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1883: el primer mapeo con electricidad en todo el mundo - durante ocho meses! -de un cerebro humano consciente, realizado en San Nicolas, Provincia de Buenos Aires

Resumen: La primera vez que se hizo esto en el mundo ocurrió en San Nicolás, desde el 15 de septiembre de 1883. Lo plagiaron, el autor de la hazaña murió amargado, los pacientes debieron esperar que un norteamericano lo redescubriera veintiséis años después y el plagiario tiene un monumento de bronce cuidadosamente mantenido.
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Autor: M. F. Crocco

A l b e r t o A l b e r t i y el primer mapeo con electricidad ­ ¡durante ocho meses! de un cerebro humano consciente: hazaña científica silenciada durante un siglo

Contribución leída en las XI Jornadas Municipales de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, sobre el tema "La Modernidad", Centro Cultural Gral. San Martín, el 29-VIII-1994.

 

Sumario:

La hazaña científica y humana del inmigrante trentino Dr. Alberto Alberti -el primer mapeo con electricidad en el mundo, prolongado durante ocho meses, de un cerebro humano consciente y expuesto- fue suscitada (1) para forjar la neurocirugía (era necesario perforar el cráneo: reimplantar el uso del trépano, abandonado porque los pacientes con cualquier foco cerebral fallecían del exceso de perforaciones inútiles, ya que se desconocía casi toda localización de funciones en el cerebro humano), (2) por el uso político de la neurobiología en la modernidad, (3) por el valor personal y esfuerzo científico del mismo Alberti y de un sabio polaco que asentó su hogar en una pieza de la calle Victoria, y (4) por la fáustica necesidad humana de tocar el alma. Pero, ¿no era el alma lo que movía el cuerpo? ¿No estaba el alma repartida por todo éste? ¿Por qué se la habría de poder electrizar sólo en el cerebro? ¿Sería acaso la electricidad veneno para la mente? ¿No debería ineluctablemente morir el paciente cerebral electroestimulado, a causa de esa desmesura violatoria de nuestra condición terrenal? Para impedir esa osadía modernista, el primer Congreso médico internacional en Londres condenó de antemano todo futuro ensayo semejante, maguer su utilidad y necesidad clínica.

¿Interactuaría la electricidad con el alma? ¿Saberlo, la des-sobrenaturalizaría?

Y, en una formulación mucho más grave y profunda, ¿sería endogenista la semoviencia?

En nuestra remota Argentina se osó adquirir respuestas de la naturaleza y un truhán las inutilizó.

A nueve años de su redescubrimiento, ulteriores investigaciones históricas permiten contextuar para estas Jornadas el plagio y bloqueo, realizado por el estudiante -luego político, intendente del colindante Partido de Almirante Brown y falso médico- Llobet, quien en Buenos Aires silenció los resultados de Alberti y se graduó inválidamente en nuestra Universidad haciéndolos pasar por propios con forzosa discreción. Tal discreción obligatoria acalló su difusión local y dejó su comunicación internacional a la ineficacia y cautela del bribón, generando un despiste del conocimiento científico por el cual el mismo plagiario no pudo tratarse y falleció en el clímax de su carrera política.

Pero por casi treinta años el bloqueo perpetró idéntico perjuicio contra multitudes de enfermos neurológicos en todo el mundo.

Por éso es menester recuperar la historia de este drama local de incidencia mundial, para que la frágil ciencia encuentre en nuestra sociedad la defensa que tanto necesita.

 

–In memoriam, Marjorie Ledesma

El descubrimiento y la comunicación técnica, en octubre de 1985, del plagio, realizado por el estudiante Llobet, de los resultados de la hazaña científica y humana del inmigrante trentino Dr. Alberto Alberti, promovieron entre 1986 y 1988 varios actos académicos y comunicaciones en Europa y en la República Argentina. Su propósito no fue solamente el desagravio del plagiado Dr. Alberti, tan olvidado ahora cuanto querido hace un siglo por su labor médica repartida en San Nicolás de los Arroyos, en Génova y como Médico Interno (en italiano "Primario": responsable médico en ausencia del Director) del Hospital Italiano en la ciudad de Buenos Aires. Tampoco fue objetivo de esos actos exaltar el interés científico o la importancia intrínseca y la prioridad mundial de su descubrimiento, sino, en particular, destacar el gravísimo daño infligido a toda la sociedad cuando los incapaces se apoderan del trabajo científico ajeno.

Fue un drama histórico, perenne al iluminar la hesitación modernista-antimodernista tan enfatizada por nuestra cultura y destacar el interjuego de sus agentes individuales y colectivos; promovido por la necesidad humana de tocar el alma, como Tomás el Dídimo al meter su dedo en la llaga; viabilizado por el profesor Richard Sudnik y sus cursos al regresar de la Expedición al "Desierto" (1879) donde entre malones aplicaba su máquina eléctrica de manivela para estimular el cerebro de cuanto cuis, mara o conejo se le cruzaba cerca; y llevado a cabo en San Nicolás por el Dr. Alberto Alberti, al abrazar una decisión de gravísimo riesgo para su joven carrera médica y su futuro familiar, tras siete meses de estudiar las agitaciones (locomovilidad funcional) de la masa encefálica en una paciente con toda la bóveda cerebral a la vista, doña Severa Velo, quien había sufrido la voladura de toda la calota o tapa craneal por una progresiva carie sifilítica (osteítis luética).

