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Cultura, conflicto armado y democracia

Resumen: Empiezo precisando y delimitando los contenidos específicos que les asigno a esos tres conceptos: democracia, por una parte, conflicto armado interno, por la otra, y cultura, en tercer lugar.
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Autor: Humberto Vélez Ramírez

1. 

Agradezco a los estudiantes de  “Estudios Políticos” la invitación a inaugurar este espacio de Rex-polis 2000, que debe contribuir a consolidar en la Universidad del Valle la democracia académica en la línea de la Ciencia social crítica. Y cuando hablo de ciencia social crítica, la estoy confrontando con la Ciencia social empírica, que se queda y agota en ese necesario e importante componente técnico llamado empiria, que precisamente no es si no eso, una, entre otras, de las dimensiones de la investigación social.

Empiezo precisando y delimitando los contenidos específicos que les asigno a esos tres conceptos: democracia, por una parte, conflicto armado interno, por la otra, y cultura, en tercer lugar.

Como no dispongo si no de cincuenta minutos, pues lo importante es suscitar la reflexión colectiva, en lo básico me tendré que limitar a fijar algunas tesis e hipótesis centrales.

La Democracia: la visualizo bajo una triple mirada, una instrumental táctica, la democracia como procedimientos utilizados por todos y como reglas de juego, previamente definidas y aceptadas por todos; otra instrumental estratégica, la democracia como la más importante herramienta de acción política y, en el caso nuestro colombiano, como sustitutiva de la metodología de las armas, y, en tercer lugar, la democracia como valor en si mismo considerado, es decir, la democracia en todos los espacios de la vida social, las relaciones de amor y de amistad incluidas.

Conflicto político armado: se trata de una confrontación armada entre un sector de la sociedad y el Estado por razones ligadas a descontentos y rebeldías frente a su configuración estructural funcional o a su manejo. No es mismo que guerra civil en cuanto polarización militar y, por lo tanto, también social y simbólica del conjunto de la población. Sin embargo,  mientras más se exacerba  esta guerra y mientras más se internacionaliza dada la presencia en ella de los Estados Unidos y dados los puntuales choques con los países vecinos, es visible cómo en muchas localidades del país el conflicto está tomando la forma de pequeñas guerras civiles. Pero, para evitar discusiones inútiles, atengámonos al concepto que de conflicto armado interno proporciona el propio DIH :existe conflicto armado interno cuando el grupo organizado insurgente tiene un mando responsable y ejerce sobre una parte del territorio un control tal que le permite realizar operaciones militares sostenidas y concertadas. Entonces, el hecho de llamar terrorista a un grupo armado, en nada y para nada modifica la realidad de una organización, que nos guste o nos disguste,  bajo una  dirección concreta está en capacidad de realizar operaciones militares por el hecho tozudo e incuestionable de que controla, en grados distintos, partes importantes del territorio. Para darle validez a un cambio semántico tal, denominar terroristas o bandoleros a un grupo armado organizado,  primero habría que quitarles todo forma de control territorial y, segundo, desmontarles la organización empezando por su dirección.

Cultura: yo diría que ésta es quizá la más importante categoría transdisciplinar de las nuevas Ciencia sociales. Importantísima, por otra parte, para una inteligencia adecuada del mundo contemporáneo. Digámoslo a la manera de Santiago Castro Gómez en “Desafíos de la Transdisciplinariedad”: 

Las estructuras de producción  y reproducción

que caracterizan a la actual sociedad global se a-

lejan radicalmente de aquel mundo teorizado por

 cientistas sociales como Smith, Marx, Keynes. El

 capitalismo industrial y el fordismo propio del Si-

 glo  XIX y de la  primera mitad del XX  han sido

 reemplazados por un capitalismo postindustrial

en el que las categorías de análisis  provenientes

de la Economía clásica han perdido valor explica-

tivo”. (1) 

Entonces, ¿ya no interesan Adam Smith y Carlos Marx? Uno y otro siguen interesando como NEOINSTITUCIONALISMO ADAM SMITH Y COMO NEOMARXISMO  CARLOS MARX.

