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Rosas, ¿era bueno o malo? caudillismo e historiografía: de la pasión política al objeto de estudio desangelado

Resumen: El estudio del caudillismo argentino ha sido objeto de miradas tan disímiles y apasionadas, que paradójicamente es posible rastrear y contextualizar más fácilmente estas miradas que la problemática por ellas estudiada. Ha sido el tiempo de la política antes que el de la historia, el que ha primado en la investigación. Aún dando por sentado, honradez intelectual en determinados autores, estos no escaparon a su tiempo y su compromiso político e ideológico, lo cual les impidió la necesaria toma de distancia del objeto a analizar.
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Autor: Fernando Cesaretti y Florencia Pagni

El estudio del caudillismo argentino ha sido objeto de miradas tan disímiles y apasionadas, que paradójicamente es posible rastrear y contextualizar más fácilmente estas miradas que la problemática por ellas  estudiada. Ha sido el tiempo de la política  antes que el de la historia, el que ha primado en la investigación. Aún dando por sentado, honradez intelectual en determinados autores, estos no escaparon a su tiempo y su compromiso político e ideológico, lo cual les impidió la necesaria toma de distancia del objeto a analizar.

El fenómeno de masas del caudillismo, en tanto lado plebeyo de nuestra historia, sirvió tanto para la legitimación como para la reprobación de situaciones posteriores. No es casual que la principal organización armada de la década de 1970, adoptara adrede, y  a fines de mayor inserción popular,  el nombre de Montoneros.

Las significaciones y asociaciones acerca del caudillismo no siempre habían tenido esa impronta positiva. En el comienzo el signo adjetivante del problema fue por lo  general negativo. Y en grado sumo. Tanto del caudillismo en general como de las figuras de los caudillos en particular.

Con una salvedad, hija de la diplomacia antes que del análisis histórico. Expresa Félix  Luna “que una elemental cortesía rioplatense ha evitado que la historiografía liberal de este lado del estuario haya proseguido lanzando contra Artigas la condición de héroe nacional y eso reviste al caudillo oriental de una suerte de inmunidad póstuma. Si no hubiera sido así, si Artigas no fuera el héroe epónimo de las efemérides escolares y las reiteradas ofrendas florales en la Plaza Independencia, aún estaría sepultado por la versión liberal de las historia”.

 

Sombra terrible de Facundo….

¿Donde comienza esta versión liberal de la historia? Versión que a partir de Vicente Fidel López y Bartolomé  Mitre, y por mucho tiempo, será “la” historia oficial de la Nación. Tal vez  el punto de partida esté  en los escritos de la Generación del 37, donde aparecen los principales elementos genéticos del “caudillismo clásico”: ruralización, violencia política y vacío institucional.

Será Domingo Faustino Sarmiento, un hijo putativo (por pobreza y lejanía) de esa Generación, el que sintetizará esos elementos construyendo magistralmente desde la literatura (no en vano es considerado nuestro primer gran escritor) la figura del caudillo. Utilizando la figura de Facundo Quiroga como excusa biográfica  a modo de libelo opositor al rosismo, Sarmiento ve en el caudillismo al otro necesario para dar sentido a su dicotomía entre Civilización y Barbarie. El caudillo es entonces, la expresión de esa barbarie. Su poder dimana de una doble condicionalidad: la espacial, en el que el Desierto es un hábitat social dominado por la violencia; y la histórica, en el que el derrumbe del orden colonial tuvo como resultado la fragmentación de la soberanía y la potenciación de las luchas faccionales.

Frente a ese panorama políticamente despótico, socialmente “gaucho” y geográficamente americano, el sanjuanino abogará decididamente por la Civilización. La quintaesencia de la misma será europea, y el parámetro en donde  reflejarse, los Estados Unidos.

Esta división maniquea entre civilizados y bárbaros acompañará a Sarmiento  a lo largo de su vida. “-No ahorre sangre de gauchos, general, que es lo único humano que estos bípedos tienen”, aconseja a Mitre tras la farsa bélica de  Pavón. Su obsesión por el desierto le lleva a afirmar imprudentemente (ya era un hombre de Estado) que el mal que aqueja a la Argentina es la extensión.

