(Un
ensayo sobre distintas referencias).
“Shatzy
Shell pulsó el botón azul y desconectó la línea. Se entretuvo un poco
metiendo en una bolsa sus cosas, era una bolsa amarilla con el slogan Salva
al planeta tierra de los pies con uñas esmaltadas. Cogió las fotos
enmarcadas de Walt Disney y Eva Braum. Y la pequeña grabadora que llevaba
siempre consigo. De vez en cuando, la encendía
y decía cosas”.
Alessandro
Baricco. City
“Hay
algunas cosas que no pueden decirse, sólo pueden ser mostradas”.
Matthew Stewart. La verdad sobre todo
Nota
previa
En
el Bookshelf, uno de esos diccionarios en CD que venden por ahí, se
define la palabra diseño como boceto, bosquejo, croquis, esbozo,
proyecto, apunte, plan, planteamiento. Y con estas palabras que a su vez tienen
sus definiciones, lo que propone ya la posibilidad de un sistema, entiendo la
ciudad que se diseña, esa que muta y en cada mutación plantea nuevas
definiciones, percepciones diversas, conceptos renovados y
prácticas acordes con una modernidad que se obliga a entender el
modernismo (los logros tecnológicos) con respuestas donde el individuo pueda
actuar y ser testigo de algo que le diga en qué tiempo y espacio vive y no que
participe del contexto-entorno como mero intérprete de planteamientos
abstractos. Porque la ciudad no se piensa como un ideal sino que se construye
como un plan posible y en permanente ebullición y, al ser construida, se ve
como ese lugar que interpreta el sentir de quienes la habitan.
Si
para Richard Sennet la ciudad es un espacio para el ejercicio de la corporalidad
y para Munford, una expresión cultural, para otros como Aristóteles es un
espacio seguro (donde no me pierdo porque entiendo lo que hay allí). O una poesía
que descubre lo que es la ciudad en sí, como plantea Borges. Y es esta definición
borgiana la que más me atrae para entender la ciudad que se diseña, la que
aparece en la medida en que la cantamos y ficcionamos y que es la única posible
porque de lo contrario estaríamos presos en una estructura. En La fundación
mítica de Buenos Aires, Borges plantea que la ciudad ha existido siempre y
que el papel del ciudadano no es otro que irla descubriendo en la medida en que
le quita los velos que la cubren. La ciudad última está ahí, pero a veces está
cubierta por campos o edificios que no son, por calles que tienen avenidas en su
interior y paredes que se esconden en otro color. Es como un papel que guarda
adentro un dibujo que, a su vez, esconde otro y así infinitamente,
proporcionando el juego del asombro y la diversidad. Una ciudad, entonces, no es
lo que vemos sino lo que está por ver. En términos de Karl Popper, es una
verdad cubierta que habrá que ir descubriendo en la medida en que caen sus
caparazones de mentira.
Lo
anterior, la ciudad como permanente descubrimiento, propone esa creatividad
que no se detiene, el no-final, ese nombre que esconde dentro otro nombre
que es necesario definir e interpretar porque allí está lo nuevo, eso que es
para los que somos ahora. Y que a medida que crece (o aparece, según Borges),
cobra otras dimensiones espaciales, de color y de forma. Y de tiempo, para que
haya una referencia de lo hecho y así no se den las repeticiones, que son esas
respuestas que se dan a tiempos y espacios que ya no existen. Si repetimos, como
dice Rodolfo Llinás con relación al clon, copiamos un modelo viejo, incapaz de
adaptarse a lo nuevo que está pasando. Y como no se adapta, porque le falta la
vitalidad de la evolución, se destruye fácil.
Toda
copia es monstruosa porque ya carece de un orden. Para los griegos, lo hermoso
era todo aquello que estaba ordenado, eso que mantenía una relación
equilibrada con las partes de la estructura central. Y lo monstruoso era lo que
abandonaba ese orden y lo rompía generando un caos o una deformidad (algo por
fuera de la forma). De aquí la certeza en la ciudad borgiana que no produce
monstruosidades sino que evoluciona y se adapta, que se revela en la medida en
que suceden cosas y que, como las serpientes, deja la vieja piel para asumir una
nueva y acorde con el ambiente que cambia y tiene un último léxico.
