En este nuevo siglo y hace ya más de 45 años las mujeres cubanas en su lucha por la “igualdad”, están cambiando su relación con el mundo y consigo mismas. El cuestionamiento de la hegemonía del poder masculino y el fortalecimiento de sus derechos como personas ciudadanas son parte de esta lucha, que desafía los modelos tradicionales de relación entre mujeres y varones.
No cabe duda que los varones son conscientes de este desafío. No es la primera vez en la historia que, frente al cambio de las mujeres, los varones individual y socialmente se han visto afectados, pero nunca hasta hoy, lo han sido de un modo tan general. Este cambio está generando modificaciones tan globales en las relaciones que ningún varón puede permanecer neutral, ya que al modificarse de forma radical el lugar asignado a la mujer en la cultura, esto no puede sino provocar complementariamente un cuestionamiento del propio lugar del varón en el mundo, ante las mujeres, ante los otros varones y ante sí mismo.
A pesar de esta situación favorable a la resignificación del rol de hombre, existe falta de claridad sobre una nueva concepción de masculinidad que transformaría a las nuevas generaciones de hombres que tienen como protagonistas desde ya a los niños de hoy.
Durante el proceso de socialización de la masculinidad en los niños, que implica la formación de una identidad genérica, caracterizada por un conjunto de valores personales y sociales que posibiliten la inserción de los varones en los diferentes grupos, no se observan cambios significativos que faciliten la formación de un hombre mejor preparado para enfrentar las exigencias de un medio que cada vez le es más adverso y generador de malestares.
Es cierto que ante los cambios culturales se ha hecho evidente una reconceptualización por ambos roles de una serie de significados simbólicos acerca del ser mujer y el ser hombre, en función de limar ciertas desigualdades que limitan el crecimiento desarrollador en ambos casos. Las féminas han tenido y tienen al patrón masculino como modelo a alcanzar, pero ¿qué ha pasado con los varones?
La masculinidad muchas veces silenciada también ha sufrido los efectos negativos de la cultura patriarcal como resultado de una representación desacertada del ser hombre.
Por regla general, los varones han sido sujetos pasivos de este proceso, han observado los grandes cambios que se han ido produciendo y han intentado asumirlos lo mejor que han podido. La mayoría de las veces no lo han logrado, o lo han hecho a medias, o demasiado tarde.
La necesidad de lograr cambios, en los que las diferencias biológicas e históricas no sean el pretexto para reproducir condiciones sociales de discriminación, no es privativa del sexo femenino. Lograr imponer el imaginario social instituyente en relación al sexo masculino tiene también un carácter urgente.
Al enfocar la masculinidad desde el punto de vista de género, debemos concebirla como una construcción social tanto como la feminidad, pues son las culturas las que construyen los modos de “ser mujer” y “ser varón”. Como diría Simone de Beauvoir ¨la mujer no nace, se hace¨ hay entonces que extender esta misma idea hacia la construcción del varón: ¨no nace sino que se hace¨.
La masculinidad es algo que se construye también en lo cotidiano. Día a día se va significando y resignificando constantemente en función de la trama de relaciones que establecen consigo mismo, con los otros y con la sociedad.
Entendamos como masculinidad a una construcción social e histórica que contiene un conjunto de características que definen el ¨ser varón¨ y que según el modelo asignado desde la cultura patriarcal, ubican al hombre en un lugar de dominación sobre el contrario.
De esta manera, se establece una jerarquía rígida con predominio de la autoridad y el poder para el sexo fuerte (hombre), y de subordinación y sumisión para el sexo débil (mujer), todo lo cual genera apotegmas irrefutables, que “naturalizan” o “esencializan” cualidades y actitudes para ambos géneros. Es así como se gesta el mito eminentemente patriarcal de la naturaleza del varón (educado para ser un héroe) y de la mujer (sinónimo de maternidad).
En Cuba se han legitimado significaciones imaginarias sociales relativas al ser hombre que tienen como etiqueta principal el dominio del ámbito público y la omnipotencia, cuyas asignaciones se resumen en los imperativos básicos en las principales funciones del rol de hombre que son: fecundar, proveer, proteger, gran actuación pública, potencia sexual, independencia, autonomía, autosuficiencia, estoicismo y valentía.
Para lograr fama, gloria, honor y el título de “hombre infalible” se debe mantener de forma permanente una actuación viril en el espacio público, romper radicalmente con el mundo de la mujer que es igual al privado familiar, y con todo lo que ella representa. Debe ser potente y capaz sexualmente lo que constituye uno de los emblemas identificatorios más fuertes de la tradición imperativa para varones, y esperado consciente o inconscientemente por las mujeres.
