderno, y en la esfera de la economía privada sólo con la aparición de las formas avanzadas del capitalismo. En organizaciones políticas tan extensas como las del Antiguo Oriente, así como en los imperios germánico y mogol formados mediante la conquista, y en muchos organismos feudales, las magistraturas permanentes con atribuciones fijas no constituyen la regla, sino la excepción. El soberano hace cumplir las medidas más importantes por medio de comisionados personales, de comensales o de servidores de palacio, a quienes se dan cargos o autorizaciones establecidos momentáneamente para el caso particular y no siempre bien delimitados. II. Rige el principio de la jerarquía funcional y de la tramitación, es decir, un sistema firmemente organizado de mando y subordinación mutua de las autoridades mediante una inspección de las inferiores por las superiores, sistema que ofrece al dominado la posibilidad sólidamente regulada de apelar de una autoridad inferior a una instancia superior. Para la racionalidad burocrática, el funcionamiento de una organización es el fruto de la adaptación de un conjunto de calificados profesionales a las facultades que dan las funciones oficiales fijas ordenadas mediante reglas, leyes o disposiciones del reglamento administrativo de la propia organización. A su vez, la integración de la conducta de los individuos en la organización burocrática es la derivación inmediata del aprendizaje de un conjunto de conductas interdependientes con sus correspondientes normas y valores. Es decir, esto implica un trabajo de equipo, una clara división del trabajo con la subordinación del propio status-rol, obediencia a la autoridad (el poder legítimo para dar órdenes), la existencia de normas regulativas y de valores comunes. La organización burocrática como tal es una forma de eficiencia funcional. Es así que, la organización para la racionalidad burocrática es el reino invulnerable de la racionalidad del sistema organizado. Racionalidad relativa de M. Crozier El "análisis estratégico" de Michel Crozier maneja el concepto de racionalidad relativa. Esto consiste en que todo conjunto humano organizado coexisten dos lógicas que es necesario tener presente: el actor persiguiendo sus objetivos "personales" y el sistema organizado estructurado en función de una lógica finalística. Al respecto, Crozier y Friedberg dicen lo siguiente: Si admitimos que en toda su organización el actor individual dispone de un margen de libertad irreductible para perseguir sus actividades, es iluso querer buscar la explicación de sus comportamientos empíricamente observables, en la racionalidad de la organización, en sus objetivos, sus funciones y sus estructuras como si se tratara de un conjunto de circunstancias a las cuales los individuos no pudieran adaptarse y que acabarían por interiorizar y por conformar su conducta. Esto no quiere decir que la organización pueda analizarse únicamente a partir del comportamiento del actor. La lectura crozeriana es forzosamente dualista, es decir que debe integrar al actor en el sistema organizado, ya que es en el seno del fenómeno organizado dónde los individuos y los grupos establecen sus estrategias. Otro concepto que maneja el "análisis estratégico" de Crozier es el de estrategia. Crozier y Friedberg dicen: Para entender este concepto y el uso que hacemos de él, es preciso partir de las siguientes observaciones empíricas: 1. El actor rara vez tiene objetivos claros y menos todavía proyectos coherentes: estos son múltiples, más o menos ambiguos, más o menos explícitos y más o menos contradictorios. Cambiará a mitad del camino y rechazará algunos, descubrirá otros sobre la marcha o incluso después, aunque no sea más que porque existen consecuencias imprevistas e imprevisibles de su acción que le obligan a "reconsiderar su posición" y a "reajustar su mira": lo que considera "medio" en un momento dado puede ser "fin" en otro momento y viceversa. De ahí se deduce que sería ilusorio y falso considerar su comportamiento como reflexivo, es decir mediatizado por un sujeto lúcido que calcula sus movimientos en función de los objetivos fijados al principio. 2. Sin embargo su comportamiento es activo. Siendo que siempre se encuentra restringido y limitado, no está jamás directamente determinado; incluso, de alguna manera, la pasividad es el resultado de una elección. 3. Es un comportamiento que siempre tiene un sentido; el hecho de que no se le pueda relacionar con objetivos claros, no significa que no pueda ser racional sino todo lo contrario. En lugar de ser racional con relación a ciertos objetivos, lo es, por parte con relación a las oportunidades y a través de estás, al contexto que las defina, y por otra, en relación con el comportamiento de los otros actores, con el partido de los que lo toman y con el juego que se estable- ció entre ellos. 4. Es, en resumen, un comportamiento que siempre presenta dos aspectos: uno ofensivo, que es aprovechar las oportunidades con miras a mejorar su situación, y otro defensivo que consiste en mantener y ampliar su margen de libertad y por ende su capacidad actuar. Esta oposición se encuentra sin que necesariamente haya equivalencia en una perspectiva temporal (ganancias a corto plazo contra inversión); lo importante es la dualidad y no el significado de los términos. 5. En el caso límite, no existe, pues, un comportamiento irracional; ésa es la utilidad que tiene el concepto de estrategia, que puede aplicarse indistintamente a los comportamientos en apariencia de lo más racionales y a los que parecen completamente erráticos. Tras el humor y las reacciones afectivas que dirigen este comportamiento día con día, es posible que el análisis descubra regularidades que no tendrían sentido más que si se relacionan con una estrategia. Decir de un actor que tiene un comportamiento estratégico indica que es capaz de utilizar los recursos de una situación y las ocasiones que se le ofrecen para alcanzar unos objetivos personales. Por otra parte, éstos no son siempre claros y coherentes; no surgen necesariamente en la conciencia. Para Crozier, el concepto de estrategia esta en la base de la comprensión de la racionalidad relativa. Con respecto a la principal virtud del concepto de estrategia Crozie y Friedberg dicen:La principal virtud del concepto de estrategia es que fuerza a la superación y la hace posible, mientras que la reflexión en términos de objetivos tiende a aislar al actor de la organización a la cual le enfrenta, la reflexión en términos de estrategia obliga a buscar en el contexto organizativo la racionalidad del actor y a comprender el constructo organizativo en las vivencias de los actores. La principal virtud del concepto de estrategia es superar la concepción de la organización basada en la noción de objetivo. El comportamiento en organización es de naturaleza estratégica. Es decir, que todo comportamiento organizacional se plantea alcanzar determinados objetivos sirviéndose de la construcción organizacional. a estrategia del actor se orienta a aumentar su margen de maniobra en detrimento del margen de maniobra de los demás. Dada esta perspectiva, la organización es en efecto ese lugar de enfrentamiento y de conflicto por la acción motivada de sus miembros quienes, en la búsqueda de sus estrategias personales, siempre divergentes cuando no contradictorias, tratan simplemente de proteger, incluso de ampliar su propio margen de libertad reduciendo su dependencia respecto a los otros. Crozier y Friedberg dicen: Así, pues, no se puede hablar de los objetivos o de la racionalidad de una organización como sí existieran de por sí, fuera o por encima de los individuos o los grupos que sólo ellos pueden llevar consigo y darles vida incluyéndolos en sus estrategias y actualizándolos con sus comportamientos. En el caso extremo, la organización en sí no puede existir más que por los objetivos y las racionalidades parciales de los individuos o de los grupos que alberga.La organización, es en sí, un universo de conflicto, y su funcionamiento el resultado de los enfrentamientos entre las racionalidades contingentes, múltiples y divergentes de actores relativamente libres capaces de llevar adelante sus propios objetivos. A esto se le suma, el concepto de juego como instrumento de la acción organizada. Con respecto a esto, Crozier y Friedberg dicen:El juego es el instrumento que elaboraron los hombres para reglamentar su cooperación; es el instrumento esencial de la acción organizada. El juego concilia la libertad con la restricción. El jugador es libre, pero si quiere ganar, debe adoptar una estrategia racional en función de la naturaleza del juego y respetar las leyes de éste. Esto quiere decir que para el progreso de sus intereses, debe aceptar las restricciones que se le imponen. Si se trata de un juego de cooperación, que siempre es el caso tratándose de una organización, el producto del juego será el resultado común que busca la organización. Este resultado no se obtendrá por la solicitud directa de los participantes, sino por la orientación que se les haya dado, debido a la naturaleza y a las reglas de los juegos que juega cada uno de ellos y en las que buscan su propio interés. Para el "análisis estratégico" de Crozier, el juego es el instrumento que elaboraron los hombres para reglamentar su cooperación; es el instrumento esencial de la acción organizada. El juego concilia la libertad con la restricción. El jugador es libre, pero si quiere ganar debe adoptar una estrategia racional en función de la naturaleza del juego y respetar las leyes de