La
ciudad que se diseña
Una ciudad, más que una
simple conexión de objetos arquitectónicos e infraestructurales, es una relación
de sujetos-objeto. Y esta relación, conceptual y simbólica, es la que permite
la adaptación. En términos de Darwin, los seres se adaptarían al medio de
acuerdo a su capacidad de diseño del ambiente en el que viven, es decir, se
ajustan no según su naturaleza (lo más adaptables físicamente) sino acordes a
su capacidad de transformación de las condiciones propuestas. No es una
adaptación al azar sino inteligente, que reúne los elementos del caos, los
moldea y los conecta con lo nuevo según un sentir y un ver.
El hombre (varón-hembra) es un ser simbólico
que le da más peso a sus sueños que a su realidad. Y, como lo explica Carlos
Gustavo Jung, en cada símbolo plantea un sueño, eso que le hace falta en la
realidad pero que ya ha completado en la mente. Esto quiere decir que los seres
humanos no sólo admiten lo que hay (eso que está ahí y es la realidad) sino
que también se plantean lo que habrá, eso que todavía no está pero que puede
ser representado porque ya se ha concebido y, por lo tanto, es necesario.
Y en esto nos diferenciamos de los animales: que hacemos bocetos y
planes, que nos vemos más allá de lo que somos y en espacios distintos a los
que tenemos. Por esto las ciudades cambian, no por efecto del urbanismo, sino
como resultante de los diseños que aparecen en ellas. Por esa propuesta que es
el deseo convertido en gusto (satisfacción, complacencia, alegría, capricho,
inclinación, arbitrio, finura, distinción, gracia, estilo, estética,
sensibilidad). O sea, como respuesta a un vivir y sentir. De aquí que una
ciudad hecha para ser inteligente (como se proponen las megalópolis),
termine por ser intervenida por elementos culturales y respuestas de diseño
(adaptación) a las preguntas que generen las estructuras básicas: edificios,
calles, parques, interiores etc. Y que sea en esta intervención donde realmente
se construya la ciudad como lugar de referencia para quienes la habiten. Porque
una ciudad, antes que un espacio intervenido por sujetos y objetos, es un plano
referencial, es decir, un espacio de comunicación donde las dudas desaparecen y
existe la certidumbre o al menos se la plantea en términos de dirección no
equivocada.
La técnica (el mayor logro –y ogro- de la Ilustración
y a la vez la causa de su decadencia), se tiene como una primera verdad en el
modernismo, pero no la única ni la más importante. Porque si bien en la
tecnología no hay, hasta ahora, grandes errores perceptibles, su propuesta no
es completa: Y no lo es porque ha resuelto un problema del pasado. Pasa como con
los clones, que al ser la copia de un modelo viejo
(de un antiguo sentir y ser) procuran un futuro detenido cuando no una
respuesta a algo que ya no es. O, como dice Antonio Fernández Alba en La
metrópoli vacía, ya lo moderno-técnico, en lugar de representar el sentir
ciudadano, es una representación de los modelos de producción y de poder que
excluyen al otro mientras se apropian espacios para sus propios intereses. Para
este arquitecto, el exagerado uso tecnológico deja la ciudad sin espacio público
y la convierte en una estructura vigilante. Y en este punto es donde entra el
diseño en calidad de elemento que procura la adaptación del ciudadano a la
ciudad, sea a través de cosas cotidianas o de símbolo referencial producido
por las nuevas formas de pensar. Diría que el diseño es una respuesta a la
inquietud de saber que algo falta en un espacio o en un sentimiento. Es lo que
llena los vacíos y genera identidad. Y lo que permite sobrevivir a los desmanes
excluyentes del poder, que crea espacio de miedo e incertidumbre.