La virilidad se ha centrado en el desempeño sexual, en la capacidad reproductora y en la posición activa ante el erotismo. Como se sostiene en la bibliografía...¨el pene metonimia del hombre es al mismo tiempo que símbolo de la omnipotencia o de la más extrema debilidad, también su “amo tirano”. Vemos entonces que, la parte, lo singular, es capaz de legitimar el todo. La actividad sexual confirma el narcisismo de género: un hombre es un hombre cuando tiene erecciones y es protagonista de la relación sexual.
En otro aspecto tenemos a la paternidad, donde las cargas asignadas al hombre lo hacen establecer una separación con los hijos, viviendo así una paternidad “representativa y periférica”, lo que se acopla con la maternidad sacrificada y el llamado instinto maternal.
También desde temprano el varón aprende a minimizar las diferencias respecto a sus pares y aumentar las que las separan de las mujeres. El carácter social de la construcción de la masculinidad se camufla tras la resignificación de la importancia social del mero hecho de nacer varón. Tal importancia y superioridad es aprendida desde la primera infancia en la percepción de la relevancia de su padre en el hogar, en el orgullo materno por haber traído al mundo a un varón, en definitiva en la captación de los roles más protagónicos, interesantes y poderosos ejercidos por sus congéneres.
Asociado a esto, podemos decir que, la transmisión de valores a través de la cultura, la religión, las costumbres y las normas asociadas a los roles que deben asumir y desempeñar los diferentes sexos, está condicionada por la forma peculiar en la que los diferentes grupos sociales, fundamentalmente la familia, han ido construyendo los modelos de feminidad y masculinidad.
Estos modelos son elaborados por la sociedad y se trasmiten de generación en generación, para formar parte de un proceso de socialización que significa los patrones que norman el ser hombre o mujer.
Como proceso, la socialización se realiza desde que el individuo nace y trascurre a lo largo de toda su vida y se refiere, específicamente, al “proceso de interiorización de las normas, valores sociales y a la apropiación de toda la experiencia social que se da en el individuo, proporcionándole la posibilidad de integrarse a la vida social y establecer los vínculos sociales necesarios para ello” (Norma Vasallo). Es un proceso que se realiza en dos direcciones, por un lado se ubica toda la influencia social que recibe el individuo durante su desarrollo y por el otro, la codificación y decodificación que este realiza de toda esa influencia, es decir el individuo se manifiesta como objeto y como sujeto de las relaciones sociales.
La socialización ocurre entonces en el marco de diferentes grupos sociales, entre los que se encuentran la familia, la escuela, el grupo de amigos, etc. En el caso de la familia podríamos decir que esta se ubica en el centro de este proceso, por la influencia especial que ejerce desde el propio nacimiento de la niña o el niño, la socialización en la familia adquiere valor a través de todas las acciones que ponen en una situación relacional a padres e hijos, en este sentido el individuo va recibiendo un conjunto de signos sociales a partir de las representaciones de su ámbito familiar y va registrando una serie de símbolos que le permiten ir adquiriendo su identidad, de esta forma el individuo aprende si es niño o niña y logra identificar las diferencias que existen entre el ser mujer o el ser hombre.
Este aprendizaje de roles femenino y masculino ha transcurrido en los marcos de la subordinación, donde lo femenino ha estado siempre supeditado a lo masculino. El contexto familiar se ha encargado de reforzar las diferencias entre los sexos al distribuir tareas y actividades diferentes a niños y niñas, los primeros están destinados a realizar actividades que requieren fortaleza física y un dominio del medio exterior, mientras que las niñas ocupan el lugar privilegiado en aquellas en las que deben servir y atender a los otros, para poder poner en práctica toda su sensibilidad y delicadeza.
Evidentemente las asignaciones tradicionales han trascendido nuestros días y perduran aún, a pesar de los cambios que se han operado en el terreno femenino. La familia se ha mantenido como portadora y trasmisora de la tradición patriarcal, generando conflictos y malestares como consecuencia de sus limitaciones para redimensionar los desempeños de cada rol.
En un primer plano encontramos que, los niños suelen ilustrarse acerca de la masculinidad mediante los medios de comunicación, donde los patrones que se exhiben son de galanes, o de hombres agresivos y muy violentos.
Otra fuente importante de transmisión del modelo masculino es el grupo de amigos. Los niños pasan mucho más tiempo con otros niños de su edad que con hombres adultos. En estos grupos siempre resulta vencedor el más agresivo y violento, el que más afronta la autoridad, y es él quien termina dando el ejemplo de una masculinidad “triunfante”
La tercera forma en que los niños y los jóvenes se instruyen acerca de la masculinidad es por reacción. Al estar rodeado principalmente por mujeres, el niño llega a interpretar lo masculino como no femenino, los riesgos particulares en esta forma de aprendizaje son la muy limitada gama de conductas que llegan a ser aceptadas como masculinas y el probable desarrollo de actitudes antagónicas hacia las mujeres.