éste. Esto quiere decir que para el progreso de sus intereses debe aceptar las restricciones que se le imponen. Es así que, si se trata de un juego de cooperación, que siempre es el caso tratándose de una organización, el producto del juego será el resultado común que busca la organización. Este resultado no se obtendrá por la voluntad directa de los participantes, sino por la orientación que se les haya dado, debido a la naturaleza y a las reglas de los juegos que juega cada uno de ellos y en las que buscan su propio interés. Con respecto a esto último, Crozier y Friedberg siguen diciendo: En otras palabras, en lugar de considerar el funciona- miento de una organización como el producto de la adaptación, por diversos procesos, de un conjunto de individuos o de grupos con motivaciones propias, a los procedimientos y a las "funciones" previstos por ésta, nosotros proponemos considerarlo como el resultado de una serie de juegos en los cuales participan los diferentes actores organizativos y cuyas reglas formales e informales -definiendo especialmente las posibilidades de ganancias y de pérdidas de unos y otros- delimitan un abanico de estrategias racionales, es decir, "ganadoras", que podrán adoptar si quieren que su compromiso en la organización sirva para que sus expectativas personales, o por lo menos para que no les contraríe. El "análisis estratégico" de Crozier, entiende que el funcionamiento de una organización es el resultado de una serie de juegos en los cuales participan los diferentes actores organizativos y cuyas reglas formales e informales - definiendo especialmente las posibilidades de ganancias y de pérdidas de unos y otros - delimitan un abanico de estrategias racionales, es decir, "ganadoras", que podrán adoptar si quieren que su compromiso en la organización sirva para que sus expectativas personales, o por lo menos para que no les contraríe. Dicen Crozier y Friedberg:Una vez conceptuada la organización como un conjunto de juegos articulados entre sí, el fenómeno propiamente sociológico de la integración de las conductas de los actores ya no se interpreta como la consecuencia directa del aprendizaje de un conjunto de comportamientos interterdependientes con sus correspondientes normas y valores. Se analiza como la consecuencia indirecta de la restricción fundamental que obliga a cada participante -si es que quiere seguir jugando y asegurar simultáneamente que su compromiso en el conjunto sea "redituable" para él o por lo menos que no le "cueste" mucho- a no perder de vista las exigencias y las reglas que prevalecen en los juegos que se juegan en la organización y contribuir así, nolens volens, a cumplir los objetivos de ésta. Al concebir, el "análisis estratégico" de Crozier, a la organización como un conjunto de juegos articulados entre sí, el fenómeno sociológico de la integración de los comportamientos de los actores se estudia, por parte de ésta escuela de análisis organizacional como la consecuencia indirecta de la restricción fundamental que obliga a cada participante - si es que quiere seguir jugando y asegurarse simultáneamente que su compromiso en el conjunto sea "redituable" para él o por lo menos que no le "cueste" mucho - a no perder de vista las exigencias y las reglas que prevalecen en los juegos que se juegan en la organización y contribuir así, nolens volens, a cumplir los objetivos de ésta. 2.2. El poder En la perspectiva weberiana la legitimidad corresponde a los valores admitidos por un grupo humano (una organización) y en los que se basa el poder concebido como capacidad de actuar sobre los demás. El poder legítimo se llama autoridad. Max Weber distingue tres tipos de autoridad, que se basan en tres legitimidades. La primera, la autoridad carismática. El carisma es definido por Weber de la siguiente forma: Debe entenderse por "carisma" la cualidad, que pasa por extraordinaria (condicionada mágicamente en su origen, lo mismo si se trata de profetas que de hechiceros, árbitros, jefes de cacería o caudillos militares), de una personalidad, por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales o sobrehumanas -o por lo menos específicamente extracotidinas y no asequibles a cualquier otro-, o como enviados del dios, o como ejemplar y, en consecuencia, como jefe, caudillo, guía o líder. La autoridad carismática es legitimada por la confianza de los subordinados en esa virtud singular de la personalidad del jefe. La segunda, la autoridad tradicional. Se basa en una norma: lo que ha existido o lo que existe es legítimo. Así basta que la autoridad tradicional se enraíce en una costumbre o una rutina para ser reconocida. La tercera, la autoridad racional-legal. La legitimidad de esta autoridad se basa en el respeto por parte del jefe y de los subordinados de reglas establecidas según unos procedimientos racionales y formales. Dice M.Weber:Tenemos, por último, una legitimidad basada en la "legalidad", en la creencia en la validez de preceptos legales y en la "competencia" objetiva fundada sobre normas racionalmente creadas, es decir, en la orientación hacia la obediencia a las obligaciones legalmente establecidas; una dominación como la que ejercen el moderno "servidor del Estado" y todos aquellos titulares del poder que se asemejan a él. En Weber la legitimidad basada en la legalidad define el fundamento característico de la autoridad en las instituciones modernas que esta basada en la aplicación correcta de los procedimientos. Las personas sujetas a autoridad aceptan ésta como legitimada tanto corresponda a leyes como a personas si está constituida conforme a procedimientos correctos. De aquí las dos principales propiedades características de la autoridad moderna. En primer lugar, la autoridad legal es impersonal, la lealtad exigida concierne a las normas y a los procedimientos establecidos. En segundo lugar, en el régimen de autoridad legal existe el principio de la libre posibilidad de nuevas reglamentaciones, con tal que se cumpla la única condición de que sean observados los procedimientos formales. Ambas propiedades son fundamentales para el funcionamiento de la administración burocrática. Weber dice lo siguiente: El tipo más puro de dominación legal es aquél que se ejerce por medio de un cuadro administrativo burocrático. En Weber la burocracia es la forma organizativa especifica que expresa la autoridad legal. Para Weber la burocracia debe abarcar los rasgos siguientes: 1) sus miembros son libres en tanto personas, 2) sometimiento de un subordinado al jefe se limita en la realización de sus funciones, 3) están organizados en una clara jerarquía de funciones, 4) cada empleo tiene una esfera de competencia bien definida, 5) todo empleo esta ocupado en una relación contractual, 6) la forma de relación esta basado en la competencia, status por logro (adquirido), 7) los miembros de una burocracia son designados nunca elegidos, 8) los burócratas son remunerados según un salario fijo en dinero, 9) el funcionario se debe dedicar a pleno en la burocracia, 0) la burocracia constituye una carrera, 11) el burócrata es un ocupante del puesto no es dueño del mismo y 12) disciplina de trabajo. Cuánto más éstas características se encuentran altamente articuladas en la organización, entonces la organización se aproxima a la burocracia del "tipo ideal". La características de la burocracia weberiana es la separación del hombre de la función. Weber subraya la especificidad funcional de los puestos en la administración burocrática. A su vez, el ingreso a la organización por concurso quiere ser una garantía de la ecuanimidad pero fundamentalmente, una forma de asegurar que se funcione sobre la base de expertos que saben muy bien la función que les toca desempeñar. Es así que, Weber dice lo siguiente:Las funciones específicas de la burocracia moderna quedan expresadas del modo siguiente: I. Rige el principio de las atribuciones oficiales fijas, ordenadas, por lo general, mediante reglas, leyes o disposiciones del reglamento administrativo es decir: 1) Existe una firme distribución de las actividades metódicas - consideradas como deberes oficiales - necesarias para cumplir los fines de la organización burocrática 2) Los poderes de mando necesarios para el cumplimiento de estos deberes se hallan igualmente determinados de un modo fijo, estando bien delimitados mediante normas los medios coactivos que le son asignados (medios coactivos de tipo físico, sagrado o de cualquier otra índole). 3) Para el cumplimiento regular y continuo de los deberes así distribuidos y para el ejercicio de los derechos correspondientes se toman las medidas necesarias con vistas al nombramiento de personas con aptitudes bien determina- das. Estos tres factores constituyen, en la esfera oficial, el carácter esencial de una autoridad burocrática...Para Weber, los tres factores que constituyen, en la esfera oficial, el carácter esencial de una autoridad burocrática son los siguientes: 1) La existencia de una firme distribución de
