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Toda historia, es historia contemporánea

Resumen: Si, toda historia sirve para que el pasado legitime nuestra contemporaneidad. Y la historia de la cuestión social en la Argentina no es una excepción. El modo de analizar determinada problemática está irremediablemente mediado por la intencionalidad (conciente o inconsciente) del sujeto.
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Autor: Fernando Cesaretti y Florencia Pagni

B. Crocce

 

1. Del ayer y el hoy, del abajo y del arriba, a modo de introducción.

Si, toda historia sirve para que el pasado legitime nuestra contemporaneidad. Y la historia de la cuestión social en la Argentina no es una excepción. El modo de analizar determinada problemática está irremediablemente mediado por la intencionalidad (conciente o inconsciente) del sujeto. Condicionamientos políticos, ideológicos, hacen al investigador llegar de determinada manera a su objeto de estudio. No se trata de falta de honradez intelectual (que también la hay en algunos casos), se trata, que no existe en nuestra opinión, “el no lugar” en el que se pueda situar el historiador. Siempre estará omnipresente en el análisis su propia coyuntura y contexto.

Aclarada nuestra escéptica postura sobre la posibilidad de una asepsia  objetiva en el estudio de la historia, expresamos a continuación los autores de este trabajo nuestra posición. En principio pensamos que más que historia, hay historias. No nos estamos refiriendo solamente a la división entre historia política, social, económica, cultural, etc. Estamos pensando en algo que está subsumido en todas estas categorías. Esto es la historia desde abajo[1], la historia de los actores sin voz, de aquellos que paradójicamente no entraron en la historia.

Nuestro trabajo está acotado en lo cronológico a una periodización similar a la enunciada desde el título en sendas obras de E. Zimmermann[2]  y J.  Suriano[3] sobre la cuestión social: laxamente, desde la consolidación del “Régimen falaz y descreído” hasta el traspaso del manejo del gobierno a la “Causa Radical”, y más acotadamente, entre las algarabas ocurridas junto a las desconchadas tapias del Parque de Artillería y los claroscuros de fastos y represión del Centenario.

Dado este contexto temporal, en lo espacial abordamos una descripción por separado del ámbito rural y del ámbito urbano, tratando de mostrar desde la diferenciación,  las articulaciones  que los relacionan. Desde lo regional analizamos la cuestión social en la ciudad de Rosario, en especial el modo en que parte de su prensa veía el problema de integración y marginalidad, a través de una publicación en particular.

Estamos contestes acerca  de determinadas falencias, omisiones y recurrencias. Así, priorizamos abordar la cuestión social centrada desde lo humano en el elemento inmigratorio, antes que en la población nativa preexistente. Y dentro de los migrantes buscamos el abajo al que hacíamos referencia: el fracasado, el actor individual que no siempre puede ver en su drama lo social, aunque lo social esté fijando  su sino trágico, al tiempo que su relación (dicotómica y a la vez complementaria) con la justicia  y la ciudadanía. Y esa búsqueda nos hará seguir como hilo conductor narrativo la saga de un antihéroe, personaje ficcional semejante a tantos otros de real existencia.

 

“Los humildes vecinos de mi infancia correntina, tendrían a considerar las noticias de los diarios como exageración, mentira o fantasía, pero creían a pié juntillas en los tremebundos folletines de Carolina Invernizzio, que Don Ramón, mi padre, les leía en la vereda, en las noches de verano.”

V. Ayala Gauna[4]

 

2. Lo ficcional como símbolo de lo real.

Marcos Aguinis narra en su cuento “Josesito, el memorioso”[5], la amarga aventura americana de un emigrante judío ruso. No hay precisión cronológica pero ciertos indicios nos indican que el relato trascurre entre la última década del siglo XIX y la primera del siglo XX. El drama comienza en Rusia, donde tras un pogrom en el que son asesinados  sus padres, el protagonista emigra hacia un futuro incierto con lo que queda de su familia (mujer y tres hijas de corta edad). El destino o el mal consejo de algunos consejeros de su colectividad, lo arrojan a las playas argentinas. Sin apoyo, sin vínculos, sin idioma, sobreviven alimentándose de las sobras que encuentran en la basura de esa Buenos Aires hostil. En uno de sus periplos en busca de desperdicios comestibles, nuestro antihéroe conoce –y casi inverosímilmente logra hacerse entender-  a un suizo, que aparentemente viene a acabar con sus desgracias, al ofrecerle trabajo como arrendatario en una colonia agrícola. Hacia allí parte esperanzado con su familia... en menos de tres años esas esperanzas se transforman en horror. El balance es a pura pérdida: las dos hijas menores muertas de disentería, su mujer muerta a causa del esfuerzo excesivo, despojado de la parcela de tierra por la eficaz conjunción de la langosta, el propietario y las policías bravas al servicio de este:

            “El suizo trajo un comisario con tropas blandiendo sables. Dirigió el allanamiento, invadió los ranchos de los prófugos, incautó los cueros y la alfalfa que servían de lecho, las pocas ropas que encontró, las ollas y los cuchillos, sacó a las mujeres tironeándose las trenzas, pateó a los niños y a todos metió en carros, expulsándolos de la colonia”.[6]

Solo queda entonces el regreso (una nueva huída) a Buenos Aires, donde junto a su hija superviviente –resto del despojo de su familia- disputan a los perros callejeros las sobras de comidas de los basurales. Y entonces, pese a la miseria, a la mugre, padre e hija encuentran un espacio y un tiempo para reír juntos. El cuento termina con el protagonista también riendo, pero muchos años después, memorando desde una posición de holgura y bienestar, ese atribulado tiempo inicial.

Esta es una obra de ficción con caracteres tal vez  acentuados en demasía para resaltar lo dramático del relato. Sin embargo, y más allá del exceso melodramático, millares de inmigrantes vivieron peripecias similares, en tiempos absolutamente personales que escapan a la periodización desde lo general en etapas de prosperidad o crisis.

Los tiempos de los actores individuales suelen diferir de los tiempos de los actores sociales. Tal vez debamos preguntarnos hasta donde interactúan, hasta donde un actor social no es la suma de los actores individuales, y hasta donde el contexto general es mediado por las visiones particulares de estos actores individuales.

Preguntas que ameritan respuestas con más dudas que certezas. Veamos sino la paradoja de nuestro ficcional protagonista, sufriendo su atroz historia personal, en el mismo tiempo y lugar en que la Argentina alcanza un desarrollo, que medido comparativamente a nivel mundial, es sorprendente. Es la época de las lugonianas odas a los ganados y las mieses[7]. Es el tiempo en que el divino Rubén[8] con una voz cada vez más sumisa, canta que:

            “¡Hay en la Tierra una Argentina!