La conjetura de que la carnalidad del psiquismo acarrearía la carnalidad del espíritu (ocasionada por la impropia yuxtaposición de ambos en la concepción vulgar del alma) promovió el uso político de la neurobiología, empleada ofensivamente desde los enfrentamientos, en la India del siglo -VI, de los Carvakas (no creyentes en la infalibilidad de los Vedas) con sus gobernantes, hasta las pugnas y violencias ideológicas movidas o motrices en el modernismo del Erklärung y la Revolución Francesa. Los descubrimientos eléctricos -Galvani, Volta y tantos más- habían promovido una moda en toda Europa, la de electrizar organismos vivos para ver si por acaso, insuflando alma, podían revivirse cuerpos muertos. En tal situación, los trabajos serios de electroestimulación cerebral integraban un caótico contexto donde se abigarraban aventuras poco serias, novelas resurreccionistas, efectos circenses con cabezas degolladas de ganado debatiéndose en espasmos por la electricidad, interrogatorios a decapitados en el patíbulo, y una vehementísima polémica entre conservadores y transformadores socioeconómicos a la cual ningún amigo de la historia es ajeno.

En Buenos Aires ya se había dictado cátedra sobre electricidad en un primer nivel internacional. Entre 1828 y 1835, el exiliado lombardo Octavio Fabricio Mossotti (Novara, 1791 - Pisa, 1863) había dictado sus clases como titular de una cátedra, la de Física Experimental en la Universidad de Buenos Aires (clases que Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez llamaron "inolvidables"), centrándose en los problemas de la electricidad acumulada en lo interno de alguna masa material.

Es singularmente curioso, para quienes nos dedicamos profesionalmente a estudiar el nuevo órgano anatómico invisible e intangible que se forma dentro de la substancia gris cerebral (al tallarse con formas rápidamente cambiantes los campos electromagnéticos que ocupan su volumen) que, mientras dictaba aquí su cátedra, Mossotti maduraba sus ideas sobre la acción eléctrica en lo interno de la materia. Mossotti las publicó al regresar a Europa y tales ideas le dieron relevancia mundial en los estudios sobre las acciones moleculares dentro de los cuerpos dieléctricos, como, hoy sabemos, lo es la materia gris cerebral. ¿Abonaron aquí la receptividad hacia los cursos dictados por Sudnik cuarenta y seis años después? ¿Llegaron luego, desde Pisa donde trabajaba Mossotti, a Bolonia y Padua donde estudiaría Alberti? Como Sudnik, el científico Mossotti no vaciló en tomar las armas por su patria: regresó a Italia por el "profundo sentimiento de misión" -son palabras de Máximo Barón, físico historiador de Mossotti- que enhebra patriotismo y sacrificio científico. Allí, al mando de un batallón y con grado de mayor, intervino contra los austríacos en las acciones de Curtatone y la librada en su natal Novara; luego, por su labor científica y docente se le hizo Senador del Reino, sin que ello perjudicara la divulgación de sus ideas sobre dielectricidad. Aquí, entre los numerosos alumnos de Mossotti, había estado Luis Tamini, miembro del ambiente de Sudnik y de Alberti en la época previa a la hazaña de éste, y Vicente Fidel López, sostén del Círculo Médico donde Sudnik dictó su histórico curso y donde el plagiario Llobet era conservador del Museo. Aquí había sido Mossotti profesor de Saturnino Salas (catedrático de Física Matemática de la U.B.A.), Carlos Tejedor, José Mármol, Esteban Echeverría, Miguel Cané padre, Marcos Paz, Juan Bautista Alberdi, Marco Avellaneda, Antonio Aberastain y el médico Indalecio Cortínez, entre muchos otros. Sus ideas desarrollaban las que simultáneamente iba publicando desde 1831, en el Philosophical Magazine de Londres, otro joven de su misma edad, cierto Michael Faraday, a quien casi con seguridad Mossotti habría tratado personalmente en Inglaterra cuando se familiarizó con otros miembros de la Royal Society, Thomas Young y J. F. W. Herschel. Young había rebatido las teorías ópticas de Newton, y Faraday era también antinewtoniano y buscaba construir una descripción no- newtoniana de la electricidad corriente y estática. A ello lo había precipitado el descubrimiento de Volta de 1800, de que se podía producir corriente eléctrica disponiendo materiales de una manera determinada, la pila eléctrica. La interconversión de fuerzas químicas en eléctricas y viceversa no cabía en esquemas newtonianos, y alentaba la metafísica de Leibniz y Platón al destacar la unidad de las fuerzas y su consecuente reductibilidad a movimientos (o sea, la inexistencia en la Naturaleza de series causales que no emergieran de afuera de las cosas, exogenísticamente), lo que contacta por su ángulo más sensible al uso político de la problemática psicofisiológica.