Para los tecnócratas lo ideal sería una
estructura no cambiante, algo siempre sometido, previsible y controlable. De
este mundo donde ya todo está previsto, hay ejemplos en la literatura de Huxley
y Orwell. Pero son estos mismos escritores los que también admiten que habrá
desobediencia a la normatización técnica (y por extensión política) de esos
mundos felices (totalitarios, los llama Rorty) donde ya, supuestamente, no habría
nada que aportar y lo único posible sería obedecer. Pero el hombre (en este
caso el ciudadano) es animal curioso y pensante, lo que le permite peguntarse
permanentemente acerca de lo que le pasa. Y es porque la ciudad no es un árbol,
como propone Christopher Alexander, sino
un sin fin de acciones-reacciones donde lo importante es el intérprete y el
objeto interpretado. Y en la relación con la cosa, como dice Ludwig
Wittgenstein, se produce un hecho, un acontecimiento (una variable que
interviene) que produce un efecto nuevo que obedece a un tiempo y espacio que se
sale de lo planeado y, por lo tanto, produce una respuesta que no había sido
prevista. Así que frente a la tecnocracia, que prevé ciudades fijas e
inmutables, aparece el diseño que fluye, que interpreta y proporciona nuevas
lecturas para significar que hay vida y existe el tiempo que avanza y no se
detiene. Y ese diseño sigue los parámetros de la naturaleza, donde no hay nada
igual y todo evoluciona. Y este quizás sea el problema que no han resuelto los
urbanistas, que hacen propuestas para un presente continuado y no para un futuro
que responde a los estímulos que se suceden. El sueño del tecnócrata es la
certidumbre permanente, controlable, sujeta a una medidas previsibles. Pero esto
no pasa porque el futuro es un azar regido por variables muy difíciles de
controlar, imprevistas, que convierte mañana en un error lo que hoy era un
logro. Y si bien pensamos de acuerdo con la tecnología que tenemos, como dicen
Burke y Ornstein en Del hacha al chip, también sucede que eso que
pensamos se convierte en motivo de frustración cuando no responde al
acontecimiento que aparece. Basta analizar el paso del siglo XX al XXI. Todo
estaba previsto, las curvas iban en ascenso, los pronósticos se cumplían. Todo
hasta el 11 de septiembre de 2001, cuando las condiciones cambiaron y el mundo
ya es otro. El futuro, entonces, es lo inesperado y a eso que no se esperaba se
responde desde lo pequeño (el diseño de lo cotidiano) y no desde la mega
estructura que se tambalea sin acertar a saber qué cosa le está mordiendo la
cola.
La ciudad como metáfora
El diseño es una
interpretación y, como sostenía Andy Warhol, una poesía que se reconstruye en
sí misma todo el tiempo. Por eso este diseñador encontró metáforas en lo
popular, en las imágenes cotidianas de los tarros de sopa y en actrices,
cantantes, tapas de gaseosa y dictadores. Sin dejar de lado símbolos políticos
(uno de ellos una premoción, la hoz y el martillo representada como naturaleza
muerta), revólveres, sillas de apartamento etc. O sea que convirtió a New York
en una ciudad metáfora, posible de rediseñar para dar una visión personal de
ella y hacer una propuesta nueva de diseño, no en la estructura urbana sino en
el sentir urbano, que es realmente lo ciudadano y, por extensión, la ciudad
real, esa donde convivimos y creamos los monstruos de la razón (para beneficio
de los psicoanalistas). Y es que cualquier ciudad, sea moderna o una de esas
abandonadas del Trópico, es siempre una metáfora, algo que va más allá de
las Ninfeas de Monet, porque en el
cuadro de lo urbano hay más que color y forma y es una definición al tiempo y
a las circunstancias del espectador. Este planteamiento, nacido de la
interpretación de Gastón Bachelard a las Ninfeas, serviría para entender la
ciudad como metáfora cambiante y no como una construcción meramente técnica
compuesta por cuadrantes, intervenciones, objetos sólidos y subterráneos
plagados de cables y de gente que ya no recibe el sol. Lo que hoy vemos en los
espacios públicos y privados, antes
que una geometría del espacio es una geometría de la sentimentalidad donde
todas las variables son dependientes porque no hay una razón única (la que
plantearía el poder) sino una búsqueda de ella a partir de multiplicidad de
propuestas.