            He aquí la región del Dorado,

            He aquí el paraíso terrestre,

            He aquí la ventura esperada,

            He aquí el vellocino de oro...”[9]

He aquí (remedando casi irrespetuosamente al gran nicaragüense) que toda esta laudatoria venturosa al país que lo acoge, no morigera el drama individual de nuestro protagonista. Está irremediablemente excluido este ser literario de los ditirambos que en prosa o en verso perpetran los vates y literatos oficiales del Centenario.

La justicia implícita de las democracias representativas es muy exigente... Sus ciudadanos deber ser políticamente activos y, por sobre todo, independientes tanto moral como materialmente.

J. Shklar

 

3. “La política é porca, dottore”. El ámbito pampeano: del ideal igualitario farmer a las desigualdades del mercado.

Justicia y ciudadanía. Componentes inseparables de un todo. Siguiendo la definición de Shklar que encabeza este punto, veamos como se aplica la misma a nuestro protagonista. En principio se ve en él una doble exclusión: la racial y la social, que van delineando un perfil social, cultural y económico determinado. Trae de su Rusia o Ucrania natal, el estigma de la persecución antisemita. Llega al país absolutamente desamparado, con el recuerdo de los cuervos haciéndose un festín con la cabeza y las entrañas de su padre muerto a golpes por cosacos ebrios. Luego las pocas esperanzas que le quedan se desvanecerán junto con la vida de su mujer y sus hijas menores. Materialmente nunca ha tenido nada. La justicia le ha estado negada de igual manera que el derecho a una vida digna.

Pero este hombre... ¿está en el aire? No es acaso contemporáneo a esa corriente inmigratoria judía que promovida por el barón Hirsh[10] se establece de manera organizada en el campo argentino.

Sí, es contemporáneo, pero no forma parte de esa corriente, al igual muchos judíos de carne y hueso que no encontraron cabida en las colonias de la J.C.A.[11] Si como expresa Crocce, la historia legitima el presente, y hoy la comunidad judeoargentina reivindica en la figura de esos pioneros de la élite de la colectividad (los pampistas)[12], es conveniente recordar que no todos formaron parte de esa élite. Entre ellos nuestro protagonista. Su experiencia es común a la de muchos que por múltiples motivos sufrieron la exclusión social o parcial. Pérdida esta que incluye entre otras carencias la del atributo de ciudadanía. Que se percibe antes individual que socialmente. Tal como lo expresa Shklar:           

            “...la ciudadanía se percibe como un atributo del individuo. El acento que se pone en los derechos y en el status también expresa el individualismo”[13].

Este individualismo obra como obstáculo para la solidaridad y la cooperación, promoviendo rivalidad entre las víctimas. Estas pueden llegar a pensar su infortunio como algo inevitable y casi inalterable. Esta formación mental debe ser tenida en cuenta cuando se analiza la cuestión social. Nuevamente lo individual mediando lo colectivo. Así nuestro protagonista, piensa que si ha caído en la miseria más atroz al margen de los lazos comunitarios (o de clase), será también de manera individual que podrá mejorar su situación.

Asimismo, siguiendo la tesis de Shklar, intuye que a ciudadanía plena exige no solo la igualdad política y jurídica (que el no la tiene, en tanto inmigrante desamparado, inválido de toda protección), sino fundamentalmente la ciudadanía debe tener la dignidad del trabajo, de un trabajo remunerado:

            “Oyó que hay trabajo en el campo, en colonias de inmigrantes. Eso, muy bien, allí quería ir. ¿Cómo se llama usted? No entendía, que alguien traduzca, lo tradujo un suizo. Necesito trabajar, cualquier trabajo. Lo acompañaron, sacó a su mujer y a sus hijas del hueco que habían cavado con las uñas, como perras. Eran bultos. En las colonias faltan brazos, sobra comida; fuerza, arriba”.[14]

Al campo entonces, a obtener la dignidad mediante el trabajo, y la posibilidad de llegar a poseer la tierra que trabajará. Pero ese optimismo le oculta la realidad de que él nunca será un farmer, sino que se encuadra en lo general en la definición que en lo particular para el espacio santafesino hacen M. Bonaudo y E. Sonzogni, el también es parte de:

            “Todo ese conjunto de actores (que) en su contacto con el mercado ha sufrido, en mayor o menor medida, la desestructuración de sus formas de organización social y cultural previas. Aquel, a partir de las necesidades de la demanda, pretendió rearticularlos en función de su propia lógica. Ahora bien, el mercado al que estamos haciendo referencia, necesita garantizar la existencia de un ejército de reserva, pero en su dinámica no lo reclama  permanentemente por cuanto la producción agraria, que es su motor, presenta características cíclicas o estacionales que generan amplios períodos de inactividad. A eso se suma el bloqueo, avanzados los 90, del acceso a la tierra para el productor con escasos recursos”.[15]

Llega tarde, física, cultural, étnicamente. Llega tarde económica y socialmente. Las exigencias del mercado han socavado el paradigma del productor propietario, de que se repita sobre el humus pampeano el tipo de sociedad que se viene construyendo sobre lo que los geólogos llaman la Gran Deriva de Wisconsin: el Medio Oeste yanki.

Las presiones y exacciones que sufre en su etapa rural, son similares a los abusos que comenten empresas colonizadoras tales como la Beck y Herzog[16] (en una etapa anterior) o la ya citada J.C.A.[17], amparadas  en un represivo código rural y una estructura estatal que sostiene esa legislación punitiva.

Este posicionamiento del Estado, provoca en los menos beneficiados, escepticismo por la cosa pública, -“la política é porca, dottore”- , le dicen chacareros arrendatarios de Arroyo Seco, al candidato a vicegobernador radical, en las vísperas de la inaugural elección santafesina de 1912[18], o como en el caso de nuestro protagonista, una suma de desconfianza y fatalismo:

            “Los campos tenían dueño, un dueño poderoso. Había recibido esas planicies, de horizonte a horizonte, directamente de las manos de Dios...” “Los colonos tenían que cumplir con los pagos y otras enredadas obligaciones que les hicieron firmar, que yo mismo firmé al suizo que me ayudó y que era el representante los acalló con tres amenazas, pero cinco hombres decidieron arriesgarse hasta la capital de la provincia, una ciudad grande y complicada, donde efectuarían reclamaciones ante el gobierno; locuras”.[19]

No es casual que nuestro protagonista sea judío, y que sea suizo quién lo contrate para trabajar en las colonias. Toda historia es contemporánea en tanto el pasado obra como legitimador del presente. En el caso concreto de este relato, vemos que su autor es consecuente en la elaboración del texto con el contexto, esto es, construir literariamente protagonistas cuyas nacionalidades evocan en el imaginario colectivo de manera nítida, el proceso de colonización. Una épica donde se unen la inicial epopeya helvética, cantada por Pedroni:

            “La nostalgia está cantando

            en un vapor argentino,

            frente a Santa Fe callada

            canta el dolor detenido.