Faraday había innovado descubriendo que la acción a través de un campo lleva tiempo para su transmisión (Nota del 12-III-1832, en la Royal Society) y ello, lentamente, armonizaba con la posibilidad de que la acción del campo eléctrico y magnético tuviera su origen dentro del mismo campo y que éste fuera una especie de "substancia". Aunque faltaban décadas para que Maxwell, Heaviside y Poynting estableciesen la base del electromagnetismo moderno, ese concepto, de un campo de fuerza cuyas acciones salen de adentro (endogenismo) y tardan un tiempo en transmitirse, resultaba crucialmente compatible con los preconceptos substancialistas en boga acerca del espíritu. La "materialidad" dejaba de ser pitagórico-parmenídeamente inane y comenzaba a acoger algo parecido a un origen de acciones.

Y Mossotti, en "Sobre las fuerzas que rigen la constitución de los cuerpos" (Taylor's Sci. Mem. 1, 448-469, 1840); en "Investigaciones teóricas sobre la inducción electrostática, encaradas según las ideas de Faraday" (1847, quod in manibus non habui; apud Baron) y en su "Discusión analítica" (Soc. Ital. Modena, Mem. XXIV, 49-74, 1850) introdujo, en los modelos mecánicos de la física de su época, la acción endogenista de la inducción molecular eléctrica del medio dieléctrico. En efecto, su descripción impuso la necesidad intrínseca (de los campos) de que se conserve la carga (dicho técnicamente: anuló la integral de las cargas desplazadas).

En otras palabras: mientras el electromagnetismo fuera mecánico, no servía para suponerlo en algún modo homólogo al alma y en consecuencia no era posible su uso ideológico con fines contestatarios. Pero . . .

. . . cuando los campos eran concebidos endogenísticamente, y su acción a distancia como no instantánea, se alentaban las especulaciones sobre sus posibilidades de contactar al alma, repetidas en innumerables ecos divulgatorios o de menor seriedad o precisión conceptual. En la documentación de sus cursos en Buenos Aires, Mossotti se limitó a los modelos mecánicos de la electricidad. Pero es difícil que su enseñanza oral y sus charlas particulares hayan dejado de caracterizar hórmicamente esos fenómenos naturales. Y su eventual influencia sobre los origenes de la neurobiología y psicofísica argentina, bien preparando el clima de donde surgió el experimento de Alberti, o bien en la formación que Alberti recibió en Bolonia y en Padua, requiere ulterior investigación histórico-técnica.

A su regreso del fortín de Bahía Blanca, el profesor Richard Sudnik, uno de los fundadores en París de la Sociedad Internacional de Electricidad, brindó en Buenos Aires los cursos de su cátedra paralela a la Universidad, sostenida por el Círculo Médico (que, en realidad, antes que a médicos agrupaba a jóvenes y activos estudiantes de medicina). Esos cursos, de primer nivel internacional, fueron durante varios años fermento y levadura de la neurobiología y psicofísica en la Argentina. Sudnik introdujo en nuestro país el estado mundial contemporáneo de esa ciencia en 1880, deleitándose, por ejemplo, en narrar las observaciones moscovitas de su compatriota J. Mierzeyewski, quien publicó en Paris el llamativo descubrimiento de neuronas gigantes que hacían mover el cuerpo y que, agregaba Sudnik, eran controlables con electricidad.

Perfectamente se conocían aquí los hallazgos de Betz de esas mismas células. Pero, por ser Mierzeyewski compatriota de Sudnik, aquí era más conocida su reciente descripción; la palabra que él empleó, "nidos", para indicar como se agrupaban las células gigantes, circulaba con preferencia. Perfectamente, también, se conocía aquí el mortífero experimento de Bartholow, de Cincinnati, quien mató a una adolescente débil mental -­¡tras pedirle su consentimiento para operarla!- colocándole corriente en el cerebro durante breves segundos por medio de electrodos durante una intervención quirúrgica (y quien brindó patéticas excusas en el Congreso de Londres de 1880, donde asistieron seis argentinos capitaneados por el Dr. Guiliermo Rawson). Y también era cumplido el conocimiento local del no menos mortífero ensayo ("observación") de E. Sciamanna, quien con idéntica fatalidad electrizó el cerebro de su paciente, el hasta entonces vivo Ferdinando Rinalducci, conectándolo igual que Bartholow sólo durante escasísimos segundos. La consecuencia fue que en nuestro país, como en todo el mundo académico internacional, se compartió la condenación expresada por el mismo Bartholow, compungídisimo con su prioridad, y por el Congreso de Londres, prohibitiva de experimentos tan políticos como deletéreos, a los que ahora exigía considerar "una acción altamente criminal".

Pero para desarrollar la neurocirugía era ineludible perforar el cráneo: reimplantar el uso del trépano. Las intervenciones habían disminuído grandemente, y el trépano casi se había abandonado, por muy sólido motivo: faltaban noticias sobre la localización de la función cerebral. Si una lesión o cuerpo invasor (un tumor, una "várice" o aneurisma cerebral) producía síntomas periféricos -p.e., temblor en un codo-, no había modo de relacionar estos síntomas con la localización de su origen dentro de la cabeza. Y, en la impotencia para ubicarlo, se trepanaba muchas veces, quizás diez o doce, hasta que el paciente se moría de las trepanaciones sin haberse podido localizar -menos, curar, limpiar o extraer- el origen central (cerebral) del síntoma periférico visible. Estimular eléctricamente producía movimientos y sensaciones localizados en partes chicas de todo el cuerpo y debía ser el medio más preciso de localizar las funciones en el cerebro: el estimulador eléctrico colocado en tal o cual punto se correspondería con tal o cual localidad del cuerpo -mano, pie, etc.- y así podría construirse un mapa. Un mapa isomórfico central-periférico. Pero . . .