las actividades metódicas 2) Que los poderes de mando necesarios para el cumplimiento de estos deberes se hallen igualmente determinados de un modo fijo, estando bien delimitados mediante normas los medios coactivos que le son asignados (medios coactivos de tipo físico, sagrado o de cualquier otra índole). 3) Para el cumplimiento regular y continuo de los deberes así distribuidos y para el ejercicio de los derechos correspondientes se tomen las medidas necesarias con vistas al nombramiento de personas con aptitudes bien determinadas. El análisis de Weber sobre la burocracia esta lleno de elogios para este tipo de organización propio de la sociedad moderna. Dice Weber:La administración burocrática pura, o sea, la administración burocrática-monocrática, atenida al expediente, es a tenor de toda la experiencia la forma más racional de ejercerse una dominación; y lo es en los sentidos siguientes: en precisión, continuidad, disciplina, rigor, y confianza; calculabilidad, por tanto, para el soberano y los interesados; intensidad y extensión en el servicio; aplicabilidad formalmente universal a toda suerte de tareas; y suceptibilidad técnica de perfección para alcanzar el óptimo en sus resultados. El desarrollo de las formas "modernas" de asociaciones en toda clase de terrenos (estado, iglesia, ejército, partido, explotación económica, asociación de interesados, uniones, fundaciones y cualesquiera otras que pudieran citarse) coincide totalmente con el desarrollo e incremento creciente de la administración burocrática: su aparición es, por ejemplo, el germen del estado moderno occidental. Weber entiende que la administración burocrática-monocrática es la forma más racional de ejercer una dominación debido fundamentalmente a sus altas cualidades técnicas. Además, para Weber el desarrollo de las instituciones públicas, privadas y del Estado moderno concuerda del todo con el desarrollo y el aumento de la administración burocrática. Weber atribuye a la burocracia una racionalidad formal y eficiente, basada en el objetivo y principalmente en el carácter impersonal de las normas que rigen el comportamiento de sus miembros. Dice Weber:Se obedece, no a la persona en virtud de su derecho propio sino a la regla estatuida, la cual establece al propio tiempo a quién y en qué medida se deba obedecer. También el que ordena obedece, al emitir una orden, a una regla: a la "ley" o al "reglamento" de una norma formalmente abstracta. El tipo del que ordena es el "superior", cuyo derecho de mando está legitimado por una regla estatuida, en el marco de una "competencia" concreta, cuya delimitación y especialización se fundan en la utilidad objetiva y en las exigencias profesionales puestas a la actividad del funcionario. El tipo del funcionario es del funcionario de formación profesional, cuyas condiciones de servicio se basan en un contrato, con un sueldo fijo, graduado según el rango del cargo y no según la cantidad de trabajo, y derecho de ascenso conforme a reglas fijas. Su administración es trabajo profesional en virtud del deber objetivo del cargo; su ideal es: disponer sine ira et estudio, o sea sin la menor influencia de motivos personales y sin influencias sentimentales de ninguna clase, libre de arbitrariedad y capricho y, en particular, "sin consideración de la personalidad", de modo estrictamente formal según reglas racionales o bien, allí donde éstas fallan, según puntos de vista de conveniencia "objetiva".El deber de obediencia está graduado en una jerarquía de cargos, con subordinación de los inferiores a los superiores, y dispone de un derecho de queja reglamentado. El fundamento del funcionamiento técnico es: la disciplina del servicio. La racionalidad burocrática busca eliminar arbitrariedades y abusos de autoridad al condicionar todo el comportamiento organizacional a un sistema de reglas. Es así que, sólo se rendirá obediencia a un sistema de reglas y procedimientos formalmente definidos; es decir, a las órdenes impersonales de un individuo en una posición de autoridad y sólo dentro de esfera de su zona definida de poder legítimo. Racionalidad relativa de M.Crozier El poder es entendido por Crozier y Friedberg de la siguiente manera: Así, el poder puede precisarse, como una relación de intercambio, y por lo tanto recíproca, pero en la que los términos del intercambio favorecen más a una de las partes involucradas. Es una relación de fuerza de la cual uno puede sacar más ventaja que el otro, pero en la que, del mismo modo, el uno no esta totalmente desvalido frente al otro... El poder es una relación de intercambio y de negociación entre dos o más actores interdependientes. Es decir, que tienen necesidad unos de otros para realizar el objetivo de la organización (producir un bien o un servicio) y alcanzar sus objetivos personales. Pero, aunque se trata de una relación recíproca en que cada actor tiene algo para intercambiar, es también una relación desequilibrada. En el "análisis estratégico" de M.Crozier, el poder se basa en la posibilidad que tiene el actor de rechazar o por lo menos de regatear lo que el otro quiere obtener de él. Crozier y Friedberg dicen lo siguiente: El poder reside, pues, en el margen de libertad de que disponga cada uno de los participantes comprometidos en una relación de poder, esto es, en su mayor o menor posibilidad de rehusar lo que el otro le pida. El juego estratégico de dos actores que se han hecho interdependientes por una relación de poder consistirá para cada uno: 1) en salvaguardar su margen de libertad manteniendo su comportamiento imprevisible y 2) procurando encerrar al otro (por medios diversos, uno de ellos los reglamentos) en un marco en que sus comportamientos sean previsibles y su margen de libertad reducido. En el "análisis estratégico" de M. Crozier, poder y organización están entrelazados fuertemente. En lo que se refiere a este tema, Crozier y Friedberg dicen lo siguiente: En este nivel es cuando intervienen las características estructurales de una organización. Estas delimitan el campo de ejercicio de las relaciones de poder entre los miembros de una organización y definen las condiciones en las que estos pueden negociar entre sí. Son las restricciones que se imponen a todos los participantes. Es así que las características estructurales de una organización establecen el ámbito de ejercicio de las relaciones de poder entre los integrantes de una organización y además fijan las condiciones en las que los mismos pueden negociar entre sí. Al respecto, Crozier y Friedberg dicen lo siguiente:En principio, la organización permite el desarrollo de relaciones de poder y les da un carácter permanente. El poder, como ya hemos dicho, no existe por sí mismo; solo se puede ejercer en una relación en la que están de acuerdo dos actores, o en la que ya están involucrados, por medio del cumplimiento de una tarea de- terminada, mediante la cual, en otros términos, se integran, por lo menos provisionalmente, en un conjunto organizado. Es así que los actores no pueden lograr sus personales objetivos más que por el ejercicio de relaciones de poder, pero a la vez, no pueden ejercer poder entre sí más que cuando se persiguen objetivos comunes cuyas propias limitaciones condicionan en forma directa sus negociaciones. A su vez, las estructuras y las reglas que pautan el funcionamiento oficial de una organización tienen un papel importante en el seno de la propia organización. Dicen Crozier y Friedberg:Posteriormente, las estructuras y las reglas que rigen el funcionamiento oficial de una organización, son las que determinan los lugares donde podrán desarrollarse esas relaciones de poder. Al tiempo que definen los sectores en que la acción es más previsible y que organizan procedimientos más o menos fáciles de controlar, crean y circunscriben zonas organizativas de incertidumbre que los individuos o los grupos tratarán simplemente de controlar para utilizarlas en la consecución de sus propias estrategias y alrededor de las cuales se crearán, por ende, relaciones de poder. El poder, a su vez, junto con las capacidades de acción de los individuos o de los grupos dentro de una organización dependen a fin de cuentas del control que puedan ejercer sobre una fuente de incertidumbre que afecte la capacidad de la organización para alcanzar sus propios objetivos y de la importancia y la pertinencia de esta fuente de incertidumbre con relación a las demás que condicionan igualmente esta capacidad. Así cuanto más crucial sea la zona de incertidumbre controlada por un individuo o un grupo para el éxito de la organización, con más poder contará. Es así que, las estructuras y las reglas que pautan el funcionamiento oficial de una organización son las que establecen la escena en la que tiene lugar las relaciones de poder. Al tiempo que especifican las zonas en que la actividad es más previsible y que organizan métodos más o menos sencillos de examinar, conciben y limitan zonas organizativas de incertidumbre que los sujetos o los grupos intentarán controlar para usarlas en la obtención de sus propias estrategias y alrededor de las cuales se crearán, por tanto, relaciones de poder. El poder, a su vez, junto con las capacidades de acción de los sujetos o de los grupos dentro de una organización dependen esencialmente del control que puedan practicar sobre una fuente de incertidumbre que afecte la capacidad de la organización para alcanzar sus propios objetivos y de la importancia y la pertinencia de esta fuente de incertidumbre con relación a las demás que condicionan igualmente esta capacidad. En este marco, cuanto más clave sea la zona de incertidumbre controlada por un sujeto o un grupo para el triunfo de la organización, con más poder contará. Además, la organización regulariza el desenvolvimiento de las relaciones de poder. Con respecto a esto, Crozier y Friedberg dicen lo siguiente:Por último, la organización regulariza el desenvolvimiento de las relaciones de poder. Dado su organigrama y sus reglamentos internos, restringe la libertad de acción de los individuos y de los grupos que reúne, con lo cual condiciona profundamente la orientación y el contenido de sus