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La Alpargata Mendocina
Auge, drama, decadencia y extinción del
lencinismo En
el cielo las estrellas, en
la tierra las espinas, y
en el centro de mi pecho ¡Carlos
Washington Lencinas! La historia es una permanente
reformulación del pasado. Un pasado hecho de verdades, mitos, fabulaciones,
falsedades. Categorías estas que en algún momento mutan de acuerdo a las
interpretaciones que en cada época les van dando los actores involucrados. Ciertos mitos alcanzan categorías
de verdades de Perogrullo, a veces sin otro sustento que el haber sido repetidos
a lo largo del tiempo hasta el hartazgo. Así se da por sentada la existencia de
una natural relación de continuidad entre lencinismo y peronismo. Continuidad
que no solo se fundamentaría en las supuestas similitudes de ambos movimientos,
sino en hechos tales como la residencia del Teniente Coronel Perón
en Mendoza, desde enero de 1941 a Mayo de 1942.En ese año y medio en que
estuvo destinado a un regimiento de infantería de montaña, el futuro
presidente “habría” sido influenciado para siempre por el ideal lencinista.
Salvo los valiosos vínculos que para su futuro político que establece con
otros militares de la guarnición cuyana, como
la amistad con el General Farrell y el Teniente Coronel Mercante, la estadía
mendocina de Perón no prueba acercamientos al lencinismo. La conformación de
las candidaturas de 1946, tal como mencionaremos en este artículo, son una
muestra de esa situación. Pero para llegar a ese tiempo historiemos brevemente
el fulgurante ascenso y la larga decadencia
del lencinismo. Las montañas se ascienden en alpargatas El autor de esta frase es José
Néstor “el gaucho” Lencinas, legendario personaje mendocino, fogueado en
los “veinticinco años seculares de la Causa”[1],
con una destacada actuación en los alzamientos cívicos militares de 1893 y
1905. En esta última intentona, Lencinas logra para el radicalismo el dominio
temporal de Mendoza, y cuando el gobierno nacional retoma la situación,
protagoniza una cinematográfica fuga a Chile, en una locomotora
“expropiada” al Ferrocarril Trasandino. Cuando en 1918
se convierte en el primer gobernador radical de Mendoza, José N.
Lencinas trae consigo aparte de su leyenda, un manejo clientelar de la política[2],
con una base electoral que se sustenta en los sectores populares de una
provincia que el roquismo, en la figura de Emilio Civit, ha trasformado en un
vergel en medio del desierto, pero que mantiene profundas diferencias sociales. El lencinismo será al mismo
tiempo un movimiento populista y antioligárquico, y una saga familiar que se
continuará tras la desaparición en 1920 de José N. Lencinas, en sus hijos:
José Hipólito, Rafael y especialmente en el liderazgo ejercido por el primogénito,
Carlos Washington, “el
gauchito” Lencinas. El padre, y especialmente el
hijo, entraron en conflicto con Hipólito Yrigoyen, quien no aceptaba liderazgos
competitivos. El Lencinismo ganó sucesivamente todas las elecciones
provinciales en la década del veinte. Triunfos que fueron contestados por el
poder nacional con reiteradas intervenciones federales. Lo que cual tornó
sumamente violento al ambiente político mendocino. El lencinismo en el gobierno,
o mejor dicho en los períodos en que podía ejercer el gobierno entre
intervención e intervención, introdujo reformas que constituyen una legislación
de avanzada para la época. Leyes provisionales, laborales, diversas medidas en
el campo social, hacen del movimiento mendocino un radicalismo popular, similar
al que en otros lugares de la Argentina interior aparecen en esos momentos,
retomando la mística de la Causa contra el Régimen. Tanco en Jujuy, Bascary en
Tucumán y sobre todo los alter ego del lencinismo que ocupan la otra parte de
la geografía cuyana: los Cantoni. El caso sanjuanino guarda similitudes con el
mendocino, y ambos serán funcionales por izquierda a los intereses de la
derecha. Esa popularidad no se sustentó solo en las reformas introducidas, sino también en un manejo autoritario de los modos políticos, en la implantación de un modelo partidario vertical y en una permanente prédica demagógica. Sobre esto conviene hacer alguna salvedad, de lo contrario desde nuestro hoy, el análisis sobre el particular podría incurrir en anacronismo Los
Lencinas convirtieron a la alpargata en un icono de su prédica proselitista.
Para entender el porque de esa simbología hay que situarse en esa sociedad, manejada por un sector económico y
socialmente elitista, donde la
vestimenta tuvo una gran significación: la ropa era un indicador de jerarquía
socio-económica y la alpargata fue un claro exponente de una determinada
afiliación política por ser indicador de la clase humilde. Ayuda a comprender la tónica
demagógica y paternalista del lencinismo, los ataques que en igual sintonía
reciben de todo el espectro político. El anarquismo lo califica de
“caudillaje, matonería y barbarie”. Para el socialismo constituye “lo más
bajo de la sociedad”. Eso por izquierda. Por derecha “el lencinismo es solo
una masa de personas equivocadas, harapientas…analfabetos y mamaos”.