 

            Severo Viñas no duerme,

            tiene espinas de fastidio

            “¡Abran de una vez las puertas

            dejen bajar a los gringos!”

 

            El canto baja por fin,

            demudado, contenido,

            lleva una espiga en la mano,

            le siguen mujer y niño.[20]

con el elegíaco conjunto de relatos con que A. Gerchunoff rinde homenaje al país adoptivo en su primer cumple siglo, acometiendo en la “Introducción” a los mismos, el bellísimo atrevimiento sincrético de juntar la Torah con Vicente López y Planes:

            “...Judíos errantes, desgarrados por viejas torturas, cautivos redimidos, arrodillémonos, y bajo sus pliegues enormes, junto con los coros enjoyados de luz, digamos el cántico de los cánticos, que comienza así:

Oíd mortales...”[21]

visión eglógica que culmina con el “final feliz” del Grito de Alcorta, tal como quedó institucionalizado en la versión de la hija dilecta del movimiento de 1912, la Federación Agraria Argentina, entidad esta que:

            “Dirigida por los sectores más acomodados de agricultores de la pampa gringa defenderá desde entonces sus intereses específicos, marginando tajantemente y con un cerrado criterio de clase, a los jornaleros agrícolas...”[22]

En definitiva, una comprensión del proceso colonizador inserto en el paradigma civilizador, en un orden que permite un progreso constante de acuerdo a las ideas positivistas dominantes y casi hegemónicas, y cuyo punto inicial es la normativa igualitaria sancionada en la Constitución. Todo ello respondiendo en lo económico a un modelo concreto de inserción del país bajo un perfil agro exportador asociado subordinadamente al capital financiero de las potencias centrales (especialmente en el Reino Unido).

Esta visión no tiene en cuenta una contradicción básica entre los postulados universalistas proscriptos desde lo político en la carta magna, y la libertad de mercado en lo económico que también postula el andamiaje normativo, contradicción esta que se expresa en la desigualdad y subordinación que tiñen las prácticas cotidianas del hecho social.

En la época que nuestro protagonista llega al país se ha acentuado la tensión entre una normativa teóricamente universalista integradora y un contexto real restrictivo, lo cual:

            “...obliga al Estado, entre el fin de siglo y la primera guerra mundial, a replantear su rol. Estos diferentes actores van generando –a través de sus demandas- la necesidad de rediscutir el papel punitivo de este o su desempeño sólo como garante del orden en términos de legalidad. En esta etapa, se comienza a colocar en el plano de la discusión la importancia de reformular sus niveles de injerencia en el plano de la discusión la importancia de reformular sus niveles de injerencia operando más ampliamente como regulador y árbitro de las relaciones sociales”.[23]

Ese Estado opera sobre una nueva sociedad, donde la cuestión social toma importancia como síntoma de las nuevas demandas. Su modo de intervenir pasará tanto por la represión como por la cooptación. Así el mundo rural verá la persistencia de la brutalidad policial al mismo tiempo que se suavizan los aspectos más retrógrados de los códigos (tal el caso de la retención forzada de trabajadores en el espacio azucarero)[24]. Esta aparente contradicción responde a la inserción de algunos actores y la persistencia en la exclusión de otros. Así, durante la segunda presidencia de Roca, el Ejército, brazo armado del Estado, utiliza procedimientos coactivos directos sobre la mano de obra indígena chaqueña, haciéndose cómplice de la explotación a que es sometida en los quebrachales; al tiempo que brinda  apoyo logístico a un funcionario del Ministerio del Interior, a quién le han encargado la creación de un código laboral, y cuyo pensamiento está en las antípodas del de quienes lo alojan:

            “En verdad, no se hace con el indio sino exagerar la explotación que se comete con el cristiano, a pesar de su habilidad para el trabajo de hacha...” “los indios (tienen) un terror pánico al ejército de línea, aquí como en todas partes el indio tiene un verdadero horror al látigo, el fusil y el sable; que lo traten bien, dice y el indio no será malo...” “En San Cristóbal, un oficial de alta graduación cree que lo único que hay que hacer es exterminarlos, y si queda alguno llevarlo a la Tierra del Fuego. ¿Y si a usted le hicieran eso, que diría? –Es que yo no soy indio, me contestó”.[25]

Esta dualidad de coacción y cooptación no será exclusiva del espacio rural sino que se hará particularmente evidente en el ámbito urbano, a donde nos trasladamos, siguiendo el desventurado derrotero de nuestro protagonista.

 

De esos gringos andrajosos que salían como pulgas azoradas de los barcos. De esos puñados de mugre nostalgiosa. De esos. De los alucinados por la Pampa Despensa, por la Pampa Madre, por la Pampa Tierra. De la camaza innoble que rememoró aldeas remotas en los barracones del Puerto. De los gráficos que acumulaban líneas en un idioma que estaban aprendiendo. De los artesanos que amamantaron cortas y escasas industrias. De los bigotudos esos. De los empachados por fiebres solidarias.

 De esos surgió la primera huelga cuando terminaba de extinguirse la penúltima montonera.

M. Bonasso[26]

 

4. El marco urbano: la zonificación de la cuestión social. El espacio definiendo inclusiones y desafiliaciones.

Ya está nuestro protagonista (y su hija sobreviviente) nuevamente en la ciudad, en peores condiciones que cuando esperanzado, salió de ésta:

            “En Buenos Aires buscaron trabajo cada uno por su cuenta y riesgo. Otra vez el hambre. Josesito reconoció calles y casas de años atrás, cuando su familia constaba de cinco personas. Dormía en bancos de plaza. Cada uno aportaba lo recogido en cajones de basura o en verdulerías, robado a la disparada. Extendían el maloliente botín y recuperaban algo de vida”.[27]

Nuestro protagonista es, en este momento antes que un excluido, un desafiliado, siguiendo la tesis de R. Castel, según la cual:

            “Hablar de desafiliación, es... retrazar un recorrido... Desafiliado, disociado, inválido, descalificado, ¿con relación a qué? Este es precisamente el problema.[28]

La exclusión implica para el mismo autor, remitirse a situaciones caracterizadas por una localización geográfica precisa, por formas culturales o sub-culturales y determinada base étnica.[29]

Nuestro protagonista ha cortado (o le han cortado) sus lazos de pertenencia a su comunidad, ha pasado de a indigencia integrada de su gueto natal,

            “...en la cual la ausencia de recursos suscita el socorro en forma de protección cercana...(donde)... la dimensión económica no es por lo tanto el rasgo distintivo esencial, y la cuestión planteada no es la pobreza, aunque los rasgos de desestabilización pesen más sobre quienes carecen de reservas económicas”.[30]

de esa forma al fin de integración, a la vulnerabilidad y a la inexistencia social[31].

