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Las últimas tentaciones políticas para la presidencia 2006: Alan García, Fujimori y Humala

Resumen: Algunos los llaman equivocadamente “nuestros redentores patrios”. Más tarde que nunca la sociedad peruana se volverá nuevamente deicida, querrá acabar una vez más con sus creadores-continuadores de ideología y aspirantes a Presidente. Mientras tanto el clima de confianza que se requiere para las inversiones privadas e internacionales seguirá peligrosamente inestable, con pronósticos muy reservados.
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Autor: Samuel Cavero

    Algunos los llaman equivocadamente “nuestros redentores patrios”. Más tarde que nunca la sociedad peruana se volverá nuevamente deicida, querrá acabar una vez más con sus creadores-continuadores de ideología y aspirantes a Presidente. Mientras tanto el clima de confianza que se requiere para las inversiones privadas e internacionales seguirá peligrosamente inestable, con pronósticos muy reservados.

     Ellos, Alan García, Alberto Fujimori y  Antauro Humala, también ambicionan el poder desde diferentes plataformas políticas. Lo hacen sin duda con un afán de clientelismo político para acercarse a la administración pública como abejas a un plato de miel, poniendo allí sus esperanzas y su gran caudal electoral que votará por ellos. Y cuando esto suceda, como siempre ha sido, se dará comienzo a la gran fiesta política del despilfarro, del derroche, del favoritismo, del tarjetazo. Muy pronto las entidades oficiales empezarán a padecer de obesidad burocrática, de ineficiencia y laberíntica tramitología. Y claro, en su conciencia social está muy presente llegar al gobierno cueste lo que cueste, pues una vez que esto suceda la fiesta habrá comenzado. El derroche se dará apelando a una frase de que aquella no es plata suya, sino plata del Estado, y la plata del Estado es de todos; es decir, de nadie.

    Alberto   Fujimori fue  el más pragmático y caradura de los dictadores,  le ganó a la subversión, pero no le ganó a la pobreza, a la desocupación,  ni a burocracia. Tampoco  a la corrupción, a la barbarie y al genocidio. En  todo eso fue el campeón de Latinoamérica. Actualmente se halla fugitivo en el Japón como todos sabemos e intenta liberarse de tanta culpa que lo une a Montesinos y a otros miserables.

    Aberto Fujimori –el yo no fui- utiliza una estrategia de doble cara: tirar el anzuelo para ver como está el cardumen de fujiadictos al otro lado del mar y, por otro lado, no da la cara ni retorna para  no comparecer ante tanto juicio y denuncia que hay en su contra.  Y si le ganó a la subversión fue a costa de ejecutar una política militar genocida de “tierra arrasada” que involucró y que causó miles de desaparecidos, principalmente en las comunidades campesinas. Muchas de ellas como antaño buscaban sus propias reivindicaciones sociales y  no tuvieron nada que ver  o lo tuvieron de manera obligada por Sendero. Esta política represiva utilizada por Fujimori no tiene nada de nuevo ni de ejemplar, fue similar a la que se usó en Centroamérica, como la que se ejecutó en Guatemala por ejemplo desde los años setenta hasta el ochenta, como por ejemplo la dirigida por el general José Ríos Montt, tristemente célebre presidente de ese país. Y qué increíble que todavía haya un apreciable sector del electorado que quiera a Alberto Fujimori resucitarlo para la presidencia del 2006. Hay pues quienes todavía cifran sus esperanzas en él, claman el  retorno “del japonés”, y son la oligarquía y todos aquellos oportunistas de siempre de los sector marginales, es decir quienes recibieron regalos, coimas, terrenos, préstamos onerosos para construir sus casas, títulos de propiedad por sus invasiones, alimentos para sus comités, paseos y puestos de trabajo, entre otras cosas. Ellos, sus leales comodines, son los que quieren su provecho personal y que el Perú se hunda más. Son los sin dignidad y orgullo, los que no usan el sentido común, los sin escrúpulos, qué más se puede decir.

