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El realismo de lo singular
Según el
relato de Sir Thomas Malory, compendiado, actualizado y novelado por John
Steinbeck en Los hechos del rey Arturo, este monarca mitológico decidió
ocultar al mundo la vergüenza de su incesto con Morgan Le Fay, su medio
hermana, y por supuesto la existencia de Mordred, fruto de aquellas relaciones
que conforme a la profecía de Merlín habrían de causar la completa
desgracia del reino. Arturo sospechaba, no sin fundamento, que su propia
muerte iba incluida en el catálogo de calamidades auguradas por el mago.
Mordred, según noticias obtenidas por Merlín, había nacido el primer día
de mayo. Relata Steinbeck que Arturo "despachó correos a todos sus
barones y caballeros con órdenes de que los hijos varones nacidos el primero
de mayo fuesen enviados al rey so pena de muerte. Los barones sintieron cólera
y temor y muchos acusaron a Merlín antes que a Arturo, pero no se atrevieron
a negarse. Muchos niños nacidos el primero de mayo fueron entregados al rey,
y sólo habían vivido cuatro semanas. Entonces el rey los llevó a la costa,
pues no se atrevía a matarlos con su propia mano. Los puso en un
barquichuelo, orientó las velas a favor del viento marino y lo dejó zarpar
sin tripulantes. El rey Arturo, con la vergüenza y la maldad en los ojos,
observó cómo el barquichuelo desaparecía en el horizonte, llevándose la
evidencia de su destino. Luego el rey volvió grupas y se alejó con
pesadumbre. El viento se levantó con ferocidad, cambió de rumbo y devolvió
la nave a la costa. Debajo de un castillo, el barquichuelo chocó contra un
arrecife y derramó su lastimera carga en el oleaje. En la costa un buen
hombre oyó un grito desde su cabaña, pese al gimoteo del viento y el fragor
de las olas. Se dirigió a la playa y descubrió a un niño sujeto a un tablón
de la nave náufraga. Lo alzó y lo entibió bajo su manto y lo condujo a su
hogar, donde su mujer se llevó a Mordred al pecho y lo amamantó". Parece
que la recurrencia a los orígenes azarosos, excepcionales y casi siempre
marcados por el peligro de muerte del protagonista del relato, el héroe, es
un tema común a los mitos fundacionales de Occidente. Sin alejarnos de las
leyendas que componen la saga artúrica, no podemos soslayar las
circunstancias tan insólitas bajo las que el propio Arturo fue concebido (su
verdadero padre, el rey Uther, haciéndose pasar por el duque de Cornualles,
yace con la esposa de éste, la bella Igraine, en tanto el duque agoniza en el
campo de batalla; así como la infancia clandestina del heredero al trono
hasta la revelación de su identidad y estirpe). Son orígenes excepcionales
para hombres excepcionales que han de marcar toda una época y el destino de
los pueblos, esa es la norma a la que se acogen los relatores de las antiguas
epopeyas que, con el paso del tiempo, llegan a configurar las trazas más
sobresalientes del imaginario colectivo de las sociedades. El salvamento de
Mordred por un humilde campesino, quien lo rescata de la tempestad, nos hace
pensar inmediatamente en Moisés abandonado a su suerte en las aguas del Nilo,
así como el empeño nada noble de Arturo por exterminar a todos los nacidos
el primero de mayo tiene su parangón innegable en la persecución de
inocentes ordenada por Herodes, en un desesperado intento por acabar con la
vida de Jesucristo, personaje que también tuvo, como sabemos, una concepción,
nacimiento e infancia nada usuales. El que unos mitos sean tenidos como tales,
es decir, situados por el convencimiento general en el territorio de la ficción,
mientras que otros (Moisés, Jesús), se admiten como verídicos por muchos
creyentes en la crónica religiosa, no merma en absoluto la potestad de ambos
para incidir en la ideología dominante de cada época; los mitos sobre los orígenes
del poder terreno, considerados como leyendas antiguas donde la verdad y la
imaginación se entremezclan, justifican e incluso legitimizan a las dinastías
gobernantes en Europa durante centurias. El relato religioso, por su propia
naturaleza, exige al creyente no sólo que se conmueva ante las vicisitudes
del héroe, sino que crea y tenga fe en la verdad de lo reseñado en libros
escritos bajo inspiración divina. El efecto, no obstante, es el mismo: toda
clase dominante necesita una ideología dominante, sea de índole religiosa o
heroico-secular, que identifique al héroe como constructor del nuevo orden
que todos deben acatar en una sociedad cimentada en principios homogéneos.