En esa visión negativa del problema el sanjuanino no está solo. Vicente Fidel López ve el origen del caudillismo en la anarquía de ese emblemático año 20, en que la ausencia de una autoridad central impide contar con un ejército regular que reprima la insurrección de las masas. Esa acefalía da lugar a un vacío institucional. Este es ocupado por bandas faccionales comandadas por jefes rurales. La consiguiente guerra social engendra un estado de barbarie, desorganización y criminalidad. Ningún elemento positivo hay entonces en el caudillismo.

Su “socio” en la construcción de una historia nacional, Bartolomé Mitre, es menos extremista. Para Don Bartolo hay en el caudillismo un sentimiento democrático y una tendencia igualitaria, que convenientemente adecentado y controlado por las instituciones liberales, puede contribuir a la formación de la Nación. Este ideal de integración y cooptación que expresa el historiador Mitre, no se corresponde con la política represiva que el presidente Mitre implementa en las provincias del interior.

Un adversario político de Mitre, Juan Bautista Alberdi, considera al caudillismo, paradigmático de la barbarie. Pero agrega a esta definición, las causas que le dieron origen: ante la orfandad de recursos económicos por el monopolio porteño de las rentas de aduana, las provincias deben soportar estos gobiernos despóticos y sin ley que se dan en un contexto debilidad estatal. Todo esta pauperización institucional se basa en la fragmentación política nacional, una apariencia de federación que no es otra cosa que anarquía.

En todos estos autores, hay una preocupación expresada en forma directa o tácita, acerca de esas masas campesinas,  cuya naturaleza “bárbara”  es  inherente al  fenómeno del caudillismo, alimentándose recíprocamente. Desierto y Barbarie constituyen las dos partes de una ecuación a desmontar. De allí que junto al ordenamiento constitucional se propugna la llegada de capitales, el desarrollo de la producción, la extensión y mejora de los medios de transporte, y  el fomento de la inmigración europea. La fórmula alberdiana “Gobernar es Poblar” sintetiza esa intencionalidad positivista que las presidencias de la Organización Nacional deben llevar a la práctica.

Pero es un proyecto que queda a medio camino. El orden y progreso soñados, hace aguas por muchos lados. Surge entonces una nueva interpretación del caudillismo, buscando en esta, los escritores consustanciados con el positivismo, el origen de los problemas de su propia coyuntura: la degradación de costumbres, el carácter levantisco y hasta racial de los inmigrantes que se traduce en la agitación social y gremial, el aumento de los índices delictivos, etc.  Desde el cretinismo cientificista y  la ostentación farolera de las nuevas disciplinas (psicología, sociología, antropología, etc.)  encuentran estos autores, rastros del  caudillismo en la sociedad de su época.

José María Ramos Mejía, es quizá el principal exponente  de esta tendencia que traslada el caudillismo al mundo emocional, y su marco social al terreno de la psiquis colectiva y la herencia. Desde la psiquiatría se puede interpretar la historia. Así el rosismo se explica por la locura moral de Rosas. Las masas a su vez se contagian esa locura,  que estalla periódicamente en orgiásticas convulsiones de violencia. Y estos exaltados orgasmos sociales se producen ante la mirada entre abúlica e indiferente del resto de la población, afectada por depresión mental. Así vemos en esta corriente, la creencia en un determinismo social basado en el entramado formado por la herencia racial y la psicología de las masas. Han desplazado el significado del caudillismo del anterior postulado basado en un determinismo cultural.

Cambiando figuritas

Ya bien entrado el siglo XX, hacia la década de 1930, surge una nueva corriente historiográfica: el revisionismo histórico. Más que explicar el fenómeno del  caudillismo, intentan valorarlo positivamente. Revisan los supuestos liberales, rescatando a aquellos estigmatizados por la historiografía oficial.  A su vez, cuestionan a ciertos héroes del panteón liberal. En principio parece un simple cambio de figuritas: el que era bueno pasa a ser malo y viceversa. Pero más allá de este simplismo maniqueo en el que esta corriente parece caer, el objetivo pasa por desplazar y centrar el interés del análisis en el imperialismo y la dominación oligárquica. Indagan el pasado en virtud del presente que viven en la  llamada Década Infame.

