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Rusia: las invasiones bárbaras
Resumen En el siglo XIII,
los mongoles, con el imperio más grande del mundo controlado por un solo hombre
(Gengis Khan) conquistaron Rusia, aunque luego ejercerían sobre ella un dominio
indirecto que le permitiría conservar sus leyes y sus costumbres. Hasta hoy, y
más con la pérdida de identidad provocada por el derrumbe de la Unión Soviética,
la intelectualidad liberal y la conservadora debaten el papel de los nómadas de
la estepa en Eurasia, que se conoce mejor desde los trabajos de Lev N. Gumilev.
En conclusión, para muchos, entre los rusos y dichos nómadas surgió una síntesis
particular: Rusia no es Occidente ni Oriente, sino la cuna del eurasiatismo y el
puente entre Europa y China, puente que ahora puede descomponerse bajo
influencia occidental o revitalizarse por la política exterior de Moscú. Después de la caída
de la Unión Soviética, en 1991, los habitantes –rusos, sobre todo- e
intelectuales de ese país se encontraron en una situación inédita: poco más
de 70 años de progreso aparentemente ascendente y rectilíneo habían
desembocado en el derrumbe. En Occidente, como en buena parte de la
intelectualidad liberal rusa, se afianzó la idea de que el “experimento
socialista” había fracasado, y que no podía ser de otro modo. Desde el ángulo
de los “totalitarismos”, no faltaron incluso las comparaciones entre el
fascismo alemán, derrotado en Stalingrado, y el socialismo soviético: el
vencedor y el vencido valían prácticamente lo mismo, es decir, nada en
comparación con las virtudes del liberalismo occidental triunfante. Nunca en la
historia moderna se había visto confrontado un país –que por lo demás
desaparecía de la noche a la mañana- a la idea de que carecía de Historia, y
de que décadas de su pasado no habían valido para gran cosa, más que para
desembocar en un callejón sin salida. No sin cierta mentalidad de servidumbre,
y olvidando con frecuencia las agresiones del exterior, muchos en Rusia se
vieron orillados a preguntarse qué “culpa” estaban pagando por haber caído
en el empantanamiento y en el autodenigramiento. No es la primera vez que
ocurren fenómenos de esta índole en la Historia. Cuando los “bárbaros” de
oriente invadieron Rusia, la Iglesia lo consideró cual manifestación de la ira
divina por los “pecados” del pueblo ruso, mientras que en Occidente se
consideraba próxima la llegada del Anticristo, y tanto el Papa como Luis IX de
Francia enviaron embajadas para tratar con el Gran Khan para enterarse de la
realidad de las estepas y la ruta de la seda. Para la
intelectualidad liberal, minoritaria (como lo es hasta hoy), la “desviación”
de más de 70 años debía corregirse “reintegrando
a Rusia a la civilización”, como si hubiera salido de ella, y adoptando la
democracia y el libre mercado. A fin de cuentas, Rusia no conoció nunca un
capitalismo sostenido en el tiempo (era apenas incipiente en 1917), ni mucho
menos la democracia, que los bolcheviques habían cortado de cuajo en el mismo año.
El estalinismo era una consecuencia natural del proyecto leninista y, en ésta
atmósfera, llovieron las acusaciones contra quienes, por su ambición de poder,
fueron llamados “genéticamente bolcheviques”. Vassili Grossman
escribió en su tiempo que, efectivamente, los bolcheviques, y Lenin en
particular, sentían un profundo desprecio por la democracia y la libertad.
