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De Memoria. Pantalones Cortos. Arturo Jauretche: los recuerdos de infancia en el cenit del proceso de peronización de las clases medias articulado a partir del revisionismo histórico.
Obra. Por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni [1] A
lo largo de 1972 Arturo Jauretche se aboca a la preparación de sus memorias. El
primer (y finalmente único) tomo es publicado por la Editorial Peña Lillo en
Diciembre de ese año, tirándose una segunda edición en Junio de 1973[2].
Titulado De Memorias. Pantalones cortos,
no es el primer libro de Jauretche. Por el contrario, es la culminación de una
obra que registra en orden cronológico
los siguientes títulos: 1934:
El Paso de los Libres. Edición
prologada por Jorge Luis Borges. Una segunda edición en 1960 llevará el prólogo
de Jorge Abelardo Ramos. 1956:
El Plan Prebisch: retorno al coloniaje. 1957:
Los profetas del Odio y la Yapa. 1958:
Ejército y Política. 1959:
Política Nacional y Revisionismo Histórico. 1960:
Prosas de Hacha y Tiza. 1962:
Forja y la Década Infame. 1964:
Filo, Contrafilo y Punta. 1966:
El Medio Pelo en la Sociedad Argentina. 1968:
Manual de Zonceras Argentinas. 1969:
Mano a Mano entre Nosotros. Y vida.
A estos títulos se le suman innumerables artículos periodísticos y
colaboraciones de distinto tipo a lo largo de varias décadas de activa
militancia como ensayista, escritor y político. Una larga vida que comienza el
13 de Noviembre de 1901 en Lincoln, en el noroeste bonaerense. En 1920 se
instala definitivamente en la ciudad de Buenos Aires. Militante conservador por
tradición familiar en su juventud,
su maduración intelectual lo lleva progresivamente a enrolarse en el
radicalismo. Ya decidido yrigoyenista, Juaretche ocupará algunos cargos
partidarios en el segundo gobierno de Yrigoyen, y caído este, combatirá
decididamente al régimen triunfante. En 1933 participa
en Corrientes en el levantamiento radical de los coroneles Bosch y Pomar
contra el gobierno de Justo. Vencido el alzamiento, Jauretche es detenido. En
prisión escribe sobre estos episodios. Lo hace en forma de poema gauchesco.
Titulado “El Paso de los Libres” será prologado por Jorge Luis Borges, algo
que se torna cuasi increíble en retrospectiva, dado los caminos divergentes que
siguieron ambos personajes. A su vez sus graves divergencias con el sector
alvearista que conduce el radicalismo hacen crisis en 1935. Frente al
levantamiento de la abstención electoral por el Comité Nacional de la UCR,
Jauretche junto a, entre otros, Gabriel del Mazo, Homero Manzi, Luis Dellepiane
y Raúl Scalabrini Ortiz, fundan FORJA: Fuerza de Orientación Radical de la
Nueva Argentina. Esta agrupación tendrá gran influencia en los sectores del
nacionalismo democrático. Su posición neutralista durante la Guerra, llevará
a Jauretche a apartarse del radicalismo definitivamente y adherir críticamente
al emergente peronismo. Cercano a los lineamientos del equipo económico
liderado por Miguel Miranda, y con el apoyo del gobernador bonaerense Domingo
Mercante, Jauretche será Presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires
desde 1946 hasta 1951. La caída en desgracia de sus mentores, lo llevan al
ostracismo. Pese a esto se mantiene fiel al peronismo y al producirse el golpe
de 1955, Jauretche abandona su silencio y retorna a la lucha política “en
defensa de los diez años de gobierno popular”
Nace entonces un nuevo Jauretche. Mientras la mayor parte de los jerarcas
del régimen depuesto se desbandan, desertan cobardemente o cambian de camiseta,
Jauretche, que había estado ausente de las responsabilidades del gobierno en
los últimos años y por lo tanto no es perseguido ni procesado, abandona la
comodidad de esta posición y se lanza al combate, convencido según sus propias
palabras “que el ataque a los caídos era sólo el pretexto para un ataque más
profundo, dirigido al pensamiento que servía de base a la Revolución Nacional”.