Estas tres formas de aprendizaje de la masculinidad que se transmiten cotidianamente a los niños y jóvenes, expresan una imagen altamente estereotipada, distorsionada y limitada de la masculinidad.
Así un alto porcentaje de niños continua aprendiendo que ser hombre implica ocultar sentimientos que expresan ternura, cariño o dolor, reservándoseles los de ira, agresividad, audacia, placer como muestras de la masculinidad ideal, construimos entonces ¨al macho castrado de su sensibilidad¨.
¨La multiplicidad de modelos y cualidades, a menudo contradictorias, en que se desdobla la condición masculina, posibilita su adopción sin que por ello se realicen esfuerzos extraordinarios; así no todos los hombres son Stallone o Schwarzenegger, lo que no invalida el carácter oficialmente masculino de la rudeza y la fuerza. La multiplicidad de roles y modelos constitutivos de la condición de varón permite combinar la convicción de ser ya importante por haber nacido hombre, con la obligación de destacar en algún ámbito para demostrarlo ( Joseph Marqués, 1997).
Independientemente de al crisis de legitimación del modelo social de masculinidad tradicional podemos apreciar que coexisten en su construcción el modelo instituido y el instituyente con un predominio en la actualización del primero, lo cual conduce a marcadas limitaciones del proceso de socialización de los niños varones, ya que prevalecen enseñanzas tradicionales que afectan la expresión espontánea de los afectos y refuerzan características asociadas a la fortaleza física y el control económico.
Se hace necesario entonces describir cuáles son los elementos que caracterizan el proceso e socialización de la masculinidad en la Cuba de hoy ó llamados emergentes de cambio del modelo tradicional patriarcal. Los mismos se traducen a través de la apertura a la nueva situación social de la mujer y el hombre adopta una posición de disposición que acepta y permite en cierto grado, el desempeño femenino en todos los ámbitos de la vida, incluso algunos se sienten satisfechos de no ser los máximos proveedores económicos, sobre todo en los tiempos actuales que enfrenta la sociedad cubana. La paternidad se asume con mayor compromiso afectivo, especialmente en los jóvenes, asumiendo un actitud más activa en la educación de los hijos.
En el discurso masculino de nuestra generación se considera el machismo como un valor en baja, para muchos es una ofensa que los llamen machistas, más esto ocurre sólo en el discurso, en la práctica subsisten comportamientos que evidencian que el cambio no ha sido tan tangible. Sigue predominando la idea del varón cabeza de familia, ganador del pan frente a la mujer que aunque trabaja en el espacio público, sigue siendo la dueña de la casa.
Los hombres siguen siendo los máximos exponentes en las actitudes que detentan autonomía en tanto autoridad, toma de decisiones y poder. Además, por ser protagonistas legítimos del espacio público tienen mayores posibilidades de desarrollar capacidades intelectuales, preparándose profesionalmente y alcanzando logros en su desempeño que han permitido su realización profesional y personal, cuestiones estas que han sido vedadas durante mucho tiempo para la mujer.
Esto significa que no han habido cambios sustanciales en estas asignaciones. El hombre sigue asumiendo una autonomía que va en detrimento de la autonomía femenina en tanto él es quien lleva el mayor peso en las decisiones de envergadura, tiene más capacidad de elección, pues no carga con impedimentos subjetivos y lo asignado su rol lo avala. Por lo tanto frecuentemente se siente satisfecho con el cumplimiento de sus proyectos personales, por no tener que pensar en más nadie para llevarlos a cabo.
En consecuencia, aunque el hombre ya tiene que compartir la posibilidad de preparación profesional con las mujeres y establecer determinadas relaciones con ellas y aceptar incluso, ser dirigidos por ellas, su competitividad ha sido invulnerable (en el hombre es muy difícil encontrar un techo de cristal). Su desarrollo intelectual y profesional puede seguir creciendo, su nivel de exigencia es el mismo (a diferencia de la supermujer), de hecho ocupan más cargos de dirección, la percepción sobre sí mismos (de capaces, independientes y arriesgados) no pareciera afectar su autoestima y su autoaceptación.
Es por todo lo expuesto que el cuestionamiento de la masculinidad hegemónica, supone desmontar mecanismos de dominación ¨naturalizados¨ durante siglos, implica la desconstrucción, análisis y reconstrucción de formas de producir y reproducir las relaciones afectivas, familiares, económicas y políticas. De allí, la invisibilidad y las resistencias individuales, colectivas e institucionales de un modelo prácticamente universal.
Bibliografía
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· Stoessiger, Nick.” Subdividir y dominar”. Revista XY: men, sex, politics, 6(3). Australia, 1996.
Autoras:
Damiana Perera Calzadilla
Susel Amelia Domínguez Almaguer