Pero, para Grossman, el resultado no había sido la “desviación” del curso
orgánico de la historia rusa: el bolchevismo terminó en realidad por hacer
“despegar” a la Unión Soviética conjuntando, como en el milenario pasado
ruso, el progreso y la servidumbre. Entre la intelectualidad conservadora, este
tipo de tesis no dejó de encontrar algunos ecos, aunque para intentar comprobar
que, incluso enemistando a “rojos” y “blancos”, el bolchevismo sí había
quebrado la continuidad histórica orgánica de Rusia. De este modo, el gigante
había perdido sus mejores tradiciones y el ruso se había extraviado. Para
algunos, demagogos como Vladimir Jirinovski, el principal problema consistía en
que Rusia había perdido su “grandeza imperial”. Para otros, antiguos
disidentes como Alexander Solzhenitsin, la degeneración moral de Rusia tenía
que ver con la destrucción de las raíces campesinas y sus tradiciones a la vez
colectivas y democráticas. Muchos volvieron sobre la eslavofilia, el panrusismo
y la búsqueda de la “originalidad” de la historia rusa, negada desde
Occidente. Algunos más, como Alexander Dughin, consideraron volver sobre el
“eurasiatismo” ruso: el gigante no pertenece a Occidente ni a Oriente, y fue
en este marco que algunas voces llegaron a considerar: “los mongoles nos
trataron mejor que los bolcheviques”. Los más cautos, como Guennadi Zyuganov,
buscaron encontrar una línea de continuidad entre la historia rusa y la soviética,
para no provocar una ruptura orgánica más. Lo cierto es que, de la noche a la
mañana, el pueblo soviético –y en particular el ruso- se vieron inmersos en
una historia que hasta los años de Gorbachov, en los ’80 del siglo pasado, se
antojaba imposible: un reducido grupo de oligarcas se hizo con el poder durante
la época de Yeltsin, y el extravío del ruso parecía llevarlo de manera
ineluctable a la criminalidad, el alcoholismo, la estafa y hasta el racismo.
Entretanto, las ex repúblicas soviéticas, las “hermanas menores” de antaño,
se separaron de Moscú. “La transparencia ofrecía abrir el grifo de agua
pura, pero destaparon las cloacas”, declaraba el cineasta Nikita Mijalkov. Rusia entró en el
camino de la occidentalización, si por ello se entiende la democracia, aunque
limitada, y el imperio del libre mercado, pero al precio de extraviar la
identidad. El pasado había sido el del “despotismo asiático” de Stalin,
comparado por Putin a un “Tamerlán”: para la intelectualidad liberal, este
“asiatismo atávico”, que se remonta hasta la época de los mongoles,
explica hoy las dificultades para la consolidación de la democracia.
Así, la intelectualidad rusa se encontró profundamente dividida sobre el
pasado, y en él, sobre el papel que alguna vez tuvieran las “invasiones bárbaras”. La historiografía
ha avanzado lo suficiente para establecer, con cierta exactitud, el carácter
que tuvieron esas invasiones. No deja de sorprender que incluso un Zbigniew
Brzezinski (ex asesor de Seguridad de James Carter), partidario de seguir con la
“contención” contra Rusia, reconozca una peculiaridad del imperio mongol,
que fuera alguna vez el más grande del mundo dominado por un solo hombre:
Gengis Khan. Para Brezinski, el imperio mongol, basado sobre la dominación
militar (los mongoles fueron mucho más disciplinados que los hunos), no entrañaba
ningún sistema económico o financiero organizado, ni la afirmación –tan
frecuente en los imperios, hasta hoy en día- de un sentimiento de superioridad
cultural, ni siquiera étnica. De ahí que, a fin de cuentas, los mongoles hayan
terminado por ser asimilados por los países que habían sojuzgado, a menudo más
avanzados culturalmente, una vez que el imperio sucumbió a sus divisiones
internas. Después de mantenerse por dos siglos, desde 1206 hasta 1405, el mayor
imperio de base terrestre del mundo desapareció casi sin dejar huellas. Ni
siquiera corresponde el imperio mongol al “modo de producción asiático”
que despertara interés entre los estudiosos marxistas. En todo caso, la
asimilación de la que habla Brzezinski también se produjo entre mongoles y
rusos. Muchos consideran que las invasiones mongolas no aportaron casi nada de
valor cultural a Rusia, y que más bien retardaron su progreso. Pero también es
cierto, como habremos de verlo, que cierta tolerancia permitió que los rusos
siguieran creando su cultura propia. Cuando los
mongoles invadieron Rusia de 1237 a 1240, lo hicieron con la brutalidad que ya