El periódico El Líder, el semanario El 45
y la publicación a principios de 1956 de El
Plan Prebisch: retorno al coloniaje, marcan los primeros jalones de esa
lucha Perseguido, se exilia en Montevideo. En 1957 publica allí Los
profetas del Odio[3].
Escrito con tono y espíritu
panfletario, a través de sus páginas Jauretche polemiza en tono amable con
Ernesto Sábato y ataca a Ezequiel Martínez Estrada, refutando las
argumentaciones claramente discriminatorias y hasta racistas del “radiógrafo
de la pampa[4]”
sobre la clase obrera peronista. Jauretche ve estas argumentaciones como expresión
del prejuicio de la clase media. Sector particularmente irritado con el
peronismo en tanto este –entendía- había logrado a través de la
industrialización, la independencia económica y la prosperidad de los
trabajadores. Esta prosperidad ciertamente no había irritado “a
los de muy arriba, porque el empresario sabe que esa prosperidad general
es condición necesaria de las buenas ventas, es mercado comprador para
sus productos.” La irritación se había dado, y profundamente, en los
sectores intermedios para los que los cambios producidos por el peronismo
actuaron como un revulsivo, el mundo de “los
pequeños propietarios y rentistas, los funcionarios, los profesionales, los
educadores, los intelectuales, los políticos de segundo y tercer orden,
elementos activos o parasitarios de esa sociedad”. Sectores
donde los prejuicios de clase se habían impuesto a los intereses de clase
“pues si hay un sector destinado a beneficiarse de la grandeza nacional
lograda por la liberación económica, es este intermedio…”
Sin embargo para Jauretche no es este intermedio su enemigo. Propugna por
un movimiento nacional en el que se integren los elementos de clase media y
burguesía junto a los proletarios. Entiende que una política que aísle a los
trabajadores de la clase media y de lo que entiende por burguesía nacional,
perjudicaría de modo irremediable al movimiento nacional. El
verdadero enemigo es aquel que rotula como intelligentsia,
vasto contubernio político e intelectual caracterizado tanto por su
cosmopolitismo como por su elitismo. Es en el campo universitario
donde, desvirtuado el espíritu reformista, la intelligentsia
hace estragos.[5]
Lo esencial entonces de la lucha que emprende Jauretche en esos años
pasa por terminar con el largo equívoco que ha llevado al divorcio entre
doctores y pueblo, o dicho en otro términos, sumar al “campo nacional” a
vastos sectores de la clase media, en especial el estudiantado universitario.
Para ello utilizará la técnica maniquea de la complicidad. Crear el
antagonista, en este caso la intelligentsia, para dar por sentado que su lector potencial, pese a
hallarse en los difusos límites del campo en que su mueve aquella, pertenece
sin embargo al otro lado, el “nacional”.
Esa línea nacional excede para Jauretche los límites del peronismo. Es
una causa que trasciende a hombres y partidos, a los que se puede adherir en
tanto estos y aquellos sirvan como instrumento de esa causa. Esta postura
explica en gran medida la esencia de la relación ambivalente que se da a lo
largo de tres décadas entre Jauretche y Perón.[6]Así
en el proceso electoral de 1958 se opone a las directivas de Perón que postulan
el voto en blanco, abogando por sufragar a favor del frondizismo para impedir la
continuidad de la Revolución Libertadora con el triunfo del radicalismo
balbinista. En 1961 se postula como candidato a Senador por la Capital Federal,
obteniendo una contundente derrota.[7]
Después de esta desafortunada experiencia retorna al periodismo
combativo. Publica en Democracia y en diarios y periódicos del interior. Y se van sumando
nuevas obras. Forja y la Década Infame
en 1962, Filo, Contrafilo y Punta en
1964. En 1965 colabora en periódicos
de efímera vida: Marcha y Palabra
Argentina. En 1966 en medio de los estertores agónicos del gobierno radical
publica El Medio Pelo en la Sociedad Argentina que junto al Manual
de Zonceras Argentinas de 1968, constituyen dos éxitos editoriales por su
inmediata repercusión. Por entonces la paz de los cementerios propuesta como
modelo social por el onganiato está a punto de estallar y Jauretche se suma a
la CGT de los Argentinos, integrando la “Comisión de Afirmación Nacional”
de esa central obrera. En ese 1969 publica una recopilación de distintas notas
periodísticas que titula Mano a Mano
entre Nosotros. Por esos años y cada vez más asiduamente, participa
activamente de los debates de la época, siendo frecuentemente invitado a los
programas de televisión, donde un Jauretche ya septuagenario, vestido anacrónicamente[8]
no elude la polémica, enfrentando con estilo cáustico a la intelligentsia, y a sus representantes. Esta frontalidad le traerá
problemas, al extremo que en Junio de 1971 llega a batirse a duelo con el
general Oscar Colombo. El lance fue a pistola, y según testigos del mismo,
ambos contendientes tiraron a matar, fallando ambos. Con menos dramatismo se
enfrenta dialécticamente con otros personeros de esa intelligentsia, a algunos de los cuales considera meros “idiotas
útiles”[9].