José Antonio Marina, en La selva del
lenguaje, se vale la confusión
en la acción de hablar (donde el yo está por encima del nosotros) como
elemento ciudadano y así explica el caos de la comunicación, que estaría
cifrado en el habla sin referencia, es decir, en las palabras que parten del
efecto y no de la causa, una especie de habla-reacción y no de intercambio de
ideas. En esto está de acuerdo con François Lyotard, para quien mucha
información continuada sin probar
sólo podría generar ignorancia, tal como también lo plantea Bertrand Russell
al aseverar que lo que nace del conocimiento empírico aporta sensación pero no
conocimiento. Pero hay dos cosas que han olvidado los primeros dos filósofos:
1. Que siempre hemos vivido en el umbral de la confusión porque nuestra tarea
no es la quietud sino la transformación. 2. Que el caos es la base de todo
orden y el fundamento de la utopía, como escribe Claudio Magris. Así que la
preocupación de Marina y Lyotard se centra en lo ideal, en una verdad única e
inamovible, en lo no-urbano y quizás en lo muerto. Y no en la metáfora
mutante, que es la representación de la explosión ciudadana donde los
intercambios no se detienen, sea de día o de noche, y en la que los conceptos
de tiempo dependen de la actividad de los ciudadanos y de los espacios donde se
relacionen, que más que espacios reales son también metáforas y símbolos: un
cabaret, un bar, una sala de té, un hospital, un permanente de policía, una
plaza de mercado, un centro comercial, un sitio de apuestas etc. La
confiabilidad o credibilidad de estos sitios depende de la metáfora que
representen: amor, suerte, frescura, elegancia, justicia, salud etcétera. Pero
no basta la representación metafórica sino que se hace necesario el concepto
de actualidad, ese motor que acciona a la metáfora y haciéndola cambiar,
modernizándola, haciéndola creíble al tipo de público que se inmiscuye en
ella y la vive en calidad de sensación o como certificación de su propia
existencia o al menos como el símbolo de ella.
Todas las grandes ciudades se publicitan de
acuerdo con la metáfora que representan. New York
es la gran vida moderna, Buenos Aires es la noche del Sur, Paris es el
pecado y la intelectualidad, Río de Janeiro es el carnaval. Pero dentro de esas
metáforas generales, hay una serie de micro-metáforas esparcidas a través de
todo el tejido urbano y social que dotan a la ciudad de ese carácter de asombro
necesario para que siempre suceda algo distinto y en ambientes diferentes, eso
que tan bien la diferencian de la aldea, donde no pasa nada y todas las personas
se vigilan.
Y como la ciudad busca una representación
metafórica que la provea de símbolos de identidad y de posibilidad de futuro,
el diseño cumple aquí su tarea: interpreta y hace realidad esa interpretación
a parir de objetos para el objeto (lo que se agrega a lo que hay) y de objetos
para el sujeto, eso que da seguridad de estar viviendo en el tiempo que es y
dentro de la espacialidad que se ofrece. Así,
el diseñador provee de actualidad al espacio y de simbología al hombre que lo
recorre. De aquí la importancia de lo moderno accesible al ciudadano común, de
la moda y de los lugares que constituyen una época. A veces pienso que muchas
de las novelas de Honoré de Balzac no e hubieran escrito si él no hubiera
tenido en cuenta estos elementos.
La ciudad como referencia
Una cosa es una ciudad desde
el aire o enmarcada en un mapa y otra la que se ve a nivel del suelo donde el
paisaje cercano es el que nos dice donde estamos y qué papel estamos cumpliendo
ahí. Como se lee en algunas notas de Passagen-Werk de Walter Benjamín, la
ciudad es un elemento cercano y referencial donde toda la esencia de su tarea
artística y productiva puede verse en las vitrinas de un pasaje comercial y en
las bolsas de compra de los peatones que transitan por allí. Y también en los
trajes y artículos de los que se valen para estar ahí mirando lo que hay y que
les dice que tan moderna es la ciudad.
La suma de pequeñas cosas exhibidas o
puestas encima, referencian el espíritu de la ciudad, al igual que las
estructuras, el diseño de las calles y los avisos de la direcciones.
Pero la mayor de todas esas referencias son las pequeñas cosas, los
objetos que el ciudadano adquiere para sí para hacer creaciones o
transformaciones íntimas, sea sobre su cuerpo o en el espacio privado. Y en
estas transformaciones obtiene para sí y los otros una referencia de su ciudad.
Ya, en la lectura personal, logrará significados de acuerdo a los símbolos en
los que crea.
La ciudad es un mapa referencial, una
multiplicidad de señales que permiten una lectura de actualidad. Y si bien
estas señales no son comunes sino que varían en cada espacio ciudadano, si son continuas, es decir, representan el tiempo en que
vivimos y la ciudadanía que se representa. Y, en esas referencias visuales,
construimos el sentido del vecino, de ese alguien que es confiable y con quien
podemos asumir, en términos de Ernest Tugenhadt, el nosotros.
Porque la referencia cumple con ese papel: integrarnos y hacernos partícipes
de lo comunitario y del sentido común social con sus micro-mitologías y
sentires.