En ese estadio, sus peregrinajes mendicantes abarcarán (conjeturamos) toda la hostil geografía de esa Babel inaprensible. Este ser ficcional verá (si no comprenderá en toda su complejidad) en sus derroteros de miseria, el triunfo de la zonificación de la ciudad: el espacio definiendo y dando marco a lo social.

Es este un largo proceso que avanza con el siglo y va marcando la relación desde lo espacial, entre los distintos actores sociales en cada coyuntura, y donde el papel político ordenador del Estado, tendrá importancia fundamental.

A fines de nuestro análisis sobre esta problemática, vemos que el ascenso al gobierno de Juan Manuel de Rosas en Diciembre de 1829, resulta el corolario natural y lógico a la autoridad que de modo autoritariamente paternalista venía ejerciendo en la campaña. Los dotores urbanos estaban derrotados. No habían sabido conciliar sus intereses con los de la campaña. Su discurso estaba a contramano de un proceso de ruralización de las costumbres (común a gran parte de la América Española). Por el contrario, los terratenientes cuidaban de expresarse en términos populares, defendiendo tanto sus intereses de clan, como –al menos en el marco discursivo- a sus clientelas subordinadas. Es un mensaje claramente paternalista y demagógico. Pero efectivo.

El rosismo sacará buen rédito político de la dualidad de sentimientos para con el pobrerío de la campaña. Por un lado se crea todo un ritual participativo, dándoles (al igual que al pobrerío urbano) cierta relevancia en la cosa pública. Por otro lado, la relación de fuerza en las zonas rurales permanece inmutable. Recordemos a modo ilustrativo, que durante todo el período rosista se mantuvo en plena vigencia la Ley de Vagos, que tanto perjuicio causaba al paisanaje.

En el ámbito urbano, persisten modos y costumbres que en principio parecen mostrar una sempiterna escena doméstica y pueblerina, una armónica y paternal “Gran Aldea”. Pero no es una sociedad igualitaria. Lo que está yuxtapuesto es el espacio, el hábitat de convivencia. Tales proximidades daban lugar a promiscuidades y concupiscencias iniciáticas, tales los recuerdos de un testigo privilegiado (privilegiado social, político, económico y también privilegiado en talento narrativo), L. Mansilla,

            “... todo concordaba con lo ya mencionado (se refiere al mobiliario de su casa paterna), excepto lo que a la servidumbre correspondía, cuyas camas eran volantes. Me refiero a las mujeres negras y blancas, mulatas o chinas. Los hombres dormían en los cuartos de afuera, lo cual no impedía que se cumpliera el refrán: Dios los cría y ellos se juntan.

Los niños ven, oyen, y aunque callan y disimulan, no caen bien en cuenta al principio. Pero con el tiempo maduran las uvas para ellos también. En nuestra América no se respetan puertas cerradas. Todos, grandes y chicos, patrones y sirvientes empujan, abren sin anunciarse en forma alguna y lo que los grandes solo los perturba, a los niños les despierta la imaginación.[32]

Esa sociedad patriarcal, pre-capitalista, inmersa en condiciones económicas y sociales, y sobre todo, normativas que poco han variado desde el período colonial, se asienta en el antiguo damero que con sus extensiones naturales permite contener con cierta holgura a los 70.000 hombres que a la caída de Rosas, pueblan una,

            “...Buenos Aires en la que existen 106 fábricas, 743 talleres y 2.088 comercios; en su totalidad modestísimos, y sujetos, por lo tanto, a una rudimentaria técnica. El número de personas en ellos es reducido, y embrionarios sus instrumentos de trabajo. Ambos limitan su capacidad productora a proporciones mínimas”.[33]

Vemos entonces una multiplicidad de unidades productivas o distributivas en donde la relación ínfima del número de integrantes permite aún modos anacrónicos de interacción entre patronos y trabajadores. Modos que aún pasan por el clientelismo y en muchos casos, por la indiferenciación de tareas entre unos y otros.

Este panorama, cuasi estático y acotado, cambia a partir de Caseros. Los nuevos aires de inserción del país en el pujante capitalismo de “La Segunda Revolución Industrial”, y el papel agro-exportador dependiente que asume en la división internacional del trabajo, hacen necesario la puesta en marcha de un proceso modernizador.

Hitos fundamentales de este proceso, son la afluencia de capitales, la construcción de una red de transportes y comunicaciones que tornen viable y redituable la explotación económica primaria, la importación de brazos para sostener esa nueva infraestructura, y la consolidación de un estado que discipline y controle esos brazos.[34] Entonces,

            “Al amparo de instituciones y leyes inmanentes al desarrollo histórico, el régimen de producción capitalista se afirmará y proyectará con vasto vuelo y extraordinario empuje. Creará las condiciones materiales que harán a la existencia de una clase asalariada, que, en forma de proletariado, reemplazará al viejo artesanado, reminiscencia de la era preindustrial”.[35]

Reminiscencia que desaparecerá ante el doble y relacionado embate de la inmigración masiva[36] y la concentración de la población en centros urbanos.[37] Así,

            “...Buenos Aires  pasó de 187.100 habitantes en 1869 a 1.575.000 en 1914... En cierta manera era obvio que un crecimiento casi descontrolado y escasamente planificado habría de provocar problemas de diversa índole. En este sentido, las tempranas usinas de preocupación se relacionaban con temas vinculados a la atención médica, el hacinamiento, la salubridad o la criminalidad.”[38]

Esas preocupaciones encuentran un punto de referencia ineludible: la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871, que al igual que el cólera de la década anterior, causa estragos favorecida por la profilaxis inadecuada de una ciudad que superpoblada, se hacina en el antiguo damero colonial.

Frente a esto, las élites planean una segregación espacial al tiempo que una resolución política de las obras de salubridad  en prevención de nuevas epidemias (entre las que de carácter ideológico podían ser tan nefastas para sus intereses como las orgánicas). Como señala J. L. Romero, la élite porteña,

            “Descubrió antes que nadie, que su ciudad –la gran aldea-, comenzaba a transformarse en un conglomerado confuso y heterogéneo, en le que se perdían poco a poco las posibilidades de control de la sociedad sobre cada uno de sus miembros, a medida que desaparecería la antigua relación directa de unos con otros”.[39]

La segregación espacial implica la zonificación social de Buenos Aires. Las familias de nueva o vieja prosapia, comienzan a trasladarse del barrio Sur a las revalorizadas parroquias del norte: el Socorro, Retiro, Recoleta, haciendo de la calle Florida, y las avenidas Santa Fe y Alvear el eje de su vida social. Justamente a partir de la intendencia de un Alvear, todos los favores en materia de servicios y embellecimiento serán para esta zona. Con plena ingerencia de los recursos del Estado, se construye de manera para nada inocente, la particular y planificada  atmósfera de lo que genéricamente se denomina Barrio Norte. Así se podrá hablar del codo aristocrático de Arroyo, o del ambiente parisino del pasaje Seaver.