No rehuye tampoco asistir a mesas redondas y encuentro ante los más disímiles
auditorios, con una variedad ideológica que va del nacionalismo al marxismo. Revisionismo y Peronismo. La historia como
arma de combate político.
Esta polisemia de públicos no es extraña. Ex profeso no hemos citado
por orden cronológico a una de las obras de Jauretche: Política
Nacional y Revisionismo Histórico, que si bien escrita en 1959, sintetiza
en su título un fenómeno que alcanza el cenit en 1973 durante la “primavera
camporista”, cuando los historiadores revisionistas intentan ocupar las
posiciones centrales en las instituciones académicas y el aparato burocrático
oficial relacionado con la historia. Los
finales de los años 60 y principios de los 70 fueron sin duda la época de oro
del revisionismo (con un avance notable de la corriente nacionalista popular,
acompañada por la ‘izquierda nacional’ y las vertientes más radicalizadas
del peronismo). Por todo ello, no se puede comprender el debate historiográfico
argentino sin entender en profundidad al revisionismo, más allá de la valoración
que se tenga de esa producción. Este explicitó la “politización” de la
visión dominante hasta ese momento de la historia argentina, y le opuso otra no
menos “politizada” (con la diferencia que asumía esa politización de modo
público), que en gran parte se plegó activamente (y contribuyó a producir) a
la profunda radicalización política y cultural de esos años. Todo en un
contexto social en el cual la historia del país era un campo del combate político
más general. Es
un largo proceso, pero que tiene un punto de inflexión a partir del golpe
setembrino[10].
Antes del mismo, Perón, guiado por un
criterio pragmático, prefirió no incorporar el debate sobre el pasado a los
conflictos que atravesaban el presente de la sociedad argentina, por lo que eludía
pronunciarse públicamente sobre la problemática planteada por el revisionismo.[11]
Vasta el ejemplo de los ferrocarriles nacionalizados, cuya nueva
nominatividad respondía a la visión tradicional. Esto
cambia a partir de las “épicas lluvias borgeanas”. Si bien la tríada San
Martín-Rosas-Perón ya había sido preconizada por autores revisionistas
durante el gobierno de este último, será después de 1955 que a la línea
Mayo-Caseros-Septiembre propuesta por la Revolución Libertadora, se le
responderá con la mencionada tríada desde los más diversos círculos del
peronismo, incluyendo al propio ex presidente, desde el exilio. Jauretche señalará
cáusticamente al respecto: “La Línea Mayo-Caseros ha sido el mejor instrumento para provocar las
analogías que establecen entre el pasado y el presente la comprensión histórica…!Flor
de revisionistas estos Libertadores! Para perjudicar a Perón lo identificaron
con Rosas y Rosas salió beneficiado en la comprensión popular. Caseros se
identificó con setiembre de 1955 y los vencedores con los gorilas…” Es
entonces que el nacionalismo aristocrático pierde el peso
que tuviera en las décadas del 30 y 40 como sustento ideológico del
revisionismo, a favor de la tradición forjista y de nuevas corrientes
provenientes de la izquierda. El revisionismo se despoja de sus elementos más
reaccionarios y tradicionalistas, posibilitando
la incorporación de estos nuevos sectores intelectuales. Así
en los 60 y primeros 70 el revisionismo de izquierda ya será una forma muy
difundida para pensar el presente del país desde el pasado y viceversa. El auge
de masas de esos años será tributario en parte de la simbología federal y
revisionista, interpretando la historia del país como un combate prolongado
entre una elite extranjerizante y clases populares poseedoras de un verdadero
sentimiento nacional, en un enfoque que combinaba el enfrentamiento “nación-imperialismo”
