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Política y Percepción social
Un ejemplo que ilustra lo anterior -y que va más allá de lo académico- son las interpretaciones acerca de si puede considerarse o no a la política mexicana como una política democrática. Así, un punto de vista que a veces sostiene la gente es que el régimen mexicano puede ya considerarse como una democracia plenamente desarrollada y madura. De acuerdo a dicha interpretación, la distribución del poder en México manifiesta ya un grado de pluralidad semejante al de otras democracias desa-rrolladas, y sólo basta con observar el mapa electoral para corroborarlo. En contra-posición con esa manera de ver las cosas, hay, empero, otra perspectiva que con mucha fuerza sostiene que la democracia mexicana es todavía una democracia incipiente que requiere avanzar en terrenos fundamentales para arribar a una etapa de consolidación. Entre otras cosas la polémica se centra en que esa democracia mínimamente necesita de instituciones menos frágiles que la respalden, de una sociedad civil más autónoma y con mayor capacidad organizativa para defender sus intereses, así como de la existencia de un sólido Estado de derecho que de sustancia a la legalidad y garantice los derechos y libertades del individuo. Por supuesto, entre estos dos extremos hay también una importante variedad de posturas acerca de los claro oscuros característicos de la realidad mexicana, de la ambigüedad de las transforma-ciones debido a factores como el legado autoritario y de los efectos que esto tiene para el presente y futuro de la democracia en México. Lo que quiero decir con lo anterior es que a pesar de sus ambivalencias y contradiccio-nes, de sus rezagos y limita-ciones, las percepciones de porciones significativas de la sociedad mexicana sobre la política, se han venido transfor-mando radicalmente al calor de las transformaciones socio-económicas, y el dinamismo generado por la competencia electoral. A su vez, estas percepciones han incidido en la forma de ver y hacer la política por parte de las élites políticas: no es lo mismo pensar y actuar políticamente en un entorno cerrado, que en buena medida garantiza condiciones de seguridad y predictibilidad, que hacerlo en un contexto donde lo que prevalece es la incertidumbre derivada de la competencia. De una manera casi imperceptible pero inexorable, el presente entorno de apertura conduce, tanto a quienes se involucran en la política como a quienes simplemente la aprecian, a someter a la discusión pública sus puntos de vista y, de esa manera, a enriquecerlos, producién-dose una gran diversidad de ideas, de comparaciones y de sentimientos cuyo peso termina por convertirse en factor real de presión y limitación para la actuación de las élites mismas. Desde este punto de vista no es exagerado afirmar que ha sido sustancial el papel desempeñado por las percepciones de una sociedad más educada, más participa-tiva, más demandante y dispuesta a involucrarse en los asuntos públicos. Entre otras cosas, esas percepciones han abierto verdaderos boquetes en la tradicional legitimidad del régimen y han obligado a que quienes detentan el poder cedan ante las presiones cruzadas de una sociedad que en múltiples sentidos ha rebasado las limitaciones institucionales existentes. Sin duda alguna, la democracia mexicana adolece de severas limitaciones pero también tiene que reconocerse que en la sociedad encuentra un potencial de cambio de gran valía. Veremos por lo pronto qué dice esa sociedad el próximo 2 de julio.
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