La referencia, eso de lo que no dudamos
porque nos indica una dirección, es
la esencia de la comunicación, eso que certifica que no estamos perdidos del
todo y que otorga seguridad porque ya, al menos, es un punto de partida. En el
mundo del diseño, que es la concreción de lo que se comunica, la referencia, a
más de señal, se convierte ya en un símbolo, sea social, de progreso o psicológico.
Y a través de esta simbología admitimos la ciudad en que vivimos o somos
transeúntes. De aquí que la referencia, como en lo personal (que se comporta
como un aval), dote de un conocimiento seguro o al menos probable. De una
certidumbre con relación a lo otro puesto ahí en calidad de sujeto-objeto que
me define y al que yo defino, porque la relación con la referencia es una
interacción que sitúa, es decir, que propone una ubicación y establece un por
qué estoy ahí y quién soy ahí.
Desde el piso y la cercanía, en esa
micro-ciudad que se va presentando dentro de la gran ciudad, la única lectura
la proporcionan los referentes. Y en la medida en que avanzamos por calles y
avenidas, parques y barrios, las referencias nos ubican dentro de un acontecer
ciudadano particular y no general. Es que la ciudad no es un todo sino una suma
de pequeños todos con referencias distintas y acordes con la cultura ciudadana
que se presente en el sitio particular. De esta manera los eferentes son múltiples
y cambiantes, propicios para el asombro y la curiosidad. Son la ciudad que
cambia, que es aquí de una manera y unas calles más allá de otra. Y que si
bien está anclada en el pasado y la cultura, también
se ajusta a un presente variable con manifestaciones que no se habían
calculado. En este punto recuerdo los gatos de los que habla Guy Talese cuando
describe la New York de 1970. Y los judíos anarquistas descritos por Isaac
Bashevis Singer en Sombras sobre el Hudson, novela que se da después de
la segunda guerra mundial. ¿Qué hay de ellos? ¿Los recuerda alguien? ¿En qué
se transformaron? Quizás haya un referente que nos diga que eso que pasó sigue
sucediendo o que ya no pasa más.
La ciudad diseñada
En Ciudad, la novela
futurista de Michael Marshal Smith, hay
una constante que estremece: todos los acontecimientos que se narran se dan en
una ciudad que no se diseña más, que está conformada por restos de diseños
anteriores y que funciona de acuerdo a una tecnología que se alimenta a sí
misma (por un sistema cerrado). Y como no hay referentes nuevos que determinen
el tiempo y el espacio en que realmente se vive, la constante es la violencia.
Algo similar ocurre en las películas que plantean lo que serán las ciudades
futuras: ruinas, delincuentes, destrucción, miedo, delirio y estado de
naturaleza. Existe una mentalidad milenarista y escatológica
que nace de una pregunta: ¿Qué sucederá si la ciudad deja de diseñarse
y la sensibilidad es reemplazada por la torpeza del animal que sobrevive en
lugar de adaptarse? Salvo Isaac Asimov, que plantea para el futuro una ciudad
que se diseña (Fundación I y II, Nueva Fundación) , las demás
visiones son apocalípticas. Quizás esto nazca del guerrerismo
que ha caracterizado los últimos ejercicios del poder, donde ya no hay
un Pericles ni un Augusto ni una familia Médicis ni un Luis XIV, gente
que entendió que la ciudad, además del compuesto urbano era un espacio estético
y simbólico capaz de transformar la mentalidad del ciudadano, dotándolo de
espacios reales de civilización.
La ciudad, al menos la que hoy configuramos a
pesar del terrorismo de ciertas organizaciones macabras y financieras y de la
publicidad que de ellas hacen los medios, es una ciudad que se diseña creando
pequeños espacios donde el ciudadano se siente seguro y en comunicación con
otros. Todavía vemos propuestas de color, de formas y artilugios que leen
nuestra temporalidad. O sea que nos
negamos a quedarnos presos en una estructura de hierro y cemento, donde el
Estado nos tiene censados y electrónicamente vigilados, y seguimos encontrando
posibilidades. Es decir, asumimos el diseño como herramienta
imprescindible para la adaptación y la única libertad que nos queda y
que nadie nos puede quitar: la imaginación.
