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No nos une el amor sino Borlenghi El frente intelectual antiperonista: un maridaje de circunstancia. Breves consideraciones a partir del análisis de textos de Carlos Altamirano y Oscar Terán

Resumen: La primavera de 1955, preanunciada borgeana y meteorológicamente por las épicas lluvias de setiembre, abre un debate en el campo intelectual, concomitante al que se da en el plano político. Es un tiempo que se entiende como fundacional y a la vez como un jalón más de una larga deriva histórica que enmarca un paradigma liberal-democrático que se inicia en Mayo y adquiere sentido en Caseros. Una “línea” a la que la nación ha sido restituida manu militari con el apoyo de la mitad de la población....
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Autor: Fernando Cesaretti y Florencia Pagni

Por Fernando Cesaretti y Florencia Pagni[1]

 

La primavera de 1955, preanunciada borgeana  y meteorológicamente  por las  épicas lluvias de setiembre, abre un debate en el campo intelectual, concomitante al que se da en el plano político. Es un tiempo que se entiende como fundacional y a la vez como un jalón más de una larga deriva histórica que enmarca un paradigma liberal-democrático que se inicia en Mayo y adquiere sentido en Caseros. Una “línea” a la que la nación ha sido restituida manu militari con el apoyo de la mitad de la población (y ciertamente la abrumadora mayoría de la intelectualidad) tras una década de gobierno peronista. Encauzamiento que se torna aún más evidente con el recambio presidencial de Noviembre de 1955.

Altamirano encuentra significativo que por esos días el órgano cultural exquisito (diría Landrú)  por excelencia, esto es la revista Sur, convoque a polisémicos representantes de la república del espíritu, a opinar sobre la reconstrucción nacional. Luego de un cuarto de siglo de evitar debatir sobre la coyuntura, la directora de Sur considera que se viven horas extraordinarias que ameritan el cambio de postura. Es la propia Victoria Ocampo la que preside con una nota sobre “su cárcel y cadenas” en el Buen Pastor, una serie de artículos donde el peronismo es adjetivado reprobatoriamente no solo desde lo político, sino desde lo moral, y fundamentalmente lo estético. Sur es en este sentido un aguantadero cultural de una categoría social que ha vivido como una ignominia esa década. Visión que es compartida en ese momento por la SADE, ASCUA u órganos de un espectro intelectual más amplio como Liberalis o Imago Mundi (sobre esta última publicación, Terán tiene una opinión un tanto divergente de Altamirano).

            Sin embargo esta unanimidad, esta coincidencia harto sospechosa, pronto es destruida por la aparición de otras visiones divergentes acerca del fenómeno peronista. Altamirano realiza una narración concisa de las mismas. Pone énfasis en los actores individuales que las formulan y su encuadre socio político.

            En general todas estas interpretaciones tienen a separar la figura de Perón del fenómeno de masas que constituye el peronismo. Ciertamente negativas en esos años en la evaluación de la persona del “tirano prófugo”, intentan llegar desde distintos planos de comprensión a la clase obrera que confiara (y confía aún) en el líder depuesto.

            A lo largo de 1956 distinto ensayos y artículos realizados en torno al “hecho peronista”, marca pese a las divergencias una serie de tópicos compartidos. Altamirano destaca tres: la relación entre peronismo y resentimiento; el divorcio entre pueblo y élites (que afecta sin duda a la intelectualidad, en tanto élite cultural) y el peronismo como hecho culpable, esto es de quién es la culpa que el peronismo sucediera. Mario Amadeo desde el nacionalismo y Ernesto Sábato, que por entonces reivindicaba un socialismo equidistante del comunismo y el capitalismo, polemizan en torno a estos puntos, especialmente el de la culpa. Sábato expresa sin ambages que quienes reclamaban que las masas peronistas fueran reeducadas, también debían hacerlo con los antiperonistas. Postura que es compartida por la revista Contorno, órgano en que se reflejaban los exponentes de una “nueva generación” de carácter iconoclasta, que si bien centraban su inquietudes en lo literario, se sumarían  en su gran mayoría, a militar políticamente en  la intransigencia radical. Contorno asume la responsabilidad por el hecho peronista (“todos de alguna manera fuimos el peronismo”) y establece a través de la pluma de Sebrelli una inversión axiológica de lo negativo, al considerar que el  resentimiento al encontrarse con la esperanza y la lucha de la clase obrera, cobra una significación socio política subversiva respecto a lo instituido o restituido por la línea Mayo-Caseros-Revolución Libertadora. Camino que como bien desarrollará Terán, al ser seguido en los años 60 por los intelectuales de izquierda, les permitirá a estos encontrar una forma de acercarse al peronismo.

            En realidad en estos debates del temprano 1956 (realizados –es pertinente recordarlo-  bajo la sordina de torturas y fusilamientos), lo que está saliendo a la luz, tal lo señala Terán, son los efectos profundos que opera la división de la sociedad en las relaciones de la intelectualidad de izquierda con la élite cultural  liberal.

            En este sentido la Revolución Libertadora, es paradójicamente el canto del cisne del liberalismo. La restauración de los valores de Mayo y Caseros era aparentemente una cuestión sencilla para el ala liberal. Visto el peronismo como un fenómeno exógeno, perverso y pasajero, una vez destruidas sus fuentes de valor simbólico y desmantelada la estructura estatal en que había crecido, rápidamente se podría desperonizar a las masas.