con la visión de la lucha de clases. La “historia oficial” formaba parte,
en el plano ideológico, del reiterado triunfo de la minoría pro-imperialista
sobre las mayorías oprimidas. La imposición de otra visión de la historia sería
parte insoslayable y necesaria del triunfo final del “pueblo” sobre la
“oligarquía”. La iconografía de los caudillos, encabezada por el propio
Rosas formaría parte de los símbolos de Montoneros y grupos afines (si bien
historiadores ligados a esa tendencia o al peronismo de base, como Puiggrós y
Ortega Peña tenían una visión más reticente de Rosas).[12] Con todo, muchos hombres
de esta nueva tendencia no dejarán de sentirse identificados en cierta medida
con el revisionismo anterior, en una ‘transversalidad’ izquierda-derecha,
que se proyectaba, de modo reflejo, en un repudio a todos los no revisionistas
(asimilados como “liberales”) hecha asimismo sin distinguir entre izquierdas
y derechas. El propio J. W. Cooke, representante máximo del peronismo en trance
de radicalización hacia la izquierda, no consiguió apartarse nunca
por completo de la cosmovisión nacionalista-revisionista de la historia
argentina. De todos modos hay fuertes polémicas, especialmente en torno a la
figura del Restaurador. Para Juaretche, Rosas constituye “la síntesis
posible” mientras que para los sectores de Izquierda Nacional[13]
no es más que la versión conciliadora y pactista del Puerto, más favorable
para el Interior que la política rivadaviana pero menos popular y nacional que
la propuesta de los caudillos interiores.
Resulta
interesante el hecho que estos debates
se dan con el objetivo de llegar a un destinatario amplio y preciso a la vez: la clase media. El
fenómeno de ese sector social (especialmente los que han accedido a mayor nivel
de instrucción) acometiendo la tarea de borrar el “pecado” de la generación
anterior de haberse apartado del “pueblo”, pasa también por aceptar, con
mayor o menor grado de sentido crítico, la iconografía revisionista.[14]
Jauretche es a fines de los años 60 un mimado de ese público. Ya señalamos
que El Medio Pelo en la Sociedad Argentina
y Manual de Zonceras Argentinas,
han constituido formidables éxitos editoriales. Ambos textos analizan a la
clase media y a su vez tienen como destinatario a la misma. Jauretche juega
entonces con una complicidad sobreentendida con su lector. Sabe que este teme al
fantasma de ser en realidad parte de lo que Jauretche critica: esto es ser
“una señora gorda”, un “señoro”, un idiota útil a la intelligentsia
liberal, en definitiva. Una forma de apartar ese espectro, de sumarse al campo
“nacional y popular”, es hace propia la crítica jauretcheana a esos
estereotipos. En un sentido más amplio, aquí podemos hallar una de las claves
del fenómeno de creciente peronización de los sectores medios. Es
en este tiempo de compromiso y militancia de esos sectores medios, en que
Jauretche escribe (con ellos como destinatarios) la primera parte de su
autobiografía, donde los recuerdos de infancia le servirán como excusa para
desarrollar un planteo del revisionismo: el cambio en la apreciación de los
sujetos de la historia. De
hijos de empleados y maestras. Hacia 1972 el revisionismo
(especialmente en su ala izquierda) ha terminado de elaborar ese cambio de
apreciación.
El pueblo anónimo, los
“descamisados” eran reivindicados desde el fondo de nuestra trayectoria
nacional como portadores de valores
positivos, el hombre común era elevado a protagonista de la historia, una
suerte de “héroe colectivo”. Seis décadas antes “el
hijo de un empleado público y una maestra” está encontrando a tientas a
ese protagonista, enmascarado en la alteridad a su persona y su medio.