Pero, ¿no era el alma la que movía el cuerpo? ¿No estaba el alma repartida por todo éste? Y, ¿sería esa electricidad pitanza o ponzoña para la mente? ¿No debería ineluctablemente morir el paciente electroestimulado, a causa de esa desmesura violatoria de nuestra condición terrenal? ¿Interactuaría la electricidad con el alma? Y, en una formulación mucho más grave y profunda, ¿sería endogenista la semoviencia? Muy pocos podían formularse esta pregunta, pero eran quienes decidían: el desarrollo del aristotelismo en la escolástica europea retenía el objetivo de Aristóteles, de convalidar que el único movedor y semoviente del Universo era el Fundamento de la realidad, y que toda la naturaleza se movia por él. Precisamente el ascenso del platonismo con la ciencia moderna tuvo por objeto repristinar ese objetivo, que se había relajado con el reconocimiento de entelequias naturales, virtudes intrínsecas e ímpetus interiores. De paso, las "leyes" de la física moderna asumirían majestad divina (aunque los más lúcidos científicos, como Newton, rechazaban ésto, y no precisamente por devoción). ¿Qué diria la electricidad: que los hechos temporales no originan acciones sino sólo las continuan (y que el alma, mero nudo atisbador entre estímulo y respuesta, nada decide ni se mueve por sí misma) o bien que el origen de la acción es intrínseco y es necesario volver al relajamiento endogenista, tildado de "animismo"? Y en todo caso, ¿a quién le importaba preguntarle a la Naturaleza, arriesgando más problemas? Mejor ignorar; hagamos neurocirugía con tisanas . . .

Alberto Alberti conocía a su paciente, Severa Velo, desde 1882. Quería a esa sufrida madre de seis hijos, a quien había logrado mantener con vida y deambulando, no menguada proeza clínica en época sin posibilidades de asepsia y con una herida tan extensa. Pudo estudiarle aspectos importantísimos para la neuropsicología, durante esos siete meses, y llegó así al día crítico, el quince de septiembre de 1883, en una clara mañana nicoleña. ¿Averiguaría, electrizándola, cómo se conecta el cerebro con el cuerpo? ¿No pecaría, quizás, descubriendo cómo se conecta el alma con el cuerpo?

No había razón terapéutica para hacerlo; el experimento humano era necesario para operar a otros seres humanos: don y riesgosísimo servicio que sólo la paciente misma podía disponer. Sabía Alberti que el resultado de electroestimular podía ser perfectamente condena y cárcel, su sindicación personal como un "modernista" de deletéreas ideas avanzadas, la excitación furiosa del antimodernismo, su expulsión del país, la pérdida de su habilitación médica y . . . la ruptura con su novia, una bella chica nicoleña que como todas sus amistades, jamás le hubiera perdonado asesinar a Severa por una curiosidad; importante, sí, y aún crucial, pero no terapéutica. Como plomo hirviente debió pesar esa posible muerte -pura hybris- sobre el alma profundamente religiosa de este italianito sensible, médico rebosante de ternura, cuando tomó su decisión. Sólo en segundo término contaría su carrera, su novia, su deportación. No en vano venía de las mejores escuelas médicas de Europa; pesó con exactitud todos los hechos clínicos. Pero el conocimiento decisivo fue la experiencia técnica de Sudnik, no en vano físico electricista de primer nivel mundial. Severa no habría de morir por el experimento; las maras, cuises y conejos no morían como los pacientes de Bartholow y de Sciammanna. Sólo por el despliegue de esa experiencia técnica sabemos que Alberti conocía el trabajo de Sudnik y sus cursos en Buenos Aires; hasta ahora ninguna otra constancia histórica nos ilustra directamente sobre esa conexión. Debido a las características técnicas de la corriente empleada, Severa no murió. Y durante ocho largos meses, cada vez con más confianza, Alberti siguió mapeando, en la geografía sanguinolenta de la bóveda del alma, las localizaciones de la función cerebral en todas las ocasiones posibles: despierta, dormida, bajo barbitúricos, durante la ejecución de acciones concretas, en la producción eléctrica de movimientos (es decir, la causada por el electrodo y no por la voluntad de Severa), en la generación eléctrica de sensaciones, en el estornudo, en la tos, en el acto de contar, de hablar, de imaginar, de gritar, hasta en los esfuerzos del vientre . . . Alberti tenía veintisiete años; sí, veintisiete, aproximadamente la misma edad que Einstein, que Newton, que Nietzsche en sus más radicales contribuciones.