Por contraposición, el antiguo centro social y político situado al sur de la Plaza de Mayo, degrada rápidamente. San Telmo, y especialmente Barracas, adquieren un tono proletario y fabriqueo. Los antiguos caserones patriarcales devienen convenientemente subdivididos, en conventillos... aunque aquí y allá, alguno oculte los restos vergonzantes de alguna familia venida a menos[40], que no ha querido o podido sumarse al tono de los tiempos de instalarse al norte de la avenida Rivadavia, aún en condiciones de mera figuración.

Más allá de los reductos privilegiados, extendiendo sin cesar los ambiguos límites de la ciudad, el avecinamiento de

            “Este verdadero aluvión de individuos provenientes de las más diversas regiones del mundo generó en los miembros de la élite la sensación de perturbación del orden social en tanto miles de extranjeros se agolpaban en la(s) ciudad(es) y aportaban sus formas de vida y costumbres diferentes a las nativas. Además al comienzo de este proceso se vieron sorprendidos por un fenómeno nuevo: una buena parte de ellos portaban nuevas ideologías como que habían transitado diversas experiencias de organización sindical en Europa, habían sido miembros de la primera Internacional de Trabajadores o huían de las represiones gubernamentales debido a los procesos de conformación del movimiento obrero. Casi mecánicamente a vincularse a los extranjeros con los disturbios sociales...”[41]

No todo inmigrante podía ser encuadrado en el marco ideológico que describe Suriano. Sin ir más lejos, nuestro ficcional protagonista. Muchos no traen conciencia de clase alguna. En el cambio de siglo, un lúcido representante del Régimen opinará que

            “... la mayor parte de los inmigrantes que vienen son mendigos, una masa de cabezas huecas que creen que  llegando al país deben darles trabajo en la Plaza de Mayo, y recibirlos a mantel puesto, dándoles aquí leyes, instituciones y diversiones al modo de su tierra”.[42]

Pero en esa percepción inorgánica a determinados derechos, está el peligro principal que representa el inmigrante. Esas apetencias convierten al trabajador extranjero que arriba a estas playas en un agitador potencial.

El extranjero pasa a ser entonces, una figura contradictoria para la élite. Forzosamente necesario para su proyecto de nación y al mismo tiempo objeto de demonización. Demonio que se encarna recurrentemente al compás de una progresiva agudización del conflicto social. En este sentido el clásico y remanido episodio de la quema del Colegio del Salvador en los setenta no es más que el inicio de una serie de acontecimientos que culminan normados en la sanción en 1902 de la Ley de Residencia.[43]

Es en esta primera década del siglo XX que el conflicto adquiere extrema violencia. A los movimientos de protesta en demanda de determinadas reivindicaciones, el estado responde con la represión: tras una huelga importante (tal la de la Refinería de Rosario en 1902) o el intento de conmemorar el 1º de Mayo (1904, 1905 o 1909)[44], llega la punición con su secuela de muertos, heridos, la sanción del Estado de Sitio y la aplicación de la Ley de Residencia, que diezma los cuadros de las centrales obreras, mayoritariamente extranjeros. A veces esta violencia de arriba, es  contestada desde abajo. Tal el caso del ajusticiamiento en Noviembre de 1909 del Jefe de Policía de la Capital, en venganza por lo sucedido en los sucesos del día de los trabajadores de ese año, cuando ese personaje, el coronel Ramón Falcón, ordenó balear una manifestación anarquista. El autor del atentado fue un adolescente obrero mecánico, llegado poco tiempo antes al país, y cuyo nombre, Simón Radowitzky, se convirtió en un símbolo de lucha y reivindicación para los militantes anarquistas.[45]

Pero la mano dura no fue la única forma que tuvo el Estado (y las clases dominantes a las que este representaba) para tratar la cuestión social.

La cooptación y el consenso de distintos actores sociales, estuvieron presente en forma constante.

Si en el plano político institucional la Ley Sáenz Peña será la feliz culminación del proceso de integrar en el sistema a sectores que se habían sentido excluidos por las prácticas políticas del régimen[46], también en el abordaje de la cuestión social se intentaron diversas estrategias, más allá de lo represivo.

Dentro de ellas se inscribe el ya citado proyecto de Ley Nacional del Trabajo de 1904, en cuya presentación ante las Cámaras, el ministro del interior, Joaquín V. Gonzáles, adujo que

            “Su finalidad es evitar las agitaciones de que viene siendo teatro la República desde hace algunos años, pero muy particularmente desde 1902, en que ellas han asumidos caracteres violentos y peligrosos para el orden público.”[47]

Y es en ese mismo marco y en el mismo año, cuando se produce un hecho aparentemente menor pero con profundo significado político: la anuencia con que un hábil urdidor de estratagemas, el presidente Julio Roca, permite la manipulación del padrón electoral para que mediante el sistema de circunscripciones el Partido Socialista obtenga una banca en la Cámara de Diputados.[48]

A su vez el hegemónico discurso positivista permite la utilización de la ciencia, en especial la médica, para intentar dar respuesta profiláctica a problemas que se consideran lacras de la clase obrera: el alcoholismo, la promiscuidad sexual, la mendicidad, etc. No es casual que el Departamento de Trabajo surja al tiempo que el Departamento de Higiene, ni que contemporáneamente, el Partido Socialista, dirigido por un médico higienista, lleve adelante una feroz prédica antialcohólica.[49] O que se reglamente el ejercicio de la prostitución, regimentándose el goce del placer sexual, zonificando la misma, en una supuesta profilaxis moralista que hace abstracción de las causas que llevan a determinados sectores a practicar el comercio sexual. De igual e hipócrita manera, el informe de otro higienista no puede asociar la homosexualidad que, inducida por la miseria corroe bajo la ley del más fuerte, a la infancia que habita los conventillos[50]; con el fenómeno de la pederastia y travestismo, que toma auge en esa ciudad donde el aluvión inmigratorio ha distorsionado el índice de masculinidad.

Estas medidas, institucionales o no, parten de un supuesto paternalista y de una profunda desconfianza. El obrero es un menor de edad, que debe ser contenido, que debe ser contenido y disciplinado, protegido de la influencia de ideas perniciosas. Entonces la salud, la modificación de costumbres, el acceso de la población trabajadora a tangibles beneficios de salubridad, obran como barreras que reaseguran a las clases dominantes frente al potencial revolucionario de los oprimidos. Cuando estas barreras se superan, se apela a la represión.