los había caracterizado en otras latitudes, desde China hasta el mundo islámico,
por lo que, originalmente, redujeron a los rusos al aturdimiento aterrorizado y
los intentos de retirada y huída. En 1237, Batu Khan, jefe de la Horda de Oro y
nieto de Gengis Khan, ya había arrasado con el reino de los búlgaros del
Volga, y en tres años lo conquistó todo, menos una parte de la antigua Rusia
de Kiev, antes de lanzarse sobre Europa central. Batu, chamanista, adquirió a
la larga fama de magnificencia principesca y era conocido entre sus súbditos
con el nombre de “Sayin Khan”, por su sabiduría, sentido de la justicia,
generosidad y liberalidad. Batú murió en 1255 y la Horda de Oro fue gobernada
durante un siglo por sus descendientes directos. La única gran
ciudad de Rusia que no conquistaron los mongoles fue Novgorod, en el norte,
aunque Batu intentara marchar sobre ella. Los príncipes rusos fueron incapaces,
por sus disensiones internas, de presentar un frente unido, y Batu estableció
finalmente su capital en la ciudad de Sarai, en el Volga inferior. La Iglesia
rusa interpretó la invasión como un castigo enviado por la ira divina, ya que,
antes del acontecimiento, los príncipes rusos eran incapaces de resolver sus
incesantes disputas, y el pueblo mismo había pecado, como decía el obispo
Serapión de Vladimir, por sus cortejos, la usura, el latrocinio, el adulterio,
el lenguaje soez, la calumnia, el perjurio y la injuria, entre otras “obras de
Satán”. Para atenuar el castigo divino, Serapión prescribía la humildad y
la caridad. Ciertamente, por contraste, los mongoles –cuya principal virtud
era la paciencia- eran igualitarios y detestaban los excesos de títulos honoríficos
(Gengis Khan prefería los consejos de un monje taoista): el incumplimiento de
la palabra –que era solemne en un pueblo analfabeto- resultaba odioso,
mientras que el robo y el adulterio se castigaban con la muerte. De acuerdo con
el código mongol, incluido en el “Yassa” (las leyes de Gengis Khan), los
muchachos debían obedecer a sus padres y los hermanos menores acatar a los
mayores; el rico debía ayudar al pobre y los inferiores tenían que respetar a
sus superiores. En estas condiciones, es poco probable que, como lo han sugerido
algunos historiadores, prácticamente lo único que hayan heredado los rusos de
los invasores –un pueblo igualitario, como ya se ha sugerido- haya sido la
crueldad y el gusto por el despotismo: esta interpretación no deja de parecer
un estereotipo necesario para “explicar” o “justificar” ciertos
atavismos de la historia rusa. Ello no quiere decir que esta crueldad no haya
existido, y Harold Lamb ha propuesto como explicación que, en su simplismo,
“Genghis tomó del mundo lo que deseaba para sí y sus hijos y lo hizo por
medio de la guerra, porque no conocía otros caminos. Lo que no deseaba, lo
destruía, porque no sabía qué hacer con ello”. Es por cierto una
particularidad que no pareciera ser exclusiva de los antiguos mongoles, ni de
los viejos imperios. Existe un elemento adicional que relativiza la hipótesis
de la crueldad heredada de los mongoles: éstos, en realidad, ejercían únicamente
un control indirecto sobre los territorios eslavos orientales sometidos, para
recaudar el tributo, y no había en éstos una red de guarniciones de tropas
“bárbaras” ni de funcionarios fiscales, como no fuera para campañas
militares y eventuales “expediciones de castigo”. Para los mongoles, que
contaban por lo demás con un excelente espionaje, bastaba con mandar
“observadores” para estar al tanto de los acontecimientos políticos en los
territorios sometidos y castigar las insubordinaciones. Luego de
enfrentarse entre 1240 y 1242 a quienes desde Occidente buscaban conquistar
Rusia (los lituanos paganos, los suecos católicos y los Caballeros Teutones),
en lo que algunos historiadores rusos han considerado como “puñalada por la
espalda”, el victorioso Alejandro Nevski, defensor de Novgorod, optó por no
ofrecer resistencia a los mongoles y reconoció su soberanía. No está de más
recordar que en el siglo XIII la Europa católica había iniciado una cruzada
contra la Iglesia ortodoxa, los griegos y los rusos. En el año 1204
Constantinopla había sido tomada por los cruzados, que crearon el imperio
latino en lugar del bizantino. Los letones y los estonios habían sido
sometidos, para ser convertidos en siervos, y el mismo destino parecía aguardar