estrategias. Por ese resquicio, introduce de dos maneras, un mínimo de previsión en el comportamiento de cada uno. Por un lado, la organización afecta la capacidad de jugar de sus miembros pues determina los triunfos que puede utilizar cada uno de ellos en las relaciones de poder. Por otro, condiciona su voluntad de hacer realmente uso de esos triunfos para conseguir sus estrategias pues fija los envites, es decir, lo que cada uno tiene esperanza de ganar o se arriesga a perder, si compromete sus recursos en una relación de poder . Finalmente, la organización regulariza el desenvolvimiento de las relaciones de poder. Dado su organigrama y sus reglamentos internos, limitan la libertad de acción de los individuos y de los grupos que reúne, con la cual condiciona profundamente la orientación y el contenido de sus estrategias. Por ese resquicio, introduce de dos maneras, un mínimo de previsión en el comportamiento de cada uno. Por un lado, la organización afecta la capacidad de jugar de sus miembros pues determina los triunfos que puede utilizar cada uno de ellos en las relaciones de poder. Por otro, condiciona su voluntad de hacer realmente uso de esos triunfos para conseguir sus estrategias pues fija los envites, es decir, lo que cada uno tiene esperanza de ganar o se arriesga a perder, si compromete sus recursos en una relación de poder. En resumen, Crozier y Friedberg definen el poder de la siguiente manera: Pero el poder del que estamos hablando no podría asimilar- se al que detentaría una autoridad establecida. El poder no es el simple reflejo y producto de una estructura de autoridad, organizativa o social, como tampoco es un atributo una propiedad de cuyos medios uno se pudiera apropiar, como antaño se creía que podían apropiarse los medios de producción por la nacionalización. En el fondo no es otra cosa que el resultado, siempre contingente, de la movilización, por los actores, de las fuentes de incertidumbre pertinentes que ellos controlan en una estructura de determinado juego, por sus relaciones transacciones con los otros participantes en ese juego. Es, pues, una relación que en tanto mediación especifica y autónoma de los objetivos divergentes de los actores, esta siempre ligada a una estructura de juego. Esta estructura, de hecho, define la pertinencia de las fuentes de incertidumbre "naturales" y "artificiales" que éstos pueden controlar. Para el "análisis estratégico" de Crozier, el poder es entendido como el resultado, siempre contingente, de la movilización, por los actores, de las fuentes de incertidumbre pertinentes que ellos controlan en una estructura de determinado juego, por sus relaciones y transacciones con los otros participantes en ese juego. Es, pues, una relación que en tanto mediación especifica y autónoma de los objetivos divergentes de los actores, está siempre ligada a una estructura de juego. Esta estructura de hecho, define la pertinencia de las fuentes de incertidumbre "naturales" y "artificiales" que éstos pueden controlar. El "análisis estratégico" de Crozier, después de estudiar el poder desde el punto de vista de los actores y la relación entre poder y organización, pasa analizar los tipos de poder emanados de la organización. Dicen Crozier y Friedberg: A primera vista, parece que se pudiera distinguir cuatro grandes fuentes de poder correspondientes a los diferentes tipos de fuentes de incertidumbre especialmente pertinentes para una organización: las que provienen del control de una competencia particular y de la especialización funcional; las que están ligadas a las relaciones entre una organización y su - o, mejor dicho - sus entornos; las que nacen del control de la comunicación y de la información, y las que provienen de la existencia de reglas organizativas generales. Es así que, para el "análisis estratégico" de Crozier, hay cuatro grandes fuentes de poder correspondientes a los diferentes tipos de fuentes de incertidumbre especialmente pertinentes para una organización: las que provienen del control de una competencia particular y de la especialización funcional; las que están ligadas a las relaciones entre una organización y sus entornos; las que nacen del control de la comunicación y de la información y las que provienen de la existencia de reglas organizativas generales. El control de una competencia particular y de la especialización funcional es la primera fuente de poder. Dicen Crozier y Friedberg:Para empezar, digamos unas palabras sobre la primera y gran fuente de poder, en la que ya hemos abundado, en la medida en que es la más aparente. Es la que sostiene la posición de una competencia o de una especialización funcional difícilmente reemplazable. El experto es el único que sa- be cómo hacer las cosas, que dispone de los conocimientos y de la experiencia del contexto, lo cual le permite resolver algunos problemas cruciales para la organización Su posición es, pues, mejor en la negociación y en la organización que frente a sus colegas. Es así que, el experto es el único capaz de controlar ciertas incertidumbres cruciales para la organización. A este respecto, el ejemplo de los obreros de mantenimiento (los expertos) y su control sobre las averías de máquinas (incertidumbre crucial de acuerdo a los objetivos de la organización) en el caso del monopolio industrial analizado por Crozier (en su libro "El fenómeno burocrático") es especialmente revelador. Es decir, en un universo organizativo en el que ha habido un esfuerzo por hacer los comportamientos previsibles, por medio de múltiples reglamentos, los obreros de mantenimiento controlan una zona particularmente apropiada de incertidumbre, respecto de los objetivos de la organización: las averías de máquinas. Los obreros de mantenimiento son los únicos que pueden diagnosticar la avería, decidir el tiempo de inmovilización de la máquina y efectuar la reparación. Para hacer su conducta todavía más imprevisible, los propios obreros de mantenimiento llegan incluso a hacer desaparecer de los talleres los planos de las máquinas y todo dato sobre el mantenimiento, y han logrado que se acepte que toda política de mantenimiento se base en pautas individuales. Estas pautas individuales las conocen solamente los obreros de mantenimiento. Los obreros de producción y los jefes de taller, que no tienen una formación técnica, están en una situación de dependencia en relación con los obreros de mantenimiento. Las relaciones entre una organización y sus entornos es la segunda fuente de poder. Con respecto, a la segunda fuente de poder, Crozier y Friedberg dicen lo siguiente:La segunda gran fuente de poder que encontramos en una organización está ligada a todas las incertidumbres que se desarrollan alrededor de las relaciones entre la organización y su medio. Esta fuente es bastante cercana a la primera, puesto que el control de medio se puede considerar simplemente como una forma de "pericia". No puede existir una organización si no establece relaciones con el o los medios que la rodean pues depende de ellos por partida doble: por un lado, para obtener los recursos materiales y humanos necesarios para su funcionamiento (muebles, personal, etc.), y por otro, para colocar o "vender" su producto, ya sea que se trate de un bien material o de una prestación inmaterial. Por ello, "los ambientes pertinentes" de una organización, es decir, los segmentos de la sociedad con los que lleva esta relación, constituyen para ella, siempre y necesariamente, una fuente de perturbación potencial de su funcionamiento interno, y por lo tanto, una zona de incertidumbre mayor e ineluctable. Entonces los individuos y los grupos que, por sus múltiples dependencias o por su capital de relaciones en tal o cual segmento del medio, puedan controlar, por lo menos en parte, esta zona de incertidumbre y amoldarla en beneficio de la organización, dispondrán en forma natural de un considerable poder dentro de ésta. Es un poder llamado del "marginal secante", es decir, el poder de un actor que participa en varios sistemas de acción relacionados entre sí y que puede, por ello representar el papel indispensable de intermediario y de intérprete entre lógicas de acción diferentes e incluso contradictorias. El entorno y la adaptación de la organización al mismo suscitan constantemente fuentes de incerteza. Los actores que disponen de una red de relaciones en el exterior de la organización son susceptibles de controlarlas por lo menos parcialmente; en el caso, por ejemplo, del distribuidor. Situado en el mundo de las relaciones entre dos sistemas, el de la organización y el de los comerciantes, siendo marginal en relación con ambos, el distribuidor puede desarrollar un poder específico, el de "marginal secante".El control de la comunicación y de la información es la tercera fuente de poder. Con respecto a esta fuente de poder Crozier y Friedberg dicen:La organización crea poder simplemente por la forma en que organiza la comunicación y los flujos de información entre sus unidades y entre sus miembros. Así, un individuo, para poder cumplir convenientemente con la tarea o la función asignadas a su puesto, necesitará información proveniente de otros puestos que desempeñan otros individuos, y si por razones diversas no puede saltárselas o no puede pasarse sin ellas, éstos, por el simple puesto que ocupan en una determinada red de comunicación ejercerán poder sobre esta persona, pues la manera en que transmitirán sus informaciones (con mayor o menor retraso, o más o menos filtrada o "maquillada", etc.), afectará profundamente la capacidad de acción del