“Tuve -en mi primera infancia- una idea de los grupos sociales, que no es muy
parecida a la que tengo ahora pues su signo fundamental no era el económico
sino la “cultura”. No parecía que la riqueza o la pobreza fueran los
cartabones. El mundo se dividía entre los paisanos y “los otros”; mis
padres, mis hermanos y yo éramos de “los otros”. También lo
era toda la gente importante del pueblo, y también muchos no importantes…”
No lo eran ciertamente los boyeritos y los chiquilines de las orillas que
abandonaban tempranamente las aulas para acompañar a sus padres a la
“junta” del maíz. Ni los despojos de los veteranos de la Guerra del
Paraguay, mendigando en la plaza de su pueblo.
Sabe
Jauretche que se está dirigiendo a un lector que si pertenece al mundo de los
“otros”. A ese vasto mundo de la genéricamente denominada
clase media argentina, pasible de múltiples sectorizaciones a partir de
lo económico, pero bastante homogénea desde lo cultural.
Y sabe que en estos nuevos “hijos de empleados y maestras” encontrará
una receptividad y una mirada cómplice construida al calor de su lucha en
particular y de la del revisionismo en general durante los últimos años.
Sabe
que el lector de Pantalones Cortos, al
revés que él, que desde un punto de vista cultural entró a este mundo “mal pisao”, como casi todos mis contemporáneos medio “leídos[15]”,
está advertido acerca de lo que llamó “colonización pedagógica”, término
bajo el que engloba los instrumentos que utilizó el liberalismo hegemónico del
modelo agro exportador para construir un país europeizado y colonial,
conveniente a ese modelo.
Esa superestructura cultural de carácter antinacional se apoya tanto en
el sistema escolar como en la falsificación del pasado. Así el primero
planteaba una dicotomía: “La
escuela no continuaba la vida sino que abría un paréntesis diario. La empiria
del niño, su conocimiento vital recogido en el hogar y en su contorno, todo eso
era aporte despreciable. La escuela daba la imagen de lo científico, todo lo
empírico no lo era y no podía ser aceptado por ella…La escuela nos enseñó
una botánica y una zoología técnica con criptógamas y fanerógamas,
vertebrados e invertebrados, pero nada nos dijo de la botánica y la zoología
que teníamos por delante. Sabíamos del ornitorrinco por la escuela y del
baobab por Salgari, pero nada de baguales, ni de vacunos guampudos e ignorábamos
el chañar, que fue la primera designación del pueblo hasta
que le pusieron el nombre suficientemente culto de Lincoln…Nunca se nos habló
de la laguna del Chancho, donde íbamos a bañarnos y a pescar en nuestras
rabonas, como tampoco de la laguna de Gómez o Mar Chiquita, más cerca de Junín,
que nunca supimos que se llamó Federación.”
Esas omisiones no son gratuitas y forman parte de “la falsificación de
la historia”. “El pueblo había sido treinta años antes territorio ranquelino, pero
la escuela ignoraba oficialmente a los ranqueles. Debo a Búfalo Hill y a las
primeras películas de cowboys mi primera noticia de los indios norteamericanos.
Esos eran indios y no esos ranqueles indignos de la enseñanza normalista.”.
Juaretche explica esa operación señalando que la incomprensión de lo
preexistente al modelo liberal que se intenta imponer, termina entendiéndose
como hecho anticultural, dando por resultado que todo hecho propio, por serlo es
bárbaro, y todo hecho importado, por serlo era civilizado. Civilizar consistió
entonces para el liberalismo, en desnacionalizar. Y una herramienta válida para
lograr esto consistió en la divulgación, ajena a toda tradición oral de una “historia
con héroes de cerería actuando en batallas sin barro, polvo, ni sangre…¿Es
que ningún héroe argentino ha tenido dolores de muela, ni se ha calentado con
una china, ni ha jugado una onza a una carta?... La historia extranjera
terminaba por gustarnos más que la nacional porque esta última había sido
escrita “para el Delfín” y partiendo del supuesto que el Delfín era un
idiota.