No es casual que el texto canónico de ese inicial revisionismo, Argentina y el imperialismo británico, en el que sus autores, Julio y Rodolfo Irazusta, presentan a Rosas como la gran figura de la soberanía luchando contra los designios imperialistas anglo franceses, aparezca a menos de un año de la firma del Pacto Roca-Runciman, ese “Estatuto Legal del Coloniaje”.

Es el tiempo en que Carlos Ibarguren justifica al rosismo en tanto “tiranía” por su contribución a la unidad nacional. Curioso caso el de este aristocrático militante demócrata progresista, que ve virtud en donde los liberales vieron defecto.

Todas estas reivindicaciones poco aportaron a un real esclarecimiento del rosismo. Pero sirvió este de excusa para que el revisionismo fuera acusado desde el liberalismo, de sustentar  un totalitarismo de derecha, cuando no  desembozadamente fascista.

Esta generalización es injusta. Ciertamente hubo en esa corriente, autores antidemocráticos, enrolados en el integrismo católico. Pero junto a ellos, priman  los de pensamiento más amplio. El grupo nucleado en Forja, es exponente de un nacionalismo democrático, interesado en los problemas del país, con ideas sociales alejadas del corporativismo. Su lucha no es contra la democracia, sino contra ese remedo de ficción institucional, basado en el fraude y la dependencia, que se vive en la época. Muchos de los forjistas pasarán del radicalismo al peronismo, no abyecta ni obsecuentemente, sino con sentido crítico. Baste citar los nombres de Homero  Manzi, Luis Dellepiane o el emblemático  de Arturo Jauretche, a quién Jorge Luis Borges le prologara su libro El Paso de los Libres, una exaltación en verso a la última montonera yrigoyenista.

 

El valor de las palabras, la continuidad de los nombres

Pero el revisionismo, en sus distintas variantes, fue valorativo antes que explicativo. Lo cual  se correspondía con el lenguaje político argentino, donde la adjetivación trascendió en las palabras a la época que las engendró. El caudillismo conservó, pese a los inevitables usos y cambios, muchos de los atributos de las primeras interpretaciones. Las palabras tienen en política una carga asociativa particular. Y una continuidad en el tiempo, dimanente de esas asociaciones.

Los ataques al caudillismo (en tanto este era agente de exteriorización de las masas), desde lo cultural y lo étnico, de los primeros  ensayos románticos y positivistas, constituyen una constante, que transformada en diatriba, se extendió a otros movimientos populares. Así el radicalismo yrigoyenista fue ridiculizado por los personeros del Régimen, debido al origen plebeyo o inmigratorio de sus miembros. Desde la sorna, una cofradía escatológica unía al médico de Yrigoyen, Meabe, rebautizado (a raíz de los problemas urinarios de su paciente) como doctor Meabene, con la itálica y anal prosapia de los radicales rosarinos: Coulín, Coullón y Culacciatti, en feliz connubio con el criollísimo correligionario riojano  Julio del Culo Moreno.

El peronismo sufrió idénticos ataques. Era el partido de los negros, de los cabecitas...la barbarie resucitada un siglo después, levantando los pisos parquets para hacer asado. Sin embargo, el peronismo tuvo la virtud de correr esa infamia descalificante  por izquierda, haciendo propio con sentido contrario mucha diatriba. Así hay un pequeño paso desde la valoración semántica presente en los discursos de Evita, de los grasitas, o de los queridos descamisados de la década de 1945/55, al comando que en 1970 acomete el secuestro de Aramburu y firma su primer parte, como Montoneros. A partir del uso ex profeso de ese  nombre, asumen su empresa como un intento de continuidad de un proceso histórico.

 

¿Un feudalismo pampeano?