a Rusia. En 1242, Alejandro Nevski viajó a Sarai y se hermanó con el hijo de
Batu Khan, Sartak. El mismo Batu permitió que Alejandro Nevski, cuyo valor lo
había impresionado, siguiera siendo príncipe de Novgorod, siempre y cuando
pagara el tributo. Más tarde, los mongoles designaron a Alejandro Nevski Gran
Príncipe de todas las Rusias. La tierra rusa se había salvado de la invasión
de los cruzados, y entretanto se multiplicaron las simpatías de Sartak
–bautizado según el rito nestoriano- hacia el cristianismo. Rusia también
frenaba las oleadas de mongoles hacia Occidente. Pero los novgorodenses no se
sometieron fácilmente al pago del tributo. Nevski, temiendo un nuevo ataque
mongol, hizo en 1263 otro viaje a Sarai para interceder por su pueblo. Consiguió
que se suspendiera cualquier castigo, pero murió en el viaje de regreso. El
metropolitano de Rusia pronunció su oración fúnebre: “hijos míos, sabed
que se ha puesto el Sol de Rusia”. Con todo, aunque despiadados en el cobro
del tributo, los mongoles permitieron, como lo hacían en otras latitudes, que
los rusos siguieran con sus costumbres y sus leyes, y fueron notablemente
tolerantes con la Iglesia: el clero no pagaba tributo y estaba exento de
reclutamiento. Mientras tanto, los obispos ortodoxos rezaban por los
conquistadores, y se fundó incluso una diócesis en la Horda de Oro. La Iglesia
pudo proseguir así, aún con su espíritu de penitencia, con su labor cual única
fuerza unificadora de un pueblo desmoralizado. Si al principio los mongoles
enviaban a sus propios recaudadores de tributos, luego encomendaron la tarea a
los príncipes rusos, obligados a ir a Sarai o de vez en cuando hasta el cuartel
del Gran Khan en Karakorum (Mongolia), para la renovación de la investidura. En
sus disputas, los príncipes llegaban a buscar la ayuda de los mongoles contra
los enemigos de su propia sangre. Los mongoles pronto se dieron cuenta de las
pugnas intestinas, los recelos y las intrigas entre los príncipes rusos, y la
Horda de Oro, al mismo tiempo que buscaba preservar ciertos equilibrios, acabó
ayudando a la nobleza y a los boyardos a eliminar la ira popular y los
movimientos democráticos que habían subsistido en algunas ciudades. Para algunos
historiadores (Goehrke;Hellmann; Lorenz y Scheibert), el hecho de que el centro
de gravedad de la Rus’ se desplazara de Kiev hacia el nordeste no puede
considerarse una consecuencia del ataque mongol, puesto que esta evolución había
comenzado en el siglo XII. Tampoco puede atribuirse a los mongoles cierta
decadencia del comercio ruso con países lejanos, que también había comenzado
en el siglo XII. En cambio, los ataques bárbaros provocaron que la economía
agraria se limitara a autoabastecerse, que el urbanismo no progresara y que los
artesanos –como ocurría en otras latitudes conquistadas por los mongoles-
fueran asentados en la capital de la Horda de Oro, Sarai. En perspectiva,
para Goehrke, Hellman, Lorenz y Scheibert, el dominio mongol no constituyó una
ruptura en la historia de Rusia, que se encontraba en dificultades desde antes
de la llegada de los “bárbaros”. El particularismo que durante los siglos
XII y XIII se había impuesto en amplias regiones de la Rus’ fue tolerado, o
incluso impulsado por los mongoles para preservar el equilibrio de fuerzas entre
los distintos principados secundarios. Es solo indirectamente por influencia de
la Horda de Oro que el futuro reino de Moscú, bajo dependencia tártara, comenzó
a separarse cada vez más de Occidente. Para otros
historiadores, como Yuri Afanasiev, existe algo de condenable en la
“colaboración” con el invasor desde Alejandro Nevski, aunque éste haya
sido objeto de veneración por la Iglesia ortodoxa rusa, que lo canonizó, y ya
en la época moderna por Serguei
Eisenstein, Serguei Prokofiev o incluso por Stalin. Nevski, para Afanasiev,
terminó con la amenaza de las invasiones occidentales, pero inauguró, con su
colaboración con los mongoles, la “tradición”-supuestamente rusa- del
“poder a cualquier precio”. Era para asociarse como fuera al poder que las
grandes familias rusas acudían a la capital de la Horda de Oro, un auténtico
palacio de oro, con un esplendor que no existía en las ciudades de Rusia, que
acababan de ser saqueadas. Se formó así –para Afanasiev- la fascinación por
el poder absoluto, ilimitado, imprevisible, fuera de alcance y de una crueldad
inimaginable. Moscú acabaría por convertirse en el símbolo de este tipo de