    En el caso Humala, tanto como Alan García aunque con matices y perspectivas diferentes consideran como ya lo hizo el pobremente célebre Alejandro Toledo  que debe rescatarse las raíces indígenas de Latinoamérica. ¿Siguiendo los pasos de un Mariátegui o de un Haya de la Torre? ¿Y cuales son o fueron (en el caso de García y Toledo) sus programas sociales a favor de estas comunidades? ¿No estarán preparando, más bien, opulentos festejos en  Macchu Picchu que involucren a las comunidades andinas cuando se sueñen, como Alejandro Toledo, presidentes indianistas? Será que los latinoamericanos –y especialmente los peruanos- como decía Carlos Rangel, no estamos satisfechos con lo que somos, pero a la vez no hemos podido ponernos de acuerdo sobre qué somos, ni lo que queremos ser? (Del buen salvaje al buen revolucionario)

    El pasado del aprismo y del gobierno de Alan García, prometedor en sus inicios y luego catastrófico, los conocemos todos y está ampliamente documentado. Su anterior gobierno  -como el que ahora promete- no tiene nada de esperanzador. Ya lo vivimos y sabemos de las ambiciones y fracasos del aprismo En vez de corregir desigualdades, durante su mandato de Alan García, el Estado las intensificó ciegamente. Cuanto más espacio confiscó a la sociedad civil, más creció la desigualdad, la corrupción, la burocracia, el despilfarro, el clientelismo político a favor de los apristas, las prebendas de unos pocos a costa de los gobernados, así como la extorsión al ciudadano a base de altas tributaciones, tarifas costosas y pésimos servicios. Alan García se propuso eliminar la pobreza a través del método de eliminar las diferencias. Lo consiguió,  haciendo que casi todos los ciudadanos se vuelvan pobres. El dinero de los peruanos se hizo polvo. No me lo contaron, lo viví al lado de millones de peruanos con  dolor y miedo por el futuro de nuestro país. Y eso no se puede ni debe olvidar. Así, quien tenía cien intis al comienzo del gobierno de Alan García en el banco, tenía apenas dos intis al finalizar su mandato y un país en la total bancarrota. Y es que entre muchos errores cometidos durante su mandato se olvidó el señor Alan García de que en materia de  deuda externa y tratos con la banca internacional, la regla de oro es no ser nunca demagogo ni declarar  abierta y prepotentemente que no se pagará aunque se deje de hacerlo.

   ¿Hay una cultura de la envidia en los peruanos fomentada por estos  políticos como Fujimori, García o Humala? Creo que sí. Una filosofía del revanchismo político y económico –eso que Von Mises llamó “el complejo de  Fourier”- debe más al resentimiento con la condición propia de lo que somos y queremos ser que a la idea de que la justicia es una ley natural de consolación implacable. Si me preguntan mi pronóstico para estas tres propuestas no es alentador. Pues los peruanos deben recordar que la dictadura, la izquierda mal concebida, el populismo, el anticolonialismo, en nacionalismo a ultranza como el que propone Humala, e inclusive la versión tropical de socialdemocracia de Alan García, para no hablar de la opción revolucionaria, han hecho un tránsito catastrófico por América Latina y en especial en el Perú que ahora se encuentra en la esquina de la historia por culpa de los malos políticos. Esta es una lectura de la realidad vivida por todos.

    Al hablar del pasado del aprismo aquello nos permite recordar además al singular Haya de la Torre, la historia de sus luchas políticas, de sus largos exilios, de sus fracasos, de sus prisiones y, por otro lado, el notable recuento de su formación intelectual. Tanto el aprismo como el etnocentrismo, tienen eso sí cierta estética fascista, en eso son cercanos. Y en que son males causan ceguera y pérdida de memoria (amnesia) en gran parte de la población peruana lo son comunes con el  fujimorismo vía lo que fue Cambio 90.

    En el caso de Humala, analizemos, parece ser que aquél desea construir un partido interclasista de raigambre milenarista, una alianza obrero-campesina-intelectual, evocadora del siglo antepasado, aquel del venerado patriarca anarquista, Manuel Gonzáles Prada: “Los viejos a la tumba y los jóvenes a la obra”.

     Gonzáles Prada había propuesto a sus compatriotas una revisión de la historia después de los infaustos sucesos de la guerra con Chile, que le sirvieron además de fermento cultivador de nacionalismos y patriotismos  exacerbados.

     Preguntémonos: ¿Los viejos a la tumba, señor Humala? ¡No señor! Gonzáles Prada pertenece al siglo pasado y los viejos no tienen por qué irse a la tumba. Los nacionalismos del periodo colonialista suponían una plataforma patriótica de apoyo a los movimientos de liberación que se erguían contra la anterior opresión y que estaban generalmente acompañados de un impulso de justicia y democracia. El de Gonzáles Prada fue una revisión y acción.  

     Los viejos no deben irse a la tumba, no, pues todos son muy valiosos como consejeros. Humala pregonando una doctrina anarquista a lo Gonzáles Prada con una reivindicación utópica del sistema de gobernabilidad del incario en nuestros días y un autoritarismo que le viene del cuartel, es para morirse de risa. ¡Agárrenme que me caigo de risa!