En esos mismos años, varios autores, retoman la cuestión de la clase terrateniente en la explicación del caudillismo. Jacinto Oddone, y Andrés Carretero, entre otros, explican desde la teoría de la dependencia, al caudillismo como la forma política de la dominación de esa clase.

A su modo, mucho antes, José Ingenieros, había asociado el fenómeno del caudillismo al feudalismo. Para él Rosas no es más que un señor feudal, restaurador sí, pero no de las leyes, sino de derechos y prácticas antiguas. La Confederación no es más que un pacto entre señores feudales. Don Juan Manuel es entonces, el representante de la oligarquía terrateniente.

Más cerca a nuestro tiempo, Tulio Halperín Donghi,  da una explicación que termina concordando con la inicial  interpretación de la generación romántica. Así el proceso emancipador entreteje las categorías de militarización y democratización, formando una red en que se asienta el ascenso al poder de los caudillos. La síntesis de ambas categorías es la de una impronta autoritaria asociada al poder militar. El desguace del aparato militar regular en la década de 1820, origina un vacío de poder, en el que las luchas sociales dimanantes de la caída del orden colonial, se transforman en luchas faccionales entre bandas armadas. En ese contexto hay un desplazamiento del poder de las élites urbanas hacia los jefes de tales bandas, de origen rural y grandes propietarios por lo general. A ese destino solo  escapó la provincia de Buenos Aires, donde la persistencia de un ejército regular impidió la lucha de facciones.

José  Carlos Chiaramonte no ve en el año 1820 la fecha en que se disgrega una Nación, simplemente porque esa Nación no existía. Si, en 1820  se asiste al fracaso de constituir un estado unificado tras una década en que ese proyecto coexistió con la tendencia a la consolidación de soberanías provinciales independientes. Esta tendencia es la que finalmente triunfa y a partir de entonces las provincias se van dando una serie de normas fiscales, legislativas y políticas. Todo un corpus legal que se orienta a la consolidación del margen de autonomía de cada élite provincial. Este afianzamiento, excede a la voluntad o intencionalidad que pueda tener la persona del caudillo al respecto.

 

Bajo el signo de la violencia y la mansedumbre

 La heterogeneidad de los caudillos, por su origen, su patrimonio,  nivel cultural, cultura política, etc., impide establecer un estereotipo. A simple título de ejemplo destacamos que junto a hombres de instrucción elemental como Estanislao López, hallamos a figuras tales como el General Juan Facundo Quiroga, quién tras el velo de su sarmientina sombra terrible,  su reuma y su afición a la timba, esgrimía un estilo, claro, concreto y personal (no necesitaba de tinterillos alquilados para expresarse), en donde la ironía se daba la mano con citas bíblicas y deliciosos arcaísmos, en un todo narrativo armonioso y atrayente. Ejemplo de esta prosa, son algunos párrafos de la carta que envía a Rosas desde Tucumán el 26 de Diciembre de 1831, en donde tras citar elípticamente a su archi enemigo López  “...Solamente si yo tuviere la sangre tan helada como la nieve de la cordillera de los Andes...podría hacer liga con el Gigante de los Santafecinos…” recuerda que los soldados “...no pueden ni deben hacer la guerra a sus expensas, según lo dice San Pablo...”

Más allá de la violencia como modo de hacer política, la complementariedad entre coerción y consenso, mostró algunas figuras de mansedumbre patriarcal. Tal el caso de Nazario Benavídez en San Juan, Celedonio Gutiérrez en Tucumán o Ángel  Vicente Peñaloza en La Rioja. Ensayistas provenientes del liberalismo como David Peña,  y los fundadores de la Nueva Escuela Histórica, Emilio  Ravignani y Ricardo Levene, entre otros, no dudaron en separar la asimilación de la figura del caudillo a la figura del villano. Perdía  sustento entonces la postura liberal  que igualaba barbarie a caudillismo.