En el mundo actual tan importante es producir mercancías como producir imágenes aunque éstas también han entrado a la condición de valores de cambio. En el mundo actual tan importantes son las necesidades materiales como las necesidades simbólicas. O contrapongamos y digamos que, en la contemporaneidad, tan importante es la miseria material como la miseria simbólica; o tan contrastante la opulencia material de unos pocos con la pobreza simbólica de los mismos. En el mundo actual, por otra parte, sin que hayan desaparecido  los espacios nacionales, los espacios internacionales se han fortalecido cada día más como espacios de la hegemonía política y cultural. Ha sido así como la Cultura ha adquirido un nuevo valor y un nuevo significado en el interior de la Comunidad internacional. Giddens diría que la Cultura se ha “destradicionalizado”, Canclini  precisaría que se ha “desterritorializado” y Adorno añadiría  que se ha convertido en una de las más importantes- si no la más importante-  “fuerza de producción del capitalismo contemporáneo”. Algunos señalan que en la sociedad de mercado el mundo de las preferencias es más importante que el mundo de la cultura, sin embargo, ¿habrá alguna “preferencia” que no se encuentre determinada o por imaginarios o por opiniones o por análisis? Pero, digamos algo sobre  lo más importante de la Cultura. Esta a toda hora toca a la cotidianidad  de la gente traducida ya en representaciones ya en opiniones ya en actitudes ya en conductas efectivas frente al consumo y la política, sobre todo. Retomemos, entonces, al ya citado Santiago Castro:  

La Cultura “se  ha  convertido en un repertorio de

signos, símbolos  producidos técnicamente de

acuerdo a intereses particulares y difundidos  pla-

netariamente por los medios de información. Este

 universo simbólico así desligado de la tradición,

 empieza a definir el modo en que millares de per-

sonas en todo el globo sienten, piensan, desean e i-

maginan”. (2) 

Tal como lo reitero en mi texto borrador “Ciencias sociales y Guerra en Colombia(3) que algunos de ustedes conocieron, pero, que por ahora tengo en remojo, esta línea de análisis en si misma y por si misma es suficiente para explicarnos la historia política colombiana de los últimos cinco años. 

2. 

 De manera también condensada quiero ubicar tres bloques de problemas: 

PRIMER BLOQUE:  

Medio les he precisado tres conceptos, pero a mí intelectualmente me choca usar  conceptos y nociones en el vacío, pues los contenidos de éstos varían según el contexto teórico en que se inscriban. Yo no estoy hablando desde la inocencia de la ciencia ni desde una pretendida objetividad que en el mundo actual ni siquiera ya practican los investigadores de los laboratorios de la física o de la química.

En mis últimos trabajos me muevo correlacionando cultura y realidad destacando en ésta las formas o maneras como las gentes socialmente se organizan para producir, distribuir y, sobre todo, para ejercer el poder y la autoridad.

En mi último trabajo de investigación, perdónenme la cuña, se llama SECUESTRO (4) y saldrá al público en unos veinte días, defino así mi enfoque analítico- madre: 

“Nuestra hipótesis explicativa de la universalización del secuestro

en  Colombia se mueve correlacionando la Cultura, y más concre-

 tamente nuestra Cultura de vida, con las condiciones reales obje-

 tivas asociadas a las formas como la sociedad se organiza para

 producir,  distribuir y, ante todo, para el ejercicio del poder y de la

 d autoridad. En  nuestro medio  histórico, todas  ellas muy  reza-

gadas frente a unos mínimos de dignidad humana .Al  haber sido

 ello  así, precarios y  pobres han  sido los sentidos de vida cons-

truidos por los colombianos como colectivo nacional. Por lo tanto,

nada tan desvalorizado en esta sociedad como todo lo que ha teni-

do que ver con la  vida humana, como con su digna reproducción

 como valores centrales.  Por otra parte, de la desvalorización de

  la vida humana a la desvalorización de sus Códigos centrales de  

 regulación-Derecho positivo, Moral y Cultura social- históricamente

 la distancia no ha sido otra que la de la progresiva toma de concien-

cia colectiva sobre la muy baja eficacia social de la  institucionalidad

reguladora. Entre la Sociedad de-regulada,por una parte,y la Socie-

dad de-dirigida y de dificultosa gobernabilidad, por la otra, no ha ha-

bido si no un paso, el necesario para la emergencia de la crisis de la

tradicional dominación hegemónica del establecimiento.” 

