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La técnica de Management Empower - Reflexiones sobre la relación entre el manager y sus colaboradores
El éxito
del dirigente consiste en hacer fuertes, conscientes y maduros a aquellos
que están a su cargo en la organización. 1) Favorecen la
autodeterminacion: La delegación, el control delegado e información accesible
discrecionalmente y el enriquecimiento de la tarea. 2) Favorecen la consciencia:
La información global sobre la actividad que da sentido a la tarea, la
legitimación de la crítica ascendente, la formulación compartida de
objetivos, valores y cultura. 3) Favorece la interdependencia: La creación de
equipos de responsabilidad compartida, los sistemas de evaluación grupal, la
interacción múltiple interdepartamental sin necesaria intervención de los máximos
responsables. 1. El liderazgo cuestionado: Peter
Block publicó en EE.UU. "El manager fortalecido", un libro que ha
levantado polémica en el área de la dirección de empresas norteamericanas. El
libro, basado en su experiencia profesional como formador durante casi 30 años,
reclama para el resto de los ejecutivos y empleados de las empresas el riesgo y,
consiguintemente, el poder de las responsabilidades de dirección. Otroa
autores, como Robert Kelley o G. Ronald, han escrito últimamente sobre este
tema planteando el olvidado papel de los seguidores frente al de los líderes y
reivindicando su defensa. Durante bastante tiempo las Ciencias del Management
han insistido en la importancia del liderazgo como principal generador de
dinamismo de una organización. Si las personas han de movilizarse, es preciso
que los que dirigen desencadenen este movimiento con su ejemplo, su entrega, sus directrices y su nivel de
exigencia. Si el líder es competente profesionalmente y domina la técnicas de comunicacón y motivación del
personal, se convertirá en un motor que arrastre y genere la actividad
necesaria para el cumplimineto de los objetivos y la obtención de los
resultados que la organización espera. En algún momento incluso ha podido
parecer que daba igual el tipo de colaboradores con los que se contara. El
resultado dependía más del dinamismo que el jefe hubiera generado y de cómo
lo hubiera hecho que de la capacidad y actitud de sus colaboradores. Estas
concepciones sobre el liderazgo han afianzado la creencia de que lo esencial es
que el líder se constituya en el principio dinamizador de su equipo de trabajo,
a él corresponde principalmente afrontar en función de su responsabilidad la
tarea de solucionar los problemas y afrontar las decisiones que convienen a la
buena marcha de su actividad, función o departamento. No es
extraño que en esta tesitura el líder asuma con frecuencia para sí
responsabilidades que correspondería asumir a sus colaboradores. Cuanto más
indecisos le parezcan éstos y cuanto más eficiente quiera ser este
responsable, asumirá más ámbitos de decisión, se creerá llamado a controlar
más campos de actividad y acabará aumentando su poder a costa de ir reduciendo
el de las personas a su cargo. No es infrecuente el tipo de dirigente en que
cada vez se acumulan más responsabilidades, que es incapaz de delegarlas porque
no se fía de que se lleven a cabo con el nivel de calidad deseado. Y sucede
que, a medida que pasa el tiempo, la urgencia y la cantidad de asuntos que debe
resolver se van acumulando de tal forma que siempre le falta tiempo. Los famosos
"cuellos de botella" en la gestión no son otra cosa que el efecto de
esta actividad excesivamente responsable que no es suficiente para responder a
todas las demandas que inconsciente e involuntariamente ha ido creando. El líder
se ha hecho así insustituíble, imprescindible y lo que es peor, su voluntad,
sus ideas, sus iniciativas se han hecho puntro de referencia normativa de sus
colaboradores. Entre
los colaboradores y mandos de su alrededor se crea con frecuencia un estilo de