poder, decidido a destruir a cualquier competidor, sin admitir ningún
compromiso con él. Para Afanasiev, el poder en Rusia fue siempre monista: solo
reconocía el ejercicio de la fuerza y las presiones, y no aceptaba a nadie como
interlocutor. Curiosamente, el historiador de referencia ha podido concluir que
el poder ruso lleva en sí “los genes de la Horda de Oro”. Si se toma en
cuenta, como ya se ha dicho, que el dominio mongol fue indirecto y toleró las
leyes y las costumbres rusas, las aseveraciones de Afanasiev pueden parecer
exageradas. En perspectiva, lo cierto es que no había comparación entre los
invasores occidentales que frenó Nevski y los provenientes de las estepas. Los
primeros llegaban a Rusia con la espada y la cruz. Aunque crueles, los segundos
resultaron a fin de cuentas más tolerantes: no exigían la “conversión” de
nadie, y podían ocasionalmente asimilarse al vencido. En Sarai y Nueva
Sarai (la Sarai de Berke, hermano de Batu), la Horda de Oro recibió distintas
influencias y logró construir una notable civilización urbana, según Gavin
Hambly. Durante los reinados de Uzbek (1313-1340) y de su hijo Janibek
(1342-1357), la Horda de Oro se islamizó en todos sus aspectos, por lo que el
Yassa mongol fue perdiendo fuerza, aunque no todos los súbditos fueran
musulmanes. Los visitantes solían quedar impresionados por la riqueza y el
poder de los khanes, por su ceremoniosidad y magnificencia, y por el respeto con
que se trataba a las mujeres. Las ciudades gobernadas por la Horda de Oro se
convirtieron en ricos centros de artesanía y comercio, con sus bazares y su
población cosmopolita. El hecho de que, en 1332, Uzbek concediera el título de
Gran Duque a Iván I de Moscú, hizo que ésta ciudad se engrandeciera a costa
de sus rivales rusas. En 1380, el general tártaro Mamai, que aspiraba al mando
de la Horda de Oro, atacó al Gran Duque Dimitri y fue derrotado en Kulikovo
Polye. La Horda de Oro replicaría más tarde atacando Moscú en 1382 y forzando
al ducado a volver a pagar el tributo. Posteriormente, mientras otro
descendiente de Batu, Tuqtamish, conseguía el mando de la Horda, ésta se vio
desafiada por la llegada de Tamerlán, quien llegó hasta la ciudad rusa de Riazán
y devastó Azaq, Nueva Sarai y Astraján. El derrumbe de Tuqtamish despejó el
camino para que emergiera la última figura importante de la Horda de Oro,
Idiku, quien murió en 1419. Con el tiempo, la
temible Hora de Oro se deshizo, y su lugar fue ocupado por tres
“subkhanatos”: el de Crimea, el de Kazán y el de Astraján, que con todo
prevenían nuevas incursiones provenientes de oriente. En el
khanato de Crimea, fundado alrededor de 1430 por Hajji Girei,
descendiente de Tugha Timur (un hermano de Batu), se impuso el Islam, y no fue
sino hasta 1771 y la anexión definitiva de 1783 que Rusia pudo recuperar este
territorio. El khanato de Kazán, fundado igualmente por descendientes de Batu,
correspondía aproximadamente al antiguo reino de los búlgaros en el Volga
medio y Kama, tenía población turcófona y, en medio de pugnas intestinas,
terminó dependiendo de los grandes duques de Moscú. El khanato de Astraján,
fundado en 1466, jugó un papel menor, aunque conservara algo de la importancia
comercial de la antigua Sarai. La historia de estos tres espacios se convertiría
en la de la resistencia a las contrainvasiones rusas. Fue el zar de Moscovia,
Ivan IV El Terrible (1533-84) quien, luego de multiplicar las defensas de las
estepas con población y caseríos fortificados, acabó con la independencia de
Kazán en 1552 y anexó el territorio, no sin antes masacrar a la población
masculina, convertir en esclavos a las mujeres y los niños y arrasar con las
mezquitas. En 1554, Ivan El Terrible despachó un fuerte ejército a Astraján,
que instaló un khan tributario (Dervish), y acabó con su independencia con la
anexión de 1556. Si el khanato de Crimea resistió más tiempo, es en la medida
en que la dinastía Girei aceptó la soberanía otomana y obtuvo la protección
de las flotas marítimas y los ejércitos de la Sublime Puerta. Aunque los rusos
conquistaron varias veces Azov (1699, 1739), tuvieron que retroceder hasta que
en el Tratado de Kuchuk Kainarji (1774) la Puerta reconoció la
“independencia” de Crimea. (Potemkin finalmente anexó Crimea en 1783). Los
rusos de los bosques y los turco-mongoles de las estepas habían peleado así,