Frente a este discurso
intolerante que no deja margen a la convivencia política, el lencinismo
contesta de igual manera, sosteniendo que “nosotros somos la evolución,
la democracia y la revolución, somos el pueblo descamisado…que se nos moteje
de chusma, que gasten los roñosos de alma y corazón todos los adjetivos…” Esa prédica
y en especial las medidas y reformas que impulsa, colocan al lencinismo a
la izquierda del yrigoyenismo en el ámbito local, pero trascenderá a nivel
nacional de un modo funcional a la derecha En gran medida, el factor que
contribuyó a su encumbramiento
fuera de Cuyo, fue el haber servido de estandarte a los sectores
antipersonalistas en su oposición a Yrigoyen. Esto constituyó una gran
contradicción ya que desde el punto de vista ideológico tenían más afinidad
con los radicales yrigoyenistas que con los llamados “galeritas”. Sin embargo los intereses políticos
siguen rumbos que dejan de lado en apariencia la coherencia de ideas. A fines de
la década la figura de Carlos W. Lencinas está en el máximo de su
popularidad, tal como indica la reformulación con su nombre de la popular
cuarteta que abre nuestro artículo. Mendoza (al igual que San Juan) está
nuevamente intervenida por el
gobierno nacional. En Buenos Aires, el oficialismo parlamentario se niega a
tratar y finalmente rechaza el pliego de senador de Lencinas. El yrigoyenismo
precisa obtener diputados y senadores adictos, para alcanzar mayoría en las cámaras,
aún utilizando métodos que contradicen su prédica fundacional de sufragio
libre.[3]
A finales de ese año 1929 la tensión política va a degenerar en tragedia. Las dos muertes del “gauchito” Lencinas. Luego del rechazo de su pliego de Senador, y pese a
las amenazas que le llegan, Lencinas decide regresar a Mendoza. Como único
recaudo envía un telegrama a Yrigoyen solicitándole garantías. El 10 de noviembre de 1929, al llegar a la estación del
Ferrocarril Pacífico una multitud lo esperaba. Se dirigió al Club de Armas
donde se organizó de inmediato un acto político. Una tensa calma
reinaba entre los asistentes, hasta que en un momento se produjo una confusión
entre la multitud. Lencinas se asomó al balcón para solicitar tranquilidad y
en ese instante se oyeron unos tiros: el ex gobernador cayó gravemente herido,
muriendo horas más tarde. En torno al presunto agresor,
un tal Cáceres, se desató un intenso tiroteo, que culminó con su muerte y la
de otras personas. Respecto a los responsables del asesinato de Lencinas, las
opiniones de los historiadores están divididas. Ningún investigador se atreve
a atribuir el crimen directamente a Yrigoyen. Si se menciona (por lo general sin
pruebas que avalen tal acusación) a algunos integrantes de la Intervención.
Desde su titular, Carlos Borzani, pasando por dos jóvenes que tendrían nombradía
en el futuro: Ricardo Balbín y Arturo Jauretche. Mientras que otros optan por
negar toda vinculación del Presidente y hay quienes culpan al propio
lencinismo. Una multitud acompañó los
restos de Lencinas al cementerio. Ese impresionante acto de masas fue en
realidad el canto del cisne de su
movimiento. Concretada de manera increíblemente exitosa
la asonada de Setiembre de 1930, los sectores del stablisment nacional no
tuvieron ya necesidad de utilizar como caballos de Troya al lencinismo y al
cantonismo. No hace a este artículo la proyección posterior del movimiento
sanjuanino. Digamos simplemente que los Cantoni siguieron siendo partícipes de
la política nacional, al punto que el jefe del clan bloquista, fue nuestro
primer embajador ante la Unión Soviética en 1946. No fue por cierto el camino
seguido por el lencinismo. Desde 1930 y hasta 1943,
gobernará en Mendoza, con ayuda del fraude o sin el, el Partido Demócrata
Nacional, esto es el conservadurismo, cuyos miembros pertenecían a la élite
local, los llamados “gansos”. Considerados buenos administradores por su
fomento de la obra pública, en la mejor tradición que medio siglo atrás
impusiera Emilio Civil, los “gansos” no se caracterizaron por adquirir una
nueva sensibilidad hacia los sectores más carenciados. El lencinismo por su parte no
lograba superar la crisis endémica que arrastró desde la
trágica muerte de su caudillo. Al punto que en 1935 se disuelve,
incorporándose sus afiliados a la Unión Cívica
Radical. Este retorno a las fuentes no duró mucho. Seguían considerando a los
radicales yrigoyenistas, responsables del asesinato de su líder. Así es que un
año después, dirigidos por los hermanos de este, José Hipólito y Rafael
Lencinas, reaparecen como expresión política autónoma, definitivamente
acotados a la escena mendocina. Hacia 1945 cuentan con un periódico,
La Palabra, desde donde definen posiciones frente a las otras