Distinguir, particularizar, excepcionalizar al individuo paradigma de esos
nuevos valores, es la obsesión de las narraciones mitológicas más antiguas.
Y esta necesidad de hacer al protagonista distinto al resto de los mortales se
mantiene viva en la tradición literaria hasta bien entrado el siglo XIX,
cuando la burguesía como clase social predominante reivindica por encima de
cualquier otra consideración los derechos y libertades del sujeto, el
individuo singularizado capaz de sobreponerse al gregarismo de las
civilizaciones más atrasadas y de otorgar valor universal a la vida concreta,
independiente y autónoma del nuevo protagonista de la Historia: El hombre
solo, libre, consciente y dueño de sus decisiones y sus actos. Hasta el
advenimiento de esa literatura, fundamentalmente concretada en la novela (género
burgués por antonomasia) el relato sobre el individuo apenas tenía
importancia si el tal individuo no estaba llamado de ser una pieza
fundamental, clave para los cambios sociales o bien para pertrechar ideológicamente
a las nuevas estirpes dominadoras o las religiones emergentes. Únicamente La Odisea diverge
aparentemente de la norma al ensalzar la figura autónoma del héroe
enfrentado a toda clase de obstáculos y desventuras tramados en su contra por
los dioses. Pero también hay que señalar que La
Odisea, al igual que La
Ilíada, son un compendio de leyendas engarzadas a lo largo de siglos,
concretamente los que abarcan la Edad Oscura de Occidente, y que las múltiples
contrariedades que sufre Odiseo en su viaje de regreso a Itaca son,
aproximadamente, una metáfora sobre las terribles dificultades que
encontraron la cultura y la civilización clásicas en su largo periplo hasta
alcanzar el grado de desarrollo y esplendor perdidos tras el cataclismo de la
guerra de Troya, la irrupción de los dorios en el Peloponeso y Asia Menor y
las invasiones devastadoras de "Los pueblos del mar". Es decir, que La
Odisea sería la concreción o ejemplificación milimetrada a escala
de un solo individuo de los esfuerzos de toda una época por sobreponerse a
aciagos tiempos de penuria. La dimensión colectiva del drama, en este
sentido, es evidente. Como también es evidente la vocación coral, genérica,
destinada a reflejar de inmediato afanes colectivos, de obras de intención
cosmogónica como La
Anábasis, La Eneida, la saga de Los
Nibelungos, los cantares de Roldán
y el Mío
Cid, etc. Cada cultura, cada nación, cada grupo étnico y cada religión
tienen su relato fundacional y sus propios héroes que representan con
eficacia los intereses de la colectividad. Hasta la
fecha antes indicada, mediados del siglo XIX, la costumbre de señalar al
personaje central de las narraciones literarias como un ser fuera de lo común
era prácticamente una obligación, un estereotipo artístico del que ningún
autor podía zafarse sin ser tachado de heterodoxo y, desde luego, sin que su
obra fuese relegada al fulminante olvido. En la literatura española, las
novelas de lance y picarescas como La
Celestina, El Lazarillo o La
vida del Buscón insisten bien en los orígenes atrabiliarios de sus
protagonistas o en un destino trágico que viene predeterminado por la condición
inhabitual de sus protagonistas. Cervantes incluso, en El Quijote, ingenia a un
protagonista que en condiciones normales habría sido un hidalgo de vida
sosegada, de no ser porque la lectura de libros de caballería lo convirtió
en loco, o sea, alguien situado en las antípodas de la normalidad. Y es a
partir de esa anormalidad, esa rareza, de donde parte el argumento de la
novela. La novela
moderna es pensamiento en crisis y conflicto con la ideología dominante;
propugna el personaje humanizado, el individuo común enfrentado a las
dificultades comunes de la vida, ajeno si es preciso a los devenires de una
colectividad que en muchos casos le es adversa o poco grata. Es el último y