El estudiante de tercer año de medicina, Andrés Llobet, nada sabía de todo ésto. A sus veintidós años, no estaba produciendo los descubrimientos que unas décadas antes Helmholtz había conseguido a esa misma edad. No; Llobet estaba estudiando lejos de San Nicolás, en Buenos Aires, aunque cierta temprana megalomanía ya lo había llevado a nombrarse Presidente del Círculo de Estudiantes Nicoleños de Medicina en Buenos Aires, donde contaba con la multitudinaria aquiescencia de sus cinco compañeros: un circulo no deja de serlo por ser reducido.

Llegó la primavera de 1883. Y pasó toda. Recién para las Navidades volvió Llobet a San Nicolás -las vacaciones universitarias eran entonces sólo desde el veinte de diciembre hasta el primero de febrero-, hijo de una adinerada e influyente familia muy amiga de la dueña del Hospital privado donde trabajaba Alberti. Éste recién ahora había dejado de ser médico raso; había ascendido a Jefe de una Sala. Al enterarse el estudiante (y Presidente del Círculo de sus pares nicoleños) de la comidilla local, acerca de las brujerías que hacía el inmigrante italiano en la criolla que mantenía viva sin tapa de los sesos, quiso curiosear asombrado en esa singularísima acción no terapéutica, que Alberti venía llevando a cabo cotidianamente desde hacía ya tres meses y medio.

Subió al piso alto del Asilo, valido sin duda de la privanza de su familia con la dueña y de la bonhomía de Alberti, y éste por una única vez le permitió colocar los electrodos. Debe tenerse en cuenta que ello requiere un mínimo de delicadeza médica manual, y que Llobet ni siquiera era estudiante de los últimos años de Medicina, y mucho menos era "perro" (estudiante del sexto y último año), sino apenas de tercero, el último de la parte introductoria de la carrera; el "CBC", o curso básico común, diríamos ahora. Pero la mejor amiga de su madre era dueña del Hospital.

Ella, Justina Acevedo, era la viuda de Felipe Botet. Éste, tras larga lucha junto con dos amigos, había logrado constituir el hoy Hospital Neuropsiquiátrico "Dr. José Tiburcio Borda", haciéndolo denominar "Hospicio de San Buenaventura" en invelada y personal canonización de uno de aquellos dos restantes amigos (y primer director desplazado políticamente de su conducción, el médico Buenaventura Bosch). Fallecido Felipe Botet, su muy adinerada viuda, antes de volver a su natal Buenos Aires, dejó fundado en San Nicolás un nuevo hospital de caridad. Y por idéntico motivo lo denominó "Asilo San Felipe", en igualmente invelada santificación de su difunto esposo.

Después, el drama. Hacia abril o mayo del siguiente año (1884), Alberti terminó los experimentos. En los próximos treinta años sus resultados hubieran debido permitir que unos trescientos millones de pacientes neurológicos en todo el mundo, los más por cierto carentes de médico, si llegasen a consultar uno pudieran beneficiarse con un método infalible de diagnóstico, un método para utilizarse desde la primera observación preliminar: el conocimiento de la localización anátomofuncional. En esa enorme masa de enfermos en eventual consulta, esa capacidad localizatoria indicaría el origen central de cualquier síntoma periférico y permitiría volver a emplear el trépano. Un pequeño adelanto de los dedos con el electrodo y un gigantesco paso constitutivo para la neurocirugía. Un trufador se interpuso -Llobet-; la extrema fragilidad y vulnerabilidad del avance científico auténtico lo hicieron trizas ante la estéril argucia de la canalla, y el mundo debió esperar hasta 1909 -veintiséis años, suficientes para madurar un genio, y la diferencia entre vivir o morir para no pocos en la mencionada masa de pacientes- para que el norteamericano Harvey Cushing sintetizara experimentalmente una deshilvanada serie de tímidas intentonas posteriores a Alberti (historiadas en 1897 en Burdeos por Lucien Lamacq: "Les centres moteurs corticaux du cerveau humain déterminés d'aprés les effets de l'excitation faradique des hémisphères cérébraux de l'homme", Arch. Clin. Bordeaux 6, 11-13, nov. 1897) y, creyendo innovar, recuperara la información perdida.

¿Cómo perpetró Llobet su crimen? Alberti, justamente satisfecho con sus resultados y plenamente consciente de su enorme importancia mundial, había terminado el 31 de julio de 1884 la Memoria para comunicarlos . . . corriendo, porque se le vencía el término para presentarla en Buenos Aires ante la sociedad elegida. "Creemos que nuestro caso narrado" -escribe el apurado sabio- "sea uno de los más importantes que se conocen; pues no sólo disipa muchas de las obscuridades existentes en la fisiología cerebraI, sino que tiene también una importante aplicación clínica y es de una grandísima utilidad práctica". Como otros grandes aquí, confió en su patria de adopción; y tal como Christofredo Jakob, en el siglo XX, vería ignorarse en el mundo valiosísimos descubrimientos suyos por haberlos publicado en Buenos Aires y en castellano, igualmente Alberti decidió confiar su Memoria al "Gran Concurso" convocado por el Círculo Médico Argentino donde Sudnik había profesado su Cátedra "paralela" a la Facultad y . . . donde el joven Llobet era el influyente encargado del Museo.