comportamiento, unas reglas de juego que fuerzan, según Block, ·
a manipular las situaciones y en ocasiones a las personas, ·
a dirigir cuidadosamente la información y los planes de trabajo en beneficio
propio, ·
a invocar los nombres de los que están en niveles altos cuando uno quiere
conseguir el apoyo para los propios proyectos, ·
a volverse calculador en la forma cómo uno maneja las relaciones con los demás, ·
a prestar mucha atención a lo que los superiores quieren de uno, ·
a vivir con el convencimiento de que si se quiere avanzar en la organización se
ha de tener cuidado con decir la verdad. En
suma, el colaborador acaba renunciando a la ilusión de transformar la realidad
de su trabajo, se acomoda, adopta la actitud defensiva, pierde su dinamismo, se
rinde y renuncia a utilizar "su poder", entregándoselo a los que están
por encima de él. Este
estilo de relación se apoya en actitudes correlativas mutuas por las que una
parte asume la iniciativa, la exigencia del acierto y la amenaza implícita, y
obliga a la otra a apostar por la seguridad, la cautela, la dependencia. El
resultado es el empobrecimiento y el debilitamiento de los colaboradores
inmediatos que cada vez se atreven a menos, se arropan en una actitud burocrática
defensiva, viven cada día más pendientes de la voluntad, deseos y humor del
jefe, con el que, sin embargo, mantienen una cuidada distancia. 2. El liderazgo que genera inmadurez: Cuando
un dirigente establece con sus colaboradores este tipo de relación impone unos
presupuestos culturales que condicionan la forma de actuar de sus colaboradores.
Estos prsupuestos son los siguientes: ·
Cuanto más se adapte el subordinado a la voluntad, el deseo y aun el gusto del
superior, más fácilmente se podrán lograr los objetivos pretendidos. ·
Cuanto más determinadas estén las funciones de los subordinados y más
claramente establecido lo que se debe hacer y cómo, será más fácil el
control eficaz de los subordinados. ·
Una persona que plantea cambios o procedimientos alternativos supone más
amenaza para el jefe y la organización que aquella que sabe adaptarse a los
procedimientos establecidos y debería por tanto ser estrechamente vigilada y
controlada. ·
Cada persona debe contentarse en su nivel con los datos necesarios para llevar a
cabo estrictamente su tarea. La información sobre los restantes aspectos de la
empresaes superflua, da pie a una crítica irresponsable, crea movimientos de
opinión difícilmente controlables y puede poner en peligro la unidad. ·
Para mantener el principio de autoridad no puede permitirse que los subordinados
cuestionen la validez y oportunidad de las decisiones tomadas, ni que critiquen
éstas. ·
La competitividad es un valor que permite estimular a las personas y a los
grupos. El sentido de superación de los compañeros y departamentos colindantes
favorece los resultados positivos. ·
Cuantas más personas intervienen en una tarea, se hace más difícil el control
de los resultados y la evaluación de rendimientos. Hay que tender, por tanto, a
la simplificación e individualización de actividades. ·
Hay más posibilidades de conseguir acuerdos y evitar enfrentamientos si se
tratan los problemas del trabajo con los subordinados individualmente, que si se
hace colectivamente. A
partir de estos presupuestos, en muchos aspectos nefastos, en algunos quizá
justificados, se crean en el trabajo de la dirección de personas, situaciones
recesivas para la maduración personal y profesional de los colaboradores porque
favorecen la sumisión, la inconsciencia y la falta de colaboración. Cuanto
más arriba en la pirámide jerárquica se concentran las decisiones y más
centralización existe, más desposeídos de poder e influencia en la marcha de
la organización quedan los colaboradores. Se crea entre éstos la idea de que
para tener éxito en la organización y para progresar, el camino más rápido
es el del individuo que acepta, que se somete, que espera que sea siempre el