Cooptación y represión, términos entonces funcionales e intercambiables de acuerdo a la circunstancia.

Y enmarcados en un discurso legitimador que intenta ser abarcativo y homogéneo, con réprobos y elegidos, discurso este que se expresará a través del llamado (y en este caso sin ironía) cuarto poder. Pero para poder verlo en un ejemplo concreto, deberemos despedirnos de nuestro protagonista, dejándolo con sus tribulaciones en esa hostil Buenos Aires, y partir nosotros a nuestro propio espacio regional.

 

Ciudad de Astengo, de Etchesortu y Casas

-sede del “Honorable Benvenuto”-

ciudad donde se funden dos mil razas

pero no se funde ningún bruto.

Cuartela anónima[51]

 

5. Entre el escarnio y el desprecio. La cuestión social desde el pintoresquismo costumbrista.

Hacia el centenario, Rosario es la cabecera indiscutible de la “pampa gringa”, ese vasto hinterland que desborda el sur santafecino y avanza sobre el este cordobés y el norte bonaerense. La llanura cordobesa ve en Rosario, y no en la docta, a su ciudad de referencia. Entre el primer y tercer censo nacional, ha multiplicado su población por diez.[52]

Consecuencia directa en su origen, del espectacular proceso inmigratorio

            “La burguesía rosarina pisa firme; hija del desarrollo agrario, se identifica totalmente con el progresismo liberal, y no solo carece de complejos frente a las viejas clases, sino que las mira por arriba del hombro, porque se siente con mejor derecho a conducir. No postula reconocimiento y será ella la que lo dará”.[53]

La clase terrateniente argentina no tiene residencia siquiera provisoria en Rosario. Es entonces esa “exitosa nueva clase” la que lleva la voz cantante. Y lo hace con orgullo, exhibiendo ante propios y extraños, la concreción práctica de su filosofía positivista. Es su afán de progreso lo que ha transformado la otrora insignificante aldea

            “...en una de las ciudades más hermosas e higiénicas de Sud América. Su urbanización obedece a los principios más modernos... Desde el parque Independencia y el Boulevard Santafecino[54] hasta la cloaca; desde el palacio a la humilde casa de obreros; desde el hospital moderno, completo, hasta la asistencia pública y el asilo, en todas partes hay un progreso real y eficaz...”[55]

Un gran emporio comercial en definitiva, que por su propia dinámica muestra –según el mismo observador- ciertas falencias en su sociabilidad, ya que

            “... raramente se ocupan los hombres de otra cosa que de sus negocios... Nunca se pudo establecer un centro literario, y las manifestaciones del arte son muy aisladas y pocas.”[56]

No hay prosapia ni alcurnia añeja en los dominios de Ceres y Mercurio. Sin embargo las diferencias de clase están bien marcadas. Rosario es en ese aspecto una reiteración de lo que se ve a nivel nacional. Y de igual forma es tratada la cuestión social. Se copota o se reprime, o mejor se coopta y se reprime.

Claroscuros acentuados por una clase obrera tempranamente combativa.

Es en Rosario donde La Fraternidad, el gremio de los conductores ferroviarios, logra su primer triunfo en 1889, al culminar exitosamente una huelga declarada para lograr la libertad de un maquinista del F.C.B.A.R.[57], detenido y salvajemente apaleado por la policía tras un accidente de tren.[58]

Pero es también en Rosario, donde

            “... cuando la familia es mucha y el hambre apura, entonces se pone a las niñitas en la Refinería, en las fábricas de tabacos, en lo que se puede, con tal de que ganen algo, y se les enseña a mentir sobre la edad, de manera que las chiquillas dicen que tienen once años cuando no han cumplido nueve y hasta que se cansan y agotan las pobres hacen lo que pueden”.[59]

No es extraño entonces la importancia que adquiere en esos años la cuestión social. Huelgas fundamentales en la historia del movimiento obrero (la de 1902 en la Refinería, o las ferroviarias de 1912 y 1917)[60] se gestan o tienen su epicentro en Rosario.

Sin embargo esa combatividad no se traducirá en el fortalecimiento partidario de una alternativa clasista. Por varios motivos convergentes. En primer lugar la clase obrera rosarina será en gran medida, anarquista o sindicalista. El partido Socialista no logrará un predicamento similar al que alcanza en la Capital Federal. Se suma a ello la apática desconfianza  del inmigrante a los manejos políticos que sabe ajenos a sus intereses[61]. Así cuando se aplique en 1912 la nueva Ley Electoral, los contendientes serán por un lado, la Liga del Sur, portavoz de la satisfecha burguesía  rosarina que aspira a la autonomía frente a la capital provincial, y el radicalismo que, específicamente en Rosario, encuentra sustento electoral por el modo clientelar con el que capta al proletariado criollo fronterizo del lumpenaje arrabalero[62].

Es entonces, esa sólida burguesía la que impone un rol hegemónico a la sociedad rosarina. Hegemonía que trasciende lo meramente político y económico, y llega a

            “... la imposición de juicios morales y políticos a través de argumentos psicológicos. Así la holgazanería se utiliza para dar cuenta de disposiciones débiles para presentarse en el mercado de trabajo”.[63]

La prensa resulta un arma fundamental para transmitir esa posición.

Veamos entonces como opera esto en un caso concreto, el de la revista “Monos y Monadas”[64]. Semanario gráfico que aparece regularmente entre Junio de 1910 y Diciembre de 1911[65], su formato y diseño es similar al de la revista “Caras y Caretas”. Por lo general hay una primera sección de noticias internacionales, luego una de política nacional y a continuación, información sobre la ciudad y la región, ya sin un orden determinado, mezclándose notas de carácter social, con información general o policial, junto a misceláneas y curiosidades, y el todo ilustrado con profusas fotografías.

Más allá de este desorden expositivo, se van dando ciertas constantes.

En primer lugar hay una encubierta toma de posición a favor de la Liga del Sur. La campaña electoral de esta es seguida en detalle y por toda la provincia, con abundante material gráfico[66]. Muchas menos páginas y fotos se dedican a las actividades del radicalismo o el partido Constitucional.

Hay también una manifiesta disposición a mostrar los signos del progreso ciudadano. De allí los amplios informes sobre obras de salubridad, tales como las Aguas Corrientes o los nuevos hospitales.