definitivo gran avance del arte: transgredir su utilidad social (y esta
"utilidad" debe ponerse muy en entredicho, ya que la Historia
siempre ha identificado los intereses colectivos con los de las clases y
grupos dominantes), hasta convertirse en instrumento de conocimiento para el
individuo libre de esta sujeción al imaginario común; en definitiva,
conducir con mano experta y criterio lúcido la transformación del héroe en
personaje. Las grandes novelas realistas del XIX y XX son ejemplo de ello. ¿Qué
hay de grandioso, de ejemplo para las masas, en la historia de un adulterio
provinciano tal como se narra en Madame
Bovary? ¿Qué beneficio genérico aporta la enfermiza obsesión del
capitán Ahab por dar caza a la escurridiza y astuta Moby Dick? La presunción
aritotélico-tomista de que el correcto uso de la lógica impide pasar de lo
particular a lo general, establecer normas universales asentadas en
experiencias particulares, se demuestra ineficaz y no exacta del todo cuando
median el conocimiento y la intuición artística. Dejando aparte las
consideraciones que podían hacerse sobre el método científico-empírico de
la experimentación, mediante el cual se deducen leyes generales basadas en la
reiterada y atenta observación de fenómenos singulares, sí debe apuntarse
en esta línea que el autor literario, con el bagaje de la observación sobre
lo real, la imaginación y la experiencia (quizás compendiadas en términos más
vagarosos aunque útiles al efecto creativo como son la intuición o
desvelamiento), es capaz de resumir la evidencia del cosmos en la perfecta
escala de un personaje que se transciende a sí mismo para convertirse en
prototipo de lo humano ante circunstancias que a todos son o podrían ser
comunes. El sujeto, el individuo, el personaje pues, alcanza rango de absoluto
protagonismo ante la tradición totalizadora de pretensiones ideologizantes
predeterminadas, ya superadas, del héroe como paradigma literario. En un
principio, en la larga época durante la cual el desarrollo tecnológico de la
industria editorial hizo posible la edición masiva de libros asequibles a
casi todas las economías, el aspecto siempre subrayado del personaje, prácticamente
el único merecedor del esfuerzo literario de los autores, era su ser social.
Es el apogeo del realismo y el naturalismo que se manifiesta en obras y
autores de sobra conocidos, desde Balzac a Zola, pasando por Dickens, los
grandes maestros rusos o los hispánicos y no por ello menos meritorios Pérez
Galdós o Blasco Ibáñez (aunque este último muy denostado por la
biempensantía oficial literaria, tachado de "costumbrista" y cosas
aún peores). La novela realista sitúa al individuo en un entorno social
determinado, generalmente en épocas de ascenso de la burguesía, y describe
minuciosamente los conflictos relacionales del personaje en su ambiente casi
siempre bullicioso de ambiciones, pasiones, anhelos más o menos legítimos,
ideales éticos, imperativos del devenir histórico, etc. Parece que a esta
tendencia abrumadoramente mayoritaria en los siglos XIX y buena parte del XX sólo
puede ofrecerse como alternativa testimonial la pulcritud, creatividad y
esmero en el uso del lenguaje de las escuelas simbolistas y modernistas,
formas literarias que si bien en poesía tuvieron un eco más que aceptable
encontraron muy serias dificultades para abrir camino en la narrativa. Si
repasamos por ejemplo a los autores españoles más encumbrados en las etapas
antedichas, encontramos decenas de nombres de autores realistas que finalmente
consiguieron poner su apellidos en los manuales académicos de Historia de la
Literatura, mientras que la novela modernista apenas cuenta con dos o tres
nombres de relevancia: Valle Inclán, Gabriel Miró y acaso el mínimo y
desafortunado Isaac Muñoz, autor de pequeñas joyas decadentistas como La
serpiente de Egipto o Vida.