jefe el que le solucione los problemas, en una palabra, acaba eludiendo en manos
del superior su responsabilidad personal. Con
ello el individuo más propenso a actuar acríticamente, o si hace críticas y
detecta problemas en el funcionamiento de la empresa, no se atreve a expresarlos
a sus superiores, sino que los plantea en foros que no son operativos para ser
solucionados. O plantea aquellas críticas que él sabe que su superior va a
aceptar, para demostrar que escucha. Difícilmente podrá la organización
acabar solucionando los verdaderos problemas si no afloran. Los colaboradores de
este modo se van desentendiendo de la reflexión sobre su trabajo y de la solución
de los problemas que les afectan y acaban considerando que este trabjo sólo
compete a los jefes. Las
reuniones de éstos con sus colaboradores pronto se convierten en meros
"auditorios" donde es difícil que las personas aporten otro esfuerzo
que no sea aquél que pueda reortarles algún beneficio personal en su promoción,
remuneración o imagen. Las metas colectivas, los objetivos comunes en este
entorno acaban debilitándose notablemente. El
mantenimiento de tales concepciones condiciona, pues, fuertemente a los
empleados y colaboradores en sus procesos de maduración personal. La irrupción
continua de los responsables en los terrenos personales de autodeterminación
del empleado impiden consolidar su proceso madurativo como persona y
relacionarse responsablemente con su trabajo. La diferencia está entre hacer lo
que uno cree que es razonable y adecuado y correr un riego al cargar con las
consecuencias del error, o llevar simplemente a cabo lo que indican otras
personas, lo que exime a uno de cualquier responsabilidad. De esta manera cuando
no se asume responsabilidad para con la organización, es lógico que tampoco se
consolide ningún compromiso con ella en el trabajo. El empleado se limita a
"cumplir" y reduce el nivel de su actividad a llevar a cabo lo que está
expresamente mandado y evitar lo que está explícitamente prohibido. De
este modo se da pie a sistemas únicamente extrínsecos de motivación que se
sustentan más en la dedicación de los jefes a la vigilancia y presión para
que se hagan las cosas que en el compromiso del colaborador en el logro de
objetivos personales -la auténtica motivación- y en la utilización de
sistemas de autocontrol. Ello
genera una duda estable acerca de la posibilidad de conseguir los resultados y
se aumenta la presión para conseguirlos por medio de la persuasión, y en
determinados casos de la amenaza. No es infrecuente que esta presión suscite
hostilidad y nacimiento de actitudes de contradependencia para con los
responsables ("qué es lo que dice el jefe que me opongo…"), se
producen así situaciones de desconfianza e incluso de enfrentamiento que
fomentan las actitudes defensivas, oco comprometidas, desresponsabilizadas y
desconfiadas en los colaboradores. De
esta manera se refuerza la estuctura jerárquica aumentando el número de
niveles de dependencia ("tanto vales cuanto más subordinados tienes bajo
tu responsabilidad"), se refuerzan los canales formales legitimados para la
comunicación ("el contacto con otros departamentos es únicamente a través
del propio jefe"), el centro de la actividad se focaliza principalmente en
lo que dicen y hacen los responsables que acaba por acaparar la atención a
costa de muchas veces de los resultados y de la propia tarea ("La gente
mira hacia arriba y no hacia fuera"). Y todo ello tiene a su vez incidencia
negativa en la eficacia final. Es
frecuente que estos planteamientos tengan lugar principalmente entre aquellos
managers que tienen una visión de su actividad de gestión primordialmente
centrada en el "corto plazo". Movidos por las presiones del día a día
acaban olvidando su responsabilidad planificadora y preventiva. Piensan que un
trabajador es igual a otro trabajador y con facilidad puede sustituírsele.