Sacó Alberti el décimo y último "premio" -un diploma, que terminó en exposición en el Museo nicoleño, como si hubiera podido enorgullecerle-, muy por detrás de Llobet. Éste obtuvo el séptimo premio por aportar a la humanidad un insuflador, un globo para echar -¿qué?: nada menos que aire en los pulmones, por medio del original expediente de estrujarlo con los dedos. Pero Alberti fue premiado, y con ello –he aquí la madraza del borrego- le correspondía publicar su Memoria en los Anales del Círculo Médico. Esto se comprueba ya que, por error, esa Memoria conservó, cuando fue publicada finalmente a costa del autor, algunas de las reveladoras leyendas de cabeza de página -"headers", en microsofés- sobre algunas de las figuras posteriores, mientras que se las sacó de las iniciales. Pero, en síntesis, Llobet impidió que fuera publicada por el Círculo. La copió, y fraguó así una ilegal tesis doctoral con la que obtuvo un doctorado de la Universidad de Buenos Aires en la Facultad de Medicina, nulo de nulidad absoluta por basarse en delito. Tocando el cielo con las manos, pero confiando en contactos masónicos muy vinculados al Círculo y en el modernismo de su contenido, la tradujo y envió como propia para deslumbrar a Jules Simon, presidente de la Academia francesa de Medicina. El que no le prestó más que una cortés contestación, sin análisis; Llobet había confundido una autoridad sectorial política con una autoridad sectorial científica.

Clínico absorbido por sus pacientes, esposo y padre tierno y delicado, no por ello carecía Alberti de la fierezza personale necesaria para allanar el imprescindible avance de la ciencia y de paso para vengar el plagio. Imprimió a su costo una exigua tirada de la Memoria, utilizando para ello la composición en plomo ya preparada para los Anales del Círculo Médico y que jamás le iban a publicar, pero que evidentemente no pudieron negarle porque el trabajo era suyo. Pero la conexión de los Llobet con la dueña del Asilo "San Felipe" -donde ahora Alberti había llegado a ser un Director - le ató manos y lengua. La noble viuda, que vivía en la Capital y con quien el italianito no tenía acceso ni menos privanza, puso, como condición para transferir a la municipalidad nicoleña su "Asilo San Felipe", que el Director del mismo Asilo -el plagiado- entregara el Hospital: al cabildo, en manos del Intendente, y al pueblo nicoleño, en manos de . . . la madre del plagiario.

Amargadísimo, Alberti guardó su silencio. No podía frustrar la transferencia tan anhelada por la población de San Nicolás. Viajó a Italia -donde nació su hija Laurita, cuya devoción preservó la documentación necesaria para redescubrir la hazaña de su padre-, gozó de la amistad de Lombroso. Pero su esposa nicoleña -Isabel Sánchez Cernadas- añoraba demasiado su gente, su familia descendiente de españoles, nuestros compatriotas, los que tan vilmente nos habíamos portado.

Volvió. Fue Alberti médico "primario" y así por azar efímero Director del primitivo Hospital Italiano en Buenos Aires, donde renunció tras otro grave disgusto personal, y se retiró a su casa en la avenida Rivadavia, justo frente al ruidoso obrador donde el tren subterráneo de la línea "A" haría emerger en Primera Junta su flamante orgullo. Espiritualmente reseco, desatendió una afección renal que, entre el barullo de esos primeros convoyes subterráneos -los que inútilmente procuró evitar viajando a su campo en Santa Fe- le llevó a la muerte en 1913.

En cambio, Richard Sudnik fue un sabio que eligió el ambito académico para expresarse. "Era una figura inconfundible. Alto, recio y fuerte con su larga barba que acariciaba coquetamente siempre; caminaba lenta y cadenciosamente, con una gravedad solemne apoyado en su bastón grueso y tosco, adminículo que le era indispensable para la marcha por llevar una secuela trófica y paralítica en una pierna (habIa sido herido en la insurrección por la que se le desterró de Polonia); llamaba así la atención de cualquiera. Hablaba muy poco y sentenciosamente siempre; era parco en el reir y expresábase con dificultad en una mezcla de polaco, francés y español que le era peculiar, provocando comentarios risueños y a hurtadillas de los que le escuchaban", recuerda uno de sus queridos discípulos, Mariano Alurralde en El Cocobacilo (5, 58, primavera de 1924). Salvo esos queridos discípulos (ver notas al final), y pese a ser Sudnik catedrático titular por décadas de la más acreditada Universidad argentina, su diálogo debió articularse primordialmente con el extranjero. Publicó allí -especialmente, en Francia- decenas de experimentaciones electroneurobiológicas del mismo primer nivel internacional con que había brindado sus cursos del Círculo Médico al regresar del "Desierto". Pero la academicidad no vino sin sinsabores. Es conmovedora la carta dirigida por su esposa francesa al Decano de la Facultad de Medicina en 1915, pidiéndole costear aunque fuera un ataúd, ya que falleció en la más supina inopia tras sentar su hogar por décadas en un cuartucho de la calle Victoria. Sólo lo recordaron aquellos discípulos suyos y, ya en la actualidad, el Laboratorio de Investigaciones Electroneurobiológicas del Hospital "Dr. José Tiburcio Borda"; desde 1988 también el Centro de Investigaciones Neurobiológicas deI Ministerio de Salud y Acción Social de la Nación bautizó en su memoria una de dos aulas, recuperadas físicamente con enorme esfuerzo y sacrificios personales. Una de ambas aulas hoy se denomina "Richard Sudnik"; la otra, "Alberto Alberti".