    La familia Humala  están creando asimismo una nueva modalidad (modalidad chola de oligofrénicos, de la letra entra con sangre) de “teología de la liberación” uniformada, descastada, aspirante a dictatorial, cuyas esencias de su compromiso liberacionista se pueden rastrear en Hegel, Freud y Marcuse. Y muchos  sociólogos y politicólogos no son capaces de dar cuenta de este fenómeno. Yo soy ayacuchano cacerista de corazón, tanto como mi familia. Un tatarabuelo mío: Salvador Cavero, fue nada menos que secretario de guerra de este héroe nacional, combatiente aguerrido que peleo en varias batallas de la resistencia de la Breña y sufrió tres heridas de bala e incluso se le amputó una mano durante la campaña y después de una impecable carrera como magistrado y político llegó a la vicepresidencia del Perú reconiéndosele su valor y heroismo. Soy un estudioso y evocador de las nobles gestas del gran Mariscal Andrés Avelino Cáceres, pero no por ello puedo permitir que se manipule los actos heroicos del Mariscal Cáceres en nombre de otros simplones politiqueros y menos me debo identificar con un caudillo patriotero victimista que pregona la violencia, el racismo y la discriminación a determinados sectores para favorecer a otros y que  ahora se vale de las clases más necesitadas y empobrecidas que lo apoyan porque saben ellos que de llegar al poder Humala ellos encontrarán trabajo y recibirán sobretodo un favor político. Para él y su padre la vuelta al pasado es la clave para entender el presente y preparar el futuro con reivindicaciones milenaristas. En vez de disminuir la violencia, la discriminación y la segregación social, se propone inconscientemente a perpetuarla. Los estudios de Maestría  que Humala hijo viene haciendo para profundizar sus conocimientos de la realidad social peruana en la Universidad Católica de Lima sólo le servirán para afinar su añorado proyecto gubernamental y planear para el Perú las diferencias más que las sumas.  Una cosa es la teoría y otra la práctica, señor Humala. Sus vaivenes emocionales no dan buenas señas de identidad nacional unitaria, son producto de alborotadísimos genes seductores de juventudes diezmadas por la pobreza que albergan mensajes largamente incoados. La única novedad de su partida y partido –rimando, claro está- según mi punto de vista es que el etnocacerismo le está sirviendo de paraguas para esa gran variedad de movimientos alternativos, contracorriente, la mayoría de los cuales ponen el acento en una liberación de los esquemas rígidos del pasado inmediato. En el  incanato los viejos caciques eran los consejeros de cada pueblo, los quipuqamayocs y los varayocs no eran sino viejos hombres sabios venerados y distinguidos por su pueblo. Ellos sin antes aconsejar bien a su pueblo no se iban a la tumba.

    Humala está siendo capaz a través de la ayuda de su periódico titulado El cacerista, de crear construcciones mentales erradas sobre la  ancha base del empobrecido sector peruano.  Esas construcciones mentales tienen que ver con Marcuse en tanto que Humala ha sabido encausar la represión social de la colectividad inconsciente  y  ahora con ayuda de su padre (creador, impulsor y simbiosis de etnocentrismo o etnocacerismo apoyado por cierta soldadesca en reserva militar), pretende rescatar aún más a cualquier costo devolviéndole conciencia social rebelde bolivianizada. Por algo ya se le está llamando el Evo Morales del Perú.  Un gesto de ese accionar fue su gesta rebelde en contra del la dictadura de Alberto Fujimori, algo que muchos militares pudieron hacerlo, pero el miedo y su condición de militares, más sus estrictos reglamentos se lo impedía. Fue un mérito en salvaguarda de la democracia, bien  esto ya pasó. Pero no por ello se le debe glorificar y endiosar de hazañas epónimas, algunas ficticias, orientadas hacia la opinión pública nacional con fines de encausar mejor su electorado, menos si quien persevera más, el hermano menor de la cuartada política, tiene un tristísimo record militar de múltiples actos de indisciplina –tan célebre ha sido como militar deliberante, que merecería ser llamado el Dostoiesvki de nuestra loca política nacional- que ha develado la revista peruana Caretas.