Movidos de un deseo de eficacia inmediata provocan en los colaboradores
actitudes destructivas que a la larga harán fracasar los resultados esperados. 3. El manager como desarrollador: Colaborar
en la maduración de las personas: El
equilibro psicológico conseguido en la maduración de la persona consiste
principalmente en conseguir un crecimiento equilibrado en base a tres características: ·
Pasar de una situación donde las actividades vitales del individuo se basan en
la sumisión, acatamiento y dependencia, a un situación en la que se basan en
la autodeterminación mediante la cual la persona decide y controla lo que
quiere hacer y ser. ·
Pasar de actitudes vitales defendidas por la inconsciencia a una situación de
conciencia de la realidad. ·
Pasar de actitudes vitales individualistas a una aceptación de los compromisos
inherentes a la interdependencia. a) Autodeterminación frente a sumisión: Si
alguna característica hace más humano el trabajo y produce una mayor
satisfacción es el hecho de poder influir en la propia tarea decidiendo por sí
mismo algo en relación con ella. La capacidad de la persona para poder
plantearse sus propios objetivos laborales dentro del contexto de su trabajo, la
mayor posibilidad de elegir determinados medios y decidir cómo, cuándo y de qué
forma desea llevarlo a cabo, la oportunidad de influir en la determinación de
su propio contenido laboral, ponen en marcha actitudes maduras generadoras de
AUTODETERMINACION que hacen a la persona más responsable. El dirigente que
fomenta la autodeterminación de sus colaboradores delega en ellos campos en los
que asumir riesgos de decisión. A partir del aprendizaje sobre sus propios
errores, hacen suyo el trabajo y consolidan su profesionalidad. Si
cada tarea es enriquecida con la intervención creadora del que ha de llevarla a
cabo, dentro del marco de unos objetivos comunes, surgirá un sistema de
valoración centrado en el autocontrol. El resultado será que los empleados
abandonarán actitudes infantiles desresponsabilizantes y progresarán en la
adquisición de hábitos adultos de trabajo. b) Conciencia frente a inconsciencia: Otra
de las caracyerísticas de la maduración personal es la CONCIENCIA,
la capacidad de captar la realidad, de darse cuenta de implicaciones de
los propios compromisos y de las consecuencias de los propios actos, de hacer
presente a la persona el mundo que le rodea. La persona consciente utiliza la
cooperación de la crítica y discusión como elementos dinamizadores de su
actividad. Se responsabiliza de la solicitud de información necesaria sobre su
cometido, busca el tratamiento objetivo de los problemas y considera la
incorporación de datos pertinentes como prerequisito de cualquier actividad. En
la medida en que el individuo está más abierto a todos los datos de la
realidad, los asume y toma postura frente a ellos, avanza más en su proceso de
maduración humana. c) Interdependencia frente a Individualismo: La
tercera característica de maduración es la capacidad de la persona para
hacerse cargo del sentido de INTERDEPENDENCIA como elemento indispensable de su
trabajo en una organización. Quien
asume su trabajo con una actitud solidaria de apertura a los que trabajan con él,
no puede pasar por alto las necesidades colectivas de su tarea, las
repercusiones que ésta tiene en el trabajo de los demás y la necesidad de
relacionarse, comunicarse, negociar, ceder, interaccionar con los demás sin
posturas aislacionistas o individualistas. 4. Empower: "Dar poder" A la
vista de ello podemos concluir que el dirigente debe convertir su trabajo en una
tarea desarrolladora. Hersey y Blanchard en su obra "El liderazgo
situacional" conciben la actividad el manager como una progresiva asunción
de modelos de supervisión que se apoyan en el nivel de maduración de los
subordinados, pero que provocan también el avance hacia una actuación más autónoma
donde sea posible la delegación. Y para ello se hace imprescindible contribuir
a que los colaboradores y empleados se responsabilicen. Contribuir
a responsabilizar es dar poder de decisión. Es preciso correr el riesgo de que
los propios colaboradores se equivoquen, pero también es el más firme modo de
aprendizaje del adulto y el único que le permite poner a prueba su iniciativa y
creatividad. Contribuir
a responsabilizar es dar fuerza a la persona, permitir que adquiera confianza en
sí mismo, en su deseo de ser y hacer las cosas mejor, en su capacitación y
know how profesional. Contribuir
a responsabilizr es apoyar su maduración, permitire que haga uso de su autonomía,
de sus criterios, de su sentido común y pueda enorgullecerse de sus
aportaciones, sus ideas y su contribución a los resultados de todos. En
suma, el éxito del dirigente consistirá en no generar en los colaboradores
temor, sensación de dibilidad, incapacidad o necesidad del jefe, sino que
consistirá en hacer fuertes, consistentes y maduros a aquellos que están a
nuestro cargo en la organización. Autor: Tomás
Alvarez Consultor
en Interacción Humana en las Organizaciones tag@ipsie.com
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