Esta situación, sin embargo, ha de dar un giro radical con la aparición de
novelas capitales que ofrecen una conceptualización distinta sobre el arte de
la narrativa y, sobre todo, aportan el imprescindible reconocimiento de la
realidad compleja, ambigua, plena de significación fluctuante que la hace más
ajena y distante y al mismo tiempo, paradójicamente, más verosímil. Nombres
como los de James Joyce, Malcolm Lowry, Becket, Bernhard, Kafka, o los españoles
Cunqueiro, Espinosa, Perucho o Martín Santos, vienen a establecer de manera
rotunda que la realidad no es una dimensión unívoca a la que pueda
contemplarse desde una sola perspectiva, sino que esa misma realidad está
compuesta, amalgamada caóticamente en ocasiones, por todos aquellos fenómenos
que pueden nombrarse desde el hacer literario y que por tanto, siguiendo la
afirmación de Torrente Ballester, "existen"; tienen su propia y
contundente consistencia ontológica. Si unimos a los autores citados la
poderosa aportación de los maestros que en su día vinieron a conocerse como
del "realismo mágico" iberoamericano, con especial detenimiento en
el genio de Alejo Carpentier, nos encontramos con un giro radical en las
primeras y algo ingenuas pretensiones del realismo prosístico. El personaje
ya no es únicamente un "nudo de relaciones sociales" sino el
resultado de la conjunción de muchos elementos que, siendo igualmente reales,
a menudo no son manifestados de manera inequívoca. Federico García Lorca
afirmaba que el "duende", el "genio", el "daimón",
"es una fuerza que todos reconocen pero que nadie sabe explicar";
George Santayana, probablemente el filósofo español más consistente, también
novelista, sostenía que la "filosofía es capaz de describir el
problema, el misterio, la incógnita, aunque sin penetrarla... mientras que la
ciencia tiene como fin la descripción del problema y la posibilidad de
penetrarlo y resolverlo". En efecto, el conocimiento literario, poético,
tan afín al conocimiento filosófico en cuanto a los puntos de partida del
interrogante, nos ofrecen una dimensión sumamente evocadora y
extraordinariamente compleja de la realidad. La intuición, el pálpito tan
humano que identifica belleza con certidumbre y la perpetua indagación en los
límites más vagarosos de la realidad, son la materia con la que los grandes
artífices de la moderna narrativa han construido sus obras. Obras que
integran como real no sólo a la dimensión sociopsicológica y moral del
individuo, sino a todos aquellos aspectos de presencia abrumadora y explicación
enigmática que asimismo conforman dicha realidad. Es la realidad del yo
singularizado, la única que en rigor existe, si bien algunas de sus
manifestaciones son asequibles y otras esquivas como imágenes fugaces en una
naturaleza plena de símbolos desconcertantes. Me refiero a la realidad del
yo, el yo social, el ser social, el yo subconsciente, el inconsciente... todo
ello errante con mejor o peor rumbo en el cosmos definido por lo real
manifestado, lo no manifestado aunque no por ello menos real y lo "real
sentiente" en palabras creo que muy atinadas de Xabier Zubiri. La suma de
todas estas realidades fragmentadas y ambiguas tiene como único resultado
posible la única noción cierta del individuo: la realidad en sí, la cual se
manifiesta o se desvela conforme seamos capaces de accederla o ella misma
permita ser observada y comprendida. Esta atribución de "voluntad
propia" a la realidad no es un capricho del redactor de estas líneas,
sino una referencia de pasada al "pálpito" no del todo explicado
del minucioso Xabier Zubiri según el cual "la realidad antecede al
ser". Alejo
Carpentier, en el prólogo a El
reino de este mundo, afirmaba que la única forma de hacer literatura
realista en hispanoamérica, en su tiempo, era el realismo mágico.
Parafraseando al grandísimo novelista, me permito apuntar que la única forma
de hacer literatura realista hoy día, en un mundo significado por su total
complejidad, es asumir con algo de coraje y cierto desapego a la esperanza que
la realidad es difusa, entreverada, bifurcada en miles de signos equívocos y
a menudo inalcanzables; una literatura realista que tenga como centro al
individuo singularizado, el cual, aporísticamente, nos devuelve la evidencia
de que cada elemento singular atesora un resumen perfecto y laberíntico de la
realidad global. Todo lo cual, como es de lógica, determina muy mucho la
forma de narrar, el uso del lenguaje, pretensiones, alcance y significación
del mismo. El lenguaje supera su originaria y valiosa condición de
representación más o menos fidedigna de lo real para convertirse, primero,
en una parte más de esa realidad, y por otro lado en el vehículo idóneo
para interpretar los significados más ocultos y complejos de lo fáctico
eficiente. Contar historias más o menos amenas, divertidas, intrigantes,
cautivadoras, ya no es el objetivo fundamental de la literatura, mucho menos
del género novelístico... entre otros motivos porque la potencia mediática
de la industria del entretenimiento nutre día a día, a todas horas, al público
lector con centenares de argumentos ingeniosos y originales. La humilde
literatura, los humildes libros, no pueden de ninguna manera competir con esta
abrumadora capacidad de fabulación desatada por la corporación multinacional
del ocio. Ni tan siquiera deberían intentarlo. Hace décadas que se estableció
el momento de que la narrativa busque su propio ámbito, las aguas propias
donde navegar a su completo albedrío, y el medio más eficaz, imprescindible
para desprenderse de esta nueva sujeción a las ideologías colectivas que de
nuevo encarnan intereses ajenos a la fundamentalidad literaria, es la búsqueda
indagativa y desprovista de prejuicios de un lenguaje adecuado a la
completitud indeterminada de lo real. Joyce y Bernhard lo comprendieron hace
bastante tiempo, y otros muchos escritores continúan trazando la misma senda
desde entonces. El lenguaje ya no es realidad social delegada en palabras,
sino transcripción aproximada y con vocación fidedigna del pensamiento; y el
pensamiento, el rumor de todo cuanto existe, es de una tan soberana y esquiva
fluidez que obliga al autor a la permanente pesquisa del medio exacto de
aproximación a dicha realidad. Tal como sucede con el método científico de
conocimiento, es probable que sean precisos muchos experimentos para llegar a
conclusiones fiables, y que la mayoría de dichos experimentos sean desechados
por su manifiesta carencia o inoportunidad, o ambas cosas al mismo tiempo.