destinatario, y no hay reglamentación que pueda con eso. Este último no podrá reparar en esta situación más que si a su vez posee información o controla otra fuente de incertidumbre, que afecte la capacidad de jugar de sus homólogos, en cuyo caso se desarrollará el mismo proceso de chantaje y contrachantaje, de negociación y de regateo entorno al control en la transmisión de las informaciones pertinentes para ambos. En la organización la información no es neutra. Es decir, que la información no se intercambia a todos los niveles y entre todos los miembros de la organización, sin otro costo que el del tiempo. La organización crea poder sencillamente por la forma en que organiza la comunicación y los flujos de información entre sus unidades y entre sus miembros. Es así que, un sujeto para poder realizar favorablemente el trabajo o la función asignada a su cargo, precisará información procedente de otros cargos que ejercen otros sujetos, y si por motivos diferentes no puede saltárselas o no puede pasarse sin ellas, éstos, por el simple puesto que ocupan en una determinada red de comunicación ejercerán poder sobre esta persona, pues la forma en que transmitirán sus informaciones (con mayor o menor retraso, o más o menos filtrada o "maquillada", etc.), afectará profundamente la capacidad de obrar del destinatario, y no hay reglamentación que pueda con eso. Este último no podrá reparar en esta situación más que si a su vez posee información o controla otra fuente de incertidumbre, que afecte la capacidad de jugar de sus homólogos, en cuyo caso se desarrollará el mismo proceso de chantaje y contrachantaje, de trato y de discusión entorno al control en la transmisión de las informaciones pertinentes para ambos. La utilización de las reglas organizativas es la cuarta fuente de poder. Dicen Crozier y Friedberg:La utilización de las reglas organizativas es la cuarta fuente de poder que hemos destacado. La tratamos al final, en la medida en que se puede considerar más como un constructo que la otras, y que se puede comprender como una respuesta de la dirección al problema que plantea la existencia de las otras tres fuentes de poder. Ya nos habíamos dado cuenta, cuando discutíamos el poder proveniente del control de la información, que la autoridad directiva podía hacer uso de los circuitos de información necesarios para la cooperación, en su propio provecho. Aquí nos encontramos otra vez con una problemática análoga. En principio, las reglas están destinadas a suprimir las fuentes de incertidumbre, pero la paradoja reside en que no sólo no las eliminan completamente sino que crean otras que pueden ser inmediatamente aprovechadas por aquellos a los que éstas tienden a constreñir y que están consideradas como reguladoras del comportamiento.En principio, las reglas están destinadas a suprimir las fuentes de incertidumbre, pero la contradicción radica en que no sólo no las suprimen plenamente sino que conciben otras que pueden ser luego utilizadas por aquellos a los que éstas tienden a obligar y que están consideradas como ordenadoras del comportamiento. Dicen Crozier y Friedberg:El mejor ejemplo nos lo ofrecen las negociaciones y los regateos que se generan alrededor de la aplicación de la regla. Generalmente se admite que la regla es un medio que está en manos del superior para obtener un comportamiento de conformidad de sus subordinados. Dado que prescribe en forma muy precisa lo que éstos deben hacer, reduce su margen de libertad, y aumenta el poder del superior. Pero se puede hacer otro análisis, según el cual se ve que el efecto racionalizador de la regla no va en un solo sentido: restringe la libertad de los subordinados, pero actúa de la misma manera con el margen de arbitrariedad del superior que no podrá ejercer su poder de sanción, por ejemplo, más que en circunstancias muy precisas. Al mismo tiempo, la regla se convierte en un medio de protección para los subordinados, que se podrán refugiar en ella, contra el arbitrio del superior. Si la saben aplicar bien, el superior estará des valido frente a ellos. Como generalmente sucede, para que un servicio funcione bien, es preciso hacer más de lo que prescribe la regla, y como por otra parte, el superior es juzgado por los resultados que obtiene en su servicio, éste se encuentra, pues, en una posición de debilidad, ya que no puede obtener de sus subordinados más de lo que la regla impone.Es así que, la mejor muestra nos la brindan las negociaciones y los regateos que se generan alrededor de la aplicación de la regla. Generalmente se admite que la regla es un medio que está en manos del superior para obtener un comportamiento de conformidad de sus subordinados. Dado que prescribe en forma muy precisa lo que éstos deben hacer, reduce su margen de libertad, y aumenta el poder del superior. Pero, para el "análisis estratégico" de Crozier, se puede hacer otro estudio, según el cual se ve que el efecto racionalizador de la regla no va en un solo sentido: restringe la libertad de los subordinados, pero actúa de la misma manera con el margen de arbitrariedad del superior que no podrá ejercer su poder de sanción, por ejemplo, más que en circunstancias muy precisas. Al mismo tiempo, la regla se convierte en un medio de protección para los subordinados, que se podrán refugiar en ella, contra el arbitrio del superior. Si la saben aplicar bien, el superior estará desvalido frente a ellos. Como generalmente sucede, para que un servicio funcione bien, es preciso hacer más de lo que prescribe la regla, y como por otra parte, el superior es juzgado por los resultados que obtiene en su servicio, éste se encuentra, pues, en una posición de debilidad, ya que no puede obtener de sus subordinados más de lo que la regla impone. Dicen Crozier y Friedberg:¿Qué puede hacer el superior para restablecer la situación? Casi siempre tendrá no una, sino varias reglas a su disposición y lo que hará será simplemente tolerar que sus subordinados infrinjan algunas de ellas con la cual tendrá un medio de chantajearlos. Si los amenaza con volverse estricto y con aplicar otra vez con todo rigor las reglas existentes, puede incitar a sus subordinados a realizar un esfuerzo especial donde él considere necesario; pero sabe que no se puede propasar, pues entonces los subordinados le tomarán la palabra, es decir, tomarán las reglas al pie de la letra y las volcarán contra él protegiéndose en ellas.El superior para restablecer la situación casi siempre tendrá varias reglas a su disposición y lo que hará será sencillamente tolerar que sus subordinados infrinjan algunas de ellas con la cual tendrá un medio de chantajearlos. Si los amenaza con volverse estricto y con aplicar otra vez con todo rigor las reglas existentes, puede incitar a sus subordinados a realizar un esfuerzo especial donde él considere necesario; pero sabe que no se puede propasar, pues entonces los subordinados le tomarán la palabra, es decir, tomarán las reglas al pie de la letra y las volcarán contra él protegiéndose en ellas. Dicen Crozier y Fridberg: Así como reduce la incertidumbre en cuanto al comporta- miento de los subordinados, la regla también crea otra que cuestiona hasta qué punto estos últimos escogerán utilizarla como protección contra el arbitrio del superior; el poder que ésta confiere reside, pues, más en las posibilidades de chantaje y de negociación creados por ella, que en las prescripciones que emanan de ella. El poder del superior es a fin de cuentas el poder de crear reglas con las cuales pueda jugar para obtener de sus subordinados los comportamientos que él juzga convenientes. Así como reduce la incertidumbre en cuanto al comportamiento de los subordinados, la regla también crea otra que cuestiona hasta que punto estos últimos escogerán utilizarla como protección contra el arbitrio del superior; el poder que ésta confiere reside, pues, más en las posibilidades de chantaje y de negociación creados por ella, que en las prescripciones que emanan de ella. El poder del superior es a fin de cuentas el poder de crear reglas con las cuales pueda jugar para obtener de sus subordinados los comportamientos que él juzga convenientes. Finalmente, Crozier y Friedberg dicen lo siguiente:De tal suerte, estudiar una organización desde el punto de vista de relaciones de poder a través de las cuales los actores organizativos manipulan las zonas de incertidumbre con que cuentan para negociar continuamente su propia buena voluntad y para imponer, en la medida de lo posible, sus propias orientaciones a otros actores, nos revela una segunda estructura de poder, paralela a la que el organigrama oficial codifica y legitima. Esta revelación permite delimitar la magnitud y el alcance reales de la autoridad oficial que el organigrama le confiere y apreciar el margen de maniobra real del que disponen los diferentes actores en sus respectivas negociaciones; en resumen, permite situar y comprender las "anomalías" y el "distancia- miento" que continuamente se observan entre la fachada oficial de una organización y los procesos reales que caracterizan su funcionamiento. Esta estructura de poder constituye, de hecho, el verdadero organigrama de la organización, si se completa, se corrige e incluso se anulan las prescripciones formales. Y de hecho las estrategias de unos y otros se orientan y se forman partiendo de ella.Para el "análisis estratégico" de Crozier, el estudio de una organización desde el ángulo de las relaciones de poder (a través de las cuales los actores organizativos manipulan las zonas de incertidumbre con que cuentan para negociar