Mientras tanto, el plagiario Llobet -formalmente no debe llamársele médico- tenía alcanzado el que parece haber sido su objetivo dominante: proyectar su ego en el entorno. Quien rechazara reconocer admirado su excelencia no contaba: transpapeló la vida en el curriculum. Según las publicaciones de la época, carecía de toda modestia: "Su tono es dogmático, magistral: magister dixit. Aconseja a los especialistas, corrige a los médicos, recomendando paternalmente a los colegas mayores, cuidados en las atenciones profesionales . . . hace elogio de sus propias observaciones, de sus brillantes resultados, de su espíritu innovador y progresista y expresa sus opiniones con mucha libertad, como de gran altura, apoyado en once años de práctica quirúrgica." Repitiendo su gesto de juventud, de cuando se había erigido en Presidente de la comunidad, maguer parva, de estudiantes nicoleños en la Facultad de Medicina porteña, en 1902 se hizo elegir Intendente Municipal del partido de Almirante Brown, donde vivía. Se aprestaba a alcanzar una cuota considerable de poder político nacional; casi abandonó sus publicaciones profesionales. Podía ser diputado. Inesperadamente, comenzó a padecer extraños síntomas neurológicos. Quedó privado del habla y de otros movimientos y acciones, pero la neurobiología, privada de los descubrimientos de Alberti, no había podido reprogresar lo imprescindible para identificar a tiempo donde estaba la localización central de la lesión o tumor cerebral que generaba tales síntomas. Su plagio había retrasado la ciencia que ahora necesitaba.

Desesperado, viajó mudo al fin a París, donde el célebre "radiologue" Henri Béclere le diagnosticó -por medio de los rayos Roentgen- una ubicación en el lóbulo temporal -lateral e inferior- izquierdo que a esa altura del desarrollo ya era inextirpable. "En su silencio", comentamos, "el progreso de su enfermedad le habrá  revelado, a no dudar, elementos de la constitución humana que su ciencia le mostró extramentalmente, ahora observados desde otra objetividad, la de lo subjetivo; y su vida de luchador, que ya vimos cómo sabía tomarse ventajas, quizás haya quedado suspensa de la pregunta por la transcendencia de la acción".

Sudnik y Alberti fueron sepultados en el olvido, y Llobet, muerto así en 1907, es meramente recordado como neurocirujano: el consabido bronce estatuario municipal hoy honra al falso doctor en la entrada al ex-Hospital Rawson. Curiosamente, la placa bajo su exaltada escultura es pulida con diligencia todas las semanas, régimen harto infrecuente para la administración de nuestra imaginería. Pero en 1899, por impulso de Domingo Cabred y Amancio Alcorta había llegado a esta tierra el fundador de la Escuela Neurobiológica Argentino-Germana, Christofredo Jakob.