      ¿A qué costo surge una nueva doctrina en un país azotado y extenuado por curiosas mezclas de tantas doctrinas revolucionarias incluso milenaristas? La existencia de muchedumbres empobrecidas, privadas de una relación de legitimación siempre ha sido el método para atraerlos con propuestas milenaristas. En tanto el impulso nacionalista de los Humala más bien alienta fundamentalismos, rompe solidaridades y se constituye en una nueva importante fisura dentro de la realidad política peruana. No será que detrás de los fuegos que atizan estos revolucionarios  hay leños y   encendidas cenizas de destrucción y totalitarismo.  Si Humala llega al poder detrás de esa casta revolucionaria andina –serrana, con olor a mote que sale de las ollas de barro- se cerrará un nuevo cerco de corrupción y quizá  una nueva oligarquía en complicidad, posiblemente, con las Fuerzas Armadas (que siempre dicen que no son deliberantes, pro terminan siempre en el fango por lo mal asesorados) o la vieja oligarquía ya instalada en el festín desde hace una centuria.

    ¿Qué debemos hacer los peruanos que nos respetamos y que queremos una patria dignificada? Creo sin duda que debemos apuntar por una nueva opción que nos aleje de estos tres políticos oportunistas. También de la  vergüenza y de la mediocridad, que  imite con calidad y productividad en todas las áreas el modelo de los países desarrollados y prósperos. Pero primero debemos despolitizarnos, pues percibo que hay una excesiva hiper-politización a todo  nivel que en vez de crear una clara conciencia política en el electorado le viene empañando la vista y el uso del buen sentido común. Debemos, en buena cuenta, combinar una cultura y un esfuerzo nacional que conjugue armoniosamente todas nuestras diferencias e identidades, hacia un comportamiento social estable basado en el esfuerzo, en el ahorro, en la austeridad total, en la reducción del armamentismo, en la apropiación inteligente de tecnologías  avanzadas con una política competitiva de libre empresa, de eliminación de monopolios públicos y privados, de incentivo al desarrollo de la ciencia, de impulso a la bioquímica e industrialización de los alimentos y de nuestras materias primas,  de apertura hacia los mercados internacionales, de intenso fomento al turismo nacional vía embajadas y consulados nacionales en el extranjero, de una nueva y total reorganización total del poder judicial, de control de gastos militares y sobretodo de respeto a la ley, a la propiedad privada y a la libertad.

   En Latinoamérica hoy más que nunca es necesario el acceso rápido de la población a los servicios públicos esenciales: educación, salud, agua potable y seguridad social. El Estado sólo debe concentrarse en tareas rectoras esenciales y de defensa de la soberanía nacional. El Estado debe además aprovechar del concurso del sector privado vigilando siempre para la prestación eficiente y de calidad de estos servicios elementales. La privatización sin coimas como debió ser en muchos países de Latinoamérica no es, en este caso, un fin sino una herramienta para ampliar la cobertura, la calidad y la eficiencia productiva acorde con  una renovada política social y con el nuevo milenio que nos enfrenta nuevos desafíos más allá de la globalización. 

    Al Perú  en suma después de tanta experiencia vergonzosa, incluso de la privatización que por desgracia fue a favor de la corrupción y el clientelismo político sólo le queda por ahora una opción viable sin neonazisocialismos, ni  nacionalismos anarquistas gérmenes de una nueva dictadura,  tampoco sin Alejandro Toledo y sus ministros apagafuegos. Hablo de una opción sin Fujimori, sin Alan García y sin los milenarismos desquiciados de Humala.

     Además, sostengo, el Perú –Perú Proyecto, Perú Posible, Perú Viable- debe mostrar nuevos rostros políticos en base a “vecinos muy notables” pues nuestro país debe recuperar su dignidad, redignificarse, no puede continuar con políticos continuistas “chupadólares” quienes ya nos han dado claras muestras de su tristísimo accionar político.

     Al Perú en suma le queda buscar nuevos rostros políticos, combatir ante todo la corrupción generalizada y ser un  Estado  menos intervencionista que se pone al servicio de la productividad y del mercado competitivo internacional. Probablemente  un Estado democrático liberal, con un programa de serias reformas y justicia social, y que busque el consenso y aportes de las otras fuerzas políticas de izquierda y de derecha, es el camino que todavía le queda.

     Mientras tanto nos seguiremos  preguntando desde nuestra intimidad, ¿cuándo se jodió nuestro país? ¿Quién es el que más lo jodió? ¿Quién es el mejor payaso de la política que es capaz de alegrar con fanfarrias nuestras tristes horas? Y, perdonen amigos míos, preguntarnos además si hay algo todavía a salvo de tanta jodienda.

Sydney, 9 de Enero del 2004

 

Escribe desde Sydney: Samuel Cavero, sociólogo y periodista

Email: perufuturo2006@yahoo.com

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