 

El sindicato del gaucho

Hemos hecho referencia al marco de autoridad y al modo de ejercicio de la misma. Veamos ahora la relación entre caudillismo y clientelismo. Esta asociación es de carácter medular para autores como John Lynch. En su obra Caudillos en Hispanoamérica, considera que  el surgimiento del caudillismo se apoya en un trípode conformado por  la inexistencia de reglas formales; la competencia política dirimida a través de conflictos armados; y una sociedad bipolar de terratenientes y peones, entrelazados por relaciones clientelares.  En ese estado, el personalismo reemplaza a la ley, la violencia  se torna la forma aceptable de dirimir conflictos políticos, pero la estructura social se mantiene inalterable, protegida por el caudillo. Relaciones de intercambio francamente desiguales unen a este, tanto  con su entorno próximo como con la clientela más periférica. Esa  desigualdad  en la reciprocidad, desde el revisionismo, había sido referenciada irónicamente por Arturo Jauretche, al afirmar que el caudillo era el Sindicato del gaucho.

Para Lynch, no hay ningún germen democrático en el caudillismo, dado que su cualidad clientelar lo torna  opuesto a los ideales republicanos. El caudillo en tanto  propietario, primero convierte a los ciudadanos y soldados y peones, y luego, ya estos totalmente desprotegidos de las leyes, en clientes. Así los derechos adquiridos en las guerras de independencia se pierden definitivamente, quedando  la balanza a favor de la clase terrateniente, que es en definitiva, la que representa el caudillo.

Esta imagen del caudillo, como representante de la clase terrateniente (la que a la vez le sostiene en el poder), es puesta en duda en recientes trabajos  de investigación que se basan en el supuesto de la existencia  de condiciones previas, que impiden  ejercer un poder absoluto y discrecional. La abundancia de tierras, persistencia de antiguos usos, escasez de mano de obra y  la consiguiente movilidad rural, son algunas de esas condiciones.

Otros trabajos desarticulan la idea de anarquía y anomia estructural como forzosamente pertinentes a las geografías sociales del caudillismo. Así por ejemplo, estudios de campo  acotado sen tiempo y espacio a los llanos riojanos en la explosiva década de 1860, oponen a la visión tradicional de horda salvaje aplicada a los montoneros que acompañan los postreros intentos del Chacho Peñaloza  y Felipe  Varela, la existencia de una estructura militar con jerarquías y responsabilidades establecidas. Esos paisanos llanistas y catamarqueños no son los criminales y bandoleros que han quedado en el imaginario popular gracias a la difusión de algunas zambas, sino campesinos afincados que se movilizan de acuerdo a lo que le ordenan sus jefes.

Otros ensayos  analizan la relación entre caudillismo y masas indígenas, Lo étnico es abordado, por ejemplo, al relevarse los liderazgos que se hacen presente en la rebelión de campesinos en la puna jujeña en la década de 1870.

 

Preguntas sin respuesta

Todos estos trabajos dan cuenta de un intento de retomar el tema del caudillismo sin preconceptos ni condicionamientos. Mucho se ha escrito, pero mucho más queda por escribirse. Las condiciones son amargamente favorables. Hasta hace muy poco el análisis estaba viciado -concientemente o no- de preconceptos ideológicos y políticos. Las hipótesis a las que se arribaban  debían legitimar desde el pasado el  actual posicionamiento  del investigador.

Paradójicamente, el grado de desmovilización y apatía de nuestra época, permite llegar de forma más desapasionada y con mejor comprensión a un fenómeno que se sitúa en los orígenes mismos de la Nación Argentina. Es una tarea que investigadores de distintas disciplinas sociales (en especial la historia) realizan en el marco de una sociedad que tras dos décadas de continuidad institucional muestra una madurez impensable en otras épocas. Una sociedad cada vez menos dispuesta a aceptar con respecto al pasado, a su pasado, que le vendan buzones o le cambien figuritas. Aunque…a veces frente al historiador no pueda reprimir hacerle la clásica pregunta: -Rosas, ¿era bueno o malo? En esos términos, no hay respuesta posible. Afortunadamente.

 

Fernando Cesaretti y Florencia Pagni

Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario

grupo_efefe@yahoo.com.ar

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