fuerzas políticas. Al “odio
ancestral” a la UCR, suma el lencinismo su crítica a los “gansos”, a
quienes considera con razón, responsables del fraude y también a la UCR Junta
Renovadora, a quien catalogaban de “colaboracionista” por participar algunos
de sus cuadros en el gobierno de la Intervención que regía la provincia desde
el Golpe del 04 de Junio de 1943. Esto último demostraba la
incongruencia en que había caído el lencinismo. Criticaba
a la Intervención a nivel local, y por otro lado apoyaba al gobierno
militar que había mandado esa Intervención, por considerar que los pretores
junianos habían terminado con el fraude. A su vez muchos de los dirigentes
“colaboracionistas” provenían antes que del yrigoyenismo, del lencinismo,
pese a lo que estos querían instaurar como origen de sus adversarios en la
opinión pública. Abierto nacionalmente el
proceso electoral tras los sucesos de Octubre de 1945, el lencinismo se mostró
optimista respecto a los comicios provinciales si estos estaban libres de
fraude. Animosos y especulativos descubrieron que su obrerismo “coincidía”
con el que Perón había llevado a cabo desde la Secretaría de Trabajo y
Previsión, y rápidamente se autoreferenciaron como los auténticos voceros del
candidato oficialista a la Presidencia de la Nación. En un excelente trabajo de
investigación, la historiadora Yamile Álvarez,[4] ha demostrado que en un
principio Perón intentó articular en tierra cuyana su proyecto político, a
partir de una alianza con sectores del conservadorismo, dada la importancia política
que tenía el Partido Demócrata mendocino. Tras la negativa de los
“gansos”, el coronel eligió como base de sustentación a los sectores
conversos del radicalismo tradicional que se aglutinaron –al igual que en
otros lugares del país- bajo la denominación UCR Junta Renovadora. No existía
por otra parte en Mendoza un partido laborista fuerte. Así las cosas el lencinismo
se lanzó a la contienda con candidatos propios a nivel provincial y apoyando a
nivel nacional a la fórmula Perón-Quijano, a la que consideraba
continuadora en el vasto territorio argentino de las políticas, que en
tierras cuyanas, los Lencinas habían puesto en práctica en la década del
veinte. Perón guardaba silencio. Hicieron una campaña muy
activa a partir del uso de su órgano periodístico. Desde
La Palabra, recurrieron frecuentemente a
la ironía y el sarcasmo a través de versos
tales como: De la máquina al vagón, todo
el mundo es de Perón. De la máquina al foguista,
todo el mundo es lencinista. Quién se embarque en este
tren, por fuerza llegará bien. Si usted se llega a desviar,
tendrá que descarrilar. Progresará la Nación, con
Juan Domingo Perón. Y Mendoza la heroína
progresará con Lencinas. El peludismo…sin chance, señores…QEPD.[5] Perón seguía guardando
silencio. Hasta que La Palabra, dos
semanas antes de las elecciones excede sus propios límites. Publica una
fotografía del candidato peronista a gobernador por la UCR Junta Renovadora,
Faustino Picallo, donde se lo ve en tiempos del interventor Borzani y lo acusa
de ser responsable del asesinato de Carlos W. Lencinas. Esto constituye un
llamado de atención para Perón que envía un telegrama a los diarios locales
desautorizando al lencinismo a invocar su nombre. Lo cual constituye un baldazo
de agua fría para sus dirigentes. Pese a lo cual, los mismos
deciden igual presentar su lista para gobernador y diputados en los comicios del
24 de Febrero de 1946.Los resultados que obtienen son catastróficos: apenas el
cuatro por ciento de los votos. Tan solo quedaba el recuerdo del partido que había
sido hegemónico apenas tres lustros atrás. Se concretaba así la segunda y
definitiva muerte del gauchito Lencinas. Sin tiempo a elaborar el duelo,
dirigentes, cuadros y afiliados pasan a engrosar de manera individual una nueva
realidad política donde el lencinismo no es más que un espectro del pasado
La alpargata se había deshilachado irremediablemente. [1]
Frase atribuída a Hipólito
Yrigoyen, y que recorta temporalmente el período trascurrido desde la
fundación de la U.C.R. en 1891 hasta la llegada al gobierno en 1916. [2]
Que lo asemeja a los radicales
rosarinos Ricardo Caballero y Juan Cepeda. [3]
En las elecciones parlamentarias
de Mendoza y San Juan de 1929, el yrigoyenismo cometió diversas
irregularidades, reinaugurando sin saberlo, el fraude electoral que en la década
siguiente lo tendría como víctima propiciatoria de la restauración
conservadora. [4]
Yamile ALVAREZ, En
torno a los orígenes del peronismo mendocino,
incluido en La invención del
peronismo en el interior del país, Editorial de la UNL, Santa Fe, 2003. [5]
Ibid. Por
Fernando Cesaretti y Florencia Pagni
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