En nuestro nivel general de análisis queda así ubicado el problema de esta guerra interna: culturalmente esta ha sido una sociedad facilitadora de las violencias, pues en ella nada tan  desvalorizado como la vida misma como valor central.  Dificultosa, por otra parte, es la explicación de esta tremenda desvalorización de lo humano, por fuera de las formas como esta sociedad históricamente se ha organizado para producir, para distribuir lo producido y, sobre todo, para ejercer el poder y la autoridad. Como se dice en el texto, “casi todas  ellas rezagadas frente a unos mínimos de dignidad humana”. Pero, en el caso de esta guerra  hubo algo más importante. Ella   surgió precisamente como una estrategia de poder militar orientada a confrontar y quebrar y subvertir  a la Sociedad y al Estado en cuanto formas de producción, de distribución y de ejercicio del poder desfazadas de unos mínimos de dignidad humana. Fue así como EL CONFLICTO ARMADO INTERNO se originó, independientemente de que esas motivaciones originarias ligadas a forjar equidad social y una nueva estructura democrática de poder hayan permanecido o hayan desaparecido. Unos, como es el caso del gobierno de URIBE, afirman que de eso  no queda nada. Otros, en cambio, analizamos, que no obstante el contagio del narcotráfico y las reiteradas violaciones del DIH, esos actores, se esté no se esté de acuerdo con ellos, mantienen su condición de actores políticos.

Ahora como nunca, entonces, urge recuperar la mirada histórica del conflicto para visibilizar sus claros orígenes sociopolíticos y poderle seguir el paso a las continuidades pero también  a sus mutaciones históricas.

 SEGUNDO BLOQUE: 

Escribí así en Atisbos Analíticos No 40: 

 Entre sus notas distintivas más destacadas, el

 discurso de Alvaro UribeVélez, como presidente,

se ha caracterizado por ‘patasarribiar’  la gramáti-

ca de los viejos y nuevos análisis sociológicos del

 con-flicto armado colombiano, por revolcar semán-

ticamentelas más clásicas categorías políticas, jurí-

dicas y antropológicas del DIH, así como por rectifi-

car acrítica y superficialmente a los grandes teóricos

clásicos y neoclásicos del  terrorismo”. (5) 

Con una simple y simplista frase acuñada desde el poder  en un contexto de amplios respaldos sociales emocionales, el Presidente abolió treinta años de historia académica, tres décadas de análisis multidisciplinarios sobre los conflictos colombianos.  Por esa sencilla pero grave razón,  cada día se enreda más en un  discurso simplista que no da cuenta de nada. En primer lugar, su Estrategia concreta más que antidelincuencial, como debería ser-simplemente capturar a los  delincuentes terroristas para aplicarles el Código Penal- cada día se perfila más como una refinada Estrategia antisubversiva, entre otras cosas, orientada a quebrar los nexos sociales de las guerrillas con la población a través de procesos de judicialización en los que las capturas masivas han terminado o en violaciones de los derechos humanos  o en operaciones estériles e inoficiosas. Y qué decir de lo enredado y contradictorio que se ha revelado el presidente cuando, por distintas circunstancias se ha visto obligado a señalar que negociaría con las guerrillas si se cumplen  x y x condiciones.¿ Es que acaso de cara a delincuentes terroristas puede caber otra alternativa que la del sometimiento a la justicia? 

TERCER BLOQUE:

Ejemplifiquemos este tercer bloque de problemas con una referencia a la historia.

A miles de metros debajo del actual Irak, 2500 años antes de Cristo, existía un pueblo, el pueblo sumerio con miles y miles de documentos de arcilla, una inmensa biblioteca de libros de barro. Semur es la más antigua expresión de los orígenes y evolución de la escritura cuneiforme y, por lo tanto, de la historiografía de un pueblo. Así lo  descubrieron los arqueólogos desde los inicios del siglo XX. Uno de ellos fue Samuel Noah Kramer, quien condensó su lectura de esos libros de arcilla en un lindo texto que les recomiendo y que titula “La Historia Empieza en Sumer. (6) Pues bien, según la historia escrita, allí en Sumer nació la guerra. Entonces los sumerios, una comunidad política natural conformada por varias ciudades, crearon el Estado para resolver un problema de guerra civil entre ellas. A entrar en acción, el Estado, en cuanto nuevo aparato extracomunidades, fundó un conjunto de instituciones, que hoy podríamos  llamar democráticas, con la finalidad de manejar y resolver el problema de la guerra. Bajo esas  condiciones de nueva institucionalidad democrática, las guerras no  alcanzaron a extenderse y la democracia salvó a los sumerios de nuevas guerras.