continuamente su propia buena voluntad y para imponer, en la medida de lo posible, sus propias orientaciones a otros actores), pone de manifiesto una segunda estructura de poder equidistante a la que el organigrama oficial codifica y legitima. Esta puesta de manifiesto permite delimitar la magnitud y el alcance reales de la autoridad oficial que el organigrama le confiere y apreciar el margen de maniobra real del que disponen los diferentes actores en sus respectivas negociaciones. En suma, permite situar y comprender las "anomalías" y el "distanciamiento" que continuamente se observan entre la fachada oficial de una organización y los procesos reales que caracterizan su funcionamiento. Esta estructura de poder constituye, de hecho, el auténtico organigrama de la organización, si se completa, se corrige e incluso se anulan las prescripciones formales. Y de hecho las estrategias de unos y otros se orientan y se forman partiendo de ella. Capítulo IIIAnálisis Comparativo Luego de haber expuesto las referencias teóricas de la racionalidad burocrática y de la racionalidad relativa de Crozier en lo que refiere a la organización y al poder, se pasa ahora a realizar el análisis comparativo entre una y otra racionalidad en relación a las visiones que sustentan cada una acerca de la organización y del poder.3.1. Comparación entre las dos racionalidades con respecto a la organización. La primera diferencia, entre la racionalidad burocrática y la racionalidad relativa de Crozier se centra, en la visión de la organización que sustentan cada una de las dos escuelas teóricas. Es así que, la racionalidad burocrática sustenta una visión monista de la organización. Es decir, una visión de la organización en la que solamente están presentes los reclamos procedentes de una dinámica finalística. La única medida de referencia del modelo weberiano es la finalidad de la organización. Para alcanzar esa finalidad se encuentra la administración burocrática que anula todo tipo de contingencias circunscribiendo la organización a una realidad del todo previsible. La organización es concebida por la racionalidad burocrática, como un conjunto articulado de funciones. Este conjunto debe operar (gracias a la máxima autoridad oficial) de una manera transparente, fluida y homogénea como para que nada ni nadie (a parte de la máxima autoridad oficial) pueda frenar e impedir el logro de las metas fijadas de antemano por la propia máxima autoridad oficial de la organización. A su vez, al individuo en la racionalidad burocrática sólo se lo tiene en cuenta en su carácter de funcionario especializado. Es decir, como miembro de la organización burocrática al que se le encargan obligaciones especializadas que tienen como fin único la concreción de los objetivos fijados por la propia organización burocrática La organización burocrática como tal es una forma de eficiencia funcional. En suma, la organización para la racionalidad burocrática es el reino invulnerable de la racionalidad del sistema organizado. A su vez, el "análisis estratégico" de Crozier, tiene una visión dual de la organización, el actor y el sistema. Es decir, que para ésta escuela teórica, en todo conjunto humano organizado coexisten dos lógicas que es necesario tener presente: el actor persiguiendo sus objetivos "personales" y el sistema organizado estructurado en función de una lógica finalística La lectura crozeriana es forzosamente dualista, es decir que debe integrar al actor en el sistema organizado, ya que es en el seno del fenómeno organizado donde los individuos y los grupos establecen sus estrategias. Es así que, decir de un actor que tiene un comportamiento estratégico indica que es capaz de utilizar los recursos de una situación y las ocasiones que se le ofrecen para alcanzar unos objetivos personales. Por otra parte, éstos no son siempre claros y coherentes; no surgen necesariamente en la conciencia. El comportamiento en organización para el "análisis estratégico" de Crozier, es de naturaleza estratégica. Es decir, que todo comportamiento organizacional se plantea alcanzar determinados objetivos sirviéndose de la construcción organizacional. La estrategia del actor se orienta a aumentar su margen de maniobra en detrimento del margen de maniobra de los demás. Dada esta perspectiva, la organización es en efecto ese lugar de enfrentamiento y de conflicto por la acción motivada de sus miembros quienes, en la búsqueda de sus estrategias personales, siempre divergentes cuando no contradictorias, tratan simplemente de proteger, incluso de ampliar su propio margen de libertad reduciendo su dependencia respecto a los otros. n suma, para el "análisis estratégico" de Crozier, la organización, es en sí, un universo de conflicto, y su funcionamiento el resultado de los enfrentamientos entre las racionalidades contingentes, múltiples y divergentes de actores relativamente libres capaces de llevar adelante sus propios objetivos. En otras palabras, la organización, para el "análisis estratégico" de Crozier, es un conjunto de juegos articulados entre sí. Ahora, la segunda diferencia, entre las dos escuelas teóricas se centra, en la forma de considerar el funcionamiento de una organización. Es así que, para la racionalidad burocrática, el funcionamiento de una organización es el fruto de la adaptación de un conjunto de calificados profesionales a las facultades que dan las funciones oficiales fijas ordenadas mediante reglas, leyes o disposiciones del reglamento administrativo de la propia organización. A su vez, el "análisis estratégico" de Crozier entiende, que el funcionamiento de una organización es el resultado de una serie de juegos en los cuales participan los diferentes actores organizativos y cuyas reglas formales e informales definiendo especialmente las posibilidades de ganancias y de pérdidas de unos y otros delimitan un abanico de estrategias racionales, es decir, "ganadoras", que podrán adoptar si quieren que su compromiso en la organización sirva para que sus expectativas personales, o por lo menos para que no les contraríe. Por último, la la tercera diferencia, entre las dos escuelas teóricas se centra, en la cuestión de de la integración de la conducta de los individuos en la organización. Es así que, para la racionalidad burocrática, la integración de la conducta de los individuos en la organización es la derivación inmediata del aprendizaje de un conjunto de conductas interdependientes con sus correspondientes normas y valores. Es decir, esto implica un trabajo de equipo, una clara división del trabajo con la subordinación del propio status-rol, obediencia a la autoridad (el poder legítimo para dar órdenes), la existencia de normas regulativas y de valores comunes. A su vez, el "análisis estratégico" de Crozier, analiza el fenómeno sociológico de la integración de los comportamientos de los actores como la consecuencia indirecta de la restricción fundamental que obliga a cada participante si es que quiere seguir jugando y asegurarse simultáneamente que su compromiso en el conjunto sea "redituable" para él o por lo menos que no le "cueste" mucho a no perder de vista las exigencias y las reglas que prevalecen en los juegos que se juegan en la organización y contribuir así, nolens volens, a cumplir los objetivos de ésta. Con respecto, a las similitudes entre la racionalidad burocrática y la racionalidad relativa de Crozier, no encuentro ninguna. Es decir, no hay ninguna similitud entre las dos escuelas teóricas en lo que se refiere, a la visión de la organización, a la forma de considerar el funcionamiento de una organización y a la cuestión de la integración de las conductas de los individuos en la organización. 3.2. Comparación entre las dos racionalidades con respecto al poder La primera diferencia, entre la racionalidad burocrática y la racionalidad relativa de Crozier se centra en la visión del poder que sustentan cada una de las dos escuelas teóricas. Es así que, para la racionalidad burocrática, la legitimidad basada en la legalidad define el fundamento característico de la autoridad en las instituciones modernas que esta basada en la aplicación correcta de los procedimientos. Las personas sujetas a autoridad aceptan ésta como legitimada tanto corresponda a leyes como a personas si está constituida conforme a procedimientos correctos. De aquí las dos principales propiedades características de la autoridad moderna. En primer lugar, la autoridad legal es impersonal, la lealtad exigida concierne a las normas y a los procedimientos establecidos. En segundo lugar, en el régimen de autoridad legal existe el principio de la libre posibilidad de nuevas reglamentaciones, con tal que se cumpla la única condición de que sean observados los procedimientos formales. Ambas propiedades son fundamentales para el funcionamiento de la administración burocrática. A su vez, para el "análisis estratégico" de Crozier, el poder es entendido como el resultado, siempre contingente, de la movilización, por los actores, de las fuentes de incertidumbre pertinentes que ellos controlan en una estructura de determinado juego, por sus relaciones y transacciones con los otros participantes en ese juego. Es, pues, una relación que en tanto mediación específica y autónoma de los objetivos divergentes de los actores, está siempre ligada a una estructura de juego. Esta estructura de hecho, define la pertinencia de las fuentes de incertidumbre "naturales" y "artificiales" que éstos pueden controlar. La segunda diferencia, entre las dos escuelas teóricas se centra, en la cuestión del poder