por siglos, por el dominio de Eurasia, durante mucho tiempo uno de los pasos de
Europa hacia China. Finalmente, el Estado moscovita se abrió el camino de
Siberia, las estepas del sur hasta los mares Negro, Caspio y de Aral, el Caúcaso,
Transcaucasia y el Asia central meridional. Mientras este paso a Oriente se iba
“cerrando” – Marco Polo lo había hecho famoso por las rutas de la seda-,
los europeos buscaron otros caminos, entre ellos el que llevó a Colón al
Descubrimiento de América. Como ya se ha dicho, hay quienes sostienen que las invasiones provenientes de oriente dejaron entre los rusos la impronta de la crueldad y el despotismo. Esta creencia, con el paso del tiempo, se volvió tan firme que los ingleses, por ejemplo, antes del viaje de 1554 del explorador Richard Chancellor, creían que el canibalismo era común en Rusia y que el país estaba lleno de criaturas fantásticas. Mucho más tarde, ya en el siglo XX, el Occidente más recalcitrante no dejó de utilizar esta imagen del ruso cual “bárbaro” asiático, medio hombre, medio bestia: después de todo, se decía incluso que, en el comunismo soviético, “el Estado se robaba a los niños” y cosas por el estilo. Al término de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes del Este huían atemorizados no por la derrota del nacional-socialismo alemán, en plena retirada, sino por el temor a la “barbarie” del Ejército Rojo, del que se suponía que arrasaría con todo, mataría a cuanto hombre encontrara, violaría a las mujeres, se llevaría a los niños y más, a tal grado había llegado el retrato hitleriano de los habitantes de las estepas, considerados inferiores. Otros, como el líder de la doctrina euroasiática, D. Svyatopolsk-Mirsky, llegaron a interpretar el bolchevismo como una manifestación de la energía nacional que Rusia había heredado directamente de los grandes pueblos nómadas de la estepa. El príncipe N.S Trubetskoi consideraba en cambio, en los años ’20 del siglo pasado, con frecuencia desde el exilio y contra el conformismo oficial soviético, que el bolchevismo podía ser una forma disfrazada de europeísmo, cuyo materialismo podía amenazar las bases esprituales y la singularidad nacional de los herederos del legado de Gengis Khan. Entre la intelectualidad conservadora, estas tesis recobraron vigor con la apertura de Gorbachov. Durante mucho
tiempo, como hasta hoy, tampoco hubo entre los historiadores soviéticos, y en
especial rusos, acuerdo sobre el significado que debía atribuirse a las
invasiones mongolas. El “temor al oriente” era inveterado: mientras en la
Biblia el profeta Jeremías se refería a la “calamidad venida del Norte” y
el “gran desastre”, en la literatura griega, de Homero a Esquilo, y en los
textos hipocráticos, se hablaba de criaturas a la vez fantásticas y horribles:
eran los escitas (a los cuales dedicara un poema Alexander Blok). En la Antigüedad,
la denominación “escita” se utilizaba como nombre genérico para designar
los nómadas de la estepa en general: lo cierto es que habrían alcanzado su
esplendor en el siglo IV a.C. y desafiado a Alejandro Magno, para ser vencidos
por los sármatas, pueblo con fuerte componente eslavo, y desaparecer del mapa a
partir del siglo II a.C.. En La guerra y la paz, cuando Tolstoi quiso expresar
la estupefacción de Napoleón ante la “irracionalidad” rusa al contemplar
la ciudad de Moscú en llamas y a sus habitantes quemando sus hogares, le hizo
exclamar: “!Qué pueblo! Esto son los escitas!”. De la particular visión
del mundo de los escitas ha quedado un arte que “nunca habla para no decir
nada”. El arte ruso también habría de caracterizarse por el aspecto
trascendental de la búsqueda y la reivindicación de la expresión de verdad. Fue solo con los
trabajos de Lev Gumilev que, por fin, tanto Rusia como Occidente pudieron
formarse otra idea de la multiplicidad de los pueblos nómadas de la estepa. En
los últimos tiempos, con la apertura soviética, Gumilev ganó reputación
entre la intelectualidad conservadora. La carrera de este historiador no fue
nada fácil: fue hijo del poeta Nikolai Gumilev, fusilado en 1921 bajo el cargo
de haber participado en una conjura monárquica, y de la famosa poetisa Ana
Ajmatova, nacida Ana Andreievna Gorenko, pero que adoptó aquel seudónimo por
un antepasado familiar, Ajmat Khan, un mongol descendiente de Gengis Khan. Lev
Gumilev fue arrestado y encarcelado en varias ocasiones durante el periodo soviético.