Seguro
de encontrar en su lector la misma comunión nacional y popular, Jauretche
expresa taxativamente esa certeza en las páginas finales del libro, al opinar
que las nuevas generaciones”se han liberado de la enseñanza de la historia
falsificada. Porque aunque muchos profesores y los programas escolares
persistan, el maestro se encuentra ante la imposibilidad de repetirla frente a
la indiferencia burlona con que los niños y jovencitos afrontan la “Educación
Democrática”.[16]
Mérito no menor del revisionismo el de haber logrado la caída de las
anteojeras ideológicas de los sectores medios.
Atrás
parecen haber quedado los exponentes de la Línea Mayo-Caseros- Revolución
Libertadora. Las nuevas camadas universitarias parecen estar inmunizadas de
“fubismo”, liberadas las aulas y claustros de la maraña liberal conocida
como “Flor de Romero”. La unión de los trabajadores, las clases medias y la
burguesía nacional, tras un proyecto común de liberación, alianza por la que
Jauretche viene abogando desde los tiempos de la derrota de 1955, parece estar
cerca a principios de este 1973 en
que Pantalones Cortos se vende como
pan caliente. Se avizora en ese otoño que el mismo puede trasmutarse en
primavera. Sin embargo… Tras
cartón está la muerte En
el epílogo de Pantalones Cortos
anuncia su continuación en dos libros más. El primero abarcará su biografía
entre 1914 y 1943, llevando por título Verde,
pintón y maduro y el otro, Los altos
años, desde esa última fecha hasta “donde
le dé el cuero”. Comienza a esbozar borradores. En Mayo de 1973 el triunfo
del Frejuli lleva a este viejo militante de la causa popular a ocupar la dirección
de EUDEBA, la Editorial de la Universidad de Buenos Aires. Puiggros asume el
rectorado y Taiana la titularidad de la cartera de Educación. Elabora planes de
largo alcance, tales como la edición de manuales y textos primarios y
secundarios a bajo costo, para arrebatarles el monopolio editorial a Estrada y
Kapelusz. Pero esto sobrepasa las posibilidades de la endeudada EUDEBA. A lo
cual se suma la creciente derechización del gobierno peronista. Jauretche,
con 72 años a cuestas, obeso, diabético e impertérrito fumador, ve día a día
debilitarse su salud. Ideológicamente, opera simétricamente opuesto al
corrimiento a la derecha del gobierno del FREJULI. Se acerca cada vez más a la
llamada Tendencia Revolucionaria. Influye sobre su espíritu su sobrino Ernesto,
militante destacado de ese sector radicalizado del peronismo. Finalmente en la
madrugada del 25 de Mayo de 1974, a un año exacto de la alborada de esperanza
que se ensombreció rápidamente, el viejo luchador abandona el combate. No
creemos que el destino de un Jauretche superviviente lo hubiera hecho seguir el
desdibujado camino del otro gran referente del revisionismo, en este caso de la
Izquierda Nacional, Jorge Abelardo Ramos, que en su pertinaz búsqueda de “la
burguesía nacional progresista”, o de algún remedo militar de aquella,
terminó proponiendo un total seguidismo de corrientes burguesas reaccionarias,
ya con el dictador Galtieri, ya con el presidente Menem. Aunque meramente
conjetural, vista en retrospectiva la muerte por causas naturales de Arturo Martín
Jauretche, le ahorró un crimen a la triple A o a los grupos de tareas
de la dictadura militar. Fernando
Cesaretti Florencia
Pagni BIBLIOGRAFIA. CAMPIONE,
Daniel. 2002. Argentina: la escritura de
su historia. Bs. As. : Prometeo GALASSO,
Norberto.1983. Las polémicas de Jauretche.
Bs. As.: Los Nacionales _______.
1985. Jauretche y su Epoca. De Yrigoyen a
Perón. Bs.As.: Peña Lillo. _______.
2000. Jauretche. Biografía de un
argentino. Rosario: Homo Sapiens. JAURETCHE,
Arturo.1974. Política Nacional y
Revisionismo Histórico. Bs. As.: Peña Lillo. _______.
1974. Manual de Zonceras Argentinas.
Bs. As.: Peña Lillo. _______.
1975. Los profetas del odio y la yapa (la
colonización pedagógica). Bs. As.: Peña Lillo. _______.1984.