A este respecto, el sociólogo francés de la guerra Alain Joxe, muy conocido en los medios académicos colombianos, escribió:

En Sumer “se puede decir que nace el Estado

En una guerra civil que no se desarrolla”. (7)

Esta referencia histórica no tiene otra finalidad que la de una contrastación: en Sumer, en una circunstancia de guerra, crearon el Estado y la democracia para atenderla y atajarla; en Colombia, en contraste, para manejar y resolver una guerra contra el Estado, éste decidió exceptuar la vigencia de lo que en 200 años de historia se había construido como democracia.

Veamos  con cierto detalle esta cercana pero gran historia.

Cuando en agosto del 2002 Uribe llegó al gobierno, de modo sincero pregonó, como parte esencial de su  programa, que, por costosas, sobre todo económicamente, la institucionalidad frentenacionalista, así como la Cultura política a ella ligada, tenían que ser desmontadas. Entró en la pugna de los primeros meses y quizá por relaciones de fuerzas dentro del establecimiento, la corrupción y la politiquería y la cultura de la transacción se lo engulleron.

Primera derrota para la real aunque limitada y precaria democracia colombiana. 

También desde un principio, el gobierno dijo o pensó que esta guerra- por esos meses todavía la llamaban así-  estaba impidiendo la reproducción ampliada de la economía. Entonces, el gobierno señaló que por  elevados que fuesen los costos económicos necesarios para terminarla – son éstos los famosos costos de transacción de los neoinstitucionalistas- había que realizarlos. “No se preocupen, les dijo el gobierno a los empresarios, que más tarde los recuperarán vía los incrementos de la productividad propios de un país sin guerra”. El grueso del presupuesto se reorientó, entonces, hacia el financiamiento del final de la guerra.   A 17 meses vista se esperaban resultados contundentes. O se habría derrotado a las guerrillas, según  Fernando Londoño. O, por lo menos, se las habría colocado en condiciones militares débiles como para que mermaran sus pretensiones y exigencias  en caso de una negociación, de acuerdo con otros más aterrizados. Transcurridos ya tres años, las guerrillas muertas, según las Encuestas, en el corazón del 75% de los colombianos, continúan vivitas y disparando en casi todo el país.

Segunda derrota para real aunque  limitada y precaria  democracia colombiana. 

La Política de seguridad democrática, en  general, simbólicamente ha polarizado al país; en algunas localidades ha desatado pequeñas e intensas guerras civiles; sacó a las guerrillas de los cascos urbanos corriéndolos hacia donde siempre habían estado, las zonas rurales; se cree triunfante por haber logrado lo que después de tan inmensa  inversión,  de modo irremediable tenía que haber hecho, bajar los índices de violencia y de secuestros que no los de desplazamiento y llevar militarizada a la gente a hacer turismo; dejó al país sin inversión social  de envergadura; y al final, se ha venido quedando sin plata para hacer lo que prometió, derrotar militarmente a las guerrillas.

Tercera derrota para la real aunque limitada y precaria democracia colombiana. 

Simultáneo a todo ello los ministros dijeron que la Constitución del 91 era una  Carta de navegación muy adecuada para  Europa y no para una sociedad incivilizada como la colombiana. Entonces, había que poner manos a la obra para desmontar ese texto afectándolo de modo grave en lo que tiene de democrático y no en lo que porta de neolibetral. Interceptación de las comunicaciones privadas y suspensión de la vigencia de los derechos y   garantías individuales y desmonte de la Corte Constitucional para dejar al ejecutivo con las manos libres sin controles constitucionales y capturas masivas de las poblaciones bajo las simples acusaciones de una masa de sapos y alteración  abusiva  de las reglas de juego en materia de elección presidencial y drásticas limitaciones a la acción tutela, el dispositivo de protección ciudadana  socialmente más efectivo en la historia de las Constituciones colombianas y tratamiento irresponsable de la oposición tratándola de proguerrillera “por el mero hecho de ser oposición”,  son apenas algunas de las indicaciones empíricas de ese planeado proceso de de-construcción de democracia.

Cuarta derrota para  la real aunque limitada y precaria democracia colombiana. 