o los poderes emanados de la organización. Es así que, para la racionalidad burocrática la única estructura de poder existente en una organización es la que el reglamento administrativo oficial codifica y legitima. El alcance real de la autoridad oficial en el interior de una organización burocrática es el que el reglamento administrativo vigente le confiere. A su vez, para el "análisis estratégico" de Crozier, hay cuatro grandes fuentes de poder correspondientes a los diferentes tipos de fuentes de incertidumbre especialmente pertinentes para una organización: las que provienen del control de una competencia particular y de la especialización funcional; las que están ligadas a las relaciones entre una organización y sus entornos; las que nacen del control de la comunicación y de la información y las que provienen de la existencia de reglas organizativas generales. El control de una competencia particular y de la especialización funcional es la primera fuente de poder. Es así que, el experto es el único capaz de controlar ciertas incertidumbres cruciales para la organización. A este respecto, el ejemplo de los obreros de mantenimiento (los expertos) y su control sobre las averías de máquinas (incertidumbre crucial de acuerdo a los objetivos de la organización) en el caso del monopolio industrial analizado por Crozier (en su libro "El fenómeno burocrático") es especialmente revelador. Es decir, en un universo organizativo en el que ha habido un esfuerzo por hacer los comportamientos previsibles, por medio de múltiples reglamentos, los obreros de mantenimiento controlan una zona particularmente apropiada de incertidumbre, respecto de los objetivos de la organización: las averías de máquinas. Los obreros de mantenimiento son los únicos que pueden diagnosticar la avería, decidir el tiempo de inmovilización de la máquina y efectuar la reparación. Para hacer su conducta todavía más imprevisible, los propios obreros de mantenimiento llegan incluso a hacer desaparecer de los talleres los planos de las máquinas y todo dato sobre el mantenimiento, y han logrado que se acepte que toda política de mantenimiento se base en pautas individuales. Estas pautas individuales las conocen solamente los obreros de mantenimiento Los obreros de producción y los jefes de taller, que no tienen una formación técnica, están en una situación de dependencia en relación con los obreros de mantenimiento. Las relaciones entre una organización y sus entornos es la segunda fuente de poder. El entorno y la adaptación de la organización al mismo suscitan constantemente fuentes de incertidumbre. Los actores que disponen de una red de relaciones en el exterior de la organización son susceptibles de controlarlas por lo menos parcialmente; en el caso, por ejemplo, del distribuidor. Situado en el mundo de las relaciones entre dos sistemas, el de la organización y el de los comerciantes, siendo marginal en relación con ambos, el distribuidor puede desarrollar un poder específico, el de "marginal secante". El control de la comunicación y de la información es la tercera fuente de poder. En la organización la información no es neutra. Es decir, que la información no se intercambia a todos los niveles y entre todos los miembros de la organización, sin otro costo que el del tiempo. La organización crea poder sencillamente por la forma en que organiza la comunicación y los flujos de información entre sus unidades y entre sus miembros. Es así que, un sujeto para poder realizar favorablemente el trabajo o la función asignada a su cargo, precisara información procedente de otros cargos que ejercen otros sujetos, y si por motivos diferentes no puede saltárselas o no puede pasarse sin ellas, éstos, por el simple puesto que ocupan en una determinada red de comunicación ejercerán poder sobre esta persona, pues la forma en que transmitirán sus informaciones (con mayor o menor retraso, o más o menos filtrada o "maquillada", etc.), afectará profundamente la capacidad de obrar del destinatario, y no hay reglamentación que pueda con eso. ste último no podrá reparar en esta situación más que si a su vez posee información o controla otra fuente de incertidumbre, que afecte la capacidad de jugar de sus homólogos, en cuyo caso se desarrollará el mismo proceso de chantaje y contrachantaje, de trato y de discusión entorno al control en la transmisión de las informaciones pertinentes para ambos. La utilización de las reglas organizativas es la cuarta fuente de poder. En principio, las reglas están destinadas a suprimir las fuentes de incertidumbre, pero la contradicción radica en que no sólo no las suprimen plenamente sino que conciben otras que pueden ser luego utilizadas por aquellos a los que éstas tienden a obligar y que están consideradas como ordenadoras del comportamiento. Es así que, la mejor muestra nos la brinda las negociaciones y los regateos que se generan alrededor de la aplicación de la regla. Generalmente se admite que la regla es un medio que está en manos del superior para obtener un comportamiento de conformidad de sus subordinados. Dado que prescribe en forma muy precisa lo que éstos deben hacer, reduce su margen de libertad, y aumenta el poder del superior. Pero, para el "análisis estratégico" de Crozier, se puede hacer otro estudio, según el cual se ve que el efecto racionalizador de la regla no va en un solo sentido: restringe la libertad de los subordinados, pero actúa de la misma manera con el margen de arbitriariedad del superior que no podrá ejercer su poder de sanción, por ejemplo, más que en circunstancias muy precisas Al mismo tiempo, la regla se convierte en un medio de protección para los subordinados, que se podrán refugiar en ella, contra el arbitrio del superior. Si la saben aplicar bien, el superior estará desvalido frente a ellos. Como generalmente sucede, para que un servicio funcione bien, es preciso hacer más de lo que prescribe la regla, y como por otra parte, el superior es juzgado por los resultados que obtiene en su servicio, éste se encuentra, pues, en una posición de debilidad, ya que no puede obtener de sus subordinados más de lo que la regla impone. El superior para restablecer la situación casi siempre tendrá varias reglas a su disposición y lo que hará será sencillamente tolerar que sus subordinados infrinjan algunas de ellas con la cual tendrá un medio de chantajearlos. Si los amenaza con volverse estricto con aplicar otra vez con todo rigor las reglas existentes, puede incitar a sus subordinados a realizar un esfuerzo especial donde él considere necesario; pero sabe que no se puede propasar, pues entonces los subordinados le tomarán la palabra, es decir, tomarán las reglas al pie de la letra y las volcarán contra él protegiéndose en ellas. Así como reduce la incertidumbre en cuanto al comportamiento de los subordinados, la regla también crea otra que cuestiona hasta qué punto estos últimos escogerán utilizarla como protección contra el arbitrio del superior; el poder que ésta confiere reside, pues, más en las posibilidades de chantaje y de negociación creados por ella, que en las prescripciones que emanan de ella. El poder del superior es a fin de cuentas el poder de crear reglas con las cuales pueda jugar para obtener de sus subordinados los comportamientos que él juzga convenientes. Para el "análisis estratégico" de Crozier, el estudio de una organización desde el ángulo de las relaciones de poder (a través de las cuales los actores organizativos manipulan las zonas de incertidumbre con que cuentan para negociar continuamente su propia buena voluntad y para imponer, en la medida de lo posible, sus propias orientaciones a otros actores), pone de manifiesto una segunda estructura de poder equidistante a la que el organigrama oficial codifica y legitima. Esta puesta de manifiesto permite delimitar la magnitud y el alcance reales de la autoridad oficial que el organigrama le confiere y apreciar el margen de maniobra real del que disponen los diferentes actores en sus respectivas negociaciones. En suma, permite situar y comprender las "anomalías" y el "distanciamiento" que continuamente se observan entre la fachada oficial de una organización y los procesos reales que caracterizan su funcionamiento. Esta estructura de poder constituye, de hecho, el auténtico organigrama de la organización, si se completa, se corrige e incluso se anulan las prescripciones formales. Y de hecho las estrategias de unos y otros se orientan y se forman partiendo de ella. Con respecto, a las similitudes entre la racionalidad burocrática y la racionalidad relativa de Crozier, no encuentro ninguna. Es decir, no hay ninguna similitud entre las dos escuelas teóricas en lo que refiere, a la visión del poder y a la cuestión del poder o los poderes emanados de la organización. E n suma, hay diferencias entre la racionalidad burocrática y la racionalidad relativa de M. Crozier, en lo que se refiere a la visión de la organización, a la forma de considerar el funcionamiento de una organización, en la cuestión de la integración de las conductas de los individuos en la organización, en la visión del poder y finalmente en la cuestión de el poder o los poderes emanados de la organización. Conclusión La teoría de la burocracia constituye un componente fundamental de las ideas de Weber sobre la modernización e implica una contrastación explicita con los sistemas tradicionales de administración. El reemplazo de los sistemas de administración patriarcal y patrimonial por el sistema burocrático y el de la autoridad tradicional por la autoridad racional – legal constituían, para Weber una propiedad característica y fundamental de la sociedad y del estado modernos. La racionalidad burocrática sustenta una visión monista de la organización. Es decir, una visión de la organización en la que solamente están presentes los reclamos procedentes de una dinámica finalística. La única medida de referencia del modelo weberiano es la finalidad de la organización. La organización para la racionalidad burocrática es el reino invulnerable de la racionalidad del sistema organizado. Es así que, para esta racionalidad el funcionamiento de una organización es entendida como el fruto de la adaptación de un conjunto de calificados profesionales a las facultades que dan las funciones oficiales fijas ordenadas mediante reglas, leyes o disposiciones del reglamento administrativo de la propia organización. Esto hace, que la integración de la conducta de los individuos en la organización sea concebida por la propia racionalidad burocrática, como la derivación inmediata del aprendizaje de un conjunto de conductas interdependientes con sus correspondientes normas y valores. En la perspectiva weberiana, la legitimidad corresponde a los valores admitidos por un grupo humano (una organización) y en los que se basa el poder concebido como capacidad de actuar sobre los demás. El poder legitimo se llama autoridad. En Weber la legitimidad basada en la legalidad define el fundamento característico de la autoridad en las instituciones modernas que esta basada en la aplicación correcta de los procedimientos. Las personas sujetas a autoridad aceptan ésta como legitimada tanto corresponda a leyes como a personas si está constituida conforme a procedimientos correctos. De aquí las dos principales propiedades características de la autoridad moderna. En primer lugar, la autoridad legal es impersonal, la lealtad exigida concierne a las normas y a los procedimientos establecidos. En segundo lugar, en el régimen de autoridad legal existe el principio de la libre posibilidad de nuevas reglamentaciones con tal que se cumpla la única condición de que sean observados los procedimientos formales. Ambas propiedades son fundamentales para el funcionamiento de la administración burocrática. Es entonces que, para la racionalidad burocrática la única estructura de poder existente en una organización es la que el reglamento administrativo oficial codifica y legitima. El alcance real de la autoridad oficial en el interior de una organización burocrática es el que el reglamento administrativo vigente le confiere. En Weber, la burocracia como forma organizativa que expresa la autoridad racional – legal es la manifestación de la institucionalización de la racionalidad instrumental que pauta el proceso de racionalización (modernización) del mundo occidental hacia la modernidad. Es decir, hacia la creación, para el sociólogo alemán, de la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática de la que no hay manera por parte del hombre moderno de poder escapar de la misma. Esto, me hace citar lo que decía en la última parte de lo escrito en el cartel colocado en la puerta del infierno de la Divina Comedia de Dante Alighieri "¡Oh vosotros los que entrais, abandonad toda esperanza!". Al igual de lo que decía el cartel colocado en la puerta del infierno de la Divina Comedia del Dante, el hombre moderno a la hora de entrar en el infierno de la "jaula de hierro" de la racionalidad burocrática lo primero que tiene que dejar en la puerta de la misma es toda esperanza de vivir una vida con sentido y libertad. En Weber, el hombre occidental en la modernidad pasa a ser una especie de Joseph K., personaje central de la novela el Proceso de Franz Kafka y no tanto un Leonardo Da Vinci. Por su parte, a diferencia de Weber, Crozier con su llamado "análisis estratégico" sustenta tanto una visión dual de la organización el actor y el sistema -, es decir, el planteo de la doble racionalidad del actor y el sistema en la organización, como también entiende el funcionamiento de una organización como el resultado de una serie de juegos en las cuales participan los diferentes actores organizativos y cuyas reglas formales e informales definiendo especialmente las posibilidades de ganancias y de pérdidas de unos y otros delimitan un abanico de estrategias racionales, es decir, "ganadoras", que podrán adoptar si quieren que su compromiso en la organización sirva para que sus expectativas personales, o por lo menos para que no les contraríe. Al quedar conceptuada la organización como un conjunto de juegos articulados entre sí, por parte del "análisis estratégico" de Crozier conlleva a que el sociólogo francés estudie el fenómeno sociológico de la integración de los comportamientos de los actores como la consecuencia indirecta de la restricción fundamental que obliga a cada participante si es que quiere seguir jugando y asegurarse simultáneamente que su compromiso en el conjunto sea "redituable" para él o por lo menos que no le "cueste" mucho no perder de vista las exigencias y las reglas que prevalecen en los juegos que se juegan en la organización y contribuir así, nolens volens, a cumplir los objetivos de ésta. También, a diferencia de la racionalidad burocrática de Weber, el poder es definido por parte del "análisis estratégico" de Crozier como el resultado, siempre contingente, de la movilización, por los actores, de las fuentes de incertidumbre pertinentes que ellos controlan en una estructura de determinado juego, por sus relaciones y transacciones con los otros participantes es ese juego. Es, pues, una relación que en tanto mediación especifica y autónoma de los objetivos divergentes de los actores, está siempre ligada a una estructura de juego. Esta estructura de hecho, define la pertinencia de las fuentes de incertidumbre "naturales" y "artificiales" que éstos pueden controlar. Es entonces que, para Crozier hay cuatro grandes fuentes de poder correspondientes a los diferentes tipos de fuentes de incertidumbre especialmente pertinentes para una organización: las que provienen del control de una competencia particular y de la especialización funcional; las que están ligadas a las relaciones entre una organización y sus entornos; las que nacen del control de la comunicación y de la información y finalmente, las que provienen de la existencia de reglas organizativas generales. En otros términos, la existencia de una segunda estructura de poder en la organización equidistante a la que el organigrama oficial codifica y legitima. Si para Crozier, es el actor el único que puede generar al sistema y darle vida y sólo él puede cambiarlo. Es lógico, que desde su "análisis estratégico" el sociólogo francés, conciba al cambio como un proceso de creación colectiva a través del cual los miembros de una determinada colectividad aprenden juntos, es decir, inventan y determinan nuevas formas de jugar el juego social de la cooperación y del conflicto (en pocas palabras, una nueva praxis social), y adquieren las capacidades cognitivas, de relación y organizativas correspondientes. Es un proceso de aprendizaje colectivo que permite instituir nuevos conductos de acción colectiva que crean y expresan una nueva estructuración del o de los campos. El que Crozier, con su "análisis estratégico" proponga un nuevo modo de razonamiento o de razonar ante los problemas de la acción colectiva y por ende organizacionales, de los hombres, supera las visiones "monistas" de la organización, deja de lado todo análisis organizativo en términos de función o de persona, abandona toda concepción de la integración de la conducta de los individuos en la organización en términos de normas y valores, rompe con toda conceptualización de el poder como un atributo, como una propiedad que opone a los que tienen con los que no tienen, como un mecanismo impersonal y le da la espalda a las formulas de cambio tecnocráticas y autoritarias. A todo esto último, se le añade el que Crozier deje de lado toda visión de índole orwelliana o kafkiana del hombre moderno. Es decir, aquella visión que presenta al hombre moderno como un ser cosificado cuya personalidad a sido destruida y es manejado como un robot por la burocracia estatal, los grandes medios de comunicación (TV, cine, diarios y radios) y el sistema educativo. Esta ruptura es debida al hecho de que Crozier entiende que el hombre a diferencia de épocas pasadas (premodernas) goza cada vez más del ejercicio de la libertad de elección y el cálculo racional en seno de la sociedad moderna. Todo este proceso de rupturas llevadas adelante por el "análisis estratégico" de Crozier se fueron dando al influjo tanto de la crisis de mayo en Francia, es decir, la crisis de la sociedad moderna (sociedad industrial), en occidente, como también del derrumbamiento del sueño de la convergencia entre los dos sistemas, el soviético y el norteamericano y junto a esto el desmoronamiento de la ideología modernista; los fracasos de los métodos intelectuales (racionalismo planificador al estilo soviético y síntesis liberal de los norteamericanos) que sirvieron de base para concebir y organizar la acción colectiva de cada una de las dos superpotencias y por último a la aparición en escena en la sociedad francesa y en el resto de las sociedades adelantadas de occidente de la llamada sociedad posindustrial. Hechos todos ocurridos a fines de la década de los sesenta y a inicios de la década de los setenta en el siglo XX. 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Augusto Batista Montevideo
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