La sociabilidad se manifiesta de múltiples maneras que van desde las reseñas sobre los clubes de élite, hasta la galería de personalidades del mundo social que da título a la revista: cada número trae la imagen en página central de un distinguido caballero y de una rolliza beldad, los que en amable tono son designados respectivamente como el “mono” y la “monada” de la semana. A los que se suman las fotos de niños satisfechos en elaboradas poses de supuesta ingenuidad.[67]

Como reflejo de la ciudad y la región, las colectividades inmigratorias encuentran acogida en sus páginas. Desde el Centre Catalá al Club Español, pasando por las instituciones mutualistas de cada comunidad, hallan la posibilidad de difundir sus actividades mediante recurrentes gacetillas. Especialmente en los números que siguen al 20 de septiembre de 1910, la revista muestra los festejos del día de Italia, en muchas de las localidades de la pampa gringa.

Hasta aquí, una revista informativa más, que refleja a una sociedad sin grandes problemas en apariencia. Sin “cuestiones” demasiado traumáticas.

Sin embargo, la verdadera problemática social, aparece encubierta bajo el pintoresquismo y la mirada condescendiente.

“Monos y Monadas”, en tanto portavoz de los que triunfaron, encuentra en la marginalidad, la exclusión y la miseria, una fuente de humorismo. Que le permitirá por ejemplo, describir bajo el título  “El Albaicín Rosarino”, una ranchada miserable establecida “atrás del Córdoba y Rosario”[68] en octubre de 1910, con el mismo sentido de burla que a principios de 1911 empleará para regodearse con el barrio de Las Latas[69], describiendo irónicamente el “palacio de Las Latas”, con su “reina”, su “príncipe”, etc.

Este indisimulado desprecio de clase, se torna evidente en una de sus secciones fijas, “La Semana Trágica”, donde se hace el raconto de lo sucedido en materia de hechos policiales. Es un lugar común en esas páginas el trazar un paralelo entre pobreza y delincuencia. Para “Monos y Monadas” el ser habitante de un conventillo es un elemento de sospecha. Las condiciones infamantes de las casas de inquilinato, le interesan solo para reforzar esta tesis de culpabilidad, o a lo sumo para lograr una nota pintoresca, en tono burlesco, nuevamente con su “reina”, “su príncipe”, etc.

El trato periodístico que se le da al tema de la muerte muestra también esa diferenciación, ya con rasgos de impúdica obscenidad. Así el deceso de un miembro de la élite es cubierto de manera respetuosa, aunque con la teatral necrofilia de la época (esa que convoca multitudes a los cementerios en una especie de kermese pagana celebrando el día de los Santos Difuntos). Vemos la pompa y magnificencia del cortejo en fotografías  que acompañan un obituario panegírico. Pero si un muerto pertenece a la clase obrera, solo es noticia si su deceso se produce a consecuencia de la violencia. Y entonces vemos el regodeo irrespetuoso, la invasión de la intimidad, el escarnio. Imágenes de suicidas o asesinados son mostrados impunemente en sus féretros abiertos, sin ningún recato. Un niño de la burguesía que muere a causa de una enfermedad da lugar a lastimeras páginas de consuelo para su afligida familia, con un tratamiento discreto del tema. Pero un niño obrero, tal el caso del que es atropellado por un tranvía en “Salta entre San Nicolás y Avenida Castellanos”[70] es mostrado impúdicamente con su rostro destrozado en un humildísimo ataúd. El morbo delimitando las clases.

En definitiva concluimos que “Monos y Monadas” no es sino el exponente de una faceta a medio camino entre la cooptación y la represión. El tratar como objeto de burla y reprobación a determinados actores sociales, proponiendo –por efecto contrario- a otros sectores la integración mediante la emulación de conductas, en el modelo dominante, antes que la solidaridad con los escarnecidos estereotipadamente.

Complejidades de una muy compleja problemática: la cuestión social.

 

 

 

 

 

 

FERNANDO CESARETTI              FLORENCIA PAGNI

 

[1] Ese abajo que constituido en actor colectivo, a veces, aunque de manera fugaz, manipulado y finalmente desvirtuado, pasa arriba, “entrando en la historia”. Raúl Scalabrini Ortiz, haciendo referencia a otra coyuntura posterior a nuestro análisis, los definirá felizmente como “el sustrato de la patria sublevada”.

[2] ZIMMERMANN, Eduardo. “Los liberales reformistas. La cuestión Social en la Argentina. 1890-1916”

Ed. Sudamericana/Univ. San Andrés. Bs. As., 1995.

[3] SURIANO, Juan. “El estado argentino frente a los trabajadores urbanos: política social y represión 1880-1916”. En Anuario 14. Escuela de Historia. Facultad Humanidades y Artes. UNR, Rosario, 1991.

[4] AYALA GAUNA, Velmiro; la cita de referencia está en el relato “Don Ramón, mi padre”, incluido en  su libro “Otros cuentos correntinos”, s/d.

[5] AGUINIS, Marcos; “Operativo Siesta”, ed. Planeta, Bs. As., 1978.

[6] Ibid., p. 189

[7] LUGONES, Leopoldo; “Odas Seculares”, ed. Espasa  Calpe. Bs. As., 1946.

 

[8] “divino Rubén”,... los autores de este trabajo debemos reconocer que en determinada adjetivación y forma narrativa, somos tributarios de Jorge Abelardo Ramos, a cuya monumental obra “Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, especialmente el Tomo III “La Bella Época (1904-1922)”, ed. Plus Ultra, 5ta. edición, Bs. As., 1973; recurrimos en más de una ocasión para precisar nuestras referencias bibliográficas.

[9] DARIO, Rubén; “Obras Poéticas Completas”, p. 768, ed. El Ateneo, Bs. As., 1953.

[10] “El 24 de Agosto de 1981 se formaliza la creación de la JCA (Jewish Colonization Associatión), empresa filantrópica fundada por el barón Mauricio de Hirsh...”. FEIERSTEIN, Ricardo; “Historia de los judíos argentinos”, p. 79, ed. Planeta, Bs. As., 1993.

[11] Por múltiples causas, siendo una de las principales, los contratos leoninos que la JCA obligaba a los firmar colonos. De todas formas la problemática de la colonización judía excede a este trabajo.

[12] FEIERSTEIN, ob. cit., p. 97 “Merece destacarse un hecho sorprendente: la casi totalidad de los pioneros de la intelectualidad judeoargentina procede de las primeras familias reclutadas por la JCA en 1981”.

[13] SHKLAR, ob. cit., p. 88.

[14] AGUINIS, ob. cit., p. 185

[15] BONAUDO, Marta y SONZOGNI, Elida; “Cuando disciplinar fue ocupar (Santa Fe 1850-90) en Mundo Agrario. Revista de estudios rurales, Nº 1, segundo semestre de 2000. Centro de Estudios Histórico Rurales. Universidad Nacional de La Plata.

[16] Ibíd.