Finalmente señalemos – y constituye ésta una situación poco destacada por los analistas- cómo la Política de Seguridad democrática frenó y pulverizó un proceso de construcción colectiva de democracia plasmado en el amplio y antidogmático movimiento social y político que comenzó a fraguarse en el país alrededor de la frustrada posibilidad de lograr una negociación con las guerrillas centrada alrededor del diseño y ejecución de las urgentes reformas estructurales requeridas por la nación colombiana.

Entonces, quinta derrota para la real aunque  limitada y precaria democracia colombiana.

Pasemos ahora a una dimensión más analítica.

3. 

Para poder aventurar algunas hipótesis acerca de “¿Hacia dónde vamos en Colombia en materia de  guerra interna, de  democracia y de Estado?, recuperemos la mirada histórica y  ensayemos  una periodización de dos procesos de guerra en las últimas tres  décadas, sobre todo: primero, sobre la guerra como proceso real y, segundo, sobre la guerra como representación colectiva. 

La guerra como proceso real. 

En la historia de la evolución militar y política de las  Farc podemos distinguir cinco grandes períodos, v cada uno simbolizado alrededor de un evento central:

1.1963-1980:la conformación de gobiernos guerrilleros informales en regiones marginales:  Clásica se ha tornado ya  la tesis de Pierre Gilodhés: El estado colombiano “se inventó su propio enemigo” cuando para aplastar a un grupo de guerrilleros que armados de machetes y de escopetas hechizas demandaban una reforma social agraria, con la asesoría de los  Estados Unidos lanzó contra ellos la más espectacular y desproporcionada acción militar conocida como “Operación Marquetalia. Ese fue el origen histórico de las actuales FARC. Esta fue y continúa siendo, sobre todo ahora con la “Operación Patriota”, un primer nivel de territorialidad bélica, de soberanía en vilo, para utilizar el lenguaje de María Teresa Uribe, de zona en disputa. De esas marginadas regiones del surocidente colombiano donde el Estado sólo ha tenido una precaria presencia simbólica aunque ahora la tiene militar, fue de donde salieron las FARC para inaugurar un segundo período en su evolución militar.  

2. 1982-1996: del VII Congreso de las Farc a la Toma de la Base militar de  “Las Delicias”:

En 1982 las Farc decidieron avanzar militarmente hacia regiones del país más estratégicas por su significación económica y geopolítica teniendo como objetivo político su presencia  e influencia en las estructuras regionales y locales de poder. Avanzaron militarmente, no tan rápido como esperaban, pero avanzaron alcanzando una notable influencia política en muchas regiones del país. Fue éste un segundo nivel de territorialidad bélica funcionando la primera, la de las zonas marginales como retaguardia. En 1996 la toma de la Base militar de “Las Delicias”- operación en la que los farquianos operaron como un cuasi ejército- fue la indicación empírica más importante del poderío militar por ellos alcanzado. A partir de allí entraron, entonces, a ser protagónicos en la vida política nacional.

 

3. 1998: las elecciones presidenciales: importante nivel de territorialidad bélico-político-electoral: fueron las Farc las que eligieron a Pastrana sobre Serpa siendo ellas también las que, por poderío militar en ascenso, impusieron una decisión política favorable, a escala del gobierno y de la ciudadanía, a  una salida negociada al conflicto armado. 

4. 1998-2002: la experiencia del Caguán: de hecho las Farc impusieron la zona de espeje y el gobierno la formalizó; al entrar rezagado y disminuido al proceso, Pastrana siempre estuvo a la zaga frente  a una organización subversiva que a toda hora llevó la iniciativa política. No pudo haber sido si no así por las razones ya anotadas, amén de otra adicional también central. En su memento la formulé así:

La táctica de despejes territoriales con fines de distensión

fue un acierto político aunque, en lo táctico militar, su apli-

cación en esa zona haya constituido un error”, pues las farc

ostentaban en el  Caguán evidentes , enormes e históricas

“ventajas comparativas de poder”.(8) 

5. 2002-2005: el gobierno de la Seguridad democrática: las farc retroceden pero militarmente no han sido derrotadas: de cara a un  Estado que, por vez primera vez en su historia, se decidió a llevar la iniciativa estratégica en materia de guerra interna; frente a un gobierno con toda su voluntad política y recursos e instituciones  e ideología y corazones ciudadanos y Medios de Comunicación y apoyos paramilitares y Estados Unidos puestos al servicio de la causa de la derrota de las guerrillas, las Farc decidieron salir de los cascos urbanos, donde se habían refortalecido durante la vigencia del Caguán, y regresar a hacer guerra de guerrillas desde donde siempre habían estado. Desde los campos colombianos. Y ello acompañado, donde fuese posible, de acciones militares con visos terroristas. Esto no obstante, derrotadas políticamente en muchos corazones ciudadanos, en otros  muchos son esperados todavía como objeto y sujeto de una  posible negociación racional y patriótica, sin embargo, como lo  ha reiterado un excelente analista progubernametal de la dimensión política de lo militar, Alfredo Rangel, las Farc militarmente no están derrotadas. 