Al conseguir la libertad en 1956, al cabo de 20 años de persecuciones y
castigos, pudo proseguir su carrera como historiador: publicó diversos libros
sobre los hunos (1960), los jázaros (1966) y los antiguos turcos (1967), hasta
que en 1970 apareció La búsqueda de un reino imaginario. La leyenda del Preste
Juan, sobre el rey-sacerdote cristiano que la Europa medieval creía residía en
algún lugar remoto de Asia, y sobre la Iglesia nestoriana, que inspiró las
hazañas de los mongoles. Gumilev dedicó el libro “al amistoso pueblo
mongol”, el mismo al que el realizador ruso Nikita Mijalkov dedicó su filme
Urga, donde un ruso extraviado descubre la sencillez de las costumbres de las
estepas, por contraposición con el materialismo occidental, el extravío ruso e
incluso con la “occidentalización” de China. Gumilev fue el creador de la
teoría de la etnogenia (la formación de pueblos nuevos a través de la
transformación de los anteriores), desafortunadamente desconocida en un
Occidente hoy proclive a la reivindicación de las “etnicidades”. Para
Gumilev, es incorrecto pensar que en las sociedades nómadas el progreso era
imposible: los nómadas en general, y los hunos y los turcos en particular,
inventaron algunos objetos que hoy en día se han hecho indispensables para la
vida de la Humanidad. Curiosamente, es el caso de los pantalones...y del
estribo, como el del sable curvo, el arco largo y la yurta redonda, por mucho
tiempo considerada la vivienda más cómoda y moderna. Es también por Gumilev
que se sabe ahora que, en el origen, los mongoles, a diferencia de los tártaros,
eran un pueblo de alta estatura, con barba, pelo rubio y ojos azules, hasta que
su aspecto cambiara por matrimonios mixtos con las numerosas tribus vecinas, de
baja estatura, cabello oscuro y ojos negros. En todo caso, si ha de seguirse a
Gumilev, Eurasia, escenario natural de la particular “etnia” rusa, creó
entre ésta y los nómadas de las estepas una identidad cultural y espiritual
singular. Desde este punto de vista, se antoja imposible que esta identidad se
“aclimate”, sin “perder el alma”, a las costumbres occidentales. Si con Alejandro Nevski los rusos se salvaron de las cruzadas, es igualmente cierto que, ya en la expansión del imperio hacia el Este, Moscú no procedió con “la cruz y la espada”, a diferencia de lo que ocurriera con la conquista occidental del Nuevo Mundo. Cierto es que, en un principio, no faltaron las escaramuzas entre los cosacos de Yermak, que abrían el camino del zar hacia Siberia, y algunos grupos preestablecidos. Pero la “conquista del Este” nunca tomó, como en Estados Unidos, la forma de un exterminio masivo de los nativos, ni, como en el Sur de América, la de una hecatombe de las civilizaciones preestablecidas. La expansión del imperio ruso hacia oriente fue particularmente rápida, mucho más breve que el tiempo que tomaron los norteamericanos en conquistar el Oeste. En menos de 70 años, los rusos se abrieron paso hasta el Océano Pacífico , duplicando en exceso el tamaño de su imperio. En 1630 llegaron a Yakutsk, en las orillas del río Lena, y en 1647 alcanzaron el mar de Ojotsk, donde se toparon con los chinos manchúes. Durante dos siglos, los rusos ya no pudieron seguir su expansión hacia Manchuria. Más tarde, los rusos habrían de expandirse hacia el Caúcaso y el Asia Central, siempre sin recurrir ni a la espada ni a la cruz. Es así que, a diferencia de lo ocurrido en América, tanto las pequeñas comunidades primitivas como los herederos de las grandes civilizaciones preestablecidas pudieron sobrevivir en la Federación Rusa, y en lo que los rusos llaman hoy el “extranjero cercano” (las repúblicas