[17] Aunque la relación empresa colonizadora –colonos, no corre en un solo sentido. Así, la J.C.A. ejerció un control autoritario y arbitrario, al mismo tiempo que disponía que toda colonia contara con sinagoga, biblioteca, teatro, escuela, proveedores y cooperativas. Surge entonces una aparente contradicción entre el afán de lucro de la empresa “filantrópica” que se personifica en la figura de sus funcionarios y administradores, y el espacio en que estos actúan, espacio que es modelo de organización comunitaria, de reunión entre “iguales” con intereses semejantes.

[18] CABALLERO, Ricardo; “Irigoyen. La conspiración civil y militar del 4 de febrero de 1905”, ed. Descours y Cabaut, Bs. As., 1928.

[19] AGUINIS, ob. cit., p. 189.

[20] PEDRONI, José; “Obra poética”, ed. UNL, Santa Fe, 1998.

[21] GERCHUNOFF, Alberto; “Los gauchos judíos”, p. 32, ed. Milá, Bs. As., 1988.

[22] RAMOS, ob. cit. P. 183.

[23] BONAUDO Y SONZOGNI, ob. cit.

[24] El trabajo forzado por endeudamiento, persistirá en los yerbatales misioneros y en los obrajes madereros de la región chaqueña.

[25] BIALET MASSE, Juan; “Informe sobre el estado de la clase obrera en el interior de la República”. Tomo I, p. 66/70, ed. Hyspamérica, Bs. As., 1986. Este informe sirvió como preliminar al frustrado Código de Trabajo.

[26] BONASO, Miguel; “Recuerdos de la Muerte”, ed. Brughera. Bs. As., 1984.

[27] AGUINIS, ob. cit. P. 191.

[28] CASTEL, Robert; “La metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado”, ed. Piados, Bs. As., 1997.

[29] Ibíd.

[30] Ibíd.

[31] Ibíd..

[32] MANSILLA, Lucio V.; “Mis Memorias”, en “El Rosismo. La Reorganización Nacional”. ed.    Bibliotheca,  Bs. As., 1974.

[33] MARTOTA, Sebastián; “El movimiento sindical argentino. Su génesis y desarrollo 1857-1914”, ed. Líbera, Bs. As., 1975.

[34] BONAUDO y SONZOGNI, ob. cit.

[35] MAROTTA, ob. cit., p. 22.

[36] ZIMMERMANN, ob. cit, p. 12 “… entre 1870 y 1914 llegaron a la Argentina alrededor de seis millones de personas, de las cuales aproximadamente la mitad se asentó en forma permanente. En 1914 casi un tercio de la población del país (29,8%) había nacido en el extranjero, siendo los italianos y españoles casi un 80% de ese total”.

[37] Ibíd., p. 12

[38] SURIANO, ob. cit., p. 3.

[39] ROMERO, José Luis; “Latinoamérica, las ciudades y las ideas”, ed. Siglo XXI, Bs. As., 1976 en SURIANO, ob. cit., p.3.

[40] véase SABATO, Ernesto; “Sobre héroes y tumbas” o BORGES, Jorge Luis; “La señora mayor”, interesantes cuadros sobre estas familias, primas pobres de la élite, en su decadencia final en el primer caso, y en la farsa de una figuración inexistente en el segundo.

[41] SURIANO, ob. cit., p.4.

[42] BIALET MASSE, ob. Cit., p. 121.

[43] Ley cuya autoría corresponde a Miguel Cané, mas conocido por su “Juvenilia”, una estudiantina nada inocente, que describe la gran aldea, libre aún de metecos impertinentes pasibles de deportación, donde los módicos conflictos se resuelven en el marco de la gente decente.

[44] MAROTTA, ob. cit., p. 208/233.

[45] Tras dos décadas de detención en condiciones de extrema dureza en el Presidio de Ushuaia, fue indultado y al mismo tiempo deportado por el presidente Yrigoyen. Sin embargo, hasta que la erosión de la lluvia y el viento terminó por borrarlos, muchos años después seguían circulando por la red ferroviaria, vagones que en sus laterales clamaban escritos con múltiples grafías, “libertad a Radowitzky”.

[46] ZIMERMANN, ob. cit., p. 13

[47] MAROTTA, ob. cit., 222/23.

[48] Cuya titularidad ostentaría el teatral y putañero, Alfredo Palacios.

[49] RAMOS, ob. cit. P 94, ironiza sobre los alcances de la campaña abstencionista del Doctor Juan B. Justo.

[50] RAWSON, Guillermo, en un informe sobre los conventillos afirma que “los niños mayores hacían de padre y los menores de madres”.

[51] JAURETCHE, Arturo; “El medio pelo en la sociedad argentina”, ed.  Peña Lillo, Bs. As., 1970. El autor rescata, p. 128, esta cuarteta como primera parte de un soneto que se presentó –con el consiguiente escándalo- en unos juegos florales rosarinos. No precisa fecha ni circunstancia.

[52] A modo de referencia estadística: 23.000 hombres en 1869, 50.000 en 1887, 91.000 en 1895, 112.000 en 1902, 245.000 en 1914.

[53] JAURETCHE, ob. cit., p. 128/129

[54] Actualmente, Boulevard Oroño.

[55] BIALET MASSE, ob. cit., p. 349.

[56] Ibíb., p. 351

[57] Ferrocarril Buenos Aires y Rosario.

[58] MAROTTA, ob. cit., p. 65.

[59] BIALET MASSE, ob. cit., p. 365.

[60] MAROTTA, ob. cit.

[61] Nuevamente, en el ámbito urbano se da lo visto en el rural: “-la política, é porca, dottore”.

[62] RAMOS, ob. cit., p. 68/71.

[63] DOUGLAS, Mary; “Justicia social y sentimiento de justicia. Una antropología de la desigualdad”, p. 111.

[64] Nuestro acceso a la información tuvo limitaciones. En la Hemeroteca de la Biblioteca Municipal quedan unos pocos ejemplares, en mal estado de conservación. Si, existen microfilmados en el Centro de Estudios Históricos que funciona en el 3er. Piso del Colegio Español. Pero acceder a ellos no es libre ni menos gratuito. Por esto último nos resultó a los autores imposible revisar la colección tomándonos el tiempo necesario para citar cada referencia. De allí que no precisemos fecha ni número, salvo excepciones.

[65] Tendrá una segunda época entre Julio de 1934 y Enero de 1936.

[66] Impacta la visión de un tal De la Torre aún joven, en contraste con la estereotipada imagen del Lisandro del Debate de las Carnes, un cuarto siglo después.

[67] Nueve décadas después, los mismos apellidos se continúan en el manejo de los clubes de élite.

[68] Actualmente, estación Central Córdoba.

[69] Ubicado en el hoy privilegiado sector de calle Salta entre Boulevard Oroño y Moreno.

[70] Actualmente avenida Alberdi. El hecho ocurrió a fines de 1910. La criatura tenía nueve años.

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