            Pero las masas persistían en su adhesión al peronismo. Esta fractura entre lo ideal y lo real, afectó tanto al campo intelectual en general (ampliando la brecha en las relecturas hechas por las izquierdas respecto a las del grupo liberal), como en particular al propio campo liberal, que fue perdiendo terreno y dividiéndose. Terán señala sobre el particular, las diferencias entre Borges y Martínez Estrada, quién no creía que el peronismo fuera una flor exótica. Fisuras intra y extrasectoriales, que reconocen tempranamente sus protagonistas. Así, con un tono velado por la melancolía por la pérdida del clima de unidad generado en “las épicas lluvia de setiembre”, el órgano por excelencia de la postura liberal, Sur, reconoce que “la oposición al tirano nos juntaba a todos”.

            Por otra parte, el desacuerdo entre las izquierdas y el liberalismo se potenciaba en la medida en que el peronismo nucleaba al grueso de la clase obrera argentina. Lo cual aumentaba el rechazo y el rencor en la intelectualidad liberal. Rencor y odio de clase que se torna evidente, por ejemplo, en Martínez Estrada: -“Están tan infatuados que nos humillan con su arrogancia de analfabetos cuando les preguntamos por sus honorarios”. Como bien señala Altamirano, el igualitarismo peronista había dejado heridas en las clases medias.

            Parecían estos liberales, epígonos de los aristócratas de la Restauración Absolutista de la Francia de 1814 o más cercanos témporo espacialmente, de aquellos unitarios que retornaban a Buenos Aires tras Caseros. No habían aprendido que los procesos históricos no tienen retorno. Que como había preanunciado José Luis Romero en 1951, las masas no renunciarían a los beneficios alcanzados bajo el peronismo, siendo entonces “ineficaz cualquier planteo que se haga sobre la base de retrotraer su situación a la de hace diez o veinte años atrás”.

            Por el contrario, desde la izquierda se inicia una amplia relectura del período peronista. Proceso que se inicia con anterioridad al final de ese período. Terán vislumbra el comienzo del mismo en los últimos años del segundo Gobierno de Perón. Hay ciertamente, como también lo hace notar Altamirano, una reivindicación más decidida del peronismo todavía en el gobierno (y de la figura de Perón) por parte de la llamada “izquierda antiliberal” que tanto va a gravitar en los años 60 para acercar al intelectual universitario al peronismo, uniendo marxismo y cuestión nacional. Los referentes son Puiggrós y el colorado Ramos, especialmente este último, que logra la simbiosis “pampeamente rara” (no ya de Yrigoyen y Marx como felizmente destacara Homero Manzi en  su célebre poema a la Facultad de Derecho), sino de trotskismo y nacionalismo en un híbrido que se denominaría “izquierda nacional”.

            A su vez el sentido de culpa de buena parte de la clase media culta (o culturosa) de ideas más o menos izquierdistas o por lo menos progresistas que se moviliza contra Perón en 1955, creyendo que con la caída del régimen terminaba también su desencuentro con la clase obrera, al ver las consecuencias del revanchismo gorila, se potencia al entender que ha tomado el camino errado. De allí como señala Altamirano, que parte de ese sector social relea el peronismo bajo la óptica de Ramos o Puiggros, algo que hubiera sido imposible con el peronismo en el poder, en donde esa clase media formaba un frente común con el liberalismo más elitista en su oposición al “tirano”. Sostiene Terán que para el liberalismo podía constituir en esos momentos una trinchera común contra los enunciados reaccionarios del campo universitario oficial. Imago Mundis intenta desempeñar ese rol, en el convencimiento de que el régimen podía durar largos años.  Caído este, reiteramos, las diferencias entre ambas posturas se tornan evidentes e irreconciliables.

            Este sentido de culpa de los intelectuales no es para Terán un hecho menor. Se asumen  usados. Desde Contorno esto se expresa claramente: se sienten beneficiarios de un privilegio intelectual. Ese privilegio no ha hecho más que separarlos del pueblo e impedirles una percepción real de este. Para conjurar esa culpa, el remedio es explicar el fenómeno peronista, no con el sentido globalmente negativo y reprobatorio del sector liberal. La izquierda se encontraba entonces capaz de acometer hacia 1956 (según Altamirano) algo para lo que estaba preparada (según Terán) desde principios de la década: romper con el legado ideológico del liberalismo, acabar con la farsa de la vertiente progresista de la Línea Mayo-Caseros (sustentada en distintos grados por el PS y el PC) y lanzarse a intentar una fusión entre socialismo y nacionalismo. Intentos que fructificarían ampliamente (como ya mencionamos) a lo largo de los años 60.

            El derrotero no sería claro ni mucho menos unívoco. Es más, casi como una permanente comedia de enredos, las nuevas generaciones de intelectuales harían suyo el más conveniente (para sus ideales ) de los múltiples rostros del Proteo criollo exilado en Madrid. Para muchos el equívoco recién se hizo evidente el 01 de Mayo de 1974. Para entonces el drama estaba en marcha. El amargo canto que rabiosamente entonaron esa tarde  al  retirarse  de la Plaza de Mayo:”- ¡Que boludos, que boludos! Votamos por un brujo, una puta y un cornudo”, acompañó cual coro de tragedia griega el intento de superar la escisión entre inteligencia y pueblo peronista. La voluntad de esos jóvenes actores sociales del campo de la intelectualidad había sido quebrada por la lógica inicial y permanente del gran prestidigitador de la política argentina desde 1945. Los viejos liberales deben haber sonreído con suficiencia. Ellos (y también su archienemigo Juan Perón) eran consecuentes con sus respectivos ideales. Eran los intelectuales del amplio espectro de la izquierda vernácula, los equivocados. Y en ese equívoco, en ese camino esperanzado que terminó tan trágicamente está el nudo gordiano que casi tres décadas después, el campo cultural argentino no sabe desatar.

 

Fernando Cesaretti                                              Florencia Pagni

     

 

[1] Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario. Argentina

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