Pese a trabajar a menos de dos cuadras de donde lo hacía Llobet, a los fondos del hoy Asilo "Prof. Dr. Guillermo Rawson", Jakob, ubicado en el Centro de Investigaciones Neurobiológicas (actual Avda. Amancio Alcorta 1602, a los fondos del Hospital Borda) ignoró a Llobet. Ello no podría haber sido así, si a Llobet se lo hubiera reputado verdadero autor de su propia, importante tesis. En efecto, aunque socialmente era imposible osar la denuncia, por supuesto Sudnik, Alurralde, Frank Soler y muchos otros científicos conocían la verdad; vivía también el silenciado Alberti, y ello explica que Jakob nada haya querido saber de Llobet. Éste no tenía disposición para congratular a otros investigadores por sus aportes, y a más debió percibir la radicación de Jakob como una amenaza; no en la cirugía que profesaba, sino en la neurobiología, donde si necesitó copiar su tesis es porque su verdadero nivel se lo requirió; cada quien sabe lo que hace. "Nadie más sagaz que los sabios de cartón para columbrar peligros con la proximidad de un estudioso sincero", dijimos al comunicar los hechos; "nadie más estólido que ellos para convencerse de que pueden ocultarlo." El profesor Dr. Christofredo Jakob trabajó cincuenta y siete años en la Argentina y bajo su égida de mentor y referente esta tradición se desarrolló proficua, desde su tradicional edificio actualmente en trámite de declaratoria como monumento histórico. Entre centenares de aportes, venció la problemática de la topografía cráneoencefálica, propuso desde 1906 los mecanismos corticales básicos del funcionamiento del cerebro que actualmente adoptamos (como órgano interneuronal y no neuronal; y que desde 1965 conocemos como modelos de inteferencia holográficos y holofónicos), aplicó la neuroanatomía a la identificación de vertebrados fósiles, y descubrió que la materia gris tiene siempre doble función (sensitiva y motriz) porque en la prehistoria se originó a partir de dos capas de función separada. Propuso en 1910 la homologación funcional de la convexidad de la corteza a la médula dorsal y su concavidad a la médula ventral, descubrió y publicó en 1911 el aparato neurovisceral conocido desde 1937 como "circuito de Papez" por el redescubrimiento ejecutado ese año por el norteamericano de ese apellido, realizó una gigantesca labor sistemática en patología, psicofisiología, anatomía comparada y del desarrollo y biología teórica. Abrigó esta tradición una explosiva tensión interna motorizante, en su concepto del tiempo físico, dejando en herencia a más de cinco mil intelectuales aquí formados una fecunda contradicción conceptual en este tema. Esa contradicción conceptual, a los quince años de la muerte de Jakob, condujo, en el seno de la Escuela, al reconocimiento de la eficiencia física y la plena objetividad de los fenómenos subjetivos (eficiencia y objetividad que Jakob por largo tiempo denegara, al igual que Th. Ziehen por quien bebió en las fuentes del paralelismo psicofísico tal como Karl Kleist lo hizo a través de DuBois Reymond). Así integró esta tradición la formación médica, biológica y en Filosofía y Letras por más de noventa años; desde 1969 un sector de la misma viró desde un paralelismo psicofísico al reconocimiento mencionado de la eficiencia causal de los fenómenos físicos unitestigo, antiemergentista, y demostró la homología filética entre los mecanismos corticales neuroeléctricos y los mecanismos de control ciliar en Infusorios precámbricos, y hacia 1970 elucidó la anatomía de la comisura anterior en el hombre y propuso importantísimos modelos de la producción del lenguaje, emociones y la desinhibición instintiva. Durante la década de 1970 alcanzó un nivel enteramente novedoso en el entendimiento de qué es un organismo vivo y una teoría conformacional, no estadística, de la información; obtuvo en Europa la primera de las patentes por dispositivos experimentales para observar externamente la acción de diferentes fenómenos subjetivos, analizó en detalle el cuerpo estriado cerebral integrándolo en una explicación de las bases biológicas de la funcion volitiva, logró la descripción física de la autorreferenciación objetal ("yoizar", o formación de un objeto mental que funcione como un Yo), y con alta vocación histórica reconstruyó la problemática científica del área desde sus orígenes; adquirió importantes conocimientos morfoanatómicos sobre la histología de la lateralidad y los efectos dentro de la corteza de ablaciones zonales en humanos y, ya en la década de 1980, descubrió los episodios históricos silenciados del origen de la neurobiología y psicofísica en la Argentina, que aquí nos ocupan, y logró desmenuzar analíticamente, desde sus motivos protohistóricos, el bloqueo cultural de la investigación física experimental de la subjetividad normal y patológica.

Empero no es bueno pretender ignorar que la investigación auténtica se realiza penosamente entre las bajezas y grandezas de la condición humana. También reptó en esta tradición alguna figura excéntrica y perversa, formó corte y se desvivió por graduar opas mancebas (para que el erario se las mantenga con cargos de investigación); se llegó al crimen y a la maniobra política para encubrirlo; desgraciadamente es lo esperable y sólo en ese sentido (porque nunca se repite en otro) es la Historia magistra vitæ. De ese sector emergieron los últimos loores a Llobet, como no podía ser de otra manera. Pero la ciencia es mucho más vulnerable a las bajezas que impulsable por las grandezas humanas y de ahí el valor de señalar ambas. Los trufadores, que la lunfardía moteja "chantas", son, maguer su aspecto simpaticón y hasta inocente, los de más peligro. Al igual que, diz, los vampiros de lejanas supersticiones, parecen humanos pero en realidad no lo son. Así como los primeros no darían imagen en los espejos, los barbianes y trufadores también parecen externamente humanos, pero se diferencian secreta y relevantemente en que emiten unas feromonas o perfumes, imperceptibles para quienes se comprometen auténticamente; perfumes que ellos detectan para reconocerse desde increíbles distancias. Y, así, se congregan silenciosos, con sonrisa mentecata, siempre dispuestos a ayudarse, porque usarse mutuamente es su necesidad fundamental. Y odian a quien es capaz de crear por sí mismo; y ­guay! si a éste le falta ayuda solidaria, porque le victiman irremisiblemente. Por éso es menester recuperar esta historia, para que la frágil ciencia encuentre en la sociedad la defensa que tanto necesita.-

Notas:

En dos extensos e importantes estudios posteriores del  área, tanto Mariano Alurralde ("Trabajos de Fisiología Experimental y Clínica (1896 -1901)", Buenos Aires, Spinelli, 1901; 159 pp.) como Frank L. Soler ("Localizaciones cerebrales", Fac. Cs. Médicas, Lab. de Fisiología - Director: Prof. H. G. Pinero-, Bs. Aires, Librería Las Ciencias, 1912; 107 pp.) omiten mencionar una serie experimental conducida por Llobet, lo que indica, atento a la inmediatez de estos autores al ambiente y a los hechos relatados, que ya a poco de "su" Tesis a Llobet no se le concedía crédito. Conociendo la influencia de Llobet (que era creciente a la aparición del libro de Alurralde y cinco años tras su muerte para el libro de Soler) ello manifiesta además motivo para evitar comentarios sobre Alberti, o sobre el episodio que nos ocupa, en vida del relacionado Llobet o ante la subsistencia de su imagen social. El agraviante efecto de tales compromisos fue sumir la obra de Alberti en el silencio.

 

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