Pero al final, a buen seguro, algunos de dichos intentos alcanzarán la sazón
genuina de auténticas obras maestras, de esas que permanecen por décadas y
centurias como ejemplo para futuros escritores y que indican el rumbo útil a
quienes se inicien en las artes literarias. La palabra, como casi siempre, la
tiene el tiempo. José Vicente Pascual. 2004 Madrid,
1956. PUBLICACIONES: Relato: "Mi
corazón africano". Ficciones, Granada, 1994. "Nueve
ficciones súbitas". El signo del gorrión, Valladolid, 1995. "Perpetua
costumbre". Ed. Osuna, Granada, 1996. Novela: "La
montaña de Taishán" (Premio Azorín, 1989). Aguaclara, Alicante, 1990. "El
capitán de plomo" (Premio Café Gijón, 1993). Aguaclara, Alicante,
1994. "El
cuarto oscuro". Ediciones B, Barcelona, 1995. "Palermo
del cuchillo" (Premio Fundación Alfonso XIII, 1995). Ediciones B,
Barcelona, 1996. "Juan
Latino". Ed. Comares, Granada, 1998.
Ed. Atrio, (tercera edición), Granada, 2003. "El
pescador de pájaros". Ed. Comares, Granada, 2000. "El
país de Abel". IDEAL - Ed. Dauro, Granada, 2002. "El
arpa de oriente". Ed. Atrio, Granada, 2003. "El
ingeniero y el rey". Ed. Arial, Granada, 2003. Adaptaciones: Teatro.-
"Juan Latino". Compañía de Tito Junco Martínez. Estrenada en el
teatro Alhambra, Granada, enero de 2000. Representaciones en España, Francia,
Argentina y Cuba. Narrativa.-
"El segundo hijo del mercader de sedas para jóvenes lectores". Ed.
Comares, Granada, 2000.
Periodismo
literario: Ha
colaborado en diversas publicaciones (Tiempo, Man, Diario de Córdoba y
Cuadernos del Sur entre otras). Desde hace siete años es colaborador y
columnista, con secciones semanal (Puerta Real) y quincenal (El síndrome de
Waterloo), en el diario IDEAL de Granada (Grupo Vocento). Es
miembro del equipo de redacción de www.ideal.es/atramentum,
canal literario de la edición digital de IDEAL. ACTIVIDAD
PROFESIONAL - Aparte
de las propias, ha organizado diversos ciclos de conferencias sobre creación
literaria, tanto para entidades privadas como instituciones públicas (Revista
"Ficciones", Centro Andaluz de las Letras-Junta de Andalucía,
Diputación de Córdoba y Ayuntamientos de Motril y Granada). - Ha
impartido talleres de animación a la lectura e iniciación a la escritura
(relato, novela, periodismo), en colaboración con distintas entidades (Asoc. de
la Prensa de Granada, Circuito Andaluz de las Letras [CAL-Junta de Andalucía],
Universidad de Granada, Unidad de Bibliotecas del Ayuntamiento de Granada, etc). - En la
actualidad es director de publicaciones de "Granada Literaria"
(narrativa, ensayo y poesía), colección de la que es titular el Servicio de
Publicaciones del Ayuntamiento de Granada. Granada.-2004
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