De Memoria. Pantalones Cortos. Bs.
As.: Peña Lillo. SARLO,
Beatriz. 2001. La batalla de las ideas.
1943-1973. Bs. As.: Ariel.
[1] Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario. [2] Habrá una tercera edición de la que no tenemos mayores datos, y en Octubre de 1984 se editará una cuarta, que es la utilizada para este trabajo. [3] Luego le añadirá “la Yapa”, esto es el análisis sobre la colonización pedagógica. [4] Jauretche opinaba que Ezequiel Martínez Estrada había degradado de radiógrafo pampeano a fotógrafo de barrio. [5] Términos tales como “fubista” o “Flor de Romero”, serán feliz creación de Jauretche para referirse a la ceguera ideológica y a la postura antipopular del estudiantado agrupado en la Federación Universitaria de Buenos Aires, o al entorno intelectual del interventor delegado por la Revolución Libertadora en la U.B.A., José Luis Romero. [6] “-Perón, ¡es el hombre ideal para que yo lo maneje!”, expresó Jauretche en 1944 a sus compañeros de FORJA, tras entrevistarse con el Secretario de Trabajo y Previsión. Ciertamente, el entonces coronel, resultó muy poco "manejable”. [7] Varios candidatos peronistas se presentaron a esa elección. Sin embargo la bendición de Perón fue para un antiguo antiperonista, Raúl Damonte Taborda, que en los años 30 fuera considerado irónicamente “diputado por la China” (por la China Botana, su esposa, hija del magnate periodístico Natalio Botana). La elección la ganó un arquetipo de la intelligentsia, el socialista Alfredo Palacios, a quién Jauretche definiera como “figurón” y cabal representante del batallón de “animémonos y vayan.” [8] Su corbata de lazo pasa a ser un “icono jautcheano” [9] Jauretche tendrá amores y odios que mediarán su relación con alguno de éstos. Así, pese a las diferencias respetará, y lo hará público, a Ernesto Sábato y Victoria Ocampo. En cambio, una mezcla de odio y desprecio, lo llevará a calificar a Jorge Luis Borges: “-en la ciudad al tipo de hombre como Borges cuando adolescente le dan libros, en el campo en cambio, de puro brutos que somos, les atamos las manos”. A otros los ridiculizará y subestimará intelectualmente, tal el caso de Beatriz Guido a quien le dedica un capítulo de El Medio Pelo en la Sociedad Argentina. [10] El de 1955. Lamentablemente hay una tradición golpista que desde 1930 hace de Setiembre un mes paradigmático al respecto. [11] “- No me traiga problemas, aquí somos todos urquicistas”, dicen que le dijo Eva Duarte al diputado Eduardo Colom cuando este le pidió apoyo para organizar un homenaje a la figura del Restaurador. [12] Reiteradamente Jauretche insiste que reivindicar a los caudillos del Interior de debe implicar una subestimación de la figura de Rosas. [13] Cuyo referente indiscutido es Jorge Abelardo Ramos. [14] Un cuarto de siglo después esto resulta imposible. La visión de la clase media acerca de Rosas se acomoda mejor a una novela histórica como “El Farmer” de Andrés Rivera. Tras una visión primaria de la misma, donde una excelente prosa de alto contenido erótico subyuga al lector, el verdadero éxito de este libro está en haber aplicado la misma axiología propugnada por el revisionismo de los 60, pero en sentido negativo: Rosas es Perón (o el peronismo, o el menemismo) a partir de representar ambos el lado oscuro de la dicotomía sarmientina. Este fenómeno va de la mano con el de la revalorización de la figura de Sarmiento por, entre otros, los gremios docentes, típicos clivajes de clase media baja. [15] “mal pisáo”, “léido”… A.J. tuvo una propensión a salpicar su prosa con términos con sabor criollo. Recordemos que su primer obra, “El Paso de los Libres”, está construido literariamente en forma de poema gauchesco. [16] Como una rémora, hasta 1973 un texto de un ignoto profesor Alexandre de la Materia de 2do año Educación Democrática, tenía un capitulo llamado textualmente “La Segunda Tiranía”.
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