Primera Conclusión:

Esto no obstante, algo claro va dejando el proceso de estos últimos años. No obstante los enormes daños causados por la Política de Seguridad democrática a las precarias reservas de democracia acumuladas en el  país, así como a su Cultura política, el  horizonte futuro de la guerra no será el mismo. De continuar vigente la salida militar, habrá que esperar que tome forma definitiva la nueva Estrategia militar farquiana que apenas empieza insinuarse. Para estos efectos, a favor de ellos juega su capacidad para formular adecuaciones estratégicas en lo militar contrastante con su fundamentalismo en materia doctrinaria. Por el contrario, si en un momento dado se abre paso una posible negociación, la flexibilización tantos de las demandas como de las concesiones será la tónica de parte y parte. Entonces, “ni todas las concesiones para las guerrillas y todo el peso del Derecho penal para las  Auc”, como fue el caso de la experiencia del Caguán. “Ni todas las concesiones para las Auc y todo el peso del Derecho penal para las guerrillas”, como ha sido el caso de la ya casi frustrada experiencia de Santa Fe del Ralito. 

La Guerra como representación colectiva 

Además de que la categoría transdisciplinar  “cultura” es uno de los términos centrales de mi enfoque analítico general, lo es, de modo, más efectivo, al utilizar el método de la comprensión para fijar los sentidos que la sociedad nacional le ha asignado a los actores directos de la guerra. Lo reiteramos. Para estos tiempos, por cultura entendemos aquel  repertorio, histórico y de origen social, se sentidos, símbolos, signos y valoraciones  que vertidos en discursos de representación nos permiten a toda hora hacer una interpretación subjetiva del mundo objetivo que nos rodea, de las personas que él habitan, así como de los fenómenos  en él acaecidos. Importa destacar que ese repertorio es técnicamente producido de acuerdo con propósitos particulares y que es difundido a escala por los Medios de información. Pero, ahí no termina la importancia de ese repertorio. El, en la circunstancia del momento, y no obstante la representación que sobre lo simbólico predomina- de que es ineficaz sirviendo sólo para hacer buena o mala literatura- socialmente es eficaz de modo elevado, pues las representaciones pueden forjar determinados niveles de realidad. Es ése uno de los debates de los neomarxismos con los viejos marxismos. Aquellos señalan que aunque las realidades objetivas, sobre todas las de la producción y la distribución  y el poder son básicas en la configuración de la vida y las dinámicas sociales, sin embargo,  a partir de los procesos mentales también se pueden forjar ciertos  niveles de realidad muy circunscritos  a corrientes de opinión, de actitudes y de conductas efectivas.

Como ya insinuamos en un comienzo, el gobierno de Uribe y sus dinámicas de tres  años pueden  encontrar una adecuada explicación a la luz de la teoría de las representaciones sociales.

Veámoslo de modo muy condensado.

Al periodizar el período comprendido entre 1996 y este 2005, en la evolución de la emocionalidad colectiva frente al problema de la guerra interna se pueden precisar los siguientes cuatro momentos centrales independientemente de lo que ella estuviese sucediendo en términos de  las relaciones militares de fuerza:  

1.      1996-1998: El Síndrome de “Las Delicias”: durante este período la sociedad nacional se movió entre la agudización de la tradicional desconfianza en las instituciones estatales y la formación de una representación social de casi derrotabilidad de las fuerzas militares del Estado. Pero, al comenzarse hablar en el primer semestre de 1998 de una posible negociación, empezó a bajar el tono de la angustia y la incertidumbre colectivas.

2.      agosto de 1998-agosto del 2000: El Caguán como Optimismo social: durante los dos primeros años del gobierno de Pastrana, la convergencia de una serie de circunstancias – entre ellas, la publicitada “química” entre Pastrana y  Marulanda Vélez, las expectativas creadas alrededor de la puesta en acción de  un “ Plan Co0lombia sobrecargado de dólares, la amplia confianza del gobierno en la construcción de una salida negociada y la incorporación de millares de personas a ese proyecto- relevantaron el animo colectivo . Fue así como la anterior representación asociada a la derrotabilidad del Ejército le fue abriendo paso a la de la posible negociabilidad del conflicto armado. Pero más  temprano que tarde este nuevo estado de optimismo colectivo empezó a resentirse de manera acelerada: Concesión que hacía el Gobierno en el  Caguán, concesión que era replicada en la conciencia ciudadana como “vergonzosa derrota” hasta que, a punta de concesiones, el país hizo el tránsito a un nuevo estado de ánimo colectivo.

3.      Agosto del 200- Febrero del 2002: El Caguán como Fracturación del Estado: a menos de dos años de iniciada, el país empezó a leer la experiencia del Caguán como una derrota política del Estado. De modo acelerado se impuso, entonces, la representación social del co-gobierno Pastrana-Marulanda Vélez. “De continuar hacia ese abismo”, así se lo imaginaron, sintieron y expresaron miles y miles de colombianos “o el Caguán se transformaba en un nuevo Estado o las  Farc se apropiarían ‘del Estado de todos’ para gobernar este país con los métodos bestiales por ellas evidenciados en la guerra”.

Fue éste el contexto, más picosocial que político, en el que, con inteligencia y de modo imaginativo y ayudado por los Medios de información,  entró a actuar Alvaro Uribe Vélez creando las condiciones simbólicas para que el país pasase a un nuevo estado de ánimo colectivo.

4.      Enero 2001- Febrero 2005: El  Cielo envía un Mesías para derrotar a las Farc: la representación social de que un “redentor” estaba ad portas empezó a configurarse con la crítica tenaz, persistente y coherente del aún precandidato presidencial Alvaro Uribe Vélez; tomó forma cuando  puso en  intensa circulación, casi de pueblo en pueblo,  una propuesta, todavía vaga, de manejo unipersonal  y autoritario del Estado, orientada a generar seguridad ciudadana; y se agigantó cuando, en el transcurso de diez meses, se sintonizó con el  estado de desazón colectiva, que clamaba que “alguien encarnando la autoridad del Estado” parase política y militarmente a las guerrillas. Como espuma en alborotada marea,  en apenas cinco meses, enero a mayo del 2002, fue subiendo en la intención del voto  sin necesidad de grandes movilizaciones político-electorales. De modo inteligente, los Medios de información lo fueron trepando hasta triunfar en la primera vuelta mediante una envolvente operación simbólica orientada, de un lado, a desprestigiar y satanizar la opción negociada, y, del otro, a imponer como alternativa válida la opción militarista. Desde entonces Uribe Vélez, con altibajos como los del referendo que durante tres días le cortaron el habla, no se ha querido desprender de la opción  de hacer política desde y en  el corazón de una ciudadanía atemorizada de modo planeado. 

Segunda Conclusión: 

En lo que respecta a la política, las Estrategias de manejo de lo simbólico siguen dos orientaciones básicas excluyentes .De un lado, las que se proponen reproducir, ampliada, la subordinación ciega de la ciudadanía a los poderes institucionales. Y del otro, las que se orientan  a enriquecer a los ciudadanos  permitiéndoles ya domar distintas formas de  alienación ya acceder a maneras liberadoras de emancipación. En nuestro concepto, en esos dos extremos se ubican las nuevas derecha e izquierda. Abundan las pruebas empíricas que señalan como Uribe se ha inscrito en la primera línea en sus propósitos de  llevar a la gente de la “jeta” despojada de juicios racionales y prisionera de las meras emotividades bélicas.

Para este año 2005 Uribe parece estar llegando a los límites objetivos para un manejo eficaz de lo simbólico. Hasta ahora, el Presidente en sus ya casi tres años de gobierno ha patrocinado cuatro tipos de polarizaciones. Una, claramente simbólica, alrededor de la guerra. Con bastante éxito, ha querido arrastrar a una mayoría de  colombianos en el marco de las relaciones amigo-enemigos cuando existe un importante sector de la ciudadanía que, sin estar de acuerdo con las guerrillas, se muestra dispuesta a tratarlos como contrincantes políticos para el caso de una negociación adelantada bajo un modelo distinto del  practicado en el  Caguán. En la actualidad de este 2005, contra este propósito del presidente ha empezado a conspirar el notable incremento de ciudadanos partidarios de una negociación. La otra polarización importante fue la presentada alrededor del referendo. En ese caso, el gobierno de ‘peapá’ equivocó la estrategia. Quiso manejar con lógicas simbólicas bélicas lo que era una genuina confrontación política y  social. La coyuntura del referendo, por otra parte, reveló las grandes limitaciones de las Estrategias simbólicas. Pueden ser válidas y eficaces en el corto plazo, pero, con  dificultad, lo son en el mediano. Por otra parte, en esa coyuntura también se evidenció que el manejo de lo simbólico puede tornarse contraproducente cuando se hace un uso intensivo abusivo de los imaginarios. Así  fue como se comportó Uribe durante esas semanas. La otra polarización, ya más claramente doctrinaria y política, es la que por estos meses se ha venido produciendo alrededor de su reelección como presidente. Aquí  las relaciones de poder van a ser más eficaces que el manejo por parte de los Medios de las representaciones sobre Uribe. Finalmente, Santa Fe del Ralito ha sido la fuente de la cuarta polarización. En este caso, el ámbito   de acción de lo simbólico es muy estrecho. Desde hace por lo  menos una década, un amplio sector de colombianos sabe, desde el corazón y desde el bolsillo, cómo y por que apoyó a los paramilitares. Es por esto por lo que Santa Fe del Ralito, al lado de La “Operación Patriota”, pueden llegar a ser la tumba de la Política de Seguridad democrática. Esto en lo que respecta, por lo menos a la presión internacional. La europea, sobre todo, porque en lo interno como decimos en nuestro último libro:

Miles de colombianos no son paramilitares armados,

pero culturalmente son paramilitares. Han asumido la

cultura paramilitar como  referente simbólico de  una

estrategia de reorganización institucional del país. Re-

organización enhebrada desde la vida municipal, vere-

dal y familiar. Es decir, desde los fundamentos institu-

cionales mismos de la vida colectiva. Entonces,¿hacia

dónde va Colombia? En medio de la actitud sorda del

ya clásico y estereotipado 75% de colombianos  que

dicen sentirse “seguros” de cara al futuro del país, el

mundo entero nos los ha venido advirtiendo aún desde

la misma nación gobernada por Bush. O si no ¿cómo ex

plicar los preocupantes editoriales cósmicos del “Chica-

go Tribune” y del “New York Times” sobre el pasado, el

presente y el futuro del paramilitarismo en  Colombia?

¿No bastará con la experiencia guatemalteca? “. 

Se recomienda  la lectura de:  

Atisbos Analíticos, entre los Nos. 20 y 40, todos ellos dedicados a examinar la coyuntura del gobierno de Uribe.

 

1.      Castro-Gómez, Santiago, “Historicidad de los Saberes, Estudios culturales y Transdisciplinariedad”, en, A. Flórez y C.Millán, DesafíosDesafíso de la Transdisciplinariedad(Bogotá:Ceja, 2002.

2.      Idem

3.      Vélez Ramírez, Humberto, “Ciencias sociales y Guerra en Colombia”, IEP, universidad del Valle, 220 pgs, 2003, Borrador.

4.      Velez Ramírez, Humberto, Secuestro, ECOPAIS, Cali, 2005, en prensa.

5.      “Atisbos  analíticos No 40, marzo de 2000

6.      Noah Kramer, Samuel, La Historia Empieza en Sumer, Ediciones Orbis, BARCELONA, 1985.

7.       Alain Joxe, “Historia de la Guerra”, en , Guerra, Violencia y Terrorismo, Universidad Nacional-Red de Universidades por la Paz y la Convivencia, Botá 1999.

8.      Vélez Ramíez, Humberto, Pastrana, La Ciudad y la Guerra, ECOPAIS, Cali, 2000.

 

 

ATISBOS  ANALÍTICOS NO. 49, Cali, Marzo  de 2005,

Humberto Vélez Ramírez, ECOPAIS, UN NUEVO ESTADO PARA UN NUEVO PAÍS

Conferencia dictada a los  Estudiantes de Estudios políticos y Resolución de Conflictos de La Universidad del Valle, Cali, Febrero de 2005, Salón Cultural, Instituto de Educación y Pedagogía, Universidad del Valle.

 

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