ex soviéticas del Caúcaso y Asia Central). Ello habría de impedir, al mismo tiempo, que los rusos idealizaran un “pasado primitivo” o un “pasado esplendoroso” perdidos para siempre. Los rusos habían respetado las tradiciones de las comunidades primitivas siberianas y las religiones de las civilizaciones asiáticas, como el Islam. Incluso durante el periodo soviético, que probablemente haya sido un periodo durante el cual se prosiguió con la “rusificación” de regiones lejanas, los “colonialistas” se aseguraron de que la brecha en los niveles de vida entre las periferias y el centro no fuera tan grande. Desde este punto de vista, difícilmente puede hablarse de Rusia como de un imperio tradicional, en el estilo de muchos de los imperios occidentales. Hasta el siglo XX, un viajero como Hugo Portisch podía describir el prodigio de nómadas de la estepa, buriatos de Irkutsk, que figuraban entre las personas mejor vestidas y más encantadoras de la ciudad siberiana, y que representaban, con una famosa Orquesta Sinfónica, “El barbero de Sevilla” de Rossini. Nada tenía que ver ello con la suerte corrida por los nativos de América, embrutecidos, reducidos a reservaciones en el Norte, y a trabajos forzados en las minas y las haciendas del Sur. Hoy, el territorio
euroasiático ha salido de su relativo encierro y, desde Siberia hasta la
antigua ruta de la seda, se ha convertido en un lugar para la frenética búsqueda
de recursos naturales, en particular el petróleo: en esta búsqueda participan
tanto empresas rusas como occidentales, estadounidenses incluidas. El conjunto
de Eurasia, como Rusia, no ha escapado a una vertiginosa occidentalización y a
cierta descomposición, desde la apertura de los años ’80, aunque –hecho
significativo- no ha estallado, a diferencia del Caúcaso, ningún conflicto étnico
que haga suponer resentimientos contra el “imperio”. La intelectualidad
conservadora, desde hace tiempo, teme por la explotación desmesurada de los
recursos naturales euroasiáticos y, ahora, por el impacto que pudiera tener
sobre un mundo tradicionalmente pacífico la llegada de los “nuevos
cruzados”, turistas y transnacionales. De igual forma, existe cierto temor por
el auge de la inmigración de procedencia china. Después de todo, Eurasia no es
Occidente, pero tampoco es Oriente. La riqueza espiritual de este mundo bien
puede extraviarse, como se extraviara Rusia en la descomposición en los años
’90 del siglo pasado. Más que un mundo de patrimonios culturales muertos,
como en muchos lugares de una América que fue devastada por Occidente, en
Eurasia, que algunos en Rusia quisieran volver a convertir en el puente natural
entre Europa y Asia, el reto consiste en conservar los equilibrios forjados en
una síntesis de siglos. Es un espacio y un tiempo para nuevos descubrimientos:
si así lo han entendido estrategas estadounidenses como Brzezinski, conviene
que también lo hagan los habitantes del inmenso territorio que alguna vez fuera
el imperio más grande del mundo bajo control de un solo hombre. Es un mundo que
podría ser destruido por nuevos bárbaros, si éstos, como Gengis Khan, arrasan
con lo que no pueden comprender, o con lo que no saben qué hacer. BIBLIOGRAFÍA -Afanassiev,
Youri. De la Russie. Les enjeux
actuels. Paris, Fayard, 2002. -Brzezinski,
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1989-1991. Washington, S.R. Books, 1992. -Wallace,
Robert. Origenes de Rusia. Ámsterdam, Time-Life Books, 1982. Dr. Marcos
Cueva Perus Instituto de
Investigaciones Sociales Universidad
Nacional Autónoma de México Contactar en
e-mail: cuevaperus@yahoo.com.mx
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