Hoy en día la ciudad, antes que un
reclusorio, es una estructura que permite todas las imaginaciones. Esto se debe
a que casi todas las ciudades están agobiadas por problemas y errores de
administración, lo que permite plantearse soluciones a esto que nos pasa. Y
esas respuestas al problema, están cifradas en las nuevas formas que plantee el
diseño, tanto en términos de
espacio público como privado. Sabemos que hay problemas de contaminación
visual, sonora y ecológica, que la estrechez nos agobia porque cada día
existen más obstáculos físicos que impiden el movimiento o el almacenamiento
de objetos. Y podríamos segur con la enumeración de problemas que, antes que
una crisis, lo que permite es una creación de nuevos diseños propicios para el
ejercicio de la ciudadanía y el sentirnos vivos. Así, la ciudad diseñada es
el inicio para una ciudad que se diseña. En términos de Baruj Spinoza, es ese
algo necesario que permite otro algo (nacido de la persistencia en ser) y del
que se debe tener una conciencia completa para no ir a generar un error.
El diseño, síntesis del homo faber
conectado al homo sapiens y al homo ludens, se presenta en la ciudad no como una
alternativa sino como una resultante de esto que nos pasa cuando habitamos una
estructura y queremos hacer de ella un sitio de intercambio y de conocimiento de
los demás. Bertrand Russell diría: de tolerancia, es decir, de conocimiento
positivo.
La última ciudad
Edward Hopper, el maravilloso
pintor norteamericano, pasa a la posteridad por los espacios que pinta, donde
además de individuos y lugares, hay diseño urbano. Y no creados por él, como
en el caso de los pintores renacentistas, sino atrapados como referentes de lo
que expresa en sus pinturas. En la ciudad de Hopper hay luz, espacio, altura. Y
si bien se nota una inmensa soledad, también es evidente que el diseño
minimiza lo que ahora es una tragedia ciudadana: el hombre solo perdido entre
infinidad de objetos y no situado en un lugar donde lo diseñado es intervenido
por la naturaleza, no como una invasión desordenada sino como una complementación,
lo que permite reflexionar y no enloquecerse. Y en esa comunicación entre
entorno y contexto, sin desmesuras como las de Archiboldo, la ciudad fluye y se
manifiesta como una entidad habitable y propicia
para lo simbólico.
Como nos pasa a todos los humanos, siempre
pintamos nuestra última ciudad. Y en ella nos situamos como testigos, intérpretes
y seres en proceso de adaptación. Pero no como los protozoos, que según
creemos mutaron en estado de estupidez, sino en proceso de diseño. O sea, de
preguntas y respuestas. Y en busca de una estética que permita habitar lo bello
que, en resumen, es el sentido de la vida. Nuestra última ciudad, entonces,
debería ser aquella donde no sintiéramos miedo. Pero esto pasa poco en las
ciudades modernas, donde por el
ansia de tener dejamos de ser y en las que el sentido estética ha sido
reemplazado por un consumismo exagerado que ya no sublima faltantes libidinales
sino que crea pulsiones que no logran satisfacción.
Por esto me gusta la ciudad de Edward Hopper,
donde hay pocas cosas pero todas obedeciendo a un diseño imprescindible,
necesario para ejecutar el movimiento y la sentimentalidad. Allí nada estorba
ni nada sobra, todo tiene un lugar preciso y una razón de ser. Y en esas
ciudades hopperianas, que quizás siempre fueron la misma ciudad pero vista
desde ángulos diferentes y diseños distintos, encuentro la razón del diseño
moderno, lo que debemos diseñar para que la ciudad lo un espacio de tolerancia:
espacio, paisaje, objetos propicios, luz y ejercicio de la imaginación y de la
próxima ciudad.
Lo posmoderno, eso que se manifiesta sin que
todavía lo podamos controlar ni definir bien, habla del fracaso de la razón
tecnológica y de Estado, pero a la vez abre las posibilidades hacia un orden distinto de los objetos y los sujetos. Es que si
habitamos el espacio del error, con la evidencia se puede crear el de no-error.
Basta con hacer cosas diferentes, con evitar repeticiones, con creer de nuevo y
plantearse la utopía, como propone Magris, que se burla de la aventura
imaginaria y propone la aventura real, la que se piensa y se convierte en un
hecho en las manos. Y la ciudad está
ahí, dándose a la propuesta.
Escrito en Medellín, la última